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sábado, 6 de junio de 2026

Las incansables Cariátides del Erecteion: ¿Doncellas o esclavas?

 

Más allá del Partenón, uno de los atractivos de la Acrópolis ateniense es el Erecteion, un santuario atribuido tradicionalmente a Mnesicles —aunque algunas fuentes mencionan también a Filocles— que servía para el culto, entre otros, a Atenea Polias, a Poseidón-Erecteo y a Hefesto. Los arquitectos decidieron usar un recurso ya visto antes en Delfos utilizando figuras femeninas como columnas para sustentar parte del templo; son las famosas Cariátides relacionadas frecuentemente con el taller del escultor Alcámenes. Las sufridas esculturas llevaban desde el siglo V a. C. soportando estoicamente su carga hasta que en 1979 fueron relevadas por copias y llevadas al Museo de la Acrópolis, salvo una, retirada por el avispado Lord Elgin a comienzos del siglo XIX y conservada hoy en el British Museum.

Esculpidas en mármol pentélico, los profundos pliegues verticales del peplo dórico que visten las cariátides recuerdan a las estrías de las columnas tradicionales y parecen portar una especie de cesto en su cabeza que hace las veces de capitel.

Pero lo que de verdad las trae hoy por aquí es la posible significación de su presencia en el templo.

Para algunos son la representación de las seis hijas de Erecteo, uno de los reyes míticos y fundacionales de la ciudad, que en su enfrentamiento con Eleusis entregó como sacrificio a una de sus hijas para conseguir la victoria y vio morir después a otras de sus hijas, unidas por un juramento de muerte. De ser así, los nombres de las seis cariátides, según una tradición tardía, podrían ser: Protogeneia, Pandora, Procris, Creúsa, Oritía y Ctonia.

Para otros tan solo son la representación de doncellas que danzaban en honor de Artemisa Caryatis, haciendo gala de su equilibrio mientras portaban sobre sus cabezas un cesto con ofrendas.

Pero puede que la más controvertida de las explicaciones sea la más atrayente. Contaba el arquitecto Vitrubio, sobre el 20 a. C., que las Cariátides no eran sino la representación de un castigo sin final. La ciudad de Caryae, muy cercana a Esparta, se alineó con los persas durante las guerras médicas. En uno de los lances del conflicto los griegos pasaron a cuchillo a los varones de la ciudad y se llevaron a sus mujeres como esclavas, convirtiéndolas, ya en mármol, en el incansable sostén de uno de los templos más emblemáticos de la Acrópolis, en símbolo del castigo eterno de la traición de su ciudad.

Pueden elegir la historia que más les seduzca, aunque no todas gocen del mismo respaldo entre los historiadores. Todas, eso sí, ofrecen un plus de magia para las doncellas que siguen de guardia en el Erecteion mirando el horizonte para siempre.

Imagen: Tomadas de Pxfuel.com - Imagen libre de derechos -Imagen 1

sábado, 23 de mayo de 2026

Cenicienta y la sandalia perdida de Rhodopis

 

Casi mil setecientos años antes de que Charles Perrault nos entregara la versión más recordada de la Cenicienta y la aventura con su zapatito de cristal, Estrabón nos hablaba de Rhodopis —la de mejillas sonrosadas—, una bella cortesana que de forma inesperada llegó a ser la esposa del faraón de Egipto tras perder una humilde sandalia. El autor griego lo contaba así:

«Cuentan la fabulosa historia de que, cuando se estaba bañando, un águila le arrebató una de sus sandalias a su doncella y se la llevó a Menfis; y mientras el rey administraba justicia al aire libre, el águila, cuando llegó sobre su cabeza, arrojó la sandalia en su regazo; y el rey, conmovido tanto por la hermosa forma de la sandalia como por la extrañeza del suceso, envió hombres en todas direcciones al país en busca de la mujer que calzaba la sandalia; y cuando la encontraron en la ciudad de Naucratis, la llevaron a Menfis y se convirtió en la esposa del rey.»

Unos dos siglos más tarde, el autor romano Claudio Eliano retomó la historia y concretó un poco más: identificó a aquel rey con Psamético, faraón entre los años 664 y 610 a. C. Todo indica que la historia era popular en la Antigüedad, así, mucho antes de que Perrault imaginara una calabaza convirtiéndose en carroza y unos ratones en lacayos, un águila ya había hecho en Egipto las veces de milagrosa hada madrina. 

Y todavía hay quien aspira a ser original: «Nihil novum sub sole»

Imagen generada por IA

viernes, 22 de mayo de 2026

Lisístrata, Aristófanes y el fin de las guerras



Vivimos tiempos en los que menudean las guerras, conflictos que a veces resultan difíciles de acabar por mucho que sea del interés de ambas partes. Algo así pasaba en Grecia hacia el 411 a. C. Atenas llevaba veinte años envuelta en la Guerra del Peloponeso, enfrentada a Esparta y sus aliados, con una sangría enorme de recursos y de vidas que dejaban multitud de familias rotas.

El comediógrafo Aristófanes, siempre muy crítico con las guerras, decidió plasmar la actualidad que estaba viviendo su ciudad en una nueva obra que titularía de forma muy significativa "Lisístrata" —La que rompe ejércitos—. La comedia, estrenada en 411 a. C., abordaba en tono cómico la rebelión pacífica de las mujeres griegas —atenienses, espartanas y de otras ciudades— para detener una guerra a la que no encontraban sentido.

Hartas de estar cruzadas de brazos ante aquella guerra, decidieron, lideradas por Lisístrata, cruzarse de piernas. De esta manera, cada marido o amante dispuesto a continuar la guerra se encontraba con unas mujeres nada receptivas a sus demandas sexuales mientras la guerra continuara. Para sellar el pacto, Lisístrata les hizo jurar a todas las mujeres convocadas de este modo:

Lisístrata: Lampitó, todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí:

No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante. —e iban repitiendo a cada frase— Aunque venga a mí en condiciones lamentables. Permaneceré intocable en mi casa. Con mi más sutil seda azafranada. Y haré que me desee. No me entregaré. Y si él me obliga. Seré tan fría como el hielo y no participaré.

¿Todas han jurado? —Mirrina: Todas.

Con esa determinación ocuparon el tesoro ubicado en la Acrópolis y allí resistieron privando a los hombres de la ciudad de dos cosas decisivas: el dinero necesario para financiar la guerra y de la posibilidad de calmar el deseo que los traía de cabeza.

