sábado, 3 de enero de 2026

Jean Seberg, un verso suelto en el cine

 


Jean Seberg hizo de su pelo su espada. Sus formas estaban muy alejadas de la exuberancia femenina en boga en el Hollywood de los años cincuenta. Era más bien bajita —apenas un metro sesenta— menuda y discreta en sus atributos. Sin embargo, su rostro era de una singular belleza y su sonrisa la dotaba de un irresistible atractivo que la hacía brillar con luz propia.

Puede que fueran precisamente esos rasgos los que llevaran a Otto Preminger a elegir a Jean Seberg entre las diecisiete mil aspirantes que se presentaron para ser la protagonista de «Saint Joan» (1957), la película en la que se abordaría de nuevo la figura de Juana de Arco. Aquella aparente debilidad de la actriz haría más milagrosa aún la fuerza interior y la determinación de la heroína francesa.

Siguiendo los ecos de la recreación del personaje por María Falconetti en la película que le dedicó Dreyer, Preminger exigió que Jean Seberg se cortara el pelo muy corto, mostrándose sin atributos femeninos, espartana, como una guerrera en una misión divina.

La película no fue un éxito precisamente, pero marcó una de las señas de identidad de la actriz, ese pelo corto que de forma inesperada realzaba singularmente la belleza de su rostro. La actriz volvió a utilizar ese look en "Bonjour Tristesse" (1958) de nuevo a las órdenes de Preminger. Al finalizar el rodaje, se sintió cómoda con ese estilo de peinado y tercamente lo mantuvo en contra de los dictados de la meca del cine. Los trabajos apenas llegaban cuando Godard la reclamó para el papel de Patricia Franchini en "A bout de souffle" (1960 - Al final de la escapada). Estaba a punto de convertirse en uno de los íconos de la Nouvelle Vague.

Jean-Luc Godard, inteligentemente, no impuso nada, solo recondujo ligeramente la verdad que ya emanaba de la forma de ser y de estar de Jean Seberg. Mantuvo su pelo corto —pixie lo llamarían después—, realzó su apariencia juvenil y casi andrógina e hizo que la cámara se recreara en su sonrisa y en la gestualidad espontánea y limpia de su bello rostro. Con los pantalones de pitillo estilo Capri, los zapatos bajos —tipo mocasín—, y aquella camiseta de rayas o la icónica del Herald Tribune, acababa de crear un nuevo tipo de mujer que a posteriori se etiquetaría como «gamine», algo que Seberg consiguió de forma involuntaria y sin artificio. Era su esencia.

Ese tipo de mujer, chispeante y traviesa, de belleza incontestable, sin joyas, que hacía de la ligereza de su porte, de la naturalidad de sus gestos y de la ausencia de una sexualidad demasiado manifiesta una verdadera actitud, abriría la senda a íconos como Winona Ryder o Natalie Portman, ese tipo de mujer en el que la inocencia aparente está cargada de belleza e intención.  Audrey Hepburn también estaba en esta corriente aunque de una forma algo diferente.

Su vida, marcada por una forma de pensar libre y propia hizo que fuera perseguida de forma inmisericorde —eso daría para otra entrada— y la muerte le llegó demasiado pronto. El mundo puede que todavía no estuviera preparado para una mujer como ella, por eso sigue brillando en el recuerdo.

En una de las escenas más famosas de "A bout de souffle", el personaje de Jean Seberg, la preciosa Patricia, entrevista a un escritor que le da una respuesta que podría definir la propia vida de la actriz:

—¿Cuál es su mayor ambición en la vida?

—Volverse inmortal... y después, morir.

Imagen: De Doctor Macro

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