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miércoles, 5 de junio de 2024

Ballet: La tortura previa al arte de bailar de puntillas


El ballet no siempre tuvo la apariencia grácil y etérea que presenta en la actualidad, a tal fin fue determinante la revolución que provocó en el mundo de la danza el bailarín y coreógrafo francés Charles-Louis Didelot (1767-1837), que terminó afincándose en Rusia y fundando la escuela de danza de ese país. Sus puestas en escenas eran realmente innovadoras y ayudándose de hilos invisibles hacia que las bailarinas volaran sobre el escenario aterrizando grácilmente sobre las puntas de sus pies. El artificio obtuvo tal éxito que generó un nuevo gusto estético en los espectadores y que más tarde llevó a las bailarinas a intentar imitar dicho efecto sin la ayuda de hilos, valiéndose para ello de un nuevo tipo de zapatillas que presentaban la punta achatada y sobre la que intentaban bailar de puntillas. Además Didelot fue precursor de aligerar la vestimenta de las bailarinas, abogando por el uso de vestidos poco ceñidos al cuerpo que la hacían más etéreas y gráciles a la par que les deba una mayor libertad de movimientos.

En las fotografías se pueden apreciar las consecuencias del duro y doloroso entrenamiento al que se deben someter las bailarinas para conseguir la milagrosa apariencia de caminar sobre las aguas. La fotografía de cabecera es del suizo Henry Leutwyler que durante el 2012 hizo un reportaje sobre el New York City Ballet y la segunda es obra de Darian Volkova. Algunos recordarán aquellas palabras de Lydia, la profesora de ballet de Fama: "Buscáis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor."



Para acompañar esta entrada os dejo un maravilloso ejercicio de danza que en su día nos descubrió la amiga Celia Valdelomar y que vale la pena volver a disfrutar: Alessandra Ferri, Sting y Bach…. ¡Un maravilloso cocktail!!! ¡No os lo perdáis os encantara!!


Click! Y comienza el espectáculo

Las imágenes han sido tomadas de las siguientes páginas:
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jueves, 15 de octubre de 2020

Rudolf Nuréyev, la "oveja negra" del ballet ruso

“Creo haber roto las barreras entre la danza clásica y la danza moderna”

Rudolf Nuréyev, tenía muy claro el papel estelar que había desempeñado en el mundo del ballet. Su fuerza y su personalidad crearon una nueva forma de entender el baile y le auparon a la categoría de mito, siempre expuesto a la comparación con Nijinsky, un bailarín con el que, más allá de sus orígenes tártaros y su inigualable talento para la danza, guardaba no pocas coincidencias. Nuréyev evitaba las comparaciones y pronunciarse con claridad sobre Nijinsky y sin embargo en una ocasión le dedicó estas palabras:

“Nijinski y yo no tenemos nada que ver. La imaginación de la gente de 1900 forjó un ideal, fue el primer montaje publicitario en el mundo de la danza. Realmente bailó muy poco, pero captó la imaginación de la gente de 1900, mientras que yo tengo que captar la imaginación de la gente de los años sesenta a los ochenta”

Nuréyev, podía ser encantador o sumamente endiablado. Los responsables del Covent Garden, expertos en divismo, declararon en cierta ocasión al diario Times: "Mejor cien Callas que un Nuréyev". No era fácil el bailarín. Poseedor de un talento incontestable para la danza era también apasionado y generoso a la vez que impulsivo, temperamental, ingobernable y a veces hasta grosero con sus compañeros. 

Era único. Fue singular hasta para venir al mundo, así el bailarín nació en 1938 en un tren de pasajeros en medio de la inhóspita Siberia, el famoso Transiberiano, en el que viajaba su madre camino de la recóndita Vladivostok, donde el padre de Nuréyev estaba destinado como comisario del Ejército Rojo. Su infancia fue dura, llena de privaciones y rechazos. Débil y enclenque, tuvo la suerte de asistir a un ballet a los seis años que cambió su vida: “En ese momento ya no pude pensar en otra cosa que en ser bailarín. Me sentí poseído, llamado a serlo”. Pero no lo tuvo nada fácil y hubo de luchar contra la oposición paterna para dedicarse a la danza. Por entonces le llamaban despectivamente "el cuervo blanco" que era como decirle aquí "la oveja negra", era el "rarito", pero pronto el baile le haría fuerte y poderoso. 