Al menos en la comedia, aquella singular huelga sexual logra lo que no habían conseguido los estrategos: que los hombres acepten negociar la paz no precisamente iluminados por la razón o por la sensatez, sino empujados por algo bastante menos noble: el deseo acumulado e insatisfecho.  El dormitorio resultó el verdadero campo de batalla.

En la realidad la guerra del Peloponeso duraría todavía unos años hasta el 404 a. C. con la derrota de los atenienses ante los espartanos. Sedas azafranadas no faltan hoy en día... ¿Habrá alguna Lisístrata moderna que quiera poner coto a tantos desmanes?

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domingo, 1 de febrero de 2026

Bernadotte o el tatuaje de un soldado que sonrojó a un Rey

 


La actual Casa Real de Suecia desciende de Jean-Baptiste Bernadotte, uno de los dieciocho Mariscales del Imperio nombrados inicialmente por Napoleón. Fue un militar competente y un excelente organizador, algo trascendental en las complejas campañas napoleónicas, pero pocos podrían haber imaginado que un trono real sería el destino de alguien que comenzó su andadura en el ejército desde el escalón más bajo, como soldado raso, para ir ascendiendo progresivamente gracias a sus méritos.

En 1810 el Rey Carlos XIII de Suecia se encontraba ya anciano y el hecho de que no contara con herederos convertía su sucesión en un problema a resolver de forma urgente, máxime cuando un año antes se había perdido el territorio de Finlandia frente a Rusia. Necesitaban un líder carismático y capaz de estabilizar la situación política y militar de la nación. Fue una total sorpresa para Napoleón que, libremente y sin presiones por su parte, el gobierno sueco eligiera como sucesor del Rey Carlos XIII a uno de sus mariscales. Parece que Bernadotte había tratado de forma honorable a los militares suecos prisioneros en las batallas que libró contra ellos y ese hecho, que fue ampliamente difundido posteriormente en Suecia, le dio un aura de hombre de honor a la vez que de militar capaz.

Napoleón aceptó a regañadientes, pensando que sería un apoyo desde su nueva posición. Aún conociendo su espíritu siempre crítico, no pudo prever que poco tiempo después, Bernadotte lucharía contra él en defensa de los intereses de la nación sueca a la que ahora lideraba como Carlos XIV. Puede que por ese compromiso tuviera la fuerza para crear toda una dinastía. Algo nada fácil cuando se empieza como un simple soldado.

La leyenda cuenta que siendo ya Rey de Suecia, Bernadotte enfermó de gravedad. Los médicos aconsejaban realizarle una sangría para la cual debían aplicarle sanguijuelas en el pecho —para algunos el brazo—, pero el monarca se negaba en redondo a descubrir su torso. Su salud empeoró hasta tal punto que no le quedó más remedio que someterse al tratamiento, no sin antes obligar a los médicos a jurar que no podrían revelar lo que iban a ver. Bernadotte fue un revolucionario convencido que había luchado de forma decidida en contra de los privilegios de realeza y de los nobles. Fue en aquella efervescencia de juventud cuando, según cuenta el mito, se tatuaría sobre su pecho un gorro frigio —símbolo de la revolución— junto al lema «Mort aux rois» (Muerte a los reyes). 

Y es que los tatuajes son como una terca y en no pocas ocasiones incómoda memoria de lo que fuimos. 



Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

domingo, 25 de enero de 2026

El Círculo de Popilio y la diplomacia de hoy


 

Hacia el año 168 a.C. Roma ya dominaba casi toda la franja costera mediterránea del continente europeo y una parte del norte de África. Siempre ávida de nuevos territorios, en su horizonte político ya tenía como objetivo hacer que aquel mar que quedaba entre ambas tierras pudiera ser llamado Mare Nostrum —Mar nuestro-.

Puede que por ello todo lo que ocurría en sus orillas afectaba directamente a sus intereses. Roma se sentía fuerte después de haber vencido a los macedonios en la Batalla de Pidna, acabando con sus sueños de recobrar su pasado esplendor. Cuando el reino seléucida —Siria— intentó apoderarse de Egipto sintió que debía intervenir. Ya por entonces los romanos presumían de que un magistrado suyo, investido de los poderes que el Senado depositaba en su persona, era más respetado que cualquier ejército extranjero, tal era la fuerza que lo respaldaba.

Según relata Polibio, Roma mandó a la zona de conflicto al senador Cayo Popilio Lena a fin de que se entrevistase con el Rey Antíoco IV Epífanes para advertir a este de que no continuase con sus avances en el Egipto Ptolemaico

El encuentro entre Antíoco y la embajada romana tuvo lugar a las afueras de Alejandría. Fue allí donde Popilio le entregó el senadoconsulto que solicitaba al rey seléucida que dejara su política expansionista y abandonara Egipto.

Antíoco contestó que debía someter aquella "solicitud" a una profunda reflexión, pero Popilio no estaba dispuesto a dilación alguna en la resolución del problema y con su «Vitis» —el bastón que simbolizaba su poder senatorial— trazó un círculo alrededor de Antíoco y le dijo:

«No saldrás de este círculo antes de haberme dicho qué debo responder al Senado de Roma».

Antíoco quedó perplejo ante aquella inesperada reacción y sabedor de lo que suponía una respuesta equivocada a aquel gesto, cedió y abandonó Egipto sin más.

Por supuesto, cuando casi 100 años después, Cneo Pompeyo tomó Siria y posteriormente César Augusto Egipto, nadie pudo pararles, no había nadie lo suficientemente fuerte como para hacerles un círculo como el de Popilio.

Viendo este mundo nuestro de hoy en día, en el que abunda la diplomacia imperativa, podríamos recordar aquel latinajo que decía: «Nihil novum sub sole» (nada nuevo bajo el sol)

Imagen: Obra Charles Meynier (1808), Museo del Louvre - Wikimedia Commons Dom. Público CC0

martes, 20 de enero de 2026

Walter Gropius: El hombre que pensó el lugar en que vivimos

 


Walter Gropius revolucionó la arquitectura moderna desde la dirección de la Bauhaus, promoviendo un funcionalismo del diseño en el que el uso tiene prioridad sobre los ornamentos. De hecho, esta concepción está muy presente en el enfoque de los edificios de viviendas que aún se construyen hoy en día. Aunque algunos de sus postulados han sido pervertidos, el paisaje urbano moderno sigue respirando de las ideas de este arquitecto.

