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sábado, 18 de julio de 2026

Los cuchillos de James Coburn


Cuando en 1954 se estrenó «Los siete samuráis» de Akira Kurosawa, James Coburn quedó completamente atrapado por la historia y por la estética de sus personajes. El propio actor contó que llegó a verla al menos quince veces y que durante una temporada llevó a sus amigos a descubrir aquella película que tanto le había impresionado. Cuando supo que en Hollywood se había puesto en marcha una versión en clave de western, que acabaría titulándose «Los siete magníficos» (1960) hizo todo lo posible para hacerse con un papel en la misma.

No tardó en contactar con John Sturges, el director del proyecto, y le pidió interpretar al personaje con el que se había sentido especialmente identificado: Kyūzō, el lacónico maestro de la espada interpretado por Seiji Miyaguchi, casi las antípodas del excesivo Kikuchiyo encarnado por Toshirō Mifune. En palabras de Coburn, Kyūzō «No tenía que decir nada. Simplemente lo hacía». Cuando resultaba necesario actuar lo hacía sin vacilaciones y el resto del tiempo parecía guardar una admirable compostura casi zen.

Sturges no recibió mal la oferta y prometió darle una respuesta antes de las tres. A las dos y media llamó a Coburn para decirle: «Ven y recoge tus cuchillos». Aquellos cuchillos serían el arma distintiva de Britt, el personaje paralelo a Kyūzō en la versión americana. Poco le importó a Coburn que su personaje tuviera apenas una decena de frases en la película, estaba convencido de poder darle brillo, con la misma economía gestual y de movimientos que ya usó Miyaguchi.

Puede que al menos una pizca de aquella frialdad y autocontrol del personaje terminara acompañándolo también fuera del rodaje. Según contaba Robert Vaughn —uno de los siete magníficos—, durante un descanso en la filmación de la película en México, ambos salieron de un restaurante y pidieron que les trajeran del aparcamiento el flamante Jaguar de Coburn. Ante sus ojos vieron como el lujoso coche apareció a toda velocidad y se estrelló contra una pared. Instantes después, salió del vehículo dando tumbos el aparcacoches, visiblemente borracho.

Coburn, al ver el desastre en el que había quedado su coche, se limitó a poner una mano en el hombro de Vaughn y a decirle:

«A estas horas no vamos a encontrar un taxi»

Sin duda, Kyūzō habría estado orgulloso de aquella reacción.

Imagen: Tomada de Doctor Macro - Fuente original

sábado, 4 de julio de 2026

Charles Bronson, mucho más que "El justiciero de la ciudad"

 

«Supongo que tengo el aspecto de una cantera que alguien ha volado con dinamita» (Charles Bronson)

Su fama se cimentaba en su aspecto de tipo duro. La vida lo había moldeado así. Charles Bronson era el undécimo de quince hermanos en una familia lituana emigrante en Estados Unidos que había de ganarse la vida extrayendo carbón en la mina. No había dinero para lujos. Si tenía que vestir ropa heredada de una de sus hermanas se hacía y si al regresar del colegio tenía que quitarse los calcetines para que uno de sus hermanos pudiera ponérselos y bajar a la mina, no se le ocurría rechistar. Cuando le llegó la edad apropiada también a él le toco picar el negro carbón en el turno de noche mientras iba al colegio por la mañana. Cobraba un dólar por tonelada de mineral extraído.

Puede que toda aquella penuria le hiciera recibir su reclutamiento al ejército en plena Segunda Guerra Mundial, como una salida, al menos allí tenía comida y un uniforme limpio a diario. Lo hizo como artillero aéreo en un bombardero B-29 destinado en Guam en el que realizó veinticinco misiones, algunas de ellas sobre Japón, hasta ser herido en una de ellas lo que motivó que fuera condecorado con el Corazón Púrpura.

De regreso a la vida civil hizo todo lo posible para no volver a la mina. Recoger cebollas o trabajar como panadero eran las opciones que se le ofrecían. Sus incipientes estudios de dibujo y pintura le llevaron a trabajar en los decorados de un grupo de teatro, donde hizo sus primeros pinitos en la actuación. La fortuna quiso que en una película «You’re in the Navy Now»— uno de los personajes requiriera una cualidad especial que ninguno de los actores disponibles podía hacer con naturalidad: eructar a voluntad, algo que a Bronson se le daba a la perfección. Ese, por poco solemne que resulte, fue el inicio de su carrera ante las cámaras.

Años después, tras demostrar otras muchas cualidades, lograría asentar su carrera como actor y se convirtiera en el hombre de la armónica, en el justiciero silencioso, siempre en un hombre de pocas palabras —dentro y fuera del escenario— que podía atravesarte con la mirada. «Es simplemente que no me gusta hablar demasiado», confesó en cierta ocasión. Cuando le preguntaron el motivo, respondió con una frase que parecía escrita para uno de sus personajes: «Porque me entretienen más mis propios pensamientos que los pensamientos de los demás».

Antes tuvo que abrirse camino con muchos papeles secundarios y hacerse un nombre en el cine europeo donde destacó incluso antes que en su propio país, incluso hubo de cambiar su verdadero nombre: Charles Buchinsky por el Charles Bronson por temor a ser catalogado como comunista en plena caza de brujas o parecer demasiado extranjero. La leyenda cuenta que adoptó ese nombre inspirado por la famosa puerta Bronson de los estudios Paramount.

Fue uno de «Los siete magníficos», estuvo en «La batalla de las Ardenas», en «Los doce del patíbulo» y en «La gran evasión» en la que su director, John Sturges, jugando un poco con el pasado minero del actor y sus miedos, le hizo encarnar a un piloto de aviación prisionero que había de encargarse de excavar el túnel de huida a pesar de su claustrofobia.

Pero puede que sus papeles más recordados sean como «El justiciero de la Ciudad», de la que hubo cinco entregas, «El luchador» y sobre todo, como el impertérrito hombre de la armónica en «Hasta que llegó su hora»

Un duro entre los duros de Hollywood.


Imagen: De Wikimedia Commons - CC0 Dominio Público.

sábado, 31 de enero de 2026

Cantinflas: El personaje por encima del actor

 


Cuando Cantinflas decía en una de sus películas: «¿Qué somos en la vida sino abrojos del arroyuelo salidos del pantano de la desilusión?», sabía muy bien a qué se refería. Mario Moreno fue el sexto hijo de los catorce que tuvieron sus padres y de los que solo sobrevivieron ocho. Pronto tuvo que aprender a buscarse la vida, ya fuera como ayudante de zapatero, desde donde “ascendió” a bolero (limpiabotas) —algo que recordaría después en una de sus películas más aplaudidas, «El bolero de Raquel»—, o como mandadero, taxista, cartero, bailarín y otros oficios por el estilo, todos ellos empleos de supervivencia, hasta acabar en el circo como torero cómico. 

Como una esponja iba acumulando recursos para crear aquella jerga ininteligible que servía para aparentar la solvencia que un simple «peladito» no podía ofrecer. Dicen que fue en una de aquellas pantomimas delante de una vaquilla en la que, entre las risas de la gente, empezó a improvisar de manera errática un monólogo que había olvidado. Pero —y «Ahí está el detalle»— Cantinflas, como peladito, tendría pocos estudios, pero era dueño de una aguda inteligencia con la que supo crear un personaje que era eco del México humilde que le tocó vivir. 

Solo quedaba vestir al personaje con unos pantalones holgados y remendados, una cuerda como cinturón, un bigotillo inusual y una humilde camiseta mal abotonada que trata de dignificar con un pañuelo al cuello y un sombrero deformado. Él, como Charlot, no dejaba de ser un quiero y no puedo, como quien dice un pues sí pero no, un adorable buscavidas con maneras, un galán con remiendos, un señor sin cartera pero rico en sabiduría popular.