Al principio solo pudo dedicarse a bailes tradicionales, de modo que no empezó a recibir una formación clásica avanzada hasta los diecisiete años en que fue admitido en la Academia Vaganova (asociada al Ballet Mariinski -después Kirov-). Empezando a esa edad ya es harto improbable que un bailarín alcance las cotas de excelencia que logró Nuréyev, de hecho, su profesora, Vera Kostrovitskaya , tuvo que decirle al incontenible alumno: “Jovencito, usted puede llegar a ser un bailarín brillante, aunque también puede ser que no llegue a nada, que es lo más probable”. Y sin embargo, en tan solo un par de años su evolución resultó imparable y pronto destacó de manera fulgurante convirtiéndose en un pilar de la danza rusa y una de las figuras más señeras que han pasado por el excepcional Ballet Kirov, de donde surgieron casi todas las estrellas de la danza, desde Nijinsky a Barýshnikov o de Pavlova a Galina Ulánova. 

Él era su propio norte: “Adquirí tenacidad y voluntad, entendiendo muy pronto que debía cuidar de mí mismo. Desde entonces sólo confío en mí mismo y me fío solamente de mi intuición y la experiencia personal”. Puede que por eso, cuando en 1961 (año de la foto de cabecera) Nuréyev se ganó la oportunidad de viajar con su compañía a Paris, donde obtuvo un apabullante éxito, ya estuviera preparado para tomar decisiones cruciales en su vida. En Paris, hacía cincuenta años, desde que en aquella ciudad bailó Nijinsky con los Ballets Rusos de Diaghilev, que los parisinos no veían un bailarín tan prodigioso y formidable como Nuréyev y la ciudad quedó rendida a sus pies. El KGB controlaba de cerca a sus estrellas y cuando las alarmas se encendieron por el tipo de relaciones que estaba frecuentando el bailarín en la noche parisina decidieron retornarlo de inmediato a Rusia. Nuréyev se dio cuenta de que difícilmente le volverían a dejar salir de Rusia, un país inmenso, cuya forma de vida, con todos sus corsés y formalismos, ya se le había quedado pequeño. En el mismo aeropuerto de Paris-Le Bourget, ya camino de Rusia, buscó el momento oportuno y decidido a no volver, pidió asilo político. El escándalo fue monumental, el éxito posterior también. Encontró la libertad en muchos sentidos. En la expresión de su arte, libre ya de ataduras y academicismos pudo volcar más de su propia personalidad. Aquella frase suya que decía "La técnica es aquello de lo que hay que echar mano cuando te quedas sin inspiración" nos da alguna pista de la pasión que volcaba sobre el escenario. 

Su inmediata unión a la bailarina Margot Fonteyn (foto de la izquierda) logró la perfección y una pareja que ya es mítica en el mundo de la danza. Cuando Nuréyev solo tenía 23 años ella ya hacía puntas por los 42. Su experiencia y apoyo para entrar en el Royal Ballet londinense, ayudó mucho a calmar al desbocado bailarín que decía de ella: "Cuando se encuentran amigos como Margot desaparecen todas las dificultades, tanto en la vida como en el escenario.... Margot Fonteyn ha sido para mí la mejor partner, mucho más que cualquier otra anterior o posterior a ella: no pensaba nunca en sí misma mientras bailaba, sino sólo en el espectáculo, y podías estar seguro de que en escena no te traicionaría nunca...". Cuando bailaron por última vez ella tenía ya 69 años. 

Y si exitosa fue su pareja profesional también tuvo suerte al elegir su pareja en la vida, su relación con el también bailarín Erik Brhun, aunque con altibajos tormentosos, fue determinante para dar cierta estabilidad  a los desvaríos y excesos de Nuréyev, que se acentuaron notablemente cuando su declive empezó a hacerse evidente. 

En cualquier caso su decisión de abandonar Rusia no fue pacífica. Volvía a ser "la oveja negra" y descarriada. En ausencia fue condenado a siete años de prisión, le retiraron el pasaporte y todos su bienes fueron confiscados por el Estado. De buenas a primeras su nombre desapareció en Rusia, era como si su figura nunca hubiese existido en el mundo de la danza, a pesar de ser el mejor de sus bailarines. Solo 26 años después de su "fuga", en 1987, obtuvo un permiso especial de Gorbachov para poder volver a su país y así abrazar a su madre moribunda a la que no veía desde su marcha. Puede que ya por entonces estuviera enfermo de Sida, enfermedad que causó su muerte en 1993 cuando tan solo tenía 54 años. Todavía hubo de esperarse cinco años después de su muerte para que el Estado Ruso, en 1998, anulara el castigo que pesaba sobre el ya fallecido Nuréyev argumentando que “no había traicionado a la patria ni habría revelado secretos militares o de Estado”. El bailarín, a pesar del dolor que pudiera suponerle la lejanía de su familia tenía muy claras las cosas: “No siento nostalgia, esta es la verdad, aunque parezca difícil de creer. Pero es que mi vida aquí ha sido muy agradable, y mi carrera de bailarín ha funcionado bien. Todo ha sido tan bueno que no ha habido lugar para la añoranza. Todos mis éxitos están en Occidente. En mi vida presente no echo nada en falta” 