Gropius era un hombre elegante, hasta cierto punto distante y con un porte casi aristocrático. Esa apariencia suya, unida a su forma de ser y actuar, hizo que en el entorno de la Bauhaus se le conociera como «El príncipe de plata» —Der Silberprinz—, una imagen que se asocia habitualmente con el pintor Paul Klee para quien el oro era demasiado ostentoso y casi vulgar mientras que la plata le resultaba perfecta para calificar a un hombre tan fino y de inteligencia tan aguda.

Gropius era elegante hasta en las relaciones que establecía con todos los participantes de aquel proyecto que era la Bauhaus. Aun siendo su director y fundador mantenía relaciones de igualdad con todos, sin distancias jerárquicas ni privilegios, una horizontalidad que estimulaba la cordialidad y el buen ambiente de trabajo, lo que no quita que cuando resultaba necesario mostrara un carácter firme y decidido en la defensa de sus postulados.

Es curioso que un gran arquitecto como él flaqueara en el dibujo y dependiera intensamente de colaboradores para el desarrollo de las ideas técnicas y proyectos que tenía en mente. Era como un director de orquesta que lo conoce todo de una sinfonía, de cada nota, de cada músico, pero apenas sabe tocar un instrumento.

Gropius, como tantos otros genios, tropezaba a veces en lo más trivial. Enamorado de Alma Mahler, esposa por aquel entonces del compositor Gustav Mahler, le escribió una carta en la que quedaba patente la profundidad de la relación que mantenían. Habría sido una carta galante más, simple correspondencia de enamorados, si no hubiese sido por el simple detalle de que Gropius —según la versión más difundida al respecto— escribiera como destinatario de la carta a Gustav Mahler, quien montó en cólera cuando supo de las infidelidades de su esposa e incluso tuvo que buscar ayuda en el diván de Sigmund Freud.

Pocos años después de la muerte de Mahler, Gropius se casó finalmente con Alma, aunque el matrimonio fue todo un desastre y se rompió pronto.

Para algunas personas resulta más fácil levantar un rascacielos de casi doscientos cincuenta metros de altura como el Pan-Am —hoy MetLife— de Nueva York, que construir unos pilares sólidos en una relación o que escribir una carta. Con una mujer tan singular como Alma Mahler aún era más difícil, Oskar Kokoschka estaba llamando a su puerta. Pero esa ya es otra historia...


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

lunes, 19 de enero de 2026

Isaac Newton y lo que la ciencia le debe a la peste

 

En estos años hemos ido recibiendo una cantidad considerable de obras que tuvieron como génesis el confinamiento que sufrimos en 2020 a causa del COVID-19. El aburrimiento y quedarnos a solas con nuestros propios pensamientos, sin ruido exterior, siempre han sido un gran motor para el conocimiento y la creatividad. En una situación parecida se encontró Newton en el invierno de 1665 debido a una terrible epidemia de peste que asoló Inglaterra.

Newton tenía por entonces tan solo 23 años y era un estudiante más del Trinity College de Cambridge. Como quiera que esta universidad fue cerrada por la epidemia y los muertos se contaban por miles, Newton decidió poner tierra de por medio y regresó a la casa familiar en Woolsthorpe, una aldea rural de Lincolnshire. No es que se tuviera claro cuál era el mecanismo que transmitía la peste, pero ya se sospechaba que el hacinamiento en las grandes urbes no era positivo.

En la paz y quietud del campo, Newton, con todo el tiempo para sus pensamientos, dejó su mente volar. Allí pasó dieciocho fructíferos meses —nunca mejor dicho—. Estudiaba interminables horas bajo los árboles frutales del jardín de la propiedad. Su mente no paraba y en el que es considerado su año milagroso —annus mirabilis— formuló el cálculo infinitesimal —a la vez que Leibniz—, sentó las bases de las leyes fundamentales de la mecánica, renovó la óptica de la época y como le quedaba algo de tiempo libre, ni corto ni perezoso, descubrió la ley de la gravitación universal.

No es solo tener tiempo o las capacidades para poder afrontar las ideas que pasan por la cabeza, también se debe estar abierto a cualquier inspiración que se muestre ante nuestros ojos. La simple caída de un fruto de un manzano de la variedad flor de Kent —sin necesidad de golpear su cabeza—, desató un torrente de ideas en la aguda mente de Newton. ¿Por qué caía en vertical y no de lado? Y llevando su imaginación de una simple manzana redonda a algo mucho más grande, ¿por qué no caía igualmente la Luna? Yo habría dicho: ¡cualquiera sabe! Pero evidentemente esa opción no estaba en la inquieta forma de ser y pensar de Newton. Su cerebro ya no pudo parar hasta encontrar una solución.

Posiblemente ha sido Newton el ser humano que mayor partido ha sacado a las consecuencias de una terrible epidemia de peste en la historia. A su modo de ver, se hizo bueno el refrán «no hay mal que por bien no venga»

Y así, un alumno discreto se convierte por obra y milagro de su capacidad y también del aburrimiento en una de las luminarias del pensamiento científico.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

sábado, 17 de enero de 2026

«Pour le Mérite»: Una condecoración de altos vuelos

 


No deja de resultar curioso que la mayor condecoración militar alemana, desde 1740 hasta el final de la Primera Guerra Mundial, tuviera nombre francés.  La explicación es sencilla, esa era la lengua de prestigio en la corte prusiana cuando Federico II el Grande de Prusia creó esta preciosa medalla con una cruz central de ocho puntas esmaltada en azul, con águilas imperiales entre sus brazos y la inscripción con letras doradas en su centro: "Pour le Mérite" (Por el mérito)

Aunque tuvo una época en que se entregó también en el ámbito civil, pronto se restringió su concesión a militares en activo, haciéndose tremendamente famosa y codiciada durante la Primera Guerra Mundial, especialmente entre los caballeros del aire, esos pilotos de combate que en no pocas ocasiones querían llevar a las alturas el protocolo de un duelo a pie de tierra.  

El primero en conseguir esta preciada cruz fue el piloto Max Immelmann, momento desde el cual pasó a ser conocida por los demás pilotos como "Blue Max" o "Blauer Max" en un tono ya más germánico. 

