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jueves, 5 de febrero de 2026

Samuel Beckett, una águila solitaria y valiente


 

Samuel Beckett, con esa mirada intensa e inquisitiva, el rostro enjuto y el pelo peinado hacia atrás, siempre me recordó a un águila poderosa. Como ellas prefería volar solo. Era un escritor que huía de la fama y prefería el anonimato, trabajar de forma silenciosa y los paseos solitarios. Puede que por ello, cuando sentía que su tranquilidad se veía enturbiada, se comportara en ocasiones de una forma seca y cortante.

Cuando en 1969 le fue concedido el Nobel de Literatura, el autor de «Esperando a Godot» lo recibió como un verdadero contratiempo. Su editor, Jérôme Lindon, dijo que lejos de la gratitud o el entusiasmo sus palabras fueron: «C'est une catastrophe» (es una catástrofe).

Beckett estaba muy lejos de someterse a todo lo que el premio suponía: exposición pública, entrevistas, protagonismo, reportajes... Su forma de vivir era diametralmente opuesta, por lo que sumamente incómodo con la situación a la que era abocado, decidió mantenerla.

Se negó a recoger personalmente el premio en Estocolmo y en su lugar mandó a su editor. Consecuente con sus decisiones, no hizo apariciones al respecto y el premio en metálico que suponía el Nobel lo repartió en su mayor parte entre amigos y familiares.

Siempre rechazó hablar de su obra en profundidad. En una de las raras entrevistas que concedió dijo: «No tengo nada que decir sobre mi obra. Está ahí.»

Se cuenta que en cierta ocasión, cuando paseaba por París, un hombre se le acercó y le dijo: «Debe de ser terrible ser tan famoso». El escritor paró su caminata, lo miró un instante y le dijo antes de continuar su camino un lacónico: «No lo soy». En este mundo tan ansioso de fama y reconocimiento habría sido una verdadera rareza.

Pero no siempre el mundo se quedó esperando a Beckett. Cuando había que poner la carne en el asador y exponerse también sabía hacerlo, por supuesto sin hacer después fanfarrias de ello. En esta línea, se sabe que, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando vivía en Francia y podía haber huido fácilmente de los peligros del conflicto, participó activamente junto a Suzanne Déchevaux-Dumesnil, su pareja de siempre, como miembro de la Resistencia Francesa. Cuando el grupo en el que trabajaba fue descubierto, hubo de huir y mantenerse escondido durante dos años en los cuales siguió colaborando en la lucha contra los alemanes. Nunca alardeó y cuando tiempo después le preguntaron por aquellos días solo dijo: «Hacía lo que podía». Por ello fue condecorado por su participación en la Resistencia. 

Beckett es un claro ejemplo de ese tipo de personas que cuando se reparte algo son los últimos en llegar y cuando hay que dar, aun sacrificándose personalmente, son los primeros en dar un paso adelante y ofrecerse, sin que nadie tenga que esperarlo.

Imagen: Tomada de la red

jueves, 22 de enero de 2026

La venganza de Don Pedro Muñoz Seca

 

«Quítenle al teatro de Muñoz Seca el humor; desnúdenle de caricatura, arrebátenle su ingenio satírico y facilidad para la parodia, y seguirán ante un monumental autor de teatro». (Ramón María del Valle-Inclán)

El talento del portuense Pedro Muñoz Seca para la comedia no tenía límites. Su personal concepción del humor dio carta de nacimiento a la «astracanada», género que aludía a la búsqueda del humor a toda costa, poniendo a su servicio el lenguaje e incluso la verosimilitud de las situaciones. Su obra más recordada es «La venganza de Don Mendo», un fabuloso éxito tras su estreno en 1918 y que al día de hoy sigue cosechando aplausos, tantos que es la cuarta obra de teatro española más representada junto a «Don Juan Tenorio», «Fuenteovejuna» o «La vida es sueño».

Pero siempre hay quien pone peros. El crítico teatral José María de Mesa era especialmente duro con Muñoz Seca y buena prueba de ello es que a las aventuras de Don Mendo solo les auguraba siete representaciones. Puede que para dar cuenta de un lance que tuvo con este crítico venga a cuento recordar aquellas palabras de Don Mendo —inmortal en la voz de Fernando Fernán Gómez— que decían:

«Siempre fuisteis enigmático y epigramático y ático y gramático y simbólico, y aunque os escucho flemático sabed que a mí lo hiperbólico no me resulta simpático.»

Sin duda, la hipérbole, la exageración gratuita no es de recibo y sin embargo a veces son oportunas. Cuenta el escritor y columnista Alfonso Ussía —nieto de Pedro Muñoz Seca— que el citado crítico José María de Mesa fue posteriormente muy ácido con el estreno de "El Diluvio", la nueva obra del dramaturgo en la que, en su línea de humor disparatado y a la vez genial, metía a dos andaluces como polizones en el Arca de Noé

Cuando la prensa le pidió su opinión sobre la crítica recibida y si esta le había molestado, Muñoz Seca contestó risueñamente:

—Nada de nada. No me importa la opinión de los muebles.

Al que sí le ofendió esta reacción fue el crítico que, airado, le mandó una nota quejándose de haber sido tratado como mueble. No sabemos la estancia privada en la que Muñoz Seca leería aquellas palabras, pero sí la respuesta que le dio en un pequeño ripio muy de su estilo:

Esa carta tan chocante
Mesa, que enviado me has,
y que ahora tengo delante
pronto la tendré detrás.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

domingo, 21 de diciembre de 2025

Jorge Luis Borges, el inspector de gallinas que no fue


 

Ya tenía publicados Jorge Luis Borges dos de sus obras principales: «Historia Universal de la Infamia» (1935) y «Ficciones» (1944), cuando se vio envuelto en una situación que lo tenía todo de infamia y también de ficción.

En 1946, a la llegada al poder de Juan Domingo Perón en Argentina, Borges ya gozaba de cierta posición y respeto; su opinión importaba. Así, descontento como estaba con el nuevo gobierno, decidió posicionarse; firmó algunos manifiestos y publicó artículos expresando su opinión que no gustaron nada al gobierno peronista.

La reacción no se hizo esperar. Borges que por aquel entonces ocupaba el humilde cargo de auxiliar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané de Buenos Aires, fue «ascendido» —fulminantemente— al puesto de «Inspector de aves y conejos en los mercados municipales». El nombramiento era una humillación en toda regla que el escritor no podía asumir. Por dignidad rechazó el cargo y dimitió. Borges, en una entrevista posterior, dijo al respecto: «El nuevo gobierno decidió que yo no debía seguir entre libros. Me nombraron inspector de gallinas, o algo por el estilo. Fue una manera elegante de echarme».

