Vivimos tiempos en los que menudean las guerras, conflictos que a veces resultan difíciles de acabar por mucho que sea del interés de ambas partes. Algo así pasaba en Grecia hacia el 411 a. C. Atenas llevaba veinte años envuelta en la Guerra del Peloponeso, enfrentada a Esparta y sus aliados, con una sangría enorme de recursos y de vidas que dejaban multitud de familias rotas.
Lisístrata: Lampitó, todas las mujeres toquen esta copa, y
repitan después de mí:
No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante. —e
iban repitiendo a cada frase— Aunque venga a mí en condiciones lamentables. Permaneceré
intocable en mi casa. Con mi más sutil seda azafranada. Y haré que me desee. No
me entregaré. Y si él me obliga. Seré tan fría como el hielo y no participaré.
¿Todas han jurado? —Mirrina: Todas.
Con esa determinación ocuparon el tesoro ubicado en la
Acrópolis y allí resistieron privando a los hombres de la ciudad de dos cosas
decisivas: el dinero necesario para financiar la guerra y de la posibilidad de calmar
el deseo que los traía de cabeza.
Al menos en la comedia, aquella singular huelga sexual logra lo que no habían conseguido los estrategos: que los hombres acepten negociar la paz no precisamente iluminados por la razón o por la sensatez, sino empujados por algo bastante menos noble: el deseo acumulado e insatisfecho. El dormitorio resultó el verdadero campo de batalla.
En la realidad la guerra del Peloponeso duraría todavía unos
años hasta el 404 a. C. con la derrota de los atenienses ante los espartanos.
Sedas azafranadas no faltan hoy en día... ¿Habrá alguna Lisístrata moderna que
quiera poner coto a tantos desmanes?
Imagen generada por IA
