Que Richard Burton
era un portento como actor nadie lo duda; que era un prodigio elevando vasos de
vodka tampoco. De hecho, forma parte de su leyenda.
Su biógrafo Melvyn Bragg contaba, en esos terrenos grises en los que a veces se esconde la verdad, que en 1960, encontrándose Burton realizando el papel de Arturo en un musical de Broadway titulado «Camelot», se apostó que sería capaz de beberse dos botellas enteritas de vodka, una en cada una de las dos representaciones que daban ese día, y sin que se le notasen los efectos sobre el escenario. Como árbitro de esta singular apuesta eligieron a Julie Andrews —en el rol de Ginebra en la misma obra— que por supuesto estaba ajena a todo aquel desafío. Una vez finalizadas las dos funciones, Burton se dirigió a la Andrews y le preguntó:
—¿Qué te ha
parecido hoy mi actuación, preciosa?
—Un poco mejor
que de costumbre —fue la respuesta de la actriz.
Y es que Richard Burton era un titán en cuanto a trasegar vodka, incluso hay quien eleva su techo y dice, ya en tono casi épico, que durante el rodaje de "El espía que surgió del frío" era capaz de liquidar tres botellas de vodka al día, tal y como se recoge en el libro «El amor y la furia, la verdadera historia de Elizabeth Taylor y Richard Burton». Esta desmedida tendencia al alcohol le provocó durante esa época los típicos temblores de un alcohólico cuando le falta la bebida e incluso provocó que tuviera que ser atendido médicamente al final del rodaje de la citada película, manifestando el doctor que había estado a punto de morir a causa de sus excesos con la bebida. Parece que una vez que le vio las orejas al lobo logró, al menos temporalmente, poner coto a sus desmanes etílicos. A pesar de ello murió joven, con tan solo 58 años, con siete merecidas nominaciones a los premios Oscar y sin ninguna estatuilla para adornar su cuarto de baño.
Sus peleas y borracheras con Liz Taylor fueron "homéricas". Al parecer la Taylor, durante su relación con Burton fue, como su marido, una consumada experta en escrutar ávidamente el final de la botella en busca de una última gota de licor, al menos así lo contaba Burton en sus diarios:
«¿Quién iba a pensar que un hombre famoso en su día por romper cristales, o enfrentarse a cualquier cosa bajo los efectos del alcohol, se horrorizaría viendo eso mismo en los demás? Al menos en quienes le rodean. ¿Y quién me rodea más estrechamente que E. (Elizabeth Taylor)? Desde hace un mes, con escasas excepciones, se ha ido a dormir no meramente achispada, sino borracha perdida. Y quiero decir borracha, ida, incapaz de caminar derecha y diciendo insensateces con una vocecita de niña en delirio febril (...) ¡Lo más espantoso es que me ha hecho aborrecer el alcohol!»
Unos grandiosos actores. Y si los quieren ver haciendo de sí mismos, con unas actuaciones soberbias, véanlos en «¿Quién teme a Virginia Woolf?» (Mike Nichols - 1966). Liz Taylor se llevó un Oscar y sin duda Burton se merecía otro que, una vez más, le fue negado.
Imagen: Tomada de la red

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