Cuando Cantinflas decía en una de sus películas: «¿Qué somos en la vida sino abrojos del arroyuelo salidos del pantano de la desilusión?», sabía muy bien a qué se refería. Mario Moreno fue el sexto hijo de los catorce que tuvieron sus padres y de los que solo sobrevivieron ocho. Pronto tuvo que aprender a buscarse la vida, ya fuera como ayudante de zapatero, desde donde “ascendió” a bolero (limpiabotas) —algo que recordaría después en una de sus películas más aplaudidas, «El bolero de Raquel»—, o como mandadero, taxista, cartero, bailarín y otros oficios por el estilo, todos ellos empleos de supervivencia, hasta acabar en el circo como torero cómico.
Como una esponja iba acumulando recursos para crear aquella jerga ininteligible que servía para aparentar la solvencia que un simple «peladito» no podía ofrecer. Dicen que fue en una de aquellas pantomimas delante de una vaquilla en la que, entre las risas de la gente, empezó a improvisar de manera errática un monólogo que había olvidado. Pero —y «Ahí está el detalle»— Cantinflas, como peladito, tendría pocos estudios, pero era dueño de una aguda inteligencia con la que supo crear un personaje que era eco del México humilde que le tocó vivir.
Solo quedaba vestir al personaje con unos pantalones holgados y remendados, una cuerda como cinturón, un bigotillo inusual y una humilde camiseta mal abotonada que trata de dignificar con un pañuelo al cuello y un sombrero deformado. Él, como Charlot, no dejaba de ser un quiero y no puedo, como quien dice un pues sí pero no, un adorable buscavidas con maneras, un galán con remiendos, un señor sin cartera pero rico en sabiduría popular.
Había nacido Cantinflas, un personaje que hizo que Chaplin
considerara a Mario Moreno como uno de los mejores cómicos de su época. Aunque
en su paso por Hollywood ganó un Globo de Oro por su interpretación en «La
vuelta al mundo en 80 días», su humor no lograba todo su brillo en una
lengua que no le dejaba jugar con las palabras y los malentendidos de la misma
forma que en castellano. En México sí, logró convertirse en todo un ídolo, en
un símbolo y con el tiempo en todo un potentado que acumuló una gran fortuna
gracias a sus películas y a sus iniciativas empresariales.
Y así, como quien no quiere la cosa, el peladito se había
convertido en Don Mario, en alguien que podía permitirse un jet privado en una
época en la que eso solo estaba al alcance de grandes fortunas o estrellas como
Frank Sinatra o Elvis Presley. Y sin embargo nunca olvidó sus orígenes y de manera discreta hacía grandes donaciones a los necesitados; una cosa es una cosa y otra cosa es muy distinta. Puede que por ello
para todo México fuera para siempre su peladito, por mucho dinero que hubiera
en sus bolsillos. Así lo inmortalizó Diego Rivera en el gigantesco mural del
Teatro de los Insurgentes de México, como el inmortal Cantinflas, que
recordando a un Robin Hood o para otros a San Martín de Porres, daba a los
pobres lo que recibía de los ricos.
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