martes, 20 de enero de 2026

Walter Gropius: El hombre que pensó el lugar en que vivimos

 


Walter Gropius revolucionó la arquitectura moderna desde la dirección de la Bauhaus, promoviendo un funcionalismo del diseño en el que el uso tiene prioridad sobre los ornamentos. De hecho, esta concepción está muy presente en el enfoque de los edificios de viviendas que aún se construyen hoy en día. Aunque algunos de sus postulados han sido pervertidos, el paisaje urbano moderno sigue respirando de las ideas de este arquitecto.

Gropius era un hombre elegante, hasta cierto punto distante y con un porte casi aristocrático. Esa apariencia suya, unida a su forma de ser y actuar, hizo que en el entorno de la Bauhaus se le conociera como «El príncipe de plata» —Der Silberprinz—, una imagen que se asocia habitualmente con el pintor Paul Klee para quien el oro era demasiado ostentoso y casi vulgar mientras que la plata le resultaba perfecta para calificar a un hombre tan fino y de inteligencia tan aguda.

Gropius era elegante hasta en las relaciones que establecía con todos los participantes de aquel proyecto que era la Bauhaus. Aun siendo su director y fundador mantenía relaciones de igualdad con todos, sin distancias jerárquicas ni privilegios, una horizontalidad que estimulaba la cordialidad y el buen ambiente de trabajo, lo que no quita que cuando resultaba necesario mostrara un carácter firme y decidido en la defensa de sus postulados.

Es curioso que un gran arquitecto como él flaqueara en el dibujo y dependiera intensamente de colaboradores para el desarrollo de las ideas técnicas y proyectos que tenía en mente. Era como un director de orquesta que lo conoce todo de una sinfonía, de cada nota, de cada músico, pero apenas sabe tocar un instrumento.

Gropius, como tantos otros genios, tropezaba a veces en lo más trivial. Enamorado de Alma Mahler, esposa por aquel entonces del compositor Gustav Mahler, le escribió una carta en la que quedaba patente la profundidad de la relación que mantenían. Habría sido una carta galante más, simple correspondencia de enamorados, si no hubiese sido por el simple detalle de que Gropius —según la versión más difundida al respecto— escribiera como destinatario de la carta a Gustav Mahler, quien montó en cólera cuando supo de las infidelidades de su esposa e incluso tuvo que buscar ayuda en el diván de Sigmund Freud.

Pocos años después de la muerte de Mahler, Gropius se casó finalmente con Alma, aunque el matrimonio fue todo un desastre y se rompió pronto.

Para algunas personas resulta más fácil levantar un rascacielos de casi doscientos cincuenta metros de altura como el Pan-Am —hoy MetLife— de Nueva York, que construir unos pilares sólidos en una relación o que escribir una carta. Con una mujer tan singular como Alma Mahler aún era más difícil, Oskar Kokoschka estaba llamando a su puerta. Pero esa ya es otra historia...


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

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