Gropius era un hombre elegante, hasta cierto punto distante y con un porte casi aristocrático. Esa apariencia suya, unida a su forma de ser y actuar, hizo que en el entorno de la Bauhaus se le conociera como «El príncipe de plata» —Der Silberprinz—, una imagen que se asocia habitualmente con el pintor Paul Klee para quien el oro era demasiado ostentoso y casi vulgar mientras que la plata le resultaba perfecta para calificar a un hombre tan fino y de inteligencia tan aguda.
Gropius era elegante hasta en las relaciones que establecía
con todos los participantes de aquel proyecto que era la Bauhaus. Aun siendo su
director y fundador mantenía relaciones de igualdad con todos, sin distancias jerárquicas
ni privilegios, una horizontalidad que estimulaba la cordialidad y el buen
ambiente de trabajo, lo que no quita que cuando resultaba necesario mostrara un
carácter firme y decidido en la defensa de sus postulados.
Es curioso que un gran arquitecto como él flaqueara en el
dibujo y dependiera intensamente de colaboradores para el desarrollo de las
ideas técnicas y proyectos que tenía en mente. Era como un director de orquesta
que lo conoce todo de una sinfonía, de cada nota, de cada músico, pero apenas
sabe tocar un instrumento.
Gropius, como tantos otros genios, tropezaba a veces en lo
más trivial. Enamorado de Alma Mahler, esposa por aquel entonces del compositor
Gustav Mahler, le escribió una carta en la que quedaba patente la profundidad
de la relación que mantenían. Habría sido una carta galante más, simple
correspondencia de enamorados, si no hubiese sido por el simple detalle de que
Gropius —según la versión más difundida al respecto— escribiera como
destinatario de la carta a Gustav Mahler, quien montó en cólera cuando supo de
las infidelidades de su esposa e incluso tuvo que buscar ayuda en el diván de Sigmund
Freud.
Pocos años después de la muerte de Mahler, Gropius se casó
finalmente con Alma, aunque el matrimonio fue todo un desastre y se rompió
pronto.
Para algunas personas resulta más fácil levantar un
rascacielos de casi doscientos cincuenta metros de altura como el Pan-Am —hoy
MetLife— de Nueva York, que construir unos pilares sólidos en una relación o
que escribir una carta. Con una mujer tan singular como Alma Mahler aún era más
difícil, Oskar Kokoschka estaba llamando a su puerta. Pero esa ya es otra
historia...
Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

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