domingo, 19 de julio de 2026

El humilde anhelo de Leonard Bernstein

 

Leonard Bernstein fue una de las grandes figuras de la dirección orquestal, especialmente desde el podio de la Filarmónica de Nueva York. Fue también un extraordinario divulgador de la música clásica en televisión y por supuesto, un celebrado compositor.

Al respecto de esta última faceta suya dijo en cierta ocasión:

«La obra de un compositor es la suma de su persona, sus raíces y sus influencias, Mis raíces son profundas, todas distintas entre sí... Tan sólo puedo esperar que se sume a algo que pueda denominarse universal."

La universalidad es una aspiración muy escurridiza. Pero incluso quien sueña con alcanzarla puede conformarse con una señal mucho más modesta. Quizá por eso el autor de la música de "On the Town" y "West Side Story", entre muchas otras obras, confesó:

«Me gustaría oír a alguien silbando despreocupadamente algo compuesto por mí, en algún lugar, aunque solo fuera una vez».

Estoy seguro de que Bernstein sorprendió muchas veces a alguien silbando melodías tan hermosas como «Maria», «Tonight» o «I Feel Pretty». El amor siempre ha aspirado a ser universal; con la música de Bernstein, además, resultaba imposible no silbarlo.

Si se animan a ver el vídeo de Natalie Wood interpretando «I Feel Pretty» estoy seguro de que después no podrán dejar de silbar la canción durante un buen rato.




Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - CC BY SA-4.0 - Fuente Original

sábado, 18 de julio de 2026

Los cuchillos de James Coburn


Cuando en 1954 se estrenó «Los siete samuráis» de Akira Kurosawa, James Coburn quedó completamente atrapado por la historia y por la estética de sus personajes. El propio actor contó que llegó a verla al menos quince veces y que durante una temporada llevó a sus amigos a descubrir aquella película que tanto le había impresionado. Cuando supo que en Hollywood se había puesto en marcha una versión en clave de western, que acabaría titulándose «Los siete magníficos» (1960) hizo todo lo posible para hacerse con un papel en la misma.

No tardó en contactar con John Sturges, el director del proyecto, y le pidió interpretar al personaje con el que se había sentido especialmente identificado: Kyūzō, el lacónico maestro de la espada interpretado por Seiji Miyaguchi, casi las antípodas del excesivo Kikuchiyo encarnado por Toshirō Mifune. En palabras de Coburn, Kyūzō «No tenía que decir nada. Simplemente lo hacía». Cuando resultaba necesario actuar lo hacía sin vacilaciones y el resto del tiempo parecía guardar una admirable compostura casi zen.

Sturges no recibió mal la oferta y prometió darle una respuesta antes de las tres. A las dos y media llamó a Coburn para decirle: «Ven y recoge tus cuchillos». Aquellos cuchillos serían el arma distintiva de Britt, el personaje paralelo a Kyūzō en la versión americana. Poco le importó a Coburn que su personaje tuviera apenas una decena de frases en la película, estaba convencido de poder darle brillo, con la misma economía gestual y de movimientos que ya usó Miyaguchi.

Puede que al menos una pizca de aquella frialdad y autocontrol del personaje terminara acompañándolo también fuera del rodaje. Según contaba Robert Vaughn —uno de los siete magníficos—, durante un descanso en la filmación de la película en México, ambos salieron de un restaurante y pidieron que les trajeran del aparcamiento el flamante Jaguar de Coburn. Ante sus ojos vieron como el lujoso coche apareció a toda velocidad y se estrelló contra una pared. Instantes después, salió del vehículo dando tumbos el aparcacoches, visiblemente borracho.

Coburn, al ver el desastre en el que había quedado su coche, se limitó a poner una mano en el hombro de Vaughn y a decirle:

«A estas horas no vamos a encontrar un taxi»

Sin duda, Kyūzō habría estado orgulloso de aquella reacción.

Imagen: Tomada de Doctor Macro - Fuente original

jueves, 16 de julio de 2026

La hecatombe de Pitágoras


Pitágoras era mucho más que un filósofo o un matemático, de hecho, no son pocos quienes lo comparan con un místico e incluso con un líder religioso, tal era el ascendiente que ejercía sobre sus discípulos en la comunidad que fundó en Crotona.

