Sonny Rollins era experto en tender puentes, de hecho, no era nada fácil conciliar el sonido denso y voluminoso del gran Coleman Hawkins con la improvisación y frescura vertiginosa del bebop de Charlie Parker. Para él no era mayor problema y puede que por ello sea considerado uno de los mejores saxofonistas de la historia del jazz. El pasado día 25 de mayo tendió su último puente hacia la eternidad tras fallecer a la edad de noventa y cinco años.
Pero no eran esos los puentes de los que quería hablar en esta ocasión. Imaginen encontrar, noche tras noche, a un mito del jazz, en este caso al mismísimo Sonny Rollins, tocando su saxofón en un puente de Nueva York, el de Williamsburg, que une Manhattan con Brooklyn. Son los años 1959 a 1961, lleva un tiempo retirado de la escena y toca totalmente en solitario, desgranando una triste melodía, sin nadie que le acompañe, recortando su silueta sobre el skyline de la Gran Manzana. Esta imagen se repetiría durante los tres años que duró su voluntario retiro. Un gigante que busca su propia voz frente a Nueva York.
Todo suena romántico, triste, melancólico.... ¿Cuál sería la historia de aquel personaje?, nos preguntaríamos todos, esperando alguna explicación maravillosa y triste: un desengaño amoroso, una tragedia íntima o cualquiera de esas heridas que tanto agradece la literatura. La realidad era más común, más terrenal: las finas paredes de su pequeño apartamento en el Lower East Side le impedían practicar a gusto sin molestar a los vecinos, por lo que abundaban las noches en las que huía a su refugio colgante en busca de una revelación musical. De esa peregrinación autoimpuesta salió un gran disco: "The bridge".
Puede que verlo tocar “Weaver of Dreams” —perteneciente a "The Bridge"—, sea una buena forma de despedirlo. Descanse en paz
Imagen: De Wikimedia Commons - CC BY-SA 4.0 - Fuente original











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