Borges se vio empujado a dedicarse a dar conferencias y a proseguir con sus libros, entre los que destaca, poco tiempo después de renunciar a su puesto como “inspector de gallinas”, la publicación de la que posiblemente sea su obra más famosa: «El Aleph» (1949), una colección de cuentos que le haría mundialmente famoso. Era evidente que su talento no estaba en los gallineros.

A veces la vida ofrece una rectificación acorde al mal causado. A Borges le llegó en 1955, tras la salida del poder de Juan Domingo Perón. Fue entonces cuando volvió al mundo de las bibliotecas, pero no ya como simple auxiliar, sino como director de la Biblioteca Nacional de la Argentina en Buenos Aires. Estuvo en el cargo durante 18 años, custodiando amorosamente casi un millón de títulos.

Para un amante de los libros como él no podría imaginarse mayor regalo, mayor honor, pero este le llegó cuando su ceguera estaba avanzada y prácticamente no podía leer el título en los lomos de aquellos volúmenes de los que era el guardián, muy al estilo del bibliotecario ciego de «El nombre de la Rosa», aquel Jorge de Burgos, para el que Umberto Eco tuvo como inspiración directa, incluso en el nombre, al escritor argentino.

Aquella paradoja de su ceguera ante todos aquellos libros que no podía leer le inspiró en 1960 el conocido «Poema de los dones»:

“Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.”

Imagen: Borges en 1951 por Grete Stern - De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

sábado, 13 de diciembre de 2025

Miguel Hernández: Unos ojos abiertos para siempre

 


«No quiero dejar de cumplir mi palabra, y ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás, bastante bien. Se lo enseñarás al niño todos los días para que vaya conociéndome, y así no me extrañará cuando me vea»

Estas son las líneas con las que el poeta Miguel Hernández, preso y condenado a muerte, sin conocer a su hijo por tal situación y sin saber si lograría verlo algún día, se dirigía a su esposa, Josefina Manresa. Acompañaba sus palabras con este desesperado retrato a lápiz que le hizo Antonio Buero Vallejo.  Ambos fueron compañeros de galería en la madrileña cárcel «Conde de Toreno», allá por 1940, por razones ajenas a cualquier delito común y más relacionadas con las circunstancias políticas del momento. Buero Vallejo contaba al respecto:

«Vivimos unos diez meses juntos en la galería de condenados a muerte. Esta fue la etapa más interesante de nuestra relación»

Antonio Buero Vallejo tenía una marcada vocación de pintor, actividad que como podemos ver no se le daba nada mal, aunque después de conseguir que le conmutaran la pena de muerte por 30 años de prisión y lograr después la libertad en 1946, se convirtió en el autor teatral más destacado de la España de posguerra; suya es por ejemplo, la obra «Historia de una escalera».

Miguel Hernández no tuvo esa oportunidad y moriría un par de años más tarde, en marzo de 1942. Según evocaría el también poeta Vicente Aleixandre resultó imposible cerrarle los ojos al morir… como si quisieran quedarse abiertos para siempre, testigos inamovibles de un mundo que ya no era el suyo.

Imagen: Tomada de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

lunes, 1 de diciembre de 2025

Las dos brazas de Mark Twain

 

La niñez marca la vida adulta de las personas y cuando naces en la ribera de un río como el Misisipi, este te marca también la niñez. Puede que por ello, aquella interminable corriente de agua repleta de misterios, peligros y leyendas se convirtiera para Mark Twain en la protagonista de todas sus fantasías juveniles y en la inspiración de su obra futura como escritor.

El Misisipi no era sino una autopista de agua que cruzaba de arriba abajo el país surcada por los bellos "riverboats", los fantásticos barcos de vapor que traían gentes, mercancías e historias de acá para allá. Obsesionado con ser piloto de uno de aquellos gigantes del Misisipi, el escritor estudió durante dos años cada recodo de aquel río hasta conseguir la prestigiosa licencia de piloto fluvial a la edad de 24 años.

Aquellos barcos dependían mucho de los sondadores —leadsman—, generalmente afroamericanos, que iban anunciando continuamente la profundidad del río para evitar bancos de arena y que la nave pudiera embarrancar. Así, la mejor noticia que podía recibir el piloto, como señal de una navegación segura y de que podía seguir adelante sin miedo ni preocupación, era que el sondador cantara a voz en cuello que el calado era de al menos dos brazas, unos 3,6 metros, y lo anunciara con el grito "Mark Twain!" —marca dos—.

Cuando el piloto comenzó a escribir como periodista, recordó aquellas palabras de tan buen agüero mil veces escuchadas en el Misisipi y las adoptó como apodo literario. Desde entonces sería Mark Twain, enseña de que seguía firme hacia adelante por aguas seguras, dejando atrás su nombre de nacimiento, Samuel Langhorne Clemens.

No tardaría en dejar de pilotar aquellos barcos de palas, principalmente a causa de la Guerra de Secesión con la cual se cierra el tráfico civil por el Misisipi, pero gracias a todas las experiencias vividas en el río nunca dejó de navegar por él en sus escritos. El Misisipi sería el decorado de las aventuras de Huckleberry Finn y de Tom Sawyer, además de muchas otras historias que lo convirtieron en uno de los mejores escritores estadounidenses. No en vano sabía sortear las trampas de las palabras tan bien como los bancos de arena.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0


domingo, 30 de noviembre de 2025

Arthur Conan Doyle y el caso de los telegramas misteriosos

 

Conan Doyle, el padre del admirado Sherlock Holmes, era conocido por su humor y por su afición a contar anécdotas en reuniones sociales —igual que uno que yo me sé—. El 7 de junio de 1897 apareció, en el diario Evening Observer de Brisbane, una de aquellas jugosas historias que Sir Arthur contaba para amenizar el ambiente. El relato original tenía como protagonista a un venerable clérigo, pero con el tiempo fue cambiando y adornándose hasta tomar, más o menos, la siguiente forma:

Un supuesto amigo de Conan Doyle, convencido de que en toda casa respetable hay un «esqueleto en el armario», es decir, que por muy buena que sea la reputación de alguien, todos tenemos algo que esconder, escogió a doce personas acomodadas y aparentemente intachables y marchó a la oficina de telégrafos, desde donde, para probar su teoría, les envió un inquietante mensaje en el que tan solo se leía:

«Todo se ha descubierto. Huye enseguida».

Ni que decir tiene que todos se apresuraron a hacer la maleta y desaparecieron durante un tiempo.

A Sherlock Holmes, la reacción le habría parecido, simplemente, «Elemental».

