Cuando observamos determinadas esculturas en mármol no
podemos evitar el pensamiento de lo difícil que es lograr el resultado visible,
casi milagroso, cuando todo depende de que tan solo uno entre los millares de
golpes dados con el martillo y el cincel sobre la piedra provoquen un daño
irreparable. Es algo que en esculturas como el «Apolo y Dafne» de
Bernini —arriba— puede sentirse en cada una de las hojas de mármol que nacen de
los dedos de la ninfa.
Con no poca dosis de fantasía se ha contado que para salvar posibles
defectos los escultores antiguos recurrían a una pequeña trampa. Cuando la mala
fortuna les hacía enfrentarse a un desperfecto en una obra de ejecución ya muy
avanzada y les abocaba a desecharla o redefinirla —algo no siempre posible—, no
era extraño que optaran por disimular el error con un poco de cera. Al hilo de
esa leyenda nació el supuesto origen de la palabra «sincera», que derivaría de
la expresión latina «Sine cera» con la que se hacía referencia a aquellas
esculturas que no tenían fallos, que eran todo acierto y verdad, obras sin ceras,
sin truco, sin mentiras ocultas.
Sin embargo, la historia, a pesar de su hermosura es
totalmente incierta. La palabra sincero deriva del latín «sincerus» y si bien
tiene el significado esperado: puro, limpio, no mezclado, íntegro... no existe
correlación alguna con el mundo de la escultura en el sentido que se nos
contaba.
Es cierto que escultores como Canova utilizaban ceras y
aceites para dar un brillo especial a sus esculturas, pero nunca para ocultar
supuestos errores de ejecución.
Y sin embargo, en la actualidad, la cera sí que ha terminado
por tener su papel en el mundo de la escultura y en cierta manera, con una
relación muy estrecha con la verdad.
La fama que resulta incontestable, la conquistada por los
grandes personajes de la historia suele seguir trasladándose a la piedra en
forma de escultura, un medio que parece desafiar al tiempo en la misma medida
que el recuerdo de la persona que representan. Por contra, los personajes de
fama efímera, aquellos que la actualidad encumbra por, quién sabe qué extraña
circunstancia o habilidad y que irremediablemente serán pronto olvidados, son
representados con todo lujo de detalles en cera. Para esas efímeras esculturas existen
museos como el de Madame Tussauds, para deleite de los incondicionales del
famoseo que buscarán hacerse una foto, aunque sea irreal, cerca de sus ídolos,
no ya de barro, sino de simple cera. Así es nuestro mundo hoy en día.
La cera no engaña. Si la figura de una persona no termina en
piedra es que su fama no es sincera, no es de verdad, es tan frágil como el
material con el que fue moldeada.
Imagen: De Wikimedia Commons - CC BY SA-4.0

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