Jean-Luc Godard, refiriéndose a Robert Bresson escribió en
cierta ocasión: «Él es el cine francés, como Dostoievski es la novela rusa y
Mozart es la música alemana». No en vano del talento de Bresson surgieron obras
maestras como «Pickpocket», «Un condenado a muerte se ha escapado» o «Diario de
un cura rural». En cualquier caso, la forma en que un gran director mira o
concibe una escena no siempre coincide con lo que espera quien paga la película.
Bernardo Bertolucci contaba una curiosa anécdota que había
conocido por medio del director Mauro Bolognini:
Dino De Laurentiis, el productor del film «La Biblia... En
su principio» (1966), en el que Bresson había asumido la dirección del episodio
del arca de Noé, hizo lo imposible para reunir una pareja de animales de cada
especie disponible para el rodaje de su entrada en el arca. Conseguido el reto,
el productor se ufanaba al contemplar en el plató las grandes jaulas con todos
los animales que harían realidad la escena y le comentó a Bresson lo
entusiasmado que estaba con la idea de ser el único productor del mundo capaz
de hacer realidad la obra del brillante Maestro.
—Solo veremos sus huellas en la arena— susurró Bresson a De
Laurentiis.
Una hora después, el director estaba despedido.
Olvidaba el productor que Bresson se había distinguido por
ser un director que aspiraba a captar aquello que escapa a la mirada ordinaria,
por sugerir antes que mostrar y por confiar una parte esencial de la escena a
la imaginación del espectador. Ahí radicaba parte de su magia: en conseguir que
menos fuera más.
John Huston, el director que terminó haciéndose cargo del
proyecto, no dudó en mostrar uno a uno los animales que mansamente se dirigían
al arca. Ya fue una suerte que, dada su conocida afición a la caza, no
aprovechara la ocasión para montar su propio safari al término de la escena.
Imagen tomada de NamuWiki



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