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público - CC0

jueves, 27 de noviembre de 2025

El ¿ominoso? apellido de Oscar Wilde


«El mismo sol y la luna parecen arrebatados para nosotros... Afuera, el día puede ser azul y dorado, pero la luz que se desliza a través del vidrio grueso y enmohecido de la pequeña ventana con barrotes bajo la que uno está sentado es gris.» (De Profundis, Oscar Wilde)

Cuando Oscar Wilde fue condenado a dos años de trabajos forzados por «indecencia grave» —delito por el que se le procesó a raíz de su relación con Lord Alfred Douglas—, no se anduvieron con medias tintas en el cumplimiento de la pena. Como parte del castigo, lo hicieron, entre otras cosas, caminar durante horas en una especie de rueda o escalera sin fin, siempre en un ambiente de trabajo duro, comida pobre, cama dura, aislamiento y silencio obligatorio. Aquel tiempo de dura prisión acabó con su salud.

Por su parte, Lord Alfred Douglas, el hijo del poderoso Marqués de Queensberry, no sufrió condena alguna, ni su apellido fue objeto de oprobio. La justicia quiso considerarlo como «la víctima» de un corruptor al que convenía castigar de forma ejemplar.

Tras el juicio y la entrada en prisión de Oscar Wilde, su esposa, Constance Mary Lloyd, pronto cambió su apellido de casada —Wilde— por el de Holland y los dos hijos del matrimonio —Cyril y Vyvyan  fueron igualmente liberados del peso de aquel «ominoso» apellido, adoptando el nuevo de su madre.

No bastó marchar al extranjero para lograr el olvido; incluso tras la muerte de Constance, la familia materna se mantuvo inflexible y no permitió que los niños volvieran a ver a su padre. Con este panorama, los niños, de apenas nueve años de edad al inicio de la condena del escritor, sintieron que este debía ser algo parecido a un monstruo del que era mejor estar lo más lejos posible.

Cyril Holland emprendió una carrera militar en la que consiguió el grado de capitán. Ya adulto, escribió una carta a su hermano Vyvyan, en la que contaba que la motivación de su paso por el ejército no era otra que: «...borrar la mancha; rescatar, si fuera posible mediante algún acto mío, un nombre ya no honrado en el país» y añade que no quiere que de él se diga que es un «artista decadente, esteta afeminado, degenerado sin fuerza de voluntad». Él no era un Wilde sino un hombre que aspiraba a morir en batalla «por mi rey y mi país». Y efectivamente murió en 1915, durante la Primera Guerra Mundial por un disparo de francotirador, sin cambiar nada y sin descendencia.

Por su parte, su hermano Vyvyan Holland, no entendía nada de la situación que estaba viviendo, ni por qué hubo de cambiar el apellido. Sufrió años de acoso y una profunda sensación de infelicidad y desarraigo. Su padre fue durante años un tema tabú y solo en la madurez logró conciliarse un poco con su legado al escribir sus memorias, que tituló: "Son of Oscar Wilde", con lo que en cierta medida reconoce y hace pública la figura de su denostado padre.

Vyvyan tuvo un hijo, Merlin Holland, que con el tiempo se convertiría en historiador y en el principal custodio del legado documental de Oscar Wilde. Dio un paso más y, en varias entrevistas ha mantenido que llevar hoy el apellido Wilde «sería motivo de orgullo», pero que por razones familiares e identitarias decidió seguir llevando el de Holland. Su hijo, Lucian, el bisnieto de Wilde, sigue apellidándose como su padre, por mucho que haya participado en algún acto académico en defensa del escritor.

Tal vez el tiempo ha atemperado el dolor, pero no ha sanado definitivamente la herida. Wilde nació en un tiempo equivocado para su ingenio y su sensibilidad para el amor. Aún parece cumplir condena, más allá de Reading, más allá de la muerte. La máscara que cubre su apellido sigue presente.


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

martes, 25 de noviembre de 2025

Ramón del Valle-Inclán, Blasco Ibañez y la gula

  

Don Ramón María del Valle-Inclán vivía de forma muy austera, conviviendo incluso con ratones a los que, según contaba el escritor, les maullaba para espantarlos. Sus luengas barbas y su delgadez daban, a todas luces, una imagen de bohemia frugalidad que parecía un eco de sus estrecheces económicas. 

Es muy repetida la anécdota según la cual, cierto día, se encontró en la calle con Blasco Ibáñez, escritor de mucho éxito en vida y, se puede decir, metidito en carnes. Este, al observar al autor de «Divinas palabras», le dirigió otras que no lo eran tanto:

—Al verlo a usted uno diría que hay hambre en el país.

Don Ramón, siempre tan ágil de verbo como de pensamiento, le contestó:

—Y al verlo a usted uno comprendería por qué.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0 - Fuente original


domingo, 23 de noviembre de 2025

Víctor Hugo: «?» y «Los miserables» «!»


Víctor Hugo era capaz de escribir una oración de aproximadamente ochocientas palabras en «Los Miserables» y lograr que sonara bien. Como veremos, también era capaz del más extremo laconismo.

El escritor se encontraba exiliado en Guernsey cuando se publicó «Los Miserables» (1862), obra que llevaba años despertando una enorme expectación y en la que había volcado todo su buen hacer con la esperanza de lograr una obra memorable.

Cuenta la leyenda que, ansioso por saber cómo habían sido recibidas las andanzas de Jean Valjean, el inspector Javert y Fantine, escribió a su editor un telegrama con un único carácter: «?». A su juicio, no hacía falta más para saber si las aproximadamente 655.000 palabras de la que se considera una de las novelas más largas de la historia de la literatura —en algunas ediciones, más de mil páginas— habían merecido su esfuerzo.

La primera edición había volado de las librerías, convirtiéndose en todo un éxito de ventas. Sin embargo, la respuesta no incluyó ninguno de esos detalles y fue tan breve como la pregunta. Se limitó a un simple signo de admiración: «!». Era todo lo que Víctor Hugo necesitaba leer.

Como dice el refrán, «A buen entendedor pocas palabras bastan», y a veces ni eso.

Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0)

sábado, 22 de noviembre de 2025

Georges Simenon: el hombre que escribía más rápido que su sombra

 

El propio Comisario Maigret no habría logrado descifrar el misterio de su creador, el escritor Georges Simenon. Escribía novelas negras con la misma rapidez con la que algunos de sus personajes desenfundaban la pistola. Decía empezar sus relatos sin saber tan siquiera quién sería finalmente el asesino, pero siempre avanzaba a un ritmo trepidante y más o menos en una semana era capaz de terminar una novela.

Su rutina, cuando llegaba el momento de escribir, estaba bien marcada: misma pluma, mismo papel, cortinas cerradas y en la puerta un cartel que avisaba «Silence. Je travaille» (Silencio. Estoy trabajando). Su primer paso era coger una guía telefónica y empezar a leer en voz alta nombres hasta que encontraba aquellos que tenían la sonoridad perfecta para la personalidad que quería darle a cada personaje. Durante ese tiempo de completo aislamiento, a veces incluso a bordo de un barco —L'Ostrogoth— que utilizaba como casa flotante, era capaz, según contaba el escritor, de perder de dos a tres kilos.