Había nacido Cantinflas, un personaje que hizo que Chaplin considerara a Mario Moreno como uno de los mejores cómicos de su época. Aunque en su paso por Hollywood ganó un Globo de Oro por su interpretación en «La vuelta al mundo en 80 días», su humor no lograba todo su brillo en una lengua que no le dejaba jugar con las palabras y los malentendidos de la misma forma que en castellano. En México sí, logró convertirse en todo un ídolo, en un símbolo y con el tiempo en todo un potentado que acumuló una gran fortuna gracias a sus películas y a sus iniciativas empresariales.

Y así, como quien no quiere la cosa, el peladito se había convertido en Don Mario, en alguien que podía permitirse un jet privado en una época en la que eso solo estaba al alcance de grandes fortunas o estrellas como Frank Sinatra o Elvis Presley. Y sin embargo nunca olvidó sus orígenes y de manera discreta hacía grandes donaciones a los necesitados; una cosa es una cosa y otra cosa es muy distinta. Puede que por ello para todo México fuera para siempre su peladito, por mucho dinero que hubiera en sus bolsillos. Así lo inmortalizó Diego Rivera en el gigantesco mural del Teatro de los Insurgentes de México, como el inmortal Cantinflas, que recordando a un Robin Hood o para otros a San Martín de Porres, daba a los pobres lo que recibía de los ricos.

Al fin y al cabo, Mario Moreno creó un personaje que lo absorbió y que aún sigue cantinfleando y haciendo reír. Algo nada fácil para alguien que nace arresobajado de los abrojos del arroyo. Así como usted lo oye. Ahí está el detalle.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

domingo, 18 de enero de 2026

Adrien Brody, el rostro del dolor

 


Pocas películas han tocado los sentimientos de multitud de personas con la intensidad que lo hizo «El pianista» (2002). Su director, Roman Polanski, lograba con este trabajo volcar gran parte de los sentimientos acumulados tras las vivencias sufridas por su familia en Europa. Su madre murió asesinada en Auschwitz, su padre a duras penas sobrevivió al campo de concentración de Mauthausen y él mismo hubo de huir como pudo del gueto de Cracovia. Sabía muy bien de aquel horror y necesitaba contarlo. No era un relato biográfico, pero sí una memoria de sentimientos, tanto propios como colectivos.

Para dar vida al pianista Władysław Szpilman, eje de todo el relato, necesitaba a un actor poco conocido, que no impusiera su carisma al personaje. Buscaba alguien que representara la fragilidad y vulnerabilidad de quien nada puede hacer en un mundo cruel como aquel sino intentar sobrevivir.

Adrien Brody no era un rostro muy conocido por entonces y cuando supo que Polanski buscaba un actor para su película se presentó como uno más al casting. Brody, de ascendencia judía como Polanski —aunque con experiencias vitales muy diferentes—, no pretendió apabullar con su actuación, evitó el dramatismo, redujo la gestualización al mínimo y leyó sus líneas casi sin inflexión emocional. No parecía haber actuación visible, pero tan solo un arqueo de cejas en el enjuto rostro del actor parecía hablar de hambre, sufrimiento, privaciones y necesidad.

Su delgadez, su rostro anguloso y la fragilidad que transmitía eran precisamente el eje sobre el que Polanski quería construir su personaje. Brody se hizo con el papel y desde ahí empezó para él todo un calvario.

Consciente del compromiso que asumía con una historia como aquella, que estaba concebida como algo más que una simple película, decidió meterse en el papel del personaje de manera radical. La soledad y el hambre eran una parte esencial en las vicisitudes que sufrió Szpilman de modo que, para enfrentarse a ellas, Brody vendió su coche, se mudó a un pequeño apartamento de Nueva York en el que se aisló socialmente de forma deliberada. Su mantenida ausencia motivó la ruptura con su pareja de entonces agudizando su experiencia de pérdida y soledad. En aquellas condiciones se aplicó en perder peso, nada menos que trece kilos, algo que para alguien tan delgado como él resulta todo un reto. Meticuloso hasta el detalle, intentó aprender a tocar mínimamente el piano para abordar algunas escenas con solvencia.

Refiriéndose a aquellos días de interiorización del personaje dijo: «Quería saber qué se sentía al estar solo».

La actuación ya la conocen. Desde entonces, Adrien Brody es el actor más joven en ganar el Óscar al mejor actor principal —lo hizo con 29 años— y su papel es uno de los más memorables de la historia del cine. Pocos saben que sus esfuerzos para dotar de verdad al sufrido pianista le sumieron en una depresión que le duró más de un año.

Ayer, viendo «El brutalista» (2024 – Brady Corbert) volví a encontrar ecos de aquella vulnerabilidad que tan dolorosamente nos mostró en «El pianista». Es un soberbio actor que en su rostro lleva —de serie— la expresión del dolor y eso es algo que se nota en la pantalla.


Imagen: De Wikimedia Commons - de Bryan Berlin CC BY SA-4.0 retocado el fondo.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Ha fallecido Héctor Alterio: El hombre detrás del título

 


Se nos ha marchado Héctor Alterio, uno de los grandes de nuestro cine. «LA HISTORIA OFICIAL» cuenta que hubo de alejarse de su Argentina natal, de «LA PATAGONIA REBELDE» para venirse a España. Las amenazas que recibía de aquella especie de «MAFÍA» que fue la Triple A le hicieron sentir como si hubiera cometido «EL CRIMEN DE CUENCA» siendo inocente. 

Aunque se sintiera «ARGENTINO HASTA LA MUERTE», siempre pensando en «VOLVER» aquí encontró «EL ARREGLO» para su situación, «EL NIDO», desde el que lanzar «EL CANTO DE LA CIGARRA» que como actor quería regalar al mundo, un mundo que para él no era sino «LA CASA SIN FRONTERAS» de todos. Encontró, en actores como Juan Diego, a «LOS SANTOS INOCENTES» que le ayudaron en los difíciles inicios en nuestro país. Su talento ante las cámaras, sus ojos y su verbo le hicieron «CRECER DE GOLPE», hasta sentir que tenía toda «LA VIDA POR DELANTE» para dedicarla a su arte. La fortuna le regaló dos hijos que apuntan tan buenas maneras en la pantalla como él.

Las cámaras nunca le dieron «LA TREGUA» ni el descanso que tanto teme cualquier actor. Su romance con el cine se había sellado en unas «BODAS DE SANGRE» en las que era mucho más que «EL HIJO DE LA NOVIA», era el protagonista.

La vida le fue amable, sin ninguna «ASIGNATURA PENDIENTE», no la sintió como un «TIEMPO DE REVANCHA», pero la vida, al fin y al cabo, es finita para todos y con la edad llegan «LOS GOLPES BAJOS» de la salud. En «LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA VÍCTIMA» que ahora es tras cerrar los ojos, tomó a los 96 años «EL ÚLTIMO TREN». Mientras se aleja podremos cantarle aquello de «NO HABRÁ MÁS PENAS NI OLVIDO». Sin duda olvido no habrá. Ahora quedará el eco de su imagen y voz, tal como en «CRÍA CUERVOS»

D.E.P.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Los catorce de Clooney

 


Con las tres películas de atracos en Las Vegas, —Ocean's Eleven, Ocean's Twelve y Ocean's ThirteenGeorge Clooney, con su panda de amigotes, nos regaló muy buenos momentos de diversión. Lo curioso es que hay una historia real que bien podría llamarse «Los catorce de Clooney», en la que sus protagonistas pudieron sentirse verdaderamente afortunados sin tener que robar en el «Belagio» o el «Caesars Palace».

