Uno de los grandes escultores del siglo XIX fue el danés
Bertel Thorvaldsen, que logró alzarse con una voz propia frente al indiscutido
talento de Antonio Canova. Tras iniciarse con su padre, que era tallador de
madera, fue admitido en la Real Academia Danesa de Arte a la temprana edad de
once años. En 1797, con veintiséis años, marchó a Roma para completar su
formación con una beca ganada cuatro años antes en un concurso de
escultura.
Roma abrió todo un mundo ante sus ojos, tanto que con el
tiempo declararía que su fecha de nacimiento fue el día que llegó a esta ciudad
plagada de obras maestras. Allí se empapó en la estatuaria clásica y, cuando
hubo de elegir un motivo para presentarse al mundo como artista ya maduro lo
hizo sobre la imagen mítica de Jasón portando el vellocino de oro, la piel de
un carnero que el héroe hubo de ir a buscar al Yolco para intentar que su padre
pudiera recuperar el trono de su reino usurpado por el Rey Pelías.
Sintiéndose capaz de grandes cosas volcó todo su talento y
ambición en aquel proyecto personal, del que pensaba podría marcar su futuro.
Escaso de fondos como estaba hizo primeramente un modelo en yeso, que según
dicen fue la admiración de Canova. La leyenda cuenta que este último habría
exclamado al verlo: "Esta obra del joven danés es de un estilo
nuevo y grandioso". Pero la escultura permaneció más de dos años en su
taller sin que saliera un encargo para trasladarla al mármol.
Agotados los recursos que le procuraba su beca se disponía a
regresar a Copenhague dando por terminada su etapa en Roma sin gloria alguna,
pero un problema con su pasaporte le hizo demorar su salida, algo que resultó
del todo providencial, pues fue entonces cuando se presentó en su taller el
banquero Thomas Hope y admirado ante el yeso de su Jasón le encargó que lo
hiciera en mármol para él. Cuenta la leyenda que Thorvaldsen novato en aquellas
lides pidió al banquero la suma de 600 escudos, a lo que el banquero le
respondió que le daría 800 si el resultado cumplía con lo esperado. Y tanto que
lo cumplió. Hizo la escultura de mayor tamaño que el boceto en yeso, nada menos
que 2,42 metros de altura y cuando la escultura estuvo terminada fue saludada
por los críticos de su tiempo como “la primera escultura verdaderamente
clásica desde la Antigüedad”.
Y no iban descaminados. Thorvaldsen se inspiró de manera muy
evidente en el Doríforo de Polícleto e introdujo matices del Apolo Belvedere.
Era como si hubiera querido conciliar la belleza y majestuosidad del Apolo con
la severidad canónica de Polícleto. El resultado fue admirable, pero además
había logrado modernizar la imagen del prototípico héroe clásico, al mostrarlo
entre el reposo y el movimiento, en un momento posterior a la dura prueba que
hubo de afrontar para conseguir el vellocino, en ese instante en que la batalla
ya estaba ganada y puede regresar victorioso a casa con su trofeo en el brazo.
Era la imagen de la nobleza idealizada.
Aquella obra cambió su vida y triunfante se mantendría en
Roma durante décadas, donde realizó la mayor parte de sus esculturas, muchas de
las cuales son verdaderas obras maestras como la Venus con la manzana, su
Ganímedes o su versión de las Tres Gracias.
Tras cuarenta años fuera de Dinamarca volvió a Copenhague
donde fue recibido como un verdadero héroe nacional, con salvas de cañones y
con las calles engalanadas en su honor. Si su llegada a Roma fue su nacimiento
como artista, su retorno a la patria fue su renacer como danés. Allí murió y fue enterrado, siguiendo su deseo, en una tumba
sin nombre rodeado de sus dioses de mármol, en el museo que lleva su nombre y guarda gran parte de su obra.
El ejemplo de Thorvaldsen demuestra que, a veces, no tener los
papeles en regla puede salvarte la vida y ganarte el derecho, al final de ella,
a descansar en tu propio Olimpo.
Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0 - Fuente Original
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