Pocas películas han tocado los sentimientos de multitud de personas
con la intensidad que lo hizo «El pianista» (2002). Su director, Roman Polanski,
lograba con este trabajo volcar gran parte de los sentimientos acumulados tras
las vivencias sufridas por su familia en Europa. Su madre murió asesinada en Auschwitz,
su padre a duras penas sobrevivió al campo de concentración de Mauthausen y él
mismo hubo de huir como pudo del gueto de Cracovia. Sabía muy bien de aquel
horror y necesitaba contarlo. No era un relato biográfico, pero sí una memoria
de sentimientos, tanto propios como colectivos.
Para dar vida al pianista Władysław Szpilman, eje de todo
el relato, necesitaba a un actor poco conocido, que no impusiera su carisma al
personaje. Buscaba alguien que representara la fragilidad y vulnerabilidad de
quien nada puede hacer en un mundo cruel como aquel sino intentar sobrevivir.
Adrien Brody no era un rostro muy conocido por entonces y
cuando supo que Polanski buscaba un actor para su película se presentó como uno
más al casting. Brody, de ascendencia judía como Polanski —aunque con experiencias
vitales muy diferentes—, no pretendió apabullar con su actuación, evitó el
dramatismo, redujo la gestualización al mínimo y leyó sus líneas casi sin
inflexión emocional. No parecía haber actuación visible, pero tan solo un
arqueo de cejas en el enjuto rostro del actor parecía hablar de hambre, sufrimiento,
privaciones y necesidad.
Su delgadez, su rostro anguloso y la fragilidad que transmitía
eran precisamente el eje sobre el que Polanski quería construir su personaje. Brody
se hizo con el papel y desde ahí empezó para él todo un calvario.
Consciente del compromiso que asumía con una historia
como aquella, que estaba concebida como algo más que una simple película,
decidió meterse en el papel del personaje de manera radical. La soledad y el
hambre eran una parte esencial en las vicisitudes que sufrió Szpilman de modo
que, para enfrentarse a ellas, Brody vendió su coche, se mudó a un pequeño
apartamento de Nueva York en el que se aisló socialmente de forma deliberada.
Su mantenida ausencia motivó la ruptura con su pareja de entonces agudizando su
experiencia de pérdida y soledad. En aquellas condiciones se aplicó en perder
peso, nada menos que trece kilos, algo que para alguien tan delgado como él resulta
todo un reto. Meticuloso hasta el detalle, intentó aprender a tocar mínimamente
el piano para abordar algunas escenas con solvencia.
Refiriéndose a aquellos días de interiorización del
personaje dijo: «Quería saber qué se sentía al estar solo».
La actuación ya la conocen. Desde entonces, Adrien Brody
es el actor más joven en ganar el Óscar al mejor actor principal —lo hizo con 29
años— y su papel es uno de los más memorables de la historia del cine. Pocos
saben que sus esfuerzos para dotar de verdad al sufrido pianista le sumieron en
una depresión que le duró más de un año.
Ayer, viendo «El brutalista» (2024 – Brady Corbert) volví a encontrar ecos de aquella vulnerabilidad que tan dolorosamente nos mostró en «El pianista». Es un soberbio actor que en su rostro lleva —de serie— la expresión del dolor y eso es algo que se nota en la pantalla.
Imagen: De Wikimedia Commons - de Bryan Berlin CC BY SA-4.0 retocado el fondo.

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