Aquel ritual alumbró 192 novelas, a las que muchos estudiosos de su persona añaden otros 200 títulos adicionales publicados bajo seudónimos. Dada la calidad media de sus novelas, sorprende tal profusión de creaciones, una producción que le ha llevado a ser uno de los escritores más prolíficos del siglo XX.

Su proceso creador se convirtió en leyenda: el escritor «máquina» o «el hombre que escribe más rápido que su sombra», como le apodó la prensa. Curiosamente, a pesar de su enorme éxito, de sus cientos de millones de libros vendidos, de las decenas de películas basadas en sus novelas y de todo el mundo alabando su talento para la novela negra, nunca logró ganarse el amor de su madre, de la que dijo: «Nunca me dio un beso, ni de niño ni de adulto». Puede que por eso los buscara de manera tan desesperada en los labios de las diez mil mujeres de las que, posiblemente de forma exagerada, alardeaba haber amado.

Maigret, un buen fumador de pipa como Simenon, seguro que mientras rellenaba una con calma, habría intentado pacientemente comprender en silencio a su creador. Observaba atento cada detalle: «La nieve estaba sucia» delante de «El hombre que veía pasar los trenes», daba una lenta calada a su pipa y detenía los ojos en «El fondo de la botella» que descansaba en la mesa mientras «El gato» se enredaba entre sus piernas buscando una caricia que nunca llegaba. Pistas no le faltaban, y sin embargo, puede que fuera su único caso sin resolver.


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Foto de Anja - CC BY-SA 4.0

jueves, 20 de noviembre de 2025

El fino ingenio de George Bernard Shaw


 

Hasta que en 2016 lo logró Bob Dylan, el irlandés George Bernard Shaw era la única persona que había logrado un Óscar —al mejor guion adaptado en 1939 por «Pygmalion»— y el premio Nobel de Literatura en 1925. Era un sujeto del todo peculiar, excéntrico, polémico y de una agudeza e ironía tales que lo convirtieron en el protagonista de numerosas anécdotas. Una de ellas ocurrió en abril de 1894 durante el estreno de su obra "El hombre y las armas" (Arms and the Man), que resultó su primer gran éxito.

Ante los aplausos que recibió la obra de teatro en su primera representación, el autor decidió salir al escenario a saludar al público. Solo un hombre, con asiento en las primeras filas, le abucheaba de manera decidida. No todos sabemos encajar bien las críticas y, a veces, estas nos llevan a perder los papeles. Bernard Shaw en cambio no perdió la compostura y, con un golpe de ingenio de los suyos, lo desarmó al decirle:

— Comparto su opinión, pero ¿qué podemos hacer nosotros dos contra una sala llena de espectadores que opinan lo contrario?

 

Nota: Bob Dylan obtuvo el Óscar a la mejor canción original por «Things Have Changed» (2001) y el premio Nobel de Literatura en 2016.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

martes, 18 de noviembre de 2025

Tennessee Williams derrotado por un tapón.


«No esperes al día en que pares de sufrir, porque cuando llegues sabrás que estás muerto» (Tennessee Williams)

Tennessee Williams, que había nacido como Thomas Lanier Williams III, no era hijo del estado que llevaba como nombre literario; en realidad era natural de la ciudad de Columbus, en el estado de Mississippi. Parece que en la universidad sus compañeros de clase, recordando que el lugar de donde provenía tenía un nombre muy largo, apostaron por apodarlo Tennessee, y simplemente el escritor se sintió a gusto con él y se lo quedó en propiedad.

Williams es un autor cuya obra engrandeció el mundo del teatro y también el del cine. En 1948 ganó el Premio Pulitzer de teatro por «Un tranvía llamado Deseo», y en 1955 por «La gata sobre el tejado de zinc». Además de estas obras, recibieron el premio de la Crítica Teatral de Nueva York otras dos: «El zoo de cristal» (1945) y «La noche de la iguana» (1961). Muchos de sus trabajos tuvieron extraordinarias adaptaciones al mundo del cine, resultando algunas de ellas verdaderos éxitos de crítica y público.

Pero retomando el motivo por el que se abre esta entrada, diremos que Tennessee Williams falleció en 1983, a la edad de 71 años. La muerte le llegó tan de repente como llega un último verano. En los primeros momentos hubo especulaciones de todo tipo alrededor de su extraña muerte, llegándose incluso a hablar de asesinato, pero la realidad era muy distinta y bastante más ridícula.

Tennessee Williams llevaba tiempo viviendo en el Hotel Elysee de Nueva York y tras la muerte de su pareja, Frank Merlo, se había acercado más de lo debido a los calmantes y al alcohol, algo que unido a su natural tendencia a sufrir ataques de pánico, había deteriorado notablemente su salud, tanto física como mental. Tras la exploración médica del cadáver se encontró en él «un tapón de plástico» del tipo de los botes de spray nasal o colirio con el que se supuso se había ahogado.

Meses después, llegó el informe médico final —actualmente la versión oficial de la muerte del escritor— en él se detallaba que, tras beber una considerable cantidad de alcohol, el escritor tuvo la intención de tomar una dosis de barbitúricos, de los cuales no se encontró resto alguno en su estómago, pero sí el tapón en su garganta y el frasco en la habitación donde estaban derramadas todas sus pastillas.

A la vista de todo ello se dedujo que, al intentar abrir el frasco de medicamentos con la boca, se tragó accidentalmente el tapón, que, tras alojarse en la garganta, obstruyéndola, le produjo la muerte por asfixia.

No se puede decir precisamente que sea una muerte de película para alguien al que el cine le debe tanto. Así de injustas e impredecibles pueden resultar la vida y la muerte. Como él mismo decía:

«Todos nosotros somos cobayas en el laboratorio de Dios. La humanidad no es más que un trabajo inconcluso»

Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0)


domingo, 2 de noviembre de 2025

Camilo José Cela: Un Nobel entre orinales y palanganas

 

¿Qué se puede decir de una persona que atesoraba una colección de 62 orinales? Ese personaje no es otro que el premio Nobel de Literatura de 1989, el indefinible Camilo José Cela, autor de joyas como “La Colmena”, “La familia de Pascual Duarte” o “Mazurca para dos muertos”. Su secretario, Gaspar Sánchez Salas, lo intentó, describiéndolo en una entrevista en "El País" como "poliédrico y caprichoso" y habría que añadir que también un poco travieso —por no decir, en cierta medida, algo gamberro—.

En cualquier anécdota en la que se dé voz al escritor hay que recordar su gesto adusto y su voz profunda y sentenciosa para completar la imagen. Se cuenta que en los años en los que ingresó en la Real Academia Española, allá por 1957, Don Camilo lucía una barba muy poblada que, por no ser muy habitual en la época, llevó a discusiones sobre si sería postiza o no. Una tarde de tertulia en el Café Gijón se le acercó un joven y le dijo:

—Mire usted, señor Cela, acabo de apostarme mil duros a que soy capaz de tirarle de la barba; ayúdeme a ganarlos, por favor.

Cela, sin inmutarse lo más mínimo, dio una última calada a su cigarrillo y se dignó a responderle:

—Joven, le diré lo que gana y lo que pierde usted con esto: pierde los mil duros y se gana una patada en los cojones.

El ya citado Gaspar Sánchez Salas, que según el mismo contaba, hubo de sufrir la limpieza metódica de la colección de orinales del escritor que no se fiaba del ama de llaves, refirió otra anécdota jugosa del escritor. Cela asistía muy poco a las sesiones de la Real Academia, pero con ocasión de una de sus visitas se encontró con que la entrada estaba en obras y una zanja dificultaba enormemente el paso. El chófer le planteó la posibilidad de entrar por la puerta trasera, algo que el escritor rechazó de inmediato y bajándose del coche en la puerta principal, retiró decidido la cinta que acotaba la obra para abrirse paso. Un obrero que estaba en el lugar le dijo indignado:

— Pero, ¿quién se cree usted que es?

Cela, que seguía adelante con paso firme y la cabeza erguida le replicó:

— ¿Yo? Yo soy cultura general... ¿Y usted?

Qué más se puede esperar de alguien como Don Camilo, que en 1983, en el programa de televisión “Buenas noches” de Mercedes Milá, como buen coleccionista de orinales que era, tras definirse como pedorro domiciliario, defendió que tenía la supuesta "habilidad" de "absorción de un litro y medio de agua de un solo golpe por vía anal" con "agua que no esté demasiado fría". Cuando la periodista añadió, totalmente sorprendida: "¿Qué no tenga cloro, no?", el escritor mostró con sorna su indiferencia a ese matiz diciendo:

—Mis papilas del gusto no las tengo en ese conducto sino en otro.

Su ingenio era relampagueante y por eso mismo era muy difícil dejarlo fuera de juego. En 1977, Cela ocupaba un escaño en el Senado por designación real. El 19 de junio, según cuenta la tradición parlamentaria, tuvo lugar una anécdota muy difundida que tiene a Cela como protagonista. Parece que el escritor llevaba un poco de sueño atrasado y tras dar algunas cabezadas en su escaño, el presidente de la Cámara, D. Antonio Fontán le llamó un par de veces lo que hizo que el escritor terminara por despertarse. El presidente en tono serio le dijo:

—El senador Cela estaba dormido…

—No, señor presidente, no estaba dormido sino durmiendo...

—¿Acaso no es lo mismo estar dormido que durmiendo?

—No, señor presidente, como tampoco lo es estar jodido que jodiendo.

Todo un personaje. Hoy nuestras instituciones son sin duda mucho menos ingeniosas y por supuesto más aburridas.


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - CC BY SA-4.0


sábado, 1 de noviembre de 2025

El testamento de François Rabelais


"Mejor es escribir de risa que de lágrimas, porque reír es lo propio del hombre"

Eso sostenía François Rabelais en el prólogo de su afamada obra "Gargantúa y Pantagruel", una sátira humorística con la que el escritor pretendía ridiculizar los vicios y costumbres de su tiempo haciendo uso de la exageración como herramienta estética. Las cinco novelas que componen las aventuras, a veces un tanto grotescas y escatológicas, de sus dos glotones y bondadosos gigantes, Gargantúa y su hijo Pantagruel, empezaron a publicarse en 1532, y aunque tuvieron una amplia difusión, también sufrieron duramente el azote de la censura. Puede que, anticipándose a esa reacción negativa de algunos estamentos, Rabelais las publicara inicialmente bajo un anagrama de su nombre: Alcofribas Nasier —también utilizó el de Séraphin Calobarsy—.

Descripciones como las que hacía del modo de vida de los thelemitas, una comunidad ficticia y utópica creada por Rabelais en "Gargantúa", en la que se rechazan las tres grandes reglas monásticas —pobreza, la castidad y obediencia—, resultaban sin duda tan atrayentes como provocadoras:

"Tenían empleada su vida, no según leyes, estatutos ni reglas, sino según su franco arbitrio. Se levantaban de la cama cuando buenamente les parecía; bebían, comían, trabajaban, dormían cuando les venía en gana; nada les desvelaba y nadie les obligaba a comer, beber ni hacer cosa alguna; de esta manera lo había dispuesto Gargantúa. En su regla no había más que esta cláusula: «Haz lo que quieras»"

De no haber sido por el apoyo que el escritor recibió de protectores como Jean du Bellay, es muy probable que la censura hubiese logrado acabar rápidamente con las aventuras de sus desaforados gigantes.

Rabelais, al que algunos describen como un "bon vivant" se guardó una gran frase para sus últimos momentos y según algunos testimonios dijo: "Me voy en busca de un gran quizá; corran el telón, la farsa ha terminado".

Pero donde realmente volcó la esencia de su singular humor fue en una cita de su testamento donde, según la tradición anecdótica, dejó la siguiente declaración de voluntades:  

"No tengo nada; debo mucho; el resto lo dejo a los pobres".

Imagen: Gargantúa en un grabado de Gustave Doré. Fuente: Wikimedia Commons - CC0
 

lunes, 13 de octubre de 2025

Balzac: "Tanto tienes, tanto vales"


Honoré de Balzac (1799-1850) fue un escritor portentoso. Su capacidad de trabajo resultó abrumadora, y gracias a su dedicación y al estímulo que le proporcionaban las grandes cantidades de café que consumía, logró edificar la mayor parte de ese colosal proyecto que resultó ser "La comedia humana", una serie de novelas que habían de sumar 137 volúmenes y de las que llegó a finalizar noventa y una antes de morir a los cincuenta y un años. Una obra en la que intentaba representar de forma detallada la sociedad francesa en su conjunto, tanto que Balzac apuntaba que su pretensión era hacerle la competencia al Registro Civil.

Si bien Balzac fue metódico y brillante cuando escribía, en sus inicios fue un tanto imprudente a la hora de embarcarse en negocios que finalmente resultaron ruinosos. Sus sucesivos fracasos como editor, impresor o fundidor de tipos lo dejaron muy endeudado y lo obligaron a buscarse la vida como buenamente podía.

Existe una anécdota apócrifa según la cual, encontrándose Balzac en esta difícil situación y cuando todavía no se había labrado un nombre como escritor, llevó a un editor una de sus novelas. El editor, después de leerla, se mostró entusiasmado y, sin esperar a que Balzac volviera para recibir respuesta, se lanzó a buscarlo para conseguir los derechos de la obra pensando que al menos debería ofrecerle tres mil francos. Una vez supo que el escritor vivía en un barrio humilde del extrarradio, pensó que quizás la cifra que tenía en mente era excesiva y decidió ofrecerle tan solo dos mil francos. Ya en el inmueble, al saber que vivía en una sexta planta, e intuyendo las dificultades del escritor, redujo mentalmente su oferta a mil francos.

En un ejemplo magnifico de ese refrán que reza “Tanto tienes, tanto vales”, cuando el editor entró en el modesto apartamento y encontró al escritor remojando un mendrugo de pan en un vaso de agua, supo que cualquier cantidad de dinero que le ofreciera sería bien recibida y, como buen cicatero que era, le dijo: "Aquí tiene trescientos francos por los derechos de su novela."

Balzac, cómo no, aceptó de buen grado aquel dinero que le llegaba. Puede que con él comprara más papel, más tinta y, por supuesto, más café.


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martes, 16 de septiembre de 2025

Balzac y la reveladora Venus de Milo

 

“La belleza es el mayor de los poderes humanos.” (Honoré de Balzac)

Si Dante nos habló del cielo y el infierno en "La divina comedia"Balzac quiso descender a lo terrenal y mostrarnos la vida cotidiana en su obra "La comedia humana". Era tal su afán por describir con realismo todo lo que le rodeaba, que el proyecto constaba de 137 novelas, de las que llegó a completar 91 con la ayuda de litros de café y de una dedicación absoluta. Le gustaba bromear diciendo que, con los 2.500 personajes que desfilarían por sus libros, estaba dispuesto a hacerle la competencia al Registro Civil.

Para que aquella visión del mundo fuera consistente debía convertirse en un observador atento e implacable. A Balzac le encantaba dar largos paseos por París buscando inspiración y durante un tiempo puso el foco de su atención sobre el Museo del Louvre. No eran las pinturas ni las esculturas lo que le interesaba, sino las reacciones de las personas que por allí se movían contemplando aquellas obras de arte, a menudo tan escasas de ropa.

El domingo era el día preferido por el escritor para observar las reacciones de los hombres y las mujeres, sus rostros, sus gestos... Escogía esa jornada por ser cuando acudían más forasteros, quienes al no ser visitantes habituales del Museo, solían manifestar reacciones más espontáneas e intensas.

Cuenta Noel Clarassó en su “Antología de Anécdotas” que de entre todas las maravillas que muestra el Louvre, Balzac tenía predilección por colocarse cerca de la Venus de Milo, una obra que aunaba la perfección artística con la desnudez femenina. En una época en la que el cuerpo de la mujer solo mostraba sus secretos en el ámbito del matrimonio, una escultura tan ligera de ropa podía resultar muy reveladora para aquellos que estaban ávidos de respuestas.

En cierta ocasión -según contaba después a un amigo- se topó con un campesino que permanecía totalmente absorto ante la Venus, paralizado y con la boca abierta como un buzón. Quién sabe qué pasaría por la mente de aquel hombre, qué ensoñaciones había provocado la Venus en él o, seamos bien pensados, tal vez simplemente había descubierto la misteriosa posición que debían tener sus inexistentes brazos.  El caso es que Balzac, de forma algo traviesa, llegó a introducir un dedo en la boca abierta de aquel hombre sin que este se diera cuenta ni mostrara la más mínima reacción.

Desde ese momento, el campesino se convirtió, estoy seguro, en un candidato perfecto para aparecer en "La comedia humana".

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miércoles, 20 de agosto de 2025

Los quinientos lápices de Truman Capote y otras manías


“No me importa lo que digan de mí siempre y cuando no sea verdad” (Truman Capote)

Truman Capote nunca ganó el Premio Nobel de Literatura. Tampoco le hizo falta para ingresar en el olimpo de los grandes escritores y como muchos de ellos tenía multitud de manías y rituales en la vida diaria y en la escritura. Contaremos algunas verdades sobre ello.

Se dice que Capote era incapaz de empezar o terminar un trabajo en viernes y que no usaba jamás habitaciones de hotel con el número 13. Según algunos amigos, entre los que se cuentan Norman Mailer o Gerald Clarke, otra fijación era el número de cigarrillos que podía haber en un cenicero. Si ya había tres y él terminaba el que estaba fumando era capaz de guardar la colilla en el bolsillo antes que sentir un cenicero frente a él colmado de restos. Capote no soportaba un número impar de flores en un jarrón y era obsesivo con el orden y con que las cosas estuvieran correctamente colocadas. No era extraño que en restaurantes o de visita en casas ajenas, se pusiera a mover mínimamente algunos objetos para sentirse más cómodo.

Y si llamativas eran sus fijaciones en el día a día, las que desplegaba en el acto de escribir no lo eran menos. Capote habló mucho sobre ello en numerosas entrevistas. Por ejemplo:

“Yo siempre me pongo muy, muy nervioso al comienzo de la jornada de trabajo. Me lleva mucho tiempo empezar. Una vez que empiezo, voy tranquilizándome un poco, pero haría cualquier cosa por aplazarlo para más tarde. Debo tener unos quinientos lápices afilados, pero vuelvo a sacarles punta hasta dejarlos en nada. En cualquier caso, me las arreglo para escribir unas cuatro horas al día.”

Sobre la obsesión con los lápices, cuyo número a buen seguro exageró bastante, debemos aclarar que eran esenciales en el comienzo de cualquiera de sus libros. Lo cuenta él mismo en una entrevista aparecida en “The Paris Review” en 1957:

"No, no uso máquina de escribir. No al principio. Escribo mi primera versión a mano (con lápiz). Luego hago una revisión completa, también a mano. Después mecanografío un tercer borrador en papel amarillo, un tipo de papel amarillo muy especial. No, no me levanto de la cama para hacerlo. Apoyo la máquina en equilibrio sobre mis rodillas. Funciona bien; puedo escribir cien palabras por minuto. Cuando termino el borrador amarillo, guardo el manuscrito un tiempo, una semana, un mes, a veces más. Cuando lo saco de nuevo, lo leo con la mayor objetividad posible, luego se lo leo en voz alta a unos pocos amigos y decido qué cambios quiero hacer y si quiero publicarlo o no. He desechado bastantes cuentos, una novela entera y la mitad de otra. Pero si todo va bien, escribo la versión final en papel blanco y listo."

Otra singularidad era la forma en la que se enfrentaba a su trabajo. Muchos escritores buscan esa primera frase con la que empezar un libro. Debe ser perfecta. Toda una declaración de intenciones. Curiosamente, Capote afirmaba que empezaba los libros por el final: “También escribo el último párrafo o página de una historia primero. De esa manera siempre sé hacia qué estoy trabajando.”

Sus noches eran movidas. Sobre sus visitas a la discoteca “Studio 54” podrían contarse infinidad de anécdotas, pero sus mañanas guardaban un patrón tan ritual como su modo de escribir.  Se levantaba alrededor de las diez, tomaba café, leía el periódico y se mantenía fiel al café hasta el mediodía. Por la tarde como veremos, ya era otro cantar. Si a Hemingway le gustaba escribir de pie, Capote era propenso a todo lo contrario. La comodidad era lo primero. En la entrevista ya citada en “The Paris Review” decía:

“Soy un autor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que esté tumbado, ya sea en la cama o estirado en un sofá, con un cigarrillo y un café a mano. Tengo que estar fumando y bebiendo. A medida que avanza la tarde, paso del café al té de menta, del jerez a los martinis“

A decir verdad, parece que evitaba el alcohol en la fase creativa, pero en la fase de mecanografiado el escritor mantenía que unas copas no le afectaban en absoluto a su trabajo. En cualquier caso era un escritor parsimonioso.

Citas de Capote como: “Para mí, el mayor placer de escribir no es lo que se trata, sino la música interior que crean las palabras” o “Básicamente pienso en mí mismo como un estilista” dan una idea del rumbo al que dirigía su talento. Había encontrado su propia voz: “La escritura tiene leyes de perspectiva, de luz y sombra, como la pintura o la música. Si naciste conociéndolas, perfecto. Si no, apréndelas. Luego reordena las reglas para adaptarlas a ti.”

Pero que esa voz expresara con exactitud su pensamiento, el ideal que tenía en su cabeza, podía llegar a ser un suplicio, máxime cuando sus libros eran su esencia: “Creo que la única persona a la que un escritor le debe algo es a sí mismo. Si lo que escribo no cumple algo en mí, si honestamente no siento que sea lo mejor que puedo hacer, entonces me siento miserable.”

Puede que por ello les dedicase tanto tiempo. Revisaba y reescribía hasta el agotamiento. "Escribir dejó de ser divertido cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y, aún más aterrador, la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte." En sus conversaciones con Lawrence Grobel reconocía que podía llegar a tardar meses en pulir unas pocas páginas. "Reescribo una y otra vez. Si pudiera, mantendría mis libros en estado de revisión perpetua" —confesaba Capote. En cualquier caso, el escritor también aclaró que, tras la última versión, ya mecanografiada en papel blanco, nunca cambiaba una palabra.

En una entrevista de 1979 incluida en Vogue, Capote reflexiona sobre su vocación y carrera: “No tiene nada que ver con el ego. Desde luego, no en mi caso, porque honestamente no tengo mucho. Tengo un sentimiento tremendo sobre la importancia de mi escritura. Quiero decir, se lo debo a Dios, si quieres decirlo así, alcanzar lo que sé que puedo. No puedo parar aquí, ¿sabes? Porque hay otro nivel, el estado máximo de gracia —y tengo que llegar allí.” Solo un escritor exigente sabe el trabajo que hay detrás de un gran libro: “Es una vida realmente insoportable enfrentarse a ese trozo de papel en blanco todos los días y tener que alcanzar las nubes para sacar algo de ellas”

Y Truman Capote, con sus fijaciones y su afán de perfección, gastando lápices uno tras otro, saltando de las páginas amarillas a las blancas, entre martinis y café, logró obras maestras como: "A Sangre fría", “Desayuno con diamantes”, "Música para camaleones", "Otras voces, otros ámbitos" o "Plegarias atendidas". En ellos recogía el mundo que desfilaba ante él, fuera visible o no. Como él mismo sentenciaba: “Eso es todo lo que un escritor tiene que escribir: lo que ve y oye, y lo que no”. Al fin y al cabo, hay una historia detrás de todo.


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0 - Fuente Original

sábado, 2 de agosto de 2025

"Vengo de abajo" - Gloria Fuertes


Vengo de abajo,
quizá por eso nunca dejaré a los del barrio.
Tiro hacia arriba,
la pupila del pobre me tiene viva.
Salud, trabajo,
es todo lo que pide el que está abajo.
Le doy cultura,
que aún no sabe leer
con su estatura.
Le leo versos,
al hombre más sencillo
del Universo.

El poema tiene por título "Vengo de abajo" y pertenece a la obra "Historia de Gloria" (1980) de la escritora Gloria Fuertes. Y ella sabía muy bien de lo que hablaba. En el programa de entrevistas "A fondo" de Joaquín Soler Serrano, recordaba sus tiempos de estrecheces durante los años cuarenta y cincuenta en los que para intentar abrirse camino había de aparentar cierta presencia: "Tenía solo un abrigo y me lo quitaba para entrar en los sitios, para que no pensaran que era una pobre. Pero luego no podía salir hasta que cerraran, porque hacía mucho frío fuera". Afortunados sin duda, aquellos que son capaces de mantener la perspectiva y no olvidar de dónde vienen, ni hacia dónde quisieron encaminar sus pasos en el azaroso camino de esta vida que con tanta facilidad es capaz de engañarnos. Ella, según sus propias palabras, siempre lo tuvo claro: 

"Cuando mi madre me veía con un libro, me pegaba. Nadie de mi familia me dijo nunca "escribe, hija, escribe, que lo haces bien...". Nadie. No tengo nada que agradecer a mi familia. Pero cuando se quiere una cosa, aunque tu familia no te ayude, se consigue. Si vales de verdad y quieres algo con todas tus ganas, sales adelante seguro."

Ella soñaba con ser poeta como su admirado Walt Whitman al que leía desde pequeña y al que le dedicó estas palabras en el poema conocido como "Carta a Walt Whitman": «Walt Whitman, si tú vivieras, / serías mi mejor amigo. / Iríamos juntos por los parques / hablando con los árboles, / llorando con los niños»

Pero lograr su sueño y ser poeta, como Whitman o su admirado Juan Ramón Jiménez, no fue nada fácil. Ser escritora y ser mujer fue una doble condición que durante muchos años no casaban bien, sobre todo durante nuestra gris posguerra civil. En 1997, en una entrevista concedida al diario "El País" recordaba con su humor habitual, pero también con un puntito de amargura un episodio muy revelador de los obstáculos y los prejuicios que hubo de superar en su juventud para alcanzar su sueño: 

"Fui a una tertulia literaria en los años 40, en la que los poetas eran todos hombres. Uno de ellos, al verme leer mis versos, dijo: “Esto no lo ha escrito una mujer".

Hoy, Gloria Fuertes es parte de nuestra cultura, una figura respetada y entrañable querida por todos y especialmente por aquellos niños, los de mi edad, a los que regaló para siempre no uno sino tres globos, con una letrilla que cantó toda una generación: "Un globo, dos globos, tres globos, el mundo es un globo que se me escapó..." 

Gloria, mucho más que una poetisa infantil, como algunos  quisieron encasillarla, vino de abajo y nunca lo olvidó, pero como sus globos, llegó alto. Muy alto. Altísimo.

Imagen: Tomada de Cervantesvirtual

lunes, 28 de julio de 2025

Valle-Inclán: entre el hambre y la generosidad



Se cuenta que en cierta ocasión el singular Ramón del Valle-Inclán, cuando ya era un personaje conocido, fue citado ante el juez a raíz de un alboroto que había causado. Cuando el juez le hizo las preguntas iniciales de rigor, conocidas como "las generales de la ley", declaró su nombre y remarcó su oficio como escritor. El juez continuó:
— ¿Sabe leer y escribir?
— No — respondió con seguridad Valle-Inclán.
— Me extraña la respuesta — añadió el juez.
— Más me extraña a mí la pregunta — sentenció el creador de "Luces de bohemia".

Pero la historia que quería contar de Valle-Inclán es otra que habla de su generosidad. El escritor siempre vivió con estrecheces económicas y aún así no era amigo de renunciar a sus principios como literato serio: "Yo soy un escritor, no un comerciante de letras. Y cuando el hambre aprieta, me resigno antes a pedir limosna que a escribir contra mi conciencia" le escribió en cierta ocasión a su editor según contaba Ramón Gómez de la Serna. La moda de los folletines le era igualmente repelente y rehuía de ellos como de la peste: "¡Yo me moriré de hambre, pero no escribiré un folletín para los tenderos!".  

Ante aquellas premisas, para él resultaban vitales los quince duros que le enviaban mensualmente desde Galicia, con los que lograba mantener medianamente a flote su pobre economía. Se cuenta que paseando por las afueras de Madrid, justo después de recoger aquellas 75 pesetas, vio cómo un grupo de personas se arremolinaba en torno a una camilla en la que reposaba un albañil que acababa de caerse de un andamio. Dolorido se lamentaba de haberse roto una pierna en el accidente y de que ya no podría alimentar a su familia. Alguien de entre el público dijo que podría ayudarse de un aparato ortopédico para remediar en cierta medida el tiempo de convalecencia y añadía que costaba precisamente quince duros. Tan pronto escuchó la cantidad, un conmovido Valle-Inclán tanteó en su bolsillo el dinero que acababa de recibir y sin dudar un instante se abrió paso entre la gente y dijo: "Pues si necesitan quince duros, aquí están..." Igual se acordó de la generosidad de Raskolnikov, el famoso personaje creado por Dostoievski en "Crimen y Castigo", o del protagonista sin nombre de "Hambre" de Knut Hamsun, que también eran propensos a dar todo lo que tenían al necesitado a pesar de su extrema situación de precariedad. Sin duda los modelos del pasado no son los de ahora. No todos los héroes llevan capa y ropas ajustadas: algunos solo tienen quince duros.

Solo le quedaba a Valle-Inclán un largo mes por delante. No es extraño que el autor de Tirano Banderas dijera: "En España el hambre es una tradición". Él al menos podía acompañar esta inveterada tradición con el orgullo intacto de haber hecho lo que creía correcto.

Fuente: "Anécdotas de la Historia" - Pancracio Celdrán Gomariz.
Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0 - Fuente original

sábado, 19 de julio de 2025

Las cartas de despedida de Virginia Woolf

 

28 de Marzo de 1941

Queridísimo,

     Estoy segura de que me estoy volviendo loca de nuevo. Siento que no podremos superar otro de aquellos terribles tiempos. Y no voy a recuperarme esta vez. Empiezo a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en cada aspecto todo lo que se podría ser. No creo que otras dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. Ya no puedo enfrentarla. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mi podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte... que todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme, habrías sido tú. En mí no queda nada más que la certidumbre de tu bondad. no puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

    No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.

V.

Esa fue la carta que dejó a su marido en un sobre azul en la mesa del salón, a su lado había otra carta dirigida a su hermana Vanessa, en la que se expresaba en los siguientes términos:

Queridísima:

    No puedes imaginar cuánto me gustó tu carta. pero creo que he ido demasiado lejos esta vez como para volver nuevamente. Ahora tengo la certeza de que me estoy volviendo loca de nuevo. Es tal y como fue la primera vez, siempre estoy oyendo voces, y sé que no habré de superarlo ahora.

    Todo lo que quiero decir es que Leonard ha sido asombrosamente bueno, cada día, siempre; no puedo imaginarme que alguien haya podido hacer más por mí de lo que él ha hecho. Hemos sido perfectamente felices hasta las últimas semanas, cuando este horror comenzó. ¿Le harás saber esto? Siento que él tiene tanto por hacer que seguirá mejor sin mí, y tú lo ayudarás.

    Ya casi no puedo pensar claramente. Si pudiera te diría lo que tú y los niños han significado para mí. Creo que lo sabes.

     He luchado, pero ya no puedo más.

Después de que Virginia Woolf escribiera estas dolorosas cartas, como lo son todas las de suicidio, me la imagino caminando a paso lento con su abrigo hacia el río Ouse, cercano a su casa y ya junto a él, llenar sus bolsillos de piedras, dejar su bastón junto a la orilla, que sería lo único que encontraría su marido cuando salió a buscarla, para a continuación adentrarse poco a poco en las aguas del rio y ya sin solución, desaparecer en ellas. 

Su cuerpo no sería encontrado hasta veinte días después por unos chiquillos que paseaban con sus bicicletas junto al río y que en un principio confundieron su cuerpo con un tronco flotando. La policía anotó que su reloj se había parado a las 11'45 horas. Su doliente esposo, al que tanto intentó atenuar el golpe la escritora, enterró sus cenizas bajo un árbol. Virginia Woolf dijo en alguna ocasión: "La vida es sueño, es la realidad la que nos mata". Supongo que aquella realidad que se mostraba a sus ojos, en plena crisis por su enfermedad, le resultó más insufrible que nunca. Eran tiempos difíciles. No hacía mucho que su casa, en el londinense barrio de Bloomsbury, había quedado destruida por un bombardeo de los alemanes, obligándola a mudarse y a cambiar el entorno en el que se sentía arropada y segura, el propio estado de guerra total que vivía el mundo y el escaso éxito que obtuvo una de sus obras ayudaron a sumirla en aquel estado de profunda desesperanza. Una tremenda pérdida. Más allá de sus magníficos libros, con tan sólo su retrato, el de arriba, obra de George Charles Beresford, habría sido necesaria mantenerla en la memoria. Es una obra de arte. Preciosa en su languidez. 


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