En los primeros compases de la guerra se hablaba de facto de unos cinco aviones enemigos derribados para hacerse acreedor de la insignia, cifra que fue subiendo con el transcurso del conflicto y que llegó a fijarse en veinte. A pesar de que estas medallas solían quedarse mayormente entre generales y puestos de alto rango, no fueron pocos los pilotos que la consiguieron. Entre ellos figura por supuesto Manfred von Richthofen —el conocido Barón Rojo—, al que podemos ver en la foto luciendo la medalla —una obligación que tenían al vestir de uniforme—. Otros personajes famosos que lograron el Max Azul durante la Gran Guerra fueron el entonces teniente Erwin Rommel, posteriormente conocido como el Zorro del desierto y que sería uno de los más famosos Mariscales de Campo del Tercer Reich. También la consiguió Hermann Goering que antes de ponerse tan orondo como todos lo tenemos en mente fue un as de la aviación que llegó a liderar la escuadrilla a la que dio fama al Barón Rojo.

La condecoración desapareció tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, pero en 1923, bajo un nuevo formato, se reinstauró la versión civil de “Pour le Mérite” para distinguir la trayectoria de personalidades de la élite intelectual y artística. Algunas de las personas que la han conseguido a lo largo de los años son: Albert Einstein, Max Planck, Hannah Arendt, Thomas Mann, Hermann Hesse, Richard Strauss, Daniel Barenboim o Ingmar Bergman. Su número está muy restringido y solo puede entregarse una nueva cuando fallece alguien de los que tienen el honor de portarla.

Todos ellos volaron alto.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

viernes, 2 de enero de 2026

Albert Einstein, el músico que no sabía contar


 

Si Woody Allen prefería tocar el clarinete con sus amigos antes que ir a una Gala de los Óscar o Ingres solo encontraba sosiego en su violín tras largas horas de intenso trabajo con los pinceles, Albert Einstein no podía concebir la vida lejos de su violín. Su amor por la música no dejaba dudas cuando decía:

«Si no fuera físico, probablemente sería músico. A menudo pienso en música. Vivo mis sueños en música. Veo mi vida en términos musicales. No puedo decir si habría podido hacer alguna pieza creativa de importancia en la música, pero sí sé que lo que más alegría me da en la vida es mi violín». En otra ocasión dijo: «Una mesa, una silla, un plato de fruta y un violín. ¿Qué más se necesita para ser feliz?»

La madre de Einstein, Pauline, tocaba el piano y transmitió a su hijo un profundo amor por la música, de hecho, Einstein empezó a recibir clases de violín y piano a la temprana edad de seis años e incluso llegó a componer alguna pequeña pieza. 

No es que fuera Einstein un grandioso instrumentista, pero sí lo suficientemente diestro como para regocijarse de la música en compañía de otros maestros tocando piezas de cámara. Sus compositores favoritos fueron Bach y Mozart en quienes encontraba una especie de perfección que para él más que divina era matemática. En cualquier caso, la anécdota que paso a contar le ocurrió ensayando un cuarteto de Haydn. 

Se cuenta que a Einstein le resultaba imposible entrar a tiempo en uno de los movimientos de la pieza que se encontraban ensayando. O se adelantaba o se atrasaba sin remedio. El director del cuarteto desesperado ante los continuos errores del gran genio de la física le increpó: 

—Albert, tienes un grave problema: ¡No sabes contar! 

Y seguro que Don Alberto, al que en aquellos menesteres de poco le servían los galardones recibidos a su inteligencia, agachó la cabeza y lo admitió.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

Nochevieja y la protesta que dio origen a las doce uvas

 

En esta noche de 31 de diciembre en la que los españolitos, enormes o bajitos, haremos por una vez algo a la vez, aunque solo sea acompañando cada campanada del reloj con una uva, pocos imaginarán que están participando en una tradición que nace casi a modo de protesta.

Se ha dicho que a finales del siglo XIX, algunos madrileños acomodados gustaban de hacer gala de su esnobismo durante el fin de año, copiando una moda francesa en la que durante el «réveillon» —comida de fin de año— se acompañaba el champán con bocados exquisitos como las uvas.

Por otro lado, se cuenta que en Madrid, la víspera de Reyes —5 de enero— era una noche de mucho alboroto callejero, ruido y excesos. Para intentar controlar esos desmanes, José Abascal, alcalde de Madrid en 1882, publicó ese año un bando con el que se imponía una multa de 5 pesetas —un duro era una cantidad respetable— a las personas que alteraran la pacífica convivencia en esa fecha.

Según una explicación muy generalizada, el pueblo recibió de muy mala gana aquella prohibición, lo que motivó que algunos madrileños, como forma de eludir la multa, trasladaran su celebración a la noche del 31 de diciembre y se reunieron en la Puerta del Sol. Como gesto de desaprobación y protesta, decidieron imitar los usos de aquella clase adinerada que coartaba su alegría y acompañaron su reunión con uvas y champán en la Puerta del Sol. La cosa cuajó y fue repitiéndose cada año con cada vez más personas en presentes.

Lo que empezaba a convertirse en tradición, creció considerablemente en 1909, cuando se hizo una campaña comercial para vender un excedente de uvas. Pero el impulso definitivo llegó en 1962 con la retransmisión de las campanadas por televisión. Aquella tradición madrileña de «las doce uvas de la felicidad» había llegado al salón de todos los hogares de España para quedarse y ahora es seguida incluso en algunos países de Hispanoamérica.

Como cantaba Mecano en «Un año más» —casi un himno para esta fiesta— todos juntos volveremos como cada año ante el reloj de antaño para la cuenta atrás. Haremos el inevitable balance de lo bueno y lo malo que nos ha ocurrido. Daremos la bienvenida a los nuevos en la familia, echaremos de menos a los que se fueron y los que seguimos vivos haremos el serio propósito de reír un poco más.

La felicidad es siempre el mejor regalo, por eso, desde «Anécdotas de Cine, Música y Arte» os deseamos ¡Feliz Año Nuevo!


Imagen: 
"Hip, Hip, Hurrah!" (1887) de Peder Severin Krøyer - Wikimedia Commons - CC BY SA-3.0


lunes, 29 de diciembre de 2025

El error de Galileo no fue el Sol



Pocas personas en la historia son equiparables en talento a Galileo Galilei y sin embargo, como todos, era capaz también de cometer errores tan graves como incomprensibles.

