Hacia el año 168 a.C. Roma ya dominaba casi toda la franja costera mediterránea del continente europeo y una parte del norte de África. Siempre ávida de nuevos territorios, en su horizonte político ya tenía como objetivo hacer que aquel mar que quedaba entre ambas tierras pudiera ser llamado Mare Nostrum —Mar nuestro-.
Puede que por ello todo lo que ocurría en sus orillas afectaba directamente a sus intereses. Roma se sentía fuerte después de haber vencido a los macedonios en la Batalla de Pidna, acabando con sus sueños de recobrar su pasado esplendor. Cuando el reino seléucida —Siria— intentó apoderarse de Egipto sintió que debía intervenir. Ya por entonces los romanos presumían de que un magistrado suyo, investido de los poderes que el Senado depositaba en su persona, era más respetado que cualquier ejército extranjero, tal era la fuerza que lo respaldaba.
Según relata Polibio, Roma mandó a la zona de conflicto al senador Cayo Popilio Lena a fin de que se entrevistase con el Rey Antíoco IV Epífanes para advertir a este de que no continuase con sus avances en el Egipto Ptolemaico.
El encuentro entre Antíoco y la embajada romana tuvo lugar a las afueras de Alejandría. Fue allí donde Popilio le entregó el senadoconsulto que solicitaba al rey seléucida que dejara su política expansionista y abandonara Egipto.
Antíoco contestó que debía someter aquella "solicitud" a una profunda reflexión, pero Popilio no estaba dispuesto a dilación alguna en la resolución del problema y con su «Vitis» —el bastón que simbolizaba su poder senatorial— trazó un círculo alrededor de Antíoco y le dijo:
«No saldrás de este círculo antes de haberme dicho qué debo responder al Senado de Roma».
Antíoco quedó perplejo ante aquella inesperada reacción y sabedor de lo que suponía una respuesta equivocada a aquel gesto, cedió y abandonó Egipto sin más.
Por supuesto, cuando casi 100 años después, Cneo Pompeyo tomó Siria y posteriormente César Augusto Egipto, nadie pudo pararles, no había nadie lo suficientemente fuerte como para hacerles un círculo como el de Popilio.
Viendo este mundo nuestro de hoy en día, en el que abunda la diplomacia imperativa, podríamos recordar aquel latinajo que decía: «Nihil novum sub sole» (nada nuevo bajo el sol)
Imagen: Obra Charles Meynier (1808), Museo del Louvre - Wikimedia Commons Dom. Público CC0

No hay comentarios:
Publicar un comentario