Sus integrantes, ya fueran hombres o mujeres, pensaban que el orden del universo debía reflejarse en el orden interior de cada persona, por lo que se sometían a una rigurosa disciplina, rodeada de rituales y de preceptos que hoy resultan bastante llamativos.  

Aunque es muy difícil separar la realidad de la leyenda, podemos citar algunas de aquellas reglas. Según fuentes tardías, los nuevos miembros debían observar un absoluto silencio durante los primeros cinco años de aprendizaje. Era tiempo para escuchar y meditar sobre las enseñanzas que recibían.

El ejercicio físico era parte de su rutina y se levantaban antes del amanecer para recibir con sus cantos al sol naciente. También debían observar mandatos tan enigmáticos como evitar mirar su reflejo en un espejo a la luz de una vela, acaso por temor a confundir la apariencia con la esencia.

Creían que, después de la muerte, el alma de una persona podía entrar en el cuerpo de otro ser vivo: es lo que denominamos metempsicosis. De hecho, Jenófanes, contemporáneo de Pitágoras, contaba con cierta sorna que este reprendió a unas personas que golpeaban a un perro porque decía que en sus gemidos había reconocido la voz de un amigo ya fallecido

Debian mantener la continencia de sus deseos y vestir con sencillez. Su dieta dejaba fuera el vino, los huevos, las habas —en las que según algunas interpretaciones consideraban que contenían almas humanas reencarnadas– y para muchos estudiosos también la carne.

Según una leyenda muy posterior, tanta frugalidad y contención, parece que fueron del todo olvidadas cuando Pitágoras descubrió el famoso teorema que lleva su nombre —atribución que tampoco está libre de controversia—. Decidido a celebrar por todo lo alto aquel hallazgo, habría ofrecido a los dioses una hecatombe. Y no nos referimos a un desastre, en el sentido actual del término, sino al sacrificio ritual de cien bueyes, cuya carne servía después para celebrar un multitudinario banquete. Cabe suponer que entre los sacrificados no reconoció la voz de ningún viejo amigo.

A raíz de esta historia, el escritor alemán Ludwig Börne dejó escrito:

«Cuando Pitágoras descubrió su conocido teorema, ofreció cien bueyes a los dioses. Desde entonces los bueyes tiemblan cada vez que sale a la luz una nueva verdad».

Suerte para ellos que el brindis con champán tomo el relevo en las celebraciones.

Imágenes: 1.- Fiódor Bronnikov, Himno de los pitagóricos al sol naciente, 1869. Óleo sobre lienzo. Galería Estatal Tretiakov, Moscú. Recreación historicista del siglo XIX - CC0 - Wikimedia Commons

2.- Busto atribuido a Pitágoras procedente de la Villa de los papiros de Herculano y actualmente expuesto en el Museo Nacional de NápolesCC BY SA-3.0 en Wikimedia Commons

martes, 14 de julio de 2026

Robert Rauschenberg y el arte de borrar el arte

 

Aunque Malevich y Rodchenko ya habían presentado obras esencialmente monocromas, Robert Rauschenberg decidió explorar, a comienzos de los años 50,  otras formas de expresión del vacío visual. En 1951 creó sus «White Paintings», lienzos totalmente pintados de blanco que, en solitario o agrupados en varios paneles, estaban concebidos para reflejar los cambios de luz o los efectos fortuitos de las sombras sobre su superficie. Era la realidad cambiante que incidía sobre los lienzos la que les daba significado, la que acababa, por así decirlo, de pintarlos.

El compositor John Cage, amigo y colaborador de Rauschenberg, describió aquellos cuadros como «aeropuertos para las luces, las sombras y las partículas» porque estaban prestos para recibir todo aquello que pudiera posarse sobre ellos. Esa idea de vacío visual fue una de las inspiraciones de John Cage para su obra 4'33", una pieza de piano sin notas que da nacimiento en 1952 al vacío sonoro, en un paso más allá de una broma muy anterior de Alphonse Allais que con aquella partitura sin notas titulada «Marcha fúnebre compuesta para las exequias de un gran hombre sordo», avanzaba en la idea del silencio. Si en los cuadros de Rauschenberg eran las luces y sombras las que daban réplica al vacío visual, en la obra de Cage el aparente silencio solo se veía alterado por las mínimas reacciones, toses o movimientos del público. Una obra difícil de clasificar en la que, si los asistentes alcanzaban a escuchar algo, era, en buena medida, a sí mismos.  