En 2013, el actor tuvo una breve aparición en la exitosa película «Gravity» (Alfonso Cuarón), título en el que también participó como productor. La película no solo ganó siete premios Óscar, también logró una recaudación de 723 millones de dólares cuando su producción solo había costado unos 100. Los beneficios resultaron espectaculares y ello supuso para el actor unos ingresos totales de unos 14 millones de dólares, según el mismo reconoció.

Clooney debió sentirse inmensamente afortunado y por momentos agradecido por la posición en la que se encontraba. En un gesto realmente inusual, hizo una lista con las catorce personas que le habían ayudado en los momentos realmente difíciles: El actor lo contaba así a GQ:  

«Pensé que tenía que hacer algo por todos estos amigos que durante 35 años me habían ayudado a estar donde estaba de una manera u otra. Hablamos de gente que me dejó dormir en su sofá cuando no tenía dinero. Que me prestó pasta cuando la necesitaba. Amigos realmente buenos»

Así que, ni corto ni perezoso, preparó catorce maletines, los llenó con un millón de dólares cada uno e invitó a aquellos amigos a una cena en la que agradecido les entregó aquel presente.

Supongo que con la fama de bromista que tiene Clooney, más de uno esperaría que aquel gesto fuera una chanza más, pero resultó ser real. El actor explicó en la citada entrevista que ya todos ellos estaban en su testamento, pero no encontraba razón para esperar a que le pudiera atropellar un autobús para que recibieran aquel acto de gratitud de su parte.

La historia terminó trascendiendo y Clooney contó a GQ que se encontró con alguna reacción peculiar:

«Recuerdo que cuando aquella historia se filtró a la prensa coincidí con un millonario bastante imbécil en un hotel de Las Vegas. Alguien que obviamente era mucho más rico que yo y que me preguntó que por qué había hecho algo así. “¿Por qué no lo has hecho tú, idiota?” fue lo único que le respondí»

Para alguien como Clooney, está claro que los sobres no son elegantes. Un hombre con estilo regala maletines. ¡Quién pudiera!

Imagen: De Wikimedia Commons - Michael Vlasaty - CC BY 2.0

miércoles, 3 de diciembre de 2025

El silencio de Anthony Perkins


 

Desafortunadamente, lo que el cine hizo con Anthony Perkins fue taparle la boca, tal como vemos en el fotograma de «Psicosis» en el que encarnaba al inolvidable Norman Bates. No es del Anthony Perkins actor del que queremos hablar hoy, ese que tras pasar por las manos de Hitchcock quedó encasillado en unos papeles más bien oscuros y siniestros, sino del prometedor Tony Perkins, como se hacía llamar, y que resultó ser un excelente cantante de baladas de corte suave con un tono muy cercano al jazz.

En los años cincuenta compaginaba sus primeros pinitos en los escenarios teatrales y producciones cinematográficas con su faceta como cantante, en la que nos dejó tres discos sorprendentemente buenos durante los años 1957 y 1958. Sus temas podrían encuadrarse en la línea de la música ligera —easy listening— con incursiones puntuales en temas clásicos del jazz, sobre todo en su álbum «On a rainy afternoon», en los que su susurrante voz, recuerda de inmediato la forma de cantar de Chet Baker. Ideal para dejarse llevar por ella.

Su tema «Moonlight Swim» llegó al puesto nº 24 de la Billboard y las críticas eran favorables, pero a Perkins cantar y sobre todo grabar se le hacía muy pesado, de hecho, no era su prioridad. No podía olvidar la nominación al Óscar como mejor actor de reparto conseguida en 1956 por su interpretación en la película «La gran prueba» —William Wyler—. Sus ambiciones estaban todas enfocadas hacia el cine. Por eso, nadie se extrañó cuando tras su consagración en «Psicosis» (1960), se decidió totalmente por la pantalla y abandonó para siempre la grabación profesional, perdiéndose una voz que a buen seguro habría dado mucho que hablar y que oír. 

Si le dan una oportunidad descubrirán que algunos de sus temas son una verdadera delicia. Nadie hubiera adivinado que el siniestro Norman Bates era capaz de robarte el corazón susurrándote canciones al oído como "I remember you":


Imagen: Tomada de la red

miércoles, 26 de noviembre de 2025

El día que Katharine Hepburn dejó a Huston y Bogart sin “sus medicinas”

 

El rodaje de "La reina de África" (1951) acumuló una buena serie de anécdotas jugosas. Como ya hemos contado en otras ocasiones, todo el equipo enfermó de disentería a causa del agua, salvo Humphrey Bogart y John Huston, que no la probaron lo más mínimo y, de hecho, comían y hasta se cepillaban los dientes con ginebra. Bogart declaró más tarde: «Solo comía frijoles, espárragos enlatados y whisky escocés. Cada vez que una mosca nos picaba a Huston o a mí, caía muerta». Tenían reservas suficientes. Se cuenta que entre el equipo de filmación que Huston envió al Congo desde Inglaterra había varias cajas de madera con la inscripción «Suministros médicos» que no eran sino cajas llenas de whisky escocés Johnnie Walker y ginebra Gordon's London Dry para su consumo. Huston podría asumir que le faltaran metros de película, pero en ningún caso que escasearan sus “medicinas”.

Katharine Hepburn, siempre muy crítica con el abuso de alcohol, no llevaba nada bien los repetidos momentos de alegría desbordada —y ruido— que provocaba la ginebra. Se negó a beber otra cosa que no fuera agua y como consecuencia fue de las que más acusó los efectos de la disentería. Se cuenta que llegó a sentirse tan mal durante el rodaje de la escena de la iglesia que colocó un cubo fuera de cámara porque vomitaba constantemente entre tomas.

Hay una escena en la que Rose Sayer (Katharine Hepburn), aprovechando un descuido de Charlie Allnutt (Humphrey Bogart), tira todo su cargamento de ginebra al río. La escena, ya presente en la novela original, venía que ni pintada para recrear el enfado real de la actriz.

Según cuenta César Bardés en «Imprimir la leyenda» (RBA, 2024), Huston hizo que todas las botellas vacías de ginebra de las que ya habían dado buena cuenta se rellenasen de agua para que fueran tiradas al río durante la escena. No contaba con que la Hepburn, que ya estaba hasta el moño de veladas alcohólicas y de que fueran los únicos que no enfermaban, volvió a cambiar las botellas y las que arrojó al río eran realmente de ginebra, las reservas que todavía guardaban Bogart y Huston. Cuando ambos supieron del doloroso cambiazo, estuvieron varios días sin dirigir la palabra a la actriz. 

Hay cosas con las que no se juega, debieron pensar.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0


lunes, 24 de noviembre de 2025

Lee Marvin, un tipo de cuidado


Lee Marvin tenía fama dentro del mundillo cinematográfico tanto por ser un actor muy serio y profesional como por su afición a tomar algún trago de más para entonarse. De hecho, algunos directores decían que a veces esos tragos mejoraban su actuación más que un curso intensivo del método Stanislavski.

Curiosamente, en la película «Cat Ballou» —en España, «La ingenua explosiva»— ganó el premio Óscar al mejor actor por interpretar a un pistolero demasiado aficionado al alcohol que se mostraba literalmente desplomado sobre un caballo que parecía tan borracho como él. Cuando recogió la estatuilla, dijo: «Creo que la mitad de esto le pertenece a algún caballo que hay por ahí fuera».

Aquel pistolero, Kid Shelleen, se convirtió en el arquetipo de lo que es un «borracho del Oeste» y la imagen del actor y su caballo derrengados sobre una pared acabó siendo uno de los mejores posters del cine del Oeste.

El caso es que, a veces, aquellas copas resultaban demasiadas y el actor podía llegar a molestar a sus compañeros de rodaje. Cuenta César Bardés en su magnífico libro «Imprimir la leyenda» que durante el rodaje de «Los profesionales», Burt Lancaster, uno de los duros del cine, no aguantaba más y estuvo a punto de soltarle un buen puñetazo a Lee Marvin. El director, Richard Brooks, lo detuvo de inmediato, alegando que podía marcarle la cara y estropear el rodaje que tenían programado para el día siguiente. Para acabar de convencerlo, le dijo: «Espérate al final del rodaje y le pegamos una paliza entre los dos». Burt Lancaster se contuvo y ahí quedó la cosa.

