jueves, 3 de diciembre de 2020

Nerón, el Emperador cantante


"Pueden ser crueles los actos de un hombre, sin necesidad de que el hombre sea cruel pero aquel que no acate mis leyes morirá o será castigado. Que me odien con tal de que me teman; no me importa cuantos mueran por ello pero el emperador debe ser respetado como artista y soberano"

Son palabras de Nerón y es de reseñar esa idea suya de que el emperador no solo debía ser respetado como soberano sino también como artista. La imagen que todos tenemos en nuestra mente de Nerón es la de un emperador regordete, cruel, perverso y caprichoso, con un curioso parecido a Peter Ustinov y que con unas más que dudosas capacidades musicales era capaz de ponerse a tocar la lira cantando el "Ilou persis" (El saqueo de Troya) mientras desde una atalaya veía como a sus pies ardía Roma por los cuatro costados, eso es al menos lo que nos contaba Suetonio y Dion Casio en sus escritos, aunque otros como Tácito mantenían que durante el gran incendio de Roma, Nerón se encontraba fuera de la capital, en Antium,  y que esa incendiaria postal que todos evocamos del emperador pirómano no es sino una gran mentira histórica mil veces repetida.

Al parecer, lo que no era tan falso era el desmedido amor de Nerón por la música, tanto que hizo de ella el principal elemento de ocio y disfrute del Imperio, hasta hacer que el pueblo terminara por aborrecerla. Por supuesto en este panorama él tenía un papel protagonista, dado que según las crónicas no tenía una mala voz, cantaba aceptablemente y tocaba la lira y la citara de manera notable.  Tal era su habilidad, que una vez acomodados los laureles de emperador en su cabeza pretendía también el reconocimiento absoluto de unas cualidades canoras, que si bien eran aceptables no eran sobresalientes. No era extraño que Nerón  se presentara como participante en los juegos públicos donde esperaba ver reconocidas sus dotes u organizaba espectáculos en los que actuaba él mismo y en los que la asistencia era, digámoslo así, tan aconsejable como el entusiasta aplauso de sus intervenciones, si no se quería uno granjear la ira del emperador cantante. Su egolatría lo llevó también a participar en los Juegos Olímpicos de la antigüedad, llegando a llevarse más de una corona de laurel como campeón en unas pruebas en las que se hizo todo lo posible (y lo imposible) para que el ganador solo pudiera ser él.

Pero volviendo a la música, que es lo que cuenta hoy, no podemos dejar de reseñar la apasionada dedicación y el entusiasmo con el que Nerón se esforzaba para afinar sus cuerdas vocales; para ello solía tumbarse en el suelo para ejercitar su respiración pectoral, intentaba evitar la obesidad (sin mucho éxito según la imagen que se ha transmitido de él) para no tener dificultades respiratorias y a tal fin no dudaba en usar enemas y eméticos que aligerarán su figura y el efecto de los banquetes y por supuesto eliminaba de su dieta todo aquello que a su entender pudiera dañar sus cuerdas vocales como las manzanas  o los frutos ácidos. Todo un Pavarotti de la época imperial.

No es de extrañar que llegado el momento de su suicidio, el mismo final que impuso a personas tan sobresalientes como Petronio o Séneca, el emperador cantante, siempre aplaudido por obligación, exclamara: "¡Qué gran artista muere conmigo!"

En el libro "Quo Vadis", obra de Henrik Sienkiewicz en la que se basa la película del mismo nombre, Petronio, el arbitro de la elegancia y amigo de Nerón, le manda esta carta al Emperador Cantante en el momento de su suicidio, haciendo de sus cantos el objeto último de su decisión de quitarse la vida:

"Bien sé, divino César, que me esperas con impaciencia, y que tu leal corazón de amigo fiel padece con mi ausencia. No ignoro que está dispuesto a colmarme de honores, a nombrarme prefecto de la guardia pretoriana y a mandar a Tigelino que torne ser lo que a los dioses les plugo que fuera: mulero, en las fincas que heredaste después de envenenar a Dominicio; pero, divino, tengo que excusarme…

Por el Averno, y más particularmente por las sombras de tu madre, de tu esposa, de tu hermano y de Séneca, te juro que no puedo ir a verte. La vida es un tesoro y me vanaglorio de haber sacado de él los materiales con que he hecho, para disfrutarlas, las más preciadas joyas; pero también hay en la vida cosas que no tengo resignación para soportarlas más. No creas, te lo ruego, que me ha herido profundamente el que asesinaras a tu madre, a tu mujer y a tu hermano; que me he indignado porque incendiaras a Roma y enviarás al Erebo a todos los ciudadanos honrados de tu imperio; no, amadísimo nieto de Cronos: la muerte es el fin natural de todos los seres y no era dable esperar de ti otras proezas.

Pero tener que soportar por largos años tu canto que me destroza los oídos, ver tu barriga digna de Domicio, y tus flacas piernas dando grotescas volteretas en la pírrica danza; escuchar tu música, oírte declamar versos que no son tuyos, desdichado poetastro de suburbio, son cosas verdaderamente superiores a mis fuerzas y a mi paciencia, y han acabado por inspirarme el irresistible deseo de morir. Roma se tapa los oídos por no oírte, y el mundo se ríe de ti y te desprecia. En cuanto a mí, no puedo continuar avergonzándome de tu insignificancia, ni aunque pudiera lo querría. ¡No puedo más!

Los ladridos de Cerbero serán para mí menos molestos que tu canto, aunque a él se parezcan; porque, al fin y al cabo, nunca fui amigo de Cerbero, no tengo motivos para avergonzarme de su ladridos.

Salud, augusto, y no cantes; asesina, pero no hagas versos; envenena, pero no bailes; incendia, pero no toques la cítara! “Estos son los deseos y el último consejo del Arbiter Elegantiorum."

En el siguiente vídeo podremos recordar la convincente recreación que de Nerón hizo Peter Ustinov en "Quo Vadis", un papel por el que estuvo nominado al Oscar.



El busto de Nerón se expone en los Museos Capitolinos de Roma.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0) - Fuente Original

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