Rauschenberg, sin embargo, aún quería ir un paso más allá. En 1953 se presentó en el estudio de Willem de Kooning, uno de los artistas más prestigiosos del momento, algo tembloroso y algo más que achispado —iba con una botella de Jack Daniel’s en la mano—, para pedirle un dibujo suyo con el único propósito de borrarlo.

Rauschenberg temía que su propuesta fuera mal recibida —de hecho, había llamado a la puerta confiando casi en que De Kooning no estuviera en casa—, pero el pintor lo recibió y escuchó sus explicaciones. Aunque no le gustaba la idea parece que intuyó el propósito del ya conocido autor de las “White Paintings” y, en vez de mandarlo a paseo, rebuscó entre sus dibujos y le entregó uno de ellos, no cualquiera, decidió que debía ser uno que realmente echara de menos y que, además, ya puestos, resultara difícil de borrar.

Rauschenberg empleó cerca de un mes y, según recordaría después, más de cuarenta gomas en borrar el dibujo, del que apenas quedaron unas leves manchas, hendiduras y rastros sobre el papel. Dos años más tarde, cuando quiso incluirlo en una exposición pidió la colaboración a su amigo y artista Jasper Jhons para decidir como presentar la obra. Jhons ideó y ejecutó la pequeña leyenda situada bajo el papel, en la que podía leerse: «Dibujo de De Kooning borrado. Robert Rauschenberg. 1953».

La trascendencia posterior de esta obra conceptual, en la que el arte es destruido para crear arte y un artista hace oír su voz suprimiendo —al menos gráficamente— la de otro, es para pensarlo dos veces. No bastaba con que borrara una obra suya, como ya había hecho: era preciso que perteneciera a otro artista afamado para que el gesto lograra todo su potencial expresivo. ¿Qué habría allí que ya no está? ¿Qué gran obra habremos perdido?

Curiosamente los dibujos de Willem de Kooning de aquella época se suelen valorar en varios cientos de miles de dólares mientras que este, del que no queda apenas rastro, podría ser vendido fácilmente por una cifra muy superior. Se vendería la idea y la significación que aquel borrado ha adquirido en la historia del arte. La ironía es que en 1958 la galería Leo Castelli la ofreció por quinientos dólares y nadie la compró. Hoy pertenece al Museo de Arte Moderno de San Francisco.

En Andalucía bien podrían decir de Rauschenberg y de aquel atrevimiento, tan próximo para algunos al arte de vender humo: «¡No tiene arte ni ná!». Una frase que puede pronunciarse con incredulidad ante lo que parece una burla o, cambiando apenas la entonación, con verdadera admiración. Elijan ustedes.

Imágenes: Tomadas de Wikimedia Commons - Img 1 - CC BY SA 3.0 - Img 2 - Uso legítimo

domingo, 12 de julio de 2026

Las huellas de Robert Bresson

 

Jean-Luc Godard, refiriéndose a Robert Bresson escribió en cierta ocasión: «Él es el cine francés, como Dostoievski es la novela rusa y Mozart es la música alemana». No en vano del talento de Bresson surgieron obras maestras como «Pickpocket», «Un condenado a muerte se ha escapado» o «Diario de un cura rural». En cualquier caso, la forma en que un gran director mira o concibe una escena no siempre coincide con lo que espera quien paga la película. 

Bernardo Bertolucci contaba una curiosa anécdota que había conocido por medio del director Mauro Bolognini:

Dino De Laurentiis, el productor del film «La Biblia... En su principio» (1966), en el que Bresson había asumido la dirección del episodio del arca de Noé, hizo lo imposible para reunir una pareja de animales de cada especie disponible para el rodaje de su entrada en el arca. Conseguido el reto, el productor se ufanaba al contemplar en el plató las grandes jaulas con todos los animales que harían realidad la escena y le comentó a Bresson lo entusiasmado que estaba con la idea de ser el único productor del mundo capaz de hacer realidad la obra del brillante Maestro. 

—Solo veremos sus huellas en la arena— susurró Bresson a De Laurentiis. 

Una hora después, el director estaba despedido.