El Papa Urbano VIII, principal impulsor de su procesamiento por el Santo Oficio, fue inicialmente amigo y protector de Galileo, tanto como para permitirle escribir sobre el sistema copernicano con la condición de presentarlo como una hipótesis no demostrada. El libro, que tomó por título "Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo" (1632), se desarrolla a través del diálogo entre tres personajes, Salviati que defiende el sistema copernicano, Sagredo que toma una postura neutral y Simplicio, el más torpe de los tres, que defiende férreamente el sistema propuesto por Ptolomeo y Aristóteles.

A Galileo no se le ocurrió mejor idea que poner las propias palabras y argumentos del Papa en el más "simple" de los personajes —Simplicio—, hasta hacer parecer el texto como una sátira del propio Pontífice. Cuando el Papa se dio cuenta de la burla que se hacía de su persona no pudo contener su enfado y ordenó al Santo Oficio iniciar el proceso contra Galileo. Puede que su defensa del heliocentrismo no fuera el verdadero problema de Galileo. En realidad, se había pasado de frenada en su caricaturización del Papa y lo pagó caro.

Ya saben que tuvo que retractarse para conservar la vida, sin poder rechistar, ni tan siquiera el legendario "eppur si muove" del que ninguna constancia existe. Tras el famoso proceso fue recluido durante poco más de ocho años, hasta que le llegó la muerte a la edad de 77 años.

Puede que una anécdota que circula sobre su persona, sin duda apócrifa, ocurriera en aquella época. Alguien le preguntó:

—¿Cuántos años tiene su señoría?

—Ocho o nueve —repuso Galileo, en evidente contradicción con su larga barba blanca; y luego explicó:

—Tengo, en efecto, los años que me quedan; los vividos no los tengo, como no se tienen las monedas que me he gastado.

No eran pocos años para un talento como el suyo. En su cautiverio siguió escribiendo de forma clandestina. Incluso cuando empezó a quedarse ciego, él que todo lo había visto escrutando el cielo con su telescopio, tuvo fuerzas para dictar desde la noche de su mente un libro capital en la ciencia moderna: "Discursos y demostraciones matemáticas".

Era Galileo uno de esos hombres capaz de encontrar la luz incluso rodeado de oscuridad, tal y como lo podemos ver en la imagen, en la magnífica escultura que le dedicó Gaetano Monti, mirando, como no, a las estrellas. La verdad siempre se muestra con la cabeza bien alta.

Imagen: De Wikimedia Commons - CC-BY SA 3.0 - Adaptada

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Descartes: "Duermo, luego existo"



René Descartes, puede que condicionado por su frágil salud, era un declarado defensor de las bondades de la cama. Le gustaba pensar de forma horizontal y en la intimidad, si alguna duda le asaltaba, era la sobre hora a la que debía levantarse. Le encantaba dormir y nunca descartaba quedarse entre las sábanas un ratito más.

Mantenía que su dieta de sueño, tan inhabitual en su época, era una condición de salud intelectual y que la cama más que un lugar asociado a la pereza estaba en su caso hermanado con la claridad de pensamiento. Y por supuesto tenía sus argumentos. Para Descartes, el reposo mañanero, cuando las cuitas y problemas del día a día no habían asaltado aún su intelecto, era el mejor momento para un pensamiento riguroso y fructífero. A su juicio, nada resultaba comparable a estar acostado calentito, meditando en ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño en el que, según el filósofo, su mente trabajaba mucho más concentrada.

En la cama pensaba, escribía e incluso recibía a quienes acudían a visitarlo a horas que para él resultaban intempestivas, por mucho que el resto del mundo llevara horas levantado. Ya lo decía, Adrien Baillet, su primer biógrafo, quien en la obra "La vie de monsieur Descartes" afirmaba que el filósofo «trabajaba mejor por la mañana, pensando todavía en la cama, y que ese hábito le había acompañado durante casi toda su vida».

Y si le iba bien, quiénes somos nosotros para criticar su «método». La ironía vino cuando acudió a la corte de la reina Cristina de Suecia para ser su profesor de filosofía. No contaba Descartes cuando encaminó sus pasos hacia Estocolmo, que la inquieta reina, le exigiría tomar sus clases a las cinco de la mañana en pleno invierno. No aguantó mucho aquel ritmo. En poco más de un mes, Descartes murió a causa de una neumonía muy probablemente agravada por aquellos madrugones, el frío extremo y el cambio radical en sus hábitos de vida.

No es descabellado pensar que con el ritmo de vida que llevaba en Ámsterdam, lejos del helado invierno sueco y a salvo de madrugones incivilizados, podría haber vivido más años.  Estoy seguro de que de haber sabido su final hubiera sentenciado: «Dormio, ergo sum» o lo que es lo mismo, «Duermo, luego existo».


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

miércoles, 17 de diciembre de 2025

La fría y pintoresca muerte de Francis Bacon


 

A pesar de la trascendencia de Francis Bacon en la revolución del pensamiento científico a través de su defensa del empirismo y de la metodología científica, no fue lo que se dice un científico de laboratorio, y para una de las pocas ocasiones en las que se decide a emprender un experimento, este le costó la vida.

Se cuenta que viajaba en un carruaje, cuando le asaltó la idea de comprobar cómo el frío podía ayudar a conservar la carne —algo que en realidad ya se sabía desde la antigüedad—. La norma era preservar la carne ayudándose de las salazones y avanzar en los conocimientos sobre cómo el frío actúa en los alimentos era una cuestión de gran interés.

Siguiendo la senda del conocimiento a través de la experiencia, e impaciente por obtener respuestas, detuvo el carruaje y compró un pollo a una campesina, tras sacrificarlo y quitarle las tripas —lo normal en un viaje en carruaje—, lo rellenó de nieve para comprobar la idea que tenía en mente. Durante el proceso, Bacon se expuso imprudentemente al frío intenso y a la humedad reinante, lo que le provocó un enfriamiento que le hizo sentirse gravemente enfermo, tanto que desarrolló una neumonía de la que no se recuperó. Falleció pocos días después, el 9 de abril de 1626 a la edad de 65 años. 