Imagénes: Tomadas de Wikimedia Commons. Enlaces a las fuentes: Imagen 1 (CC0), Imagen 2 (CC BY-SA 3.0) Imagen 3 (CC0)

sábado, 26 de septiembre de 2020

El salto imposible de Nijinsky


Hay personajes que terminan por convertirse en leyenda y en no pocas ocasiones, para que esto suceda, es preciso que el genio incontestable y fulgurante de una figura se vea apagado abruptamente por la muerte o la locura cuando todavía el resto del mundo se encuentra rendidamente deslumbrado por su talento. Eso fue lo que le pasó al sensacional Vaslav Nijinsky, posiblemente el mejor bailarín de la historia. Tras revolucionar el mundo de la danza con su forma de bailar y sus coreografías se sumió en la locura a la temprana edad de treinta años, pero antes de ese descenso a las sombras en las que se quedó atrapado y perdido durante treinta años más, dejó en la memoria de todos el enigma de sus movimientos y el asombro por sus saltos nunca superados. 

Recuerdo leer en uno de aquellos libritos de la querida Enciclopedia Pulga, dedicado a Nijinsky, como este tenía la capacidad de saltar en el aire de manera casi etérea y lograr antes de volver a caer al suelo cruzar sus pies hasta diez veces. Es lo que se conoce como "Entrechat dix", algo a mi entender prácticamente imposible pero que Nijinsky hacía con toda naturalidad y sencillez. Saltaba en vertical con una potencia inaudita y luego dulcificando aquella súbita explosión parecía quedarse suspendido en el aire durante un instante infinito en el que las leyes naturales parecían dejar de existir, para luego caer de la manera más delicada. Aquellos saltos traían de cabeza a los demás bailarines que entonces y aún ahora son incapaces de lograr tales proezas, tanto que durante unos ensayos en los que Nijinsky practicaba sus saltos, otro bailarín se le acercó totalmente asombrado y le preguntó:

- "¿Cómo logra usted eso?"

- "Muy sencillo -le contestó Nijinsky-. Basta con dar un salto y quedarse parado un momento en el aire"

Fuente: Diccionario Ilustrado de Anécdotas -pag. 134- (Vicente Vega)
Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0). Se enlaza la Fuente Original

viernes, 19 de junio de 2020

Anna Pavlova y el origen de "La muerte del cisne"


La "Prima ballerina" Anna Pavlova  era toda pasión por la danza, tanto es así que en cierta ocasión un acaudalado aristócrata ruso le propuso matrimonio siempre y cuando aceptara dejar el ballet. Como era de esperar ante un amor que pone condiciones ganó el ballet, pero también es cierto que uno de los números más celebrados de la Pavlova y del ballet en general, está relacionado con este pretendiente. En una visita que la Pavlova hizo a la casa de campo de este potentado pudo observar la agónica muerte de un cisne herido en uno de los estanques de la propiedad. 

El impacto que le produjo la visión de la muerte de tan bella ave fue sumamente intenso, tanto que se puso en contacto con el extraordinario coreógrafo y bailarín Michel Fokine expresándole lo mucho que deseaba poder reproducir aquel instante a través del baile. Era por ellos conocida la pieza "El cisne" perteneciente a "El carnaval de los animales" de Camille Saint-Saëns, un corto pero bellísimo tema que iba como anillo al dedo a los sentimientos que deseaban volcar en el nuevo ballet, y que nada tiene que ver con la obra "El lago de los cisnes" de Tchaikovsky. Así, con estas influencias además de la de un poema de Alfred Tennyson, titulado"El cisne moribundo", nació la coreografía de "La muerte del cisne" que usaba como base la pieza de Saint-Saëns.

Fokine hizo un trabajo soberbio que cambiaría el mundo de la danza para siempre introduciendo en él las miniaturas como esta que brillaban con luz propia, al margen de los grandes ballets. Tras el estreno, Anna Pavlova exclamó: "Tenía la impresión, mientras bailaba, de que también yo estaba agonizando". Esta coreografía, de pocos minutos de duración ha sido visitada por todas las grandes bailarinas, especialmente Galina Ulanova, Alicia Markova, Yvette Chauviré, Alicia Alonso, Margot Fonteyn, Natalia Makarova y sobre todo Maya Plisetskaya que con unos majestuosos y delicados movimientos de brazos hizo suya la pieza y aunque, de ella ya hablaremos otro día, no me resisto a dejaros su interpretación -maravillosa- de esta pieza:


Imagen: La fotografía está tomada de los fondos de Wikimedia Commons donde figura etiquetada como Dominio Público (CC0). Se enlaza la fuente original:
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Anna_Pavlova_as_the_Dying_