Olvidaba el productor que Bresson se había distinguido por ser un director que aspiraba a captar aquello que escapa a la mirada ordinaria, por sugerir antes que mostrar y por confiar una parte esencial de la escena a la imaginación del espectador. Ahí radicaba parte de su magia: en conseguir que menos fuera más.

John Huston, el director que terminó haciéndose cargo del proyecto, no dudó en mostrar uno a uno los animales que mansamente se dirigían al arca. Ya fue una suerte que, dada su conocida afición a la caza, no aprovechara la ocasión para montar su propio safari al término de la escena.


Imagen tomada de NamuWiki

sábado, 4 de julio de 2026

Charles Bronson, mucho más que "El justiciero de la ciudad"

 

«Supongo que tengo el aspecto de una cantera que alguien ha volado con dinamita» (Charles Bronson)

Su fama se cimentaba en su aspecto de tipo duro. La vida lo había moldeado así. Charles Bronson era el undécimo de quince hermanos en una familia lituana emigrante en Estados Unidos que había de ganarse la vida extrayendo carbón en la mina. No había dinero para lujos. Si tenía que vestir ropa heredada de una de sus hermanas se hacía y si al regresar del colegio tenía que quitarse los calcetines para que uno de sus hermanos pudiera ponérselos y bajar a la mina, no se le ocurría rechistar. Cuando le llegó la edad apropiada también a él le toco picar el negro carbón en el turno de noche mientras iba al colegio por la mañana. Cobraba un dólar por tonelada de mineral extraído.

Puede que toda aquella penuria le hiciera recibir su reclutamiento al ejército en plena Segunda Guerra Mundial, como una salida, al menos allí tenía comida y un uniforme limpio a diario. Lo hizo como artillero aéreo en un bombardero B-29 destinado en Guam en el que realizó veinticinco misiones, algunas de ellas sobre Japón, hasta ser herido en una de ellas lo que motivó que fuera condecorado con el Corazón Púrpura.

De regreso a la vida civil hizo todo lo posible para no volver a la mina. Recoger cebollas o trabajar como panadero eran las opciones que se le ofrecían. Sus incipientes estudios de dibujo y pintura le llevaron a trabajar en los decorados de un grupo de teatro, donde hizo sus primeros pinitos en la actuación. La fortuna quiso que en una película «You’re in the Navy Now»— uno de los personajes requiriera una cualidad especial que ninguno de los actores disponibles podía hacer con naturalidad: eructar a voluntad, algo que a Bronson se le daba a la perfección. Ese, por poco solemne que resulte, fue el inicio de su carrera ante las cámaras.

Años después, tras demostrar otras muchas cualidades, lograría asentar su carrera como actor y se convirtiera en el hombre de la armónica, en el justiciero silencioso, siempre en un hombre de pocas palabras —dentro y fuera del escenario— que podía atravesarte con la mirada. «Es simplemente que no me gusta hablar demasiado», confesó en cierta ocasión. Cuando le preguntaron el motivo, respondió con una frase que parecía escrita para uno de sus personajes: «Porque me entretienen más mis propios pensamientos que los pensamientos de los demás».

Antes tuvo que abrirse camino con muchos papeles secundarios y hacerse un nombre en el cine europeo donde destacó incluso antes que en su propio país, incluso hubo de cambiar su verdadero nombre: Charles Buchinsky por el Charles Bronson por temor a ser catalogado como comunista en plena caza de brujas o parecer demasiado extranjero. La leyenda cuenta que adoptó ese nombre inspirado por la famosa puerta Bronson de los estudios Paramount.

Fue uno de «Los siete magníficos», estuvo en «La batalla de las Ardenas», en «Los doce del patíbulo» y en «La gran evasión» en la que su director, John Sturges, jugando un poco con el pasado minero del actor y sus miedos, le hizo encarnar a un piloto de aviación prisionero que había de encargarse de excavar el túnel de huida a pesar de su claustrofobia.

Pero puede que sus papeles más recordados sean como «El justiciero de la Ciudad», de la que hubo cinco entregas, «El luchador» y sobre todo, como el impertérrito hombre de la armónica en «Hasta que llegó su hora»

Un duro entre los duros de Hollywood.


Imagen: De Wikimedia Commons - CC0 Dominio Público.