Al menos lo hizo con la satisfacción de haber comprobado de modo inductivo y experimentado directamente —por una vez— que exponerse al frío de forma temeraria puede ser muy perjudicial para la salud y lo más importante, que el pollo se conservó como era de esperar. Todo un éxito que no tuvo eco directo ni inmediato en las técnicas de conservación de alimentos, aunque sí en las crónicas de muertes pintorescas de la historia. 


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Bertrand Russel y el mal hábito de pensar

 

Bertrand Russell siempre fue muy crítico con el belicismo y todas las calamidades que la guerra comporta. Suya es la frase: «Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente fuertes, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable compasión por el sufrimiento de la humanidad.»

Ese ansia de amor hacía que se enamorara con extraordinaria facilidad y que se desencantara con rapidez. Cuatro matrimonios salpicados de otras muchas relaciones marcaron una vida amorosa inestable y en algunos momentos caótica.

Su búsqueda del conocimiento fue siempre un pilar fundamental durante su larga vida —murió a los 97 años—, puede que a la misma altura que su compromiso con el pacifismo.

En 1918 hubo de ir a la cárcel durante seis meses por sus críticas al modo en que se desarrollaba la Primera Guerra Mundial publicadas en "The Tribunal", el periódico de los objetores de conciencia británicos. El juez le dio a elegir entre pagar una multa o pasar seis meses en la cárcel por difamación y como pueden imaginar, Russell se negó en rotundo a abonar la multa alegando que hacerlo sería como admitir la culpa en un asunto que consideraba moralmente correcto. No era el Imperio Británico, por aquel entonces, un buen lugar para pacifistas.

Fue su primer paso por la Prisión de Brixton. Allí según contaba el mismo logró concentrarse sin interrupciones en la quietud de su celda, lugar en el que escribió un libro de introducción a la filosofía matemática que es considerado una obra fundamental del pensamiento lógico y que todavía se estudia.

Durante la Segunda Guerra Mundial hubo de entender la necesaria oposición a un sujeto como Hitler, pero a su finalización, la amenaza que constituía la bomba atómica, lo alineó firmemente en las filas del movimiento pro desarme nuclear. En 1961 sería encarcelado de nuevo por convocar manifestaciones masivas contra las armas nucleares. No crean que era un jovencito revolucionario en esos momentos. Y es que el Sr. Russell tenía ya la friolera de 89 años cuando hubo de encaminarse nuevamente a la prisión de Brixton por segunda vez por sus acciones, al estilo de Gandhi, llamando a la desobediencia civil.

La imagen de aquel señor ya anciano, de pelo blanco, pero decidido, mientras era detenido por la policía dio la vuelta al mundo. De nuevo, no albergaba dudas sobre su verdad:

«Si he de elegir entre obedecer a la ley o impedir el exterminio de la humanidad, no tengo duda alguna de cuál es mi deber.»

Cuando se le comunicó su condena dijo serenamente: «Estoy profundamente convencido de que las leyes por las que he sido condenado son injustas».

Injusta o no, la sentencia a dos meses de cárcel era firme —aunque solo estuvo una semana recluido—. A la llegada a la prisión hubo de pasar el reconocimiento médico de rigor. El doctor le preguntó:

— «¿Tiene algún hábito peligroso para su salud?»

— «Sí: pensar».

Eso de pensar tenía su miga. Ya dijo el propio Russell, aunque fuera en otro contexto: "La mayor parte de la gente prefiere morir antes que pensar. De hecho, lo hace". No era su caso.

Durante su tiempo en prisión siguió escribiendo y por su avanzada edad, se mantuvo en su celda incluso para comer. Cuando salió dejó una nueva perla de las suyas: «La prisión no es desagradable. Lo desagradable es que sea necesaria».

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

martes, 9 de diciembre de 2025

Catón el Joven y el precio de la virtud


 

Marco Porcio Catón, apodado el Joven o el de Útica para diferenciarlo de su bisabuelo —Catón el Viejo—, fue una persona realmente singular. Su austeridad era de todos conocida y su vida un ejemplo de estoicismo.

En una época en la que en Roma los lujos eran lo habitual para los de su posición, él prefería la ropa sencilla, se mezclaba sin miedo entre las gentes y caminaba a pie sin hacer uso de las literas como los demás senadores. En esa línea apuntaba Plutarco cuando le dedicaba estas palabras: «Se distinguía por su frugalidad y por la dureza consigo mismo; no buscaba placer alguno en el vestido, la comida o el descanso».

Pareciera que en su persona hubieran encontrado refugio todas las virtudes republicanas. Insobornable como era, no dudó en enfrentarse al poder desmedido sin importarle los riesgos, ya fuera con Sila, Pompeyo o Julio César.

Frente a César, su oposición no solo se mostraba con su voto, y para hacerla más patente ante todos se atrevió a presentarse en el Senado vestido con túnica de lana negra —toga pulla— en señal de duelo y desaprobación por una de las medidas que requería del Senado, un gesto que a partir de él sería puntualmente imitado.

Según Plutarco, Catón era capaz de controlar sus emociones hasta límites insospechados: «Nunca fue visto cambiar de color, ni siquiera en las circunstancias más tensas; mantenía siempre la misma expresión serena».

Su inflexible forma de pensar, su oposición a cualquier concentración de poder, incluso dentro de su propia corriente de pensamiento, terminó por aislarlo. La verdad suele ser incómoda. Cicerón dijo de él en un discurso: «Catón habla como si viviera en la República de Platón, no en los excrementos de Rómulo».

Puede que fuera un referente moral, pero esa posición no le ayudaba. Cuenta una leyenda —sin eco en los autores clásicos— que en cierta ocasión, mientras paseaba por una Roma adornada con incontables estatuas de los prohombres de su historia, su acompañante le preguntó:

—¿Qué ocurre contigo? ¿Cuál es la razón de que todos los romanos ilustres tengan una estatua y tú no?

—Cuando tantas se erigen, prefiero que no esté la mía —dijo humildemente Catón

—¿Por qué?

—Por la misma razón que tú me preguntabas. Prefiero que mis contemporáneos me pregunten por qué razón no me levantan una estatua, a que la posteridad se pregunte por qué me la levantaron.

Pero el tiempo no olvidó su figura y, siglos después, una escultura suya, obra de Jean-Baptiste Roman y finalizada por Rude a mediados del S. XIX, está ahora presente en el Louvre junto a la de todos aquellos que merecen ser recordados. La estatua, en mármol de Carrara, recoge los momentos previos a quitarse la vida, empujado por una Roma que consideraba un inconveniente su virtud. Antes diría: «No soy esclavo, y no me someteré a otro hombre».

