Pitágoras era mucho más que un filósofo o un matemático, de
hecho, no son pocos quienes lo comparan con un místico e incluso con un líder
religioso, tal era el ascendiente que ejercía sobre sus discípulos en la comunidad
que fundó en Crotona.
Sus integrantes, ya fueran hombres o mujeres, pensaban que
el orden del universo debía reflejarse en el orden interior de cada persona,
por lo que se sometían a una rigurosa disciplina, rodeada de rituales y de
preceptos que hoy resultan bastante llamativos.
Aunque es muy difícil separar la realidad de la leyenda, podemos
citar algunas de aquellas reglas. Según fuentes tardías, los nuevos miembros
debían observar un absoluto silencio durante los primeros cinco años de
aprendizaje. Era tiempo para escuchar y meditar sobre las enseñanzas que
recibían.
El ejercicio físico era parte de su rutina y se levantaban antes del amanecer para recibir con sus cantos al sol naciente. También debían observar mandatos tan enigmáticos como evitar mirar su reflejo en un espejo a la luz de una vela, acaso por temor a confundir la apariencia con la esencia.
Creían que, después de la muerte, el alma de una persona podía entrar en el cuerpo de otro ser vivo: es lo que denominamos metempsicosis. De hecho, Jenófanes, contemporáneo de Pitágoras, contaba con cierta sorna que este reprendió a unas personas que golpeaban a un perro porque decía que en sus gemidos había reconocido la voz de un amigo ya fallecidoDebian mantener la continencia de sus deseos y vestir con
sencillez. Su dieta dejaba fuera el vino, los huevos, las habas —en las que
según algunas interpretaciones consideraban que contenían almas humanas
reencarnadas– y para muchos estudiosos también la carne.
Según una leyenda muy posterior, tanta frugalidad y contención, parece que fueron del todo olvidadas cuando Pitágoras descubrió el famoso teorema que lleva su nombre —atribución que tampoco está libre de controversia—. Decidido a celebrar por todo lo alto aquel hallazgo, habría ofrecido a los dioses una hecatombe. Y no nos referimos a un desastre, en el sentido actual del término, sino al sacrificio ritual de cien bueyes, cuya carne servía después para celebrar un multitudinario banquete. Cabe suponer que entre los sacrificados no reconoció la voz de ningún viejo amigo.
A raíz de esta historia, el escritor alemán Ludwig Börne dejó escrito:
«Cuando Pitágoras descubrió su conocido teorema, ofreció
cien bueyes a los dioses. Desde entonces los bueyes tiemblan cada vez que sale
a la luz una nueva verdad».
Suerte para ellos que el brindis con champán tomo el relevo
en las celebraciones.
2.- Busto atribuido a Pitágoras procedente de la Villa de los papiros de Herculano y actualmente expuesto en el Museo Nacional de Nápoles. CC BY SA-3.0 en Wikimedia Commons


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