Jean Seberg hizo de su pelo su espada. Sus formas estaban
muy alejadas de la exuberancia femenina en boga en el Hollywood de los años
cincuenta. Era más bien bajita —apenas un metro sesenta— menuda y discreta en
sus atributos. Sin embargo, su rostro era de una singular belleza y su sonrisa la
dotaba de un irresistible atractivo que la hacía brillar con luz propia.
Puede que fueran precisamente esos rasgos los que llevaran a
Otto Preminger a elegir a Jean Seberg entre las diecisiete mil aspirantes que
se presentaron para ser la protagonista de «Saint Joan» (1957), la película en
la que se abordaría de nuevo la figura de Juana de Arco. Aquella aparente
debilidad de la actriz haría más milagrosa aún la fuerza interior y la
determinación de la heroína francesa.
Siguiendo los ecos de la recreación del personaje por María
Falconetti en la película que le dedicó Dreyer, Preminger exigió que Jean
Seberg se cortara el pelo muy corto, mostrándose sin atributos femeninos,
espartana, como una guerrera en una misión divina.
La película no fue un éxito precisamente, pero marcó una de
las señas de identidad de la actriz, ese pelo corto que de forma inesperada
realzaba singularmente la belleza de su rostro. La actriz volvió a utilizar ese
look en "Bonjour Tristesse" (1958) de nuevo a las órdenes de Preminger.
Al finalizar el rodaje, se sintió cómoda con ese estilo de peinado y tercamente
lo mantuvo en contra de los dictados de la meca del cine. Los trabajos apenas
llegaban cuando Godard la reclamó para el papel de Patricia Franchini en
"A bout de souffle" (1960 - Al final de la escapada). Estaba a punto
de convertirse en uno de los íconos de la Nouvelle Vague.
Jean-Luc Godard, inteligentemente, no impuso nada, solo
recondujo ligeramente la verdad que ya emanaba de la forma de ser y de estar de
Jean Seberg. Mantuvo su pelo corto —pixie lo llamarían después—, realzó su
apariencia juvenil y casi andrógina e hizo que la cámara se recreara en su
sonrisa y en la gestualidad espontánea y limpia de su bello rostro. Con los
pantalones de pitillo estilo Capri, los zapatos bajos —tipo mocasín—, y aquella
camiseta de rayas o la icónica del Herald Tribune, acababa de crear un nuevo
tipo de mujer que a posteriori se etiquetaría como «gamine», algo que Seberg
consiguió de forma involuntaria y sin artificio. Era su esencia.
Ese tipo de mujer, chispeante y traviesa, de belleza
incontestable, sin joyas, que hacía de la ligereza de su porte, de la
naturalidad de sus gestos y de la ausencia de una sexualidad demasiado
manifiesta una verdadera actitud, abriría la senda a íconos como Winona Ryder o
Natalie Portman, ese tipo de mujer en el que la inocencia aparente está cargada
de belleza e intención. Audrey Hepburn
también estaba en esta corriente aunque de una forma algo diferente.
Su vida, marcada por una forma de pensar libre y propia hizo
que fuera perseguida de forma inmisericorde —eso daría para otra entrada— y la
muerte le llegó demasiado pronto. El mundo puede que todavía no estuviera
preparado para una mujer como ella, por eso sigue brillando en el recuerdo.
En una de las escenas más famosas de "A bout de
souffle", el personaje de Jean Seberg, la preciosa Patricia, entrevista a
un escritor que le da una respuesta que podría definir la propia vida de la
actriz:
—¿Cuál es su mayor ambición en la vida?
—Volverse inmortal... y después, morir.
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