Séneca no dudó en señalarlo como el paradigma del hombre libre.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

sábado, 6 de diciembre de 2025

Damocles: el poder bajo la espada

 


La peor especie de enemigos es la de los aduladores. Quizá por eso Dionisio II, tirano de Siracusa allá por el siglo IV a.C., reaccionó de forma tan singular ante Damocles, un cortesano adulador, que a cada instante alababa la buena fortuna del tirano, sus riquezas y su vida llena de placeres y aparente felicidad.

La adulación puede ser soportable en su dosis justa, pero puede resultar insufrible cuando es rastrera y constante. El relato más antiguo que se conserva de esta historia nos llega a través de Cicerón. Según este, cuando Dionisio estaba ya harto de tanta palabrería hueca, le ofreció a Damocles intercambiar papeles por un día, para que así pudiera hablar con conocimiento de causa. Como cuenta Cicerón:

«Mandó que colocaran a Damocles en un lecho de oro cubierto con magníficos adornos, y ordenó que lo rodearan todas las riquezas reales, con un banquete servido con la mayor exquisitez.»

Y así podemos imaginar a Damocles disfrutando de la comida y la música, de los perfumes y los honores, de riquezas y bellas mujeres. Todo era un sueño hecho realidad hasta que levantó la vista y vio que sobre el lugar en el que se encontraba, apuntando directamente a su cabeza, colgaba una afilada espada sujeta por un único y finísimo pelo de caballo.

Consciente de que la espada podía caer en cualquier momento, ya no pudo disfrutar de nada de lo que se le ofrecía. Ya no quería lujos, ni reverencias, ni mujeres, ni exquisitos manjares, solo pidió marcharse y recobrar la seguridad de su humilde posición.

Dionisio le respondió que ese era el día a día de un tirano, una vida en la que a pesar de estar rodeado de riquezas y placeres, se debe aprender a convivir con la amenaza clara y constante hacia la propia vida. En sus palabras: «no puede ser feliz quien vive siempre con miedo». Es como vivir con la muerte acompañándote del brazo sin saber en qué momento decidirá cortar aquel fino pelo que marca tu destino.

Damocles, a buen seguro, dejó de hablar de más. Su vida, al fin y al cabo, no dependía de la resistencia de un cabello sino de algo más fino aún: el humor de un tirano.


Imagen: "La espada de Damocles" (1812) - Richard Westall. De Wikimedia Commons - CC0

martes, 2 de diciembre de 2025

Génitor, el singular caballo de Julio César


Treinta años tenía Julio César cuando visitó el templo de Hércules-Melqart en Gades —la actual Cádiz—. En aquella época se encontraba en Hispania como cuestor, puesto que distaba mucho de sus ambiciones. Puede que por ello cuando se puso delante de una estatua de Alejandro Magno presente en el citado templo, César, según cuenta Plutarco en sus «Vidas paralelas», lloró lamentando que con una edad similar a la que murió el macedonio, conquistador de un imperio, él todavía «no hubiera hecho nada memorable».

Añadía Plutarco que Julio César «era extraordinariamente hábil para montar caballos y tenía las piernas tan firmes que podía ir a galope con las manos atrás». Solo le faltaba un caballo a la altura de la gloria que ansiaba alcanzar y lo encontró en sus propias tierras. Nació con las pezuñas divididas, lo que le hacía parecer tener dedos como una persona, de hecho, Suetonio contaba que su pezuña estaba hendida en cuatro —quartum in modum—, algo totalmente anómalo y podría decirse que fantasioso.

Sea como fuere, este caballo, al que las fuentes antiguas no dan nombre, con el tiempo sería conocido como Génitor. Los arúspices ante la singularísima deformidad del animal profetizaron que quien lograra montarlo dominaría el mundo. César por supuesto era el único que el caballo permitía que montara sobre él. El divino Julio ya tenía un caballo tan indómito como el Bucéfalo de Alejandro; un caballo que simbolizaba el poder sobre lo incontrolable y el destino que se reservaba para él.

Nada nos impide imaginar a Genitor acompañando a César en su campaña por las Galias, en Alesia, adentrándose en el Rubicón, galopando por el campo de batalla en Farsalia o lujosamente engalanado en los triunfos de su amo en Roma. No tuvo una cuadra de mármol como Incitatus, ni fue nombrado senador, pero sí logró que César le dedicara una estatua en el Forum Iulium, junto al templo de Venus Genetrix, de donde, quién sabe, deriva el nombre con el que en tiempos modernos se ha bautizado al prodigioso caballo, de pies de hombre —humanis similes—, la montura sobre la que César cambió Roma para siempre y logró tener una vida tan memorable como la de su admirado Alejandro Magno.


Imagen: Generada con IA

viernes, 31 de octubre de 2025

Miguel de Unamuno y la falsa modestia

 

Miguel de Unamuno, destacado filósofo y escritor, no era muy dado a la pose y la hipocresía en las relaciones humanas. Si había una verdad que decir la decía sin reparar en las consecuencias; puede que por ello, la siguiente anécdota atribuida a su persona, resulte tan ilustrativa de su carácter.

Se cuenta que en 1905, cuando hacía todavía poco del tercer centenario de la publicación de "El Quijote" de Cervantes y Unamuno acababa de publicar su obra "Vida de Don Quijote y Sancho", el rey Alfonso XIII, en un acto llevado a cabo en el Palacio Real, otorgó al escritor la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII (precedente de la Orden de Alfonso X el Sabio, creada en 1939), una distinción destinada a premiar los méritos contraídos en los campos de la educación, la ciencia, la cultura, la docencia y la investigación.

Cuando el escritor vio la distinción sobre su pecho, exclamó con sincero orgullo:

— Me honra, Majestad, recibir esta cruz que tanto merezco.

El rey, acostumbrado a la falsa humildad de tantas personas por él condecoradas, la mayoría de las veces de forma casi protocolaria, se sorprendió y dijo:

—¡Qué curioso! En general, la mayoría de los galardonados aseguran que no se la merecen.

—Señor, en el caso de los otros, efectivamente no se la merecían —sentenció rotundo el escritor—.

