«Supongo que tengo el aspecto de una cantera que alguien ha
volado con dinamita» (Charles Bronson)
Su fama se cimentaba en su aspecto de tipo duro. La vida lo
había moldeado así. Charles Bronson era el undécimo de quince hermanos en una
familia lituana emigrante en Estados Unidos que había de ganarse la vida
extrayendo carbón en la mina. No había dinero para lujos. Si tenía que vestir
ropa heredada de una de sus hermanas se hacía y si al regresar del colegio
tenía que quitarse los calcetines para que uno de sus hermanos pudiera ponérselos
y bajar a la mina, no se le ocurría rechistar. Cuando le llegó la edad
apropiada también a él le toco picar el negro carbón en el turno de noche
mientras iba al colegio por la mañana. Cobraba un dólar por tonelada de mineral
extraído.
Puede que toda aquella penuria le hiciera recibir su
reclutamiento al ejército en plena Segunda Guerra Mundial, como una salida, al
menos allí tenía comida y un uniforme limpio a diario. Lo hizo como artillero aéreo
en un bombardero B-29 destinado en Guam en el que realizó veinticinco misiones,
algunas de ellas sobre Japón, hasta ser herido en una de ellas lo que motivó
que fuera condecorado con el Corazón Púrpura.
De regreso a la vida civil hizo todo lo posible para no
volver a la mina. Recoger cebollas o trabajar como panadero eran las opciones
que se le ofrecían. Sus incipientes estudios de dibujo y pintura le llevaron a trabajar
en los decorados de un grupo de teatro, donde hizo sus primeros pinitos en la
actuación. La fortuna quiso que en una película —«You’re
in the Navy Now»— uno de los personajes requiriera una cualidad especial que
ninguno de los actores disponibles podía hacer con naturalidad: eructar a
voluntad, algo que a Bronson se le daba a la perfección. Ese, por poco solemne
que resulte, fue el inicio de su carrera ante las cámaras.
Años después, tras demostrar otras muchas cualidades, lograría
asentar su carrera como actor y se convirtiera en el hombre de la armónica, en
el justiciero silencioso, siempre en un hombre de pocas palabras —dentro y
fuera del escenario— que podía atravesarte con la mirada. «Es simplemente que
no me gusta hablar demasiado», confesó en cierta ocasión. Cuando le preguntaron
el motivo, respondió con una frase que parecía escrita para uno de sus
personajes: «Porque me entretienen más mis propios pensamientos que los
pensamientos de los demás».
Antes tuvo que abrirse camino con muchos papeles secundarios
y hacerse un nombre en el cine europeo donde destacó incluso antes que en su
propio país, incluso hubo de cambiar su verdadero nombre: Charles Buchinsky por
el Charles Bronson por temor a ser catalogado como comunista en plena caza de
brujas o parecer demasiado extranjero. La leyenda cuenta que adoptó ese nombre inspirado
por la famosa puerta Bronson de los estudios Paramount.
Fue uno de «Los siete magníficos», estuvo en «La batalla de
las Ardenas», en «Los doce del patíbulo» y en «La gran evasión» en la que su
director, John Sturges, jugando un poco con el pasado minero del actor y sus
miedos, le hizo encarnar a un piloto de aviación prisionero que había de
encargarse de excavar el túnel de huida a pesar de su claustrofobia.
Pero puede que sus papeles más recordados sean como «El justiciero de la Ciudad», de la que hubo cinco entregas, «El luchador» y sobre todo, como el impertérrito hombre de la armónica en «Hasta que llegó su hora».
Un duro entre los duros de Hollywood.