Con el tiempo, Richard Brooks recordó aquel lance y confesó que detuvo a Burt Lancaster por su propia seguridad. Lancaster era rocoso en verdad, pero Lee Marvin era veterano de los Marines, había combatido en la Segunda Guerra Mundial y, además, era un bebedor duro al que el alcohol no hacía tanta mella como cabría esperar. El director estaba seguro de que provocarlo no era buena idea para nadie.

En su lápida, en el cementerio de Arlington, no hay referencia alguna a su exitosa carrera como actor; tan solo dice: 

«Lee Marvin. Soldado de Primera del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Segunda Guerra Mundial».

Imagen: Cortesía de Doctor Macro

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Sir Gary Oldman, actor de actores


 

“Como actor, observas a la gente, la miras. Y cuanto más famoso te haces, lo triste es que pierdes la capacidad para hacerlo. En lugar de observar a la gente, te conviertes tú en el centro de la atención.” (Gary Oldman)

Gary Oldman es un actor capaz de interpretar de forma convincente a un sacerdote en un videoclip de David Bowie y si hace falta al diablo en otro para "Guns N' Roses". Podía ser Beethoven o Drácula, Churchill o el presunto asesino de JFK, Sirius Black en "Harry Potter" o el malvado Zorg en "El quinto elemento", el comisario Gordon junto a Batman o al villano Norman Stansfield en "Léon (El profesional)". Como el propio actor dice: “Actuar es vivir con verdad bajo circunstancias imaginarias”. Puede que esa versatilidad suya, esa capacidad para dar vida a seres tan dispares, siempre con una elegancia innata, le haya llevado, hace pocos días, a ser armado caballero y distinguido con el título de Sir.

Sin embargo, no lo tuvo nada fácil. Gary Leonard Oldman nació en un barrio muy humilde de Londres y su infancia no fue todo lo cómoda que hubiera deseado. Su padre, víctima del alcoholismo, abandonó la familia cuando el actor tenía solo siete años y a los dieciséis ya se había visto abocado a dejar los estudios para trabajar en una tienda como dependiente, pero también en cadenas de montaje, como celador de quirófano y hay quien incluso incluye que trabajó decapitando cerdos en un matadero.

Muy joven sintió la pasión por la interpretación, sobre todo tras ver actuar a Malcolm McDowell en “The Raging Moon”, un momento sobre el que recordaba: "Algo en Malcolm me cautivó, conecté con él y dije: Quiero hacer eso".

El camino no sería ni corto ni fácil. El propio actor contaba que una de sus primeras actuaciones fue en la iglesia de un pueblecito a la que solo asistieron cuatro personas: el sacerdote, su mujer, un alcohólico que estaba dormido en uno de los bancos y un cuarto personaje que se salió a la mitad de la obra. Quedaba mucho hasta conseguir el Oscar en 2018 por su interpretación de Churchill en “El instante más oscuro”. De hecho, durante años fue considerado como uno de los grandes actores en activo a los que la Academia parecía haber olvidado.

Su estrella empezó a cambiar cuando pudo interpretar a Sid Vicious en "Sid & Nancy" en 1986. Se preparó de forma tan concienzuda para el papel y llegó a perder tanto peso para meterse en el personaje del controvertido roquero. que incluso llegó a ser hospitalizado por malnutrición. El reto le mereció la pena y consiguió una interpretación que aún hoy está considerada como una de las mejores de la historia del cine. Los noventa llegaron cargados de éxitos, pero también de las sombras del alcoholismo, una adicción con la que luchó hasta convertirse en un abstemio convencido. Desde entonces presume de haber dado un acento distinto a casi todos los personajes que ha interpretado y curiosamente cuando hubo de dar vida a Churchill casi había perdido su acento inglés y tuvo que tomar clases para refrescarlo. 

Anthony Hopkins declaró su admiración por él en una entrevista y comentó que cuando Francis Ford Coppola le daba indicaciones sobre cómo hacer su papel, Oldman le contestaba en tono bromista: "¿Quién es Drácula? ¿Usted o yo?". Denzel Washington, que actuó con Oldman en “El libro de Eli”, dijo en una entrevista: "Actuar con Gary Oldman es como el buen sexo". No es de extrañar que actores como Brad Pitt o Tom Hardy hablen de él como su actor preferido.

Ver su nombre en el reparto de una película es casi garantía de calidad, casi como una denominación de origen, así, cuando me dispongo a ver una nueva película suya en casa o en el cine no puedo evitar recordarle como Drácula y digo para mis adentros: "Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae".

Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - CC BY-SA 3.0

sábado, 8 de noviembre de 2025

James Cagney y Mae Clarke, la chica del pomelo

 

James Cagney encarnó como ningún otro ese tipo de gánster arrollador y explosivo que primero pega y después habla. Sus personajes eran violentos e incontenibles y esa pátina se convirtió en seña de identidad del actor durante el cine pre-Code (1929-1934). No solo sufrían sus arrebatos los matones o los policías que pudieran hacerle frente, también quedaban a merced de sus bruscos modales las mujeres.

En “El enemigo público” (1931 – William A. Wellman) la actriz Mae Clarke, en su papel de Kitty, hubo de sufrir como James Cagney en su rol de Tom Powers le restregaba medio pomelo sobre el rostro. La escena, que se hizo muy famosa, no figuraba en el guion ni en los ensayos previos. Según contaba William Wellman, la idea surgió de la impasividad y frialdad con la que actuaba su esposa durante las discusiones conyugales. Esta, durante los arrebatos de él, no le hacía el más mínimo caso mientras comía impertérrita su pomelo diario. El director fantaseaba con lograr alguna reacción en su rostro restregándole el pomelo y decidió llevar la idea a la película que estaba rodando. Lo habló con Cagney y como cuadraba con el carácter del personaje decidieron hacer la toma.

Mae Clarke no pudo reprimir un gesto de verdadera sorpresa cuando su rostro sirvió de exprimidor para el pomelo. Parece que ella pudo haber sido avisada por Cagney en cierto modo, como si de una broma de rodaje se tratara, pero no de la forma en que iba a realizarse, ni que la escena fuera a quedar en el montaje final. Su reacción fue tan genuina y fresca que se convirtió en la escena más recordada de la película. 

Se cuenta que los fans le mandaban pomelos por correo o que Lew Brice, su exmarido, disfrutaba viendo la escena una vez tras otra para disfrutar de ella cuando, tras su estreno, repitieron la película durante 24 horas en un local de Times Square. El eco de la escena tuvo largo recorrido y cuando murió la actriz, en sus obituarios nunca olvidaron citar aquel suceso como uno de los más reseñables de su carrera. No suena muy edificante en verdad.

En 1933, Mae Clarke volvió a rodar con Cagney la película “El guapo” (Lady Killer) en la que volvió a sufrir los desmanes del matón encarnado por el actor, que esta vez la sacaba de una habitación arrastrándola por el pelo —en realidad ella se aferraba a su muñeca para evitar ser lesionada—. Podría decirse que su vida cinematográfica iba de susto en susto. Ya en 1931, cuando participó en la película “Frankenstein” (James Whale), se cuenta que sufría tal terror cuando había de compartir escena con el monstruo que Boris Karloff acordó con ella que, de vez en cuando movería mínimamente su meñique, para recordarle que el monstruo solo era una ficción, que “solo era Boris bajo el maquillaje”.

Ojalá Wellman y Cagney hubieran sido igual de considerados con ella y no hubiera tenido que cargar durante toda la vida con la etiqueta de “La chica del pomelo”. Al menos, su agresor, Tom Powers, recibió su merecido castigo en la película, en un final ejemplarizante.




Imágenes: Tomadas de Doctor Macro: Img 1 - Img 2

martes, 28 de octubre de 2025

Christohper Lee, el hombre que sabía la diferencia entre un grito y el último suspiro


 

Hay hombres cuya sola mirada parece advertir que han visto demasiadas cosas para contarlas. Christopher Lee, uno de los actores más singulares entre los que se han paseado por el mundo del cine, pertenecía a esa extraña clase de seres. Este aristócrata británico, a menudo vinculado con el linaje de Carlomagno, no solo dio vida a Drácula, Fu Manchú o Sherlock Holmes, sino también al Conde Dooku de "Star Wars" y a Saruman el Blanco en "El señor de los anillos" con lo cual ha resultado un actor icónico para varias generaciones. Nadie tuvo más peleas a espada que él no nadie estuvo vinculado a tantos actores y actrices gracias a su larga carrera cinematográfica.

Inquieto hasta la exageración, también fue cantante de ópera y de heavy metal y lo que es más curioso, durante la Segunda Guerra Mundial fue Oficial de Inteligencia de la RAF y trabajó en la identificación y persecución de criminales de guerra nazis. Algunos incluso lo relacionan como enlace con comandos del SAS y de la SOE, el organismo de espionaje y sabotaje británico.

Puede que, por toda esta experiencia militar, cuando durante el rodaje de “El retorno del Rey” Peter Jackson le indicó que gritara en el momento en que su personaje, Saruman el Blanco, es apuñalado por la espalda, Lee, muy serio, le corrigió diciéndole:

“¿Tienes idea del ruido que hace alguien cuando le apuñalan por la espalda? Porque yo sí.” 

No era un grito lo que debía escapar de su boca. Lee sabía muy bien que era más bien algo parecido a un suspiro. Peter Jackson, tras investigar el asunto, pudo comprobar que era así. Lee no era el tipo de personas que gasta bromas con la muerte.

Sin duda hubo un tiempo en que Christopher Lee, con su profunda e imponente voz y sus casi dos metros de altura, daba más miedo como oficial curtido del ejército que como Drácula, por muy afilados que mostrara sus colmillos en la pantalla. 

Toda una leyenda, dentro y fuera de la pantalla.

Imagen: Tomada de Doctor Macro

viernes, 17 de octubre de 2025

Paco Rabal, Anna Magnani y los tópicos

 

No son pocos los que, al pensar en Paco Rabal, traen a su mente la imagen de este actor interpretando al pobre Azarías de "Los santos inocentes", al ciego de "Lázaro de Tormes" o al singular "Juncal", roles en los que mostraba un rostro desfigurado que, si bien rebosaba personalidad, difícilmente podía servir, siquiera de eco, del galán que fue en sus inicios. Rabal comenzó su relación con el cine como electricista en los Estudios Chamartín, hasta que la casualidad hizo que el director Rafael Gil lo llamara para cubrir una ausencia y resultara evidente que aquel "chispas" daba buen juego ante las cámaras. Un curioso inicio para un actor que terminaría trabajando a las órdenes de los mejores directores nacionales, pero también de una nutrida lista de grandes creadores de fuera de nuestras fronteras, entre los que se puede citar a Antonioni, Chabrol, Rivette, Friedkin, Visconti o Lattuada.

Especialmente curiosa resulta la forma en la que Paco Rabal logra trabajar con Antonioni en "El eclipse".  En 1962 Rabal se encontraba en Italia rodando "Morte di un Bandito" a las órdenes de Giuseppe Amato y los descansos los pasaba en una casa de la localidad costera de San Felice al Circeo. Allí conoció a Marisa Merlini, comadre de la gran Anna Magnani que también tenía una casa en la zona y que invitó a Rabal a conocerla. El resto de la historia la dejo en las palabras del propio Rabal:

"(Mariasa Merlini) me telefoneó entre semana. "Paco, ¿vas a ir al Circeo? No faltes este sábado porque Ana Magnani te invita a cenar, pero, por favor, non portare nessuna puttana." Marisa me prevenía de que asistiera yo solo sin compañía de amigas y compañeras que, a veces venían conmigo, y yo, tonto de mí, pensé: "Será que la Magnani quiere ligar", y le prometí a Marisa ir solo y a la hora convenida. Bien pues ese sábado terminamos de rodar tarde y cuando llegué a casa de Ana era ya las once de la noche y estaban en una sobremesa larga de vinos y de café. Entre diez o doce invitados, recuerdo a Antonello Trombadori, hombre de la política y la cultura del PC italiano, algunos directores y gente del teatro; Ornella Vanoni, espléndida hembra y gran cantante que entonces estaba muy de moda en Italia, y en el mundo con las canciones de "la mala vida". Pronto me di cuenta de que la Magnani no me quería ligar. Llamó a una de sus mujeres de confianza por allí atareada: 

"¡Sandra, porta la guitarra!" Y, volviéndose a mí, ya guitarra en mano, me ordenó desmelenada y tremenda:

 "Spagnolo, suona la guitarra!"

"Me dispiace -le dije-, cuanto lo siento, no sé suonare la guitarra."

"Allora, ¡suona las castañetas!" (castañuelas).

"Tampoco sé suonare las castañetas", le respondí en mi más perfecto italiano.

"!Baila!" me increpó más iracunda. "¡Baila flamenco!"

"Tampoco sé bailar flamenco" le medio mentí, porque algunos pasitos si que doy.

Y entonces: "¡Sandra, il tarallolo!". Y me ofrecía un mantel de mesa furiosamente rojo:

"Torea, spagnolo" me gritó ya espatarrada y hermosa.

"No sé torear" le dije lleno de pena y de vergüenza española ante una italiana tan admirable y genial, tan plena de coraje. "No se torear" balbuceé de nuevo.

"Ma, ¿qué clase de spagnolo sei tu" Y ensartó una serie de palabrotas y de insultos del que recuerdo el último; "Vaffanculo" y que ustedes comprenderán tan perfectamente como ella me lo lanzó.

Dos días después recibo por sorpresa la visita en mi hotel de Michelangelo Antonioni y de una muchacha un tanto desgastada, con unos pelajos desordenados y unas grandes gafas oscuras, a quien creí la secretaria del director y que era Mónica Vitti. Me dijo Antonioni, hablándome con cierta timidez y en voz baja, que estaba buscando para su película "El eclipse" un personaje especial, un intelectual de izquierdas, primer amante de la Vitti en la película, que estaba casi concluida con ella y Alain Delon. Le faltaba solamente filmar las escenas con este personaje, unos quince días de trabajo, porque Ana no había encontrado al actor que necesitaba.

Venía a verme -añadió- porque le había contado Ornella Vanoni como había conocido en casa de la Magnani a un actor español que no sabía torear, ni bailar, ni cantar flamenco y que le parecía tan raro que me había querido conocer. Pensaba que yo podía muy bien interpretar ese personaje y yo, contentísimo, pensé por mi parte que también el genial Antonioni, el hombre culto y admirado, había caído en el topicazo y que, aparte de confirmar su existencia, la del tópico, a mi me había venido estupendamente. Y también me regocijé internamente porque la verdad es que tocar la guitarra no sé, pero bailar y cantar flamenco no lo hago del todo mal."

Fuente: Las palabras de Rabal están tomadas de la "Historia del Cine" que en dos tomos publicó hace años ya el desaparecido Diario 16 (página 27 del tomo I)


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0)

jueves, 16 de octubre de 2025

Katharine Hepburn y Spencer Tracy: Un amor entre bastidores


 

Cuando Katharine Hepburn y Spencer Tracy fueron presentados por Joseph Leo Mankiewicz, nada hacía presagiar que formarían una de las parejas míticas del cine. Según se cuenta, la ingobernable Hepburn parecía querer mirar por encima del hombro a Tracy desde el primer momento, sin intuir que encontraría en él la horma de su zapato:  

—Me temo que soy un poco alta para usted, señor Tracy. —se presentó ella

—No se preocupe, señorita Hepburn. Ya la pondré a mi altura. —fue la respuesta del actor.

Después vendría una relación de 26 años, siempre muy discreta y que no pudo llegar al altar, como en la foto de "La mujer del año", por la firme oposición de Tracy a divorciarse de su esposa, alegando fuertes convicciones religiosas. Sinceramente, siempre me extrañó que la Hepburn, rebelde como ella sola, soportase aquella situación tanto tiempo.

Rodaron juntos nueve películas. Más allá de la estupenda química que había entre ambos, aquellas películas fueron la excusa perfecta para tener un tiempo de intimidad entre ellos. En una de aquellas deliciosas comedias, "Pat and Mike", que en España tomó el título de "La impetuosa" —no cabe mejor definición para Katharine Hepburn— el personaje de Tracy encontró unas líneas en su guion, que bien podría haber firmado él. Así, no tuvo que actuar siquiera para decir de ella mientras la miraba: "No tiene ‘mucha carne’, pero lo que hay es de primera”.

Mucho debió querer la Hepburn a Tracy. En los últimos cinco años de enfermedad de este, fue capaz de ralentizar su carrera cinematográfica para cuidarlo de sus problemas de salud y alcoholismo. La última película que rodaron juntos fue "Adivina quién viene esta noche". La actriz confesó que nunca pudo verla. Tracy falleció días después de terminar el rodaje; ella estaba con él, pero no acudió al entierro por respeto a su familia.

Curiosamente, en aquel Hollywood amante de los chismes y de los secretos revelados, nunca se habló muy alto de aquel amor entre sombras. Y mucho menos Katharine Hepburn. Nunca salió una palabra de su boca acerca de su relación con Tracy hasta casi veinte años después de la muerte del actor, cuando ya su esposa, Louise Treadwell había fallecido también.

Fue entonces cuando, ante la cámara, en un documental titulado “The Spencer Tracy Legacy” (1986), leyó una carta dirigida al actor en la que entre recuerdos le dedica un sentido reconocimiento a su formidable talento ante las cámaras. En una traducción aproximada decía así:

"Y lo más increíble: realmente eras, en verdad, el mejor actor de cine. Lo digo porque lo creo y además se lo he oído decir a mucha gente del oficio. Desde Olivier hasta Lee Strasberg, pasando por David Lean. Te proponías algo y eras capaz de hacerlo. Y lo hacías con esa gloriosa simplicidad tuya, tan directa. Simplemente, lo hacías y ya está. No sabías meterte en tu propia vida, pero eras capaz de convertirte en otro. Eras un asesino, un sacerdote, un pescador, un redactor deportivo, un juez, un periodista. Solo necesitabas un instante. Apenas tenías que estudiar. Te aprendías tus frases en un abrir y cerrar de ojos.”

En su autobiografía  “Me: Stories of My Life” (1991) dejaba un retrato maravilloso de lo que significa amar. De la entrega al ser amado. En una traducción aproximada dice:

“Ahora voy a hablarte de Spencer. […] Me parece que descubrí qué significa de verdad “te quiero”. Significa que te pongo a ti, tus intereses y tu comodidad por delante de mis propios intereses y de mi propia comodidad, porque te quiero.
¿Qué significa esto? “Te quiero”. ¿Qué significa eso?
Piensa. Usamos esta expresión con mucha ligereza. El amor no tiene nada que ver con lo que esperas recibir, sino solo con lo que esperas dar —que es todo—.
Lo que recibes a cambio varía, pero en realidad no guarda relación con lo que das. Das porque amas y no puedes evitar dar. Si tienes mucha suerte, puede que te amen de vuelta: eso es delicioso, pero no necesariamente ocurre.
En realidad implica una entrega total. Y “total” lo abarca todo: lo bueno de ti y lo malo de ti. Soy consciente de que debo incluir lo malo. Yo amé a Spencer Tracy. Él, sus intereses y sus exigencias estaban en primer lugar. Esto no fue fácil para mí, porque yo era, sin duda, una persona del “yo, yo, yo.”

Ella era así. Única. Incluso en el amor.


Imágenes: Tomadas de Doctor Macro Img 1 - Img 2

martes, 14 de octubre de 2025

No había sitio en Hollywood para dos "James Stewart"

 

Hollywood es así de exclusivo. En los años 50 y 60 había dos actores de gran éxito con el mismo nombre, y cuando ese nombre es el de James Stewart, la coincidencia se convierte en un problema. El primero es el que todos conocemos y que realmente se llamaba así: James Maitland Stewart; él fue "El hombre que mató a Liberty Valance", y el que nos emocionó con películas como "¡Qué bello es vivir!", "Historias de Filadelfia", "El bazar de las sorpresas" y muchísimas otras maravillas que llevan su inconfundible sello, el del americano medio, decidido y a la vez siempre amable y correcto.

Luego llegó desde el Reino Unido otro James: James Lablache Stewart. Ante un actor como el protagonista de "Vértigo", que ya era una estrella consolidada, tenía la batalla perdida y no le quedó otra opción que cambiar de nombre para brillar con luz propia. En Hollywood, el nombre es un territorio; si está ocupado, cambias de bandera. Así nació Stewart Granger, el nombre artístico que le acompañaría el resto de su carrera, aunque sus amigos, fuera de los rodajes, siguieran llamándolo Jimmy. Con ese nombre nos regaló grandes películas de aventuras como "Los contrabandistas de Moonfleet", "El prisionero de Zenda", "Las minas del rey Salomón" o la vibrante "Scaramouche", una película en la que demostró su talento para la acción y que él podía ser todo menos un "Caballero sin espada".

En 1954 no solo compartieron nombre: ese año ambos rodaron con Grace Kelly; Stewart Granger la tuvo como compañera en "Fuego verde" y James Stewart en "La ventana indiscreta". Ya pueden ver por las fotos que Kelly se muestra igual de acaramelada con ambos. Habrían sido los protagonistas ideales para un remake de aquella deliciosa comedia de Lubitsch titulada "Una mujer para dos".



Imágenes tomadas de la red.

jueves, 25 de septiembre de 2025

Peter Ustinov: El mejor Nerón del Cine

 

No era especialmente significativa la trayectoria como actor de Peter Ustinov cuando se le consideró para encarnar a Nerón en "Quo Vadis" (1951). Puede que su aspecto y su tendencia al histrionismo desmedido —como bien refleja la foto— cuadraran a la perfección con la visión que se tiene de alguien tan grandilocuente y excesivo como Nerón.

Contaba Ustinov en su autobiografía “Dear Me” que el director Mervyn LeRoy y el productor Sam Zimbalist le enviaron un telegrama para informarle de que, tras un parón previo, se retomaba el proyecto, y a pesar de estar contentos con la prueba que había realizado para el papel, le dijeron que lo encontraban demasiado joven para el papel del emperador.

Ustinov, que por aquel entonces contaba con 29 años, les contestó que si se posponía de nuevo el proyecto podría ser demasiado viejo. Nerón había muerto con 30 años. 

Parece que no habían contado con aquel dato a todas luces esencial y Ustinov no tardó en recibir un nuevo telegrama que decía: 

"La Investigación Histórica ha probado que usted tiene razón. Stop. El papel es suyo"

Nadie sabe cómo dio forma el actor a su Nerón, lo que sí sabemos es que, cuando le preguntó al director por el personaje, este le dijo que imaginaba a Nerón como un tipo que juega consigo mismo por las noches. Más allá de la boutade, lo curioso es que a Ustinov no le pareció una mala descripción.

El actor bordó su papel y su desmesurado Nerón eclipsó a las estrellas principales —Robert Taylor y Deborah Kerr— y lo convirtió en la auténtica revelación de la película. ¿Quién puede olvidarle recogiendo sus lágrimas, o su dependencia de Petronio y Tigelino? Aún hoy, para muchos, la imagen de Nerón es la del actor, con sus desbordados gestos y lira en mano.

El éxito fue descomunal. Con un coste de siete millones de dólares, "Quo Vadis" recaudó alrededor de setenta y cinco en todo el mundo. Se dice que gracias a este taquillazo la Metro Goldwyn Mayer se salvó de la ruina. Poco importaba con tamaño éxito que la película no lograra ninguno de los ocho premios Oscar a los que estaba nominada. Ustinov, que fue candidato como mejor actor de reparto, si obtuvo el Globo de Oro por su interpretación.

En busca de igualar los resultados obtenidos en taquilla, pronto llegarían otras películas del mismo corte como: “Sinué el Egipcio”, “La túnica sagrada”,  “Ben-Hur”, “Espartaco”,  “Cleopatra”… Había nacido la edad dorada del cine de romanos en Hollywood.

Por supuesto el papel de Nerón fue la consagración de Peter Ustinov en el mundo del cine. Llegó a participar en más de un centenar de producciones y su talento como actor le llevó a ganar dos premios Oscar por su participación en “Espartaco” y “Topkapi”.

Falleció a los 83 años. Quizá él mismo, con su ironía característica, habría sonreído al recordar la célebre frase atribuida a Nerón —su mejor papel—:

“¡Qué gran artista se pierde con mi muerte!”


Imagen: Peter Ustinov en 2003 retratado por Oliver Mark - Fuente Wikimedia Commons - CC BY-SA 4.0 - Fuente Original

martes, 16 de septiembre de 2025

El último salto de Robert Redford - D.E.P.


Cuando en 1969 se unieron Robert Redford y Paul Newman para rodar "Dos hombres y un destino", Newman era ya un actor consagrado y el director George Roy Hill quería darle un plus de protagonismo con más primeros planos y mejores frases. Robert Redford ya tenía cierto predicamento en Hollywood, pero todavía le faltaba dar el gran salto a la fama, algo que consiguió gracias al enorme éxito de esta película.

Y ganas de saltar no le faltaban…. Una de las escenas más recordadas de la película es cuando ambos actores saltan al río desde un acantilado. La escena debía ser rodada con dos especialistas, pero Redford insistió en hacer él mismo la escena. Newman, más conservador, dejó su salto en manos del especialista y según la leyenda le dijo a su compañero en tono de broma:

"De acuerdo, chico, si te matas, me quedo con todo el protagonismo"

Aquella fijación por querer interpretar sus propias escenas de riesgo, como correr por encima de los vagones y saltar de uno a otro, le granjeó un respeto enorme entre todos los miembros del equipo, aunque luego no se lo permitieran hacer. Incluso Newman empezó a tratarle como un igual y fue la piedra sobre la que se construyó una sólida amistad.

De hecho, pocos años después, cuando ya había rodado “El candidato”, “Jeremiah Johnson” y “Tal como éramos” y era ya una estrella consagrada, George Roy Hill le presentó el guion de “El golpe”, Redford aceptó sin tan siquiera leerlo: le bastó con saber que su compañero de reparto sería nuevamente Paul Newman.

Hoy, desgraciadamente, Robert Redford, ha dado un nuevo salto y a sus 89 años nos ha dejado ya para siempre. Descanse en Paz.

Imagen: Tomada de Wikimedia Commona - Dominio Público - CC0 - Fuente original

lunes, 15 de septiembre de 2025

José Luis López Vázquez: ¿El mejor actor del mundo?

 

“En España hemos hecho cine de risa, pero también de lágrimas. Y a veces las lágrimas quedaban escondidas detrás de la risa”. (José Luis López Vázquez)

Para muchos en nuestro país, el valor de José Luis López Vázquez como actor se reduce, de manera muy injusta, a papeles de zangolotino, como el que muestra la imagen, a sus gestos desmesurados en las comedias de los setenta, al recuerdo de su peculiar forma de hablar y al eco, mil veces repetido, de aquella frase genial pronunciada en "Atraco a las tres": "Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo". Sin embargo, como tantas veces ocurre con todo lo nuestro, tuvieron que ser voces del extranjero las que nos recordaran el verdadero talento de un actor que quizá aquí no supimos apreciar en toda su dimensión. 

Es cierto que el cine español no siempre ofrecía suficientes oportunidades para el lucimiento dramático de sus actores, máxime cuando siempre ha existido una necesidad imperiosa de asegurar la taquilla. López Vázquez era un actor verdaderamente camaleónico: “El actor tiene que ser humilde, porque lo que hace no es suyo: es de los demás. Un día interpretas a un pobre hombre y otro día a un señor con sombrero de copa” decía un intérprete al que en nuestro país le tocó reproducir decenas de veces, con la ayuda de la caricatura, al hombre medio, cargado de problemas y frustraciones  tanto económicas como eróticas.

Le bastaron unas cuantas películas dentro de su extensa filmografía para demostrar de lo que era capaz fuera del terreno de la comedia. Baste recordar el estremecedor y multipremiado cortometraje "La Cabina" (1972), o títulos como: "Mi querida señorita" (1972), "El bosque del lobo" (1970), "La prima Angélica" (1974) o “Peppermint Frappé" (1967)

Precisamente a raíz de esta última película, cuando la vio Charles Chaplin, movido por la participación de su hija Geraldine en ella, exclamó que López Vázquez era “el mejor actor del mundo”.

Y no fue el único. George Cukor, el director de “My Fair Lady”, tuvo la oportunidad de trabajar con López Vázquez en "Viajes con mi tía" (1972). El director quedó tan impresionado que, años después, en 1981, el periodista Joaquín Soler Serrano contaba en el programa "A fondo” durante una entrevista al actor:

"Estuve en Hollywood haciéndole una entrevista a George Cukor, en su casa, cerca de Beverly Hills, y me estuvo contando allí que uno de los actores más extraordinarios que había conocido en su vida fuiste tú. Y me dijo: ‘Estuve haciendo una película con él en España —la única que hizo en España "Viajes con mi tía"—. Es un actor tan extraordinario que yo le animé a que estudiara inglés y a que se viniese aquí, porque sería el número uno del mundo. Pero es una pena que ese hombre, tan importante y tan valioso, no le dé la gana de estudiar inglés y hemos perdido un gran actor mundial. A ver si usted le anima a que lo estudie me dijo’. De modo que a ver si se anima”.

Cuando José Luis López Vázquez escuchó esas palabras, puede que pensara, separando las sílabas como de vez en cuando hacía en sus comedias: "Fi-gú-ra-te, i-ma-gí-na-te, tré-men-do", pero en vez de eso contestó al entrevistador con humildad y la dosis justa de humor patrio:

“Será en otra reencarnación, si es que la hay. Yo soy manchego acérrimo, no hay manera. Tengo una atonía idiomática total y absoluta. Me ofrecieron de todo, sí, pero yo soy un poco como el árbol, allá donde crece, allí se realiza, y no tengo otras alternativas ni mayores aspiraciones”.

Quizá por eso, al final, los verdaderos admiradores, amigos, esclavos y siervos debemos ser nosotros: los humildes aficionados al cine, rendidos ante la grandeza de un actor irrepetible. 

Insisto: ¡I-rre-pe-ti-ble! 


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0 - Fuente Original

sábado, 6 de septiembre de 2025

Pepe Isbert y los "Explicadores"

 

El cine español no habría sido el mismo sin la voz ronca y el talento de Pepe Isbert, un escueto nombre artístico para quien nació como José Enrique Benito Emeterio Ysbert Alvarruiz. Su registro cómico y su naturalidad daban consistencia a muchas películas y se supo ganar el cariño de varias generaciones de españoles.

En una entrevista ofrecida por Alfredo Landa a Lluis Bonet Mojíca y de la que se hace eco este en su interesante libro "Casa de Citas - Hollywood habla", queda muy bien recogido el respeto y el peso que como actor se había ganado Pepe Isbert:

"A mí, el año 1963, en enero, me llama Berlanga para hacer un papelín en El Verdugo. Nada, una sola sesión, en el papel de sacristán. Pero tuve la inmensa suerte de conocer a don José Isbert, el protagonista, que era un actor fuera de serie y un gran ser humano. Llegué al rodaje sin conocer a nadie, pero pegué la hebra con Don José, un hombre encantador, estuve todo el día hablando con él. Me dijo -con su voz inconfundible- algo que nunca olvidaré: "Mira, hijo mío, en esta profesión hay que ser paciente, humilde y... ¡a por todas!".

Alfredo Landa dijo haber tenido siempre muy presente aquel consejo en su carrera. Curiosamente ambos nacieron el mismo día, un 3 de marzo, pero con cuarenta y siete años de diferencia, y prácticamente no coincidieron en la pantalla salvo aquel encuentro en “El verdugo”. Y no es por falta de títulos. Pepe Isbert trabajó en aproximadamente 120 películas. Para él no había papel pequeño, y como sabemos, si tenía que disfrazarse de esquimal en una alocada carrera por llegar el primero a aquel concurso de “Historias de la radio”, lo hacía magistralmente, logrando hacer reír a todos, incluso todavía hoy, setenta años después.

Entre los trabajos de Pepe Isbert se encuentran joyas como: "El verdugo", para muchos la mejor película de nuestro cine, o "Calabuch", "Historias de la Radio", "El cochecito", "Los jueves, milagro", “La gran familia”, "¡Bienvenido Mr. Marshall!"... De esta última resulta imposible, al hilo de esta anécdota sobre los explicadores en el cine mudo, no recordar aquel pregón de Pepe Isbert como alcalde del pueblo de Villar del Río en el que, enfáticamente decía desde el balcón: “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar.”

Y nos la paga en sus memorias, de las que se hace eco, entre otros, Luis de Vicente en su libro "De Cine: 100 años de historias". Allí contaba Isbert que, en tiempos del cine mudo, aparte del pianista que acompañaba la proyección y de los rótulos que, insertados en la película, iban poniendo en situación a los espectadores, se hizo necesaria la presencia de una figura que se conocía como el explicador -o comentarista- que se dedicaba, con su voz potente y no poca imaginación a ilustrar la película, debido a que no todos sabían leer.  

Isbert, con su consabido humor, relata que encontrándose el mismo en una de aquellas proyecciones, al quedarse a oscuras la sala por un fallo eléctrico, el explicador dijo sin inmutarse:

"Batalla de negros en un túnel".

Y abundaba Isbert sobre la espontaneidad, humor y recursos de aquellos explicadores con otra escena en la que aparecía una parejita de novios en la playa, y dijo el comentarista: "Santander... La Concha". De inmediato los espectadores más instruidos empezaron a recriminarle, con cierto alboroto, que la Concha no está en Santander sino en San Sebastián. El explicador, que a buen seguro tenía más kilómetros que el baúl de Concha Piquer, zanjó la cuestión con firmeza: 

"La Concha y su novio festejando en la playa"

Sirva esta ligera anécdota al doble propósito de recordar la figura de un grande de nuestro cine como es Pepe Isbert a la par que crónica de cómo era la experiencia de ver una película en los albores del séptimo arte. Todo ha cambiado enormemente. Ya no hay sitio a pianistas, ni rótulos ni explicadores; solo la oscuridad y la magia del proyector siguen siendo las mismas.

¿Alguien recuerda la coplilla de las divisas? Aquella que cantaba Lolita Sevilla, arriba junto a Pepe Isbert, en ¡Bienvenido, Mr. Marshall!


Imagen: Fuente 

jueves, 4 de septiembre de 2025

Orson Welles: Entre la "Sed de mal" y la hipocresía


Orson Welles siempre llevó como una cruz la etiqueta de genio y haber dirigido su gran obra maestra, "Ciudadano Kane", con tan solo 24 años. Sus siguientes películas estuvieron marcadas por el recelo de los estudios hacía un director que no reparaba en gastos y era totalmente refractario a cualquier interferencia en su trabajo. Conseguir financiación para cualquier nuevo proyecto era para él una tarea casi imposible. Puede que por eso, tras los trabajos en "El Cuarto mandamiento" (The Magnificent Ambersons, 1942), película brutalmente mutilada por los estudios en la fase de montaje, "El Extraño" (1946), la soberbia "La Dama de Shanghai" y "Macbeth", ambas de 1947, decidiera marchar a Europa en busca de nuevas posibilidades y un poco más de respeto artístico. Welles no solo se entregó gozosamente a la cultura del viejo continente, sino también a sus placeres y a su gastronomía.

Cinematográficamente hablando, en Europa la cosa no fue mejor. Logró rodar con grandes dificultades "Otelo" en 1952, que resultó ganadora de la Palma de Oro en Cannes y "Mr. Arkadín" en 1955. Pero aquellos diez años fueron más una travesía del desierto que un paraíso, por lo que decidió volver a Hollywood para rodar e interpretar una de sus grandes películas: "Sed de Mal" (Touch of evil - 1957).

Se había marchado de Hollywood rondando los cien kilos y aunque durante sus diez años en Europa, la buena mesa y la ansiedad le procuraron al menos 15 más, estaba muy lejos de aparentar físicamente, ni el aspecto decrépito ni la obesidad mórbida con la que había caracterizado al Teniente Hank Quinlan, que fácilmente aparentaba tener 140 o 145 kilos.

Y cuento todo esto para ponernos en situación y comprender la falsedad y la hipocresía que se mueve en cualquier ámbito, pero concretamente, en esta historia, en el mundo del cine, de sonrisas falsas y puñales por la espalda. Lo contaba el propio Orson Welles en el libro "Ciudadano Welles" de Peter Bogdanovich:

"Decidí celebrar una fiesta para todas esas grandes figuras de los viejos tiempos de Hollywood que han sido amigos y a los que no he visto durante mucho tiempo por haber estado en Europa durante casi diez años; para demostrar a mis amigos —Sam Goldwyn y Jack Warner y muchos otros— que todavía me acordaba de ellos. Se me había hecho tarde. Estuve rodando Sed de mal y pensé: «No tengo tiempo para quitarme todo este terrible y enorme disfraz y el maquillaje», puesto que tardaron una eternidad en ponérmelo (cojines de relleno en el estómago y en la espalda, veinticinco kilos en total, y toda una horrible mascarilla de maquillaje para hacerme parecer más viejo). Me fui a casa, pues, sin cambiarme y cuando llegué a ella, ya estaban allí todos esos amigos y, antes de darme la oportunidad de explicarles que tenía que subir al piso de arriba para quitarme el disfraz y el maquillaje, salieron a mi encuentro para saludarme y me dijeron: «¡Hola, Orson! ¡Vaya, tienes un aspecto estupendo!»."

Aquella grotesca máscara de corrupción y falsedad construida para Quinlan fue saludada por Hollywood como si fuera el verdadero rostro de Welles. No debió de halagarle demasiado.

Sobre lo que no pudieron mentir, mientras dibujaban una media sonrisilla en la boca, es acerca de la película: "Sed de mal". Aún hoy sigue teniendo un aspecto estupendo. Una de las grandes joyas del cine. 

Imagen: Cortesía de Doctor Macro - Fuente original