Y no le faltaba razón a D. Miguel. Hoy, como ayer, los reconocimientos a las personas que realmente los merecen escasean. Por el contrario abundan las palabras grandilocuentes y las distinciones a personas con escasos méritos. Unamuno dijo una verdad incómoda; quizá merecía otra condecoración: la de la franqueza.

"Nihil novum sub sole".


Imagen tomada de Wikimedia Commons Dominio Público CC0

lunes, 20 de octubre de 2025

Napoleón, sus mariscales y la suerte

 

Napoleón era un genio por sí mismo, pero su grandeza como estratega también se apoyó en el saber y el coraje de sus mariscales en el campo de batalla. Cuenta la leyenda que no solo tenía en cuenta sus virtudes tangibles, sino también si eran personas tocadas por la suerte. "Sé que es buen general, pero ¿tiene suerte? ¿Es afortunado?" parece que decía antes de ascender a mariscal a alguno de sus altos mandos.

Y es que la suerte es a veces determinante en una batalla; basta un pequeño matiz para inclinar la balanza a uno u otro lado. Waterloo es un buen ejemplo. Aquella inoportuna lluvia, entre otros muchos factores, cambió de forma determinante el tempo de la batalla. Como decía el corso: "El éxito de un golpe de mano depende absolutamente de la suerte más que del juicio”.

Era un mando muy cercano y siempre presente en las evoluciones de la batalla. De hecho, algunos autores sostienen que unas dolorosas hemorroides le impidieron cabalgar entre líneas, como era su costumbre, para seguir de cerca el desarrollo de la batalla de Waterloo e infundir ánimo a sus tropas. Un infortunio más.

Conocía los nombres de muchos de los que luchaban a su lado y para algunos elegidos incluso guardaba alguna honrosa distinción. Así, para él, el mariscal Ney era "el más valiente de los valientes", el arrojado Lannes —de los pocos con los que se permitía el tuteo— le llevó a las lágrimas tras su muerte en Aspern-Essling. De él decía "Le tomé pigmeo, lo perdí gigante".  Davout era su "Mariscal de Hierro", Masséna "el niño querido de la victoria". Murat es a menudo recordado como “el rey dandi” por su estampa y Soult, tras los saqueos de arte llevados a cabo en España recibió después el apodo de “el roba cuadros”, aunque para ser justos, hay que decir que estos últimos motes no fueron idea de Napoleón. 

La elección de sus altos mandos era una decisión muy meditada, pues de ellos dependía su fortuna. Una anécdota, posiblemente apócrifa cuenta que un capitán que acompañaba a Napoleón mientras este pasaba revista a sus tropas pensó que aquella inesperada cercanía con el Emperador era la ocasión propicia para intentar ascender. Valiente y osado como él solo dijo:  

—Majestad, a pesar de que tan solo soy un oficial de no muy alta graduación, sepa que hay en mí madera de general.

- Me doy por enterado —respondió Napoleón, esbozando una mínima sonrisa-, la próxima vez que necesite generales de madera, no dudaré en recurrir a usted.

Resulta evidente que aquel capitán no tuvo suerte aquel día.

En la imagen podemos ver el óleo de Jacques-Louis David titulado “Napoleón en su gabinete de las Tullerías” (1812), que representa de manera discreta el hecho incontestable de que tras la suerte siempre hay un gran trabajo. Observen sino el reloj a las 4:13 de la mañana, las velas apuradas, los puños desabrochados, las medias arrugadas y el pelo despeinado. En la mesa, aludiendo a su famoso Código Napoleónico vemos un rollo con la palabra “Code”. Napoleón dormía poco. Había mucho por hacer. Era igual de laborioso que esas abejas bordadas en el sillón, el símbolo de una dinastía.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

lunes, 22 de septiembre de 2025

María Antonieta: Entre los pasteles y el champán


 

No debía de ser muy lista esta María Antonieta (1755-1793), esposa de Luis XVI, aunque éste creo que tampoco iba muy sobrado de luces, tanto es así que el día de la toma de la Bastilla escribió en su diario un escueto "Nada". Por mucho que la anotación estuviera referida a una jornada de caza sin éxito, parece que los demás acontecimientos del día no le merecieron ni una sola línea.

Pero, de quien queríamos hablar, es de su esposa María Antonieta, una mujer frívola, dada a gustos carísimos que la hacían aparecer a los ojos de los parisinos como una despilfarradora, sensación que aumentaba con los panfletos callejeros con los que la propaganda revolucionaria quiso identificarla como “la ruina de Francia”. Para colmo era vox populi que además ejercía una influencia considerable y, según se decía, poco positiva en su marido, el rey.

No era buena época para ser el centro de atención con todo lo que estaba pasando. Su esbelto cuello no aguantó tanta presión ni tantas mentiras sobre su persona, y finalmente la guillotina selló su destino en 1793, perpetuando leyendas que todavía acompañan su figura.

Una de aquellas historias, ya os digo que falsa, cuenta que durante los primeros días de las revueltas revolucionarias le preguntó a una de sus asistentas por la razón de tanto alboroto en las calles y esta le contestó:

—"Majestad, el pueblo tiene hambre. Esas gentes ni siquiera tienen pan"

A lo que la reina, habría contestado de forma cínica y sobre todo desalmada con un estúpido:

—“Pues que coman pasteles”

La frase ya aparecía en 1782 en un libro de Rousseau titulado “Las confesiones”, cuando María Antonieta era todavía solo una niña y estaba muy lejos de convertirse en reina. De hecho, antes que a ella, la frase fue atribuida a varias princesas francesas en distintas épocas. El interés de la Revolución terminó fijando en su persona la autoría de aquella crueldad inventada.

Otra de las fábulas que normalmente se cuentan acerca de María Antonieta es que la "coupe",  esa copa de champán ancha y poco profunda, tuviera como molde los delicados pechos de la reina. La misma historia se cuenta de la Pompadour y de Paulina Borghese, aunque en realidad, ese tipo de copa se popularizó en Inglaterra desde 1663, mucho antes de que vivieran las supuestas inspiradoras de tan erótico diseño.

Esperemos que no aparezca nunca una leyenda semejante, y menos aún que sea cierta, sobre el molde de la otra modalidad de copas para champán, esas alargadas y conocidas como "tipo flauta". Sería toda una contrariedad cada vez que levantamos la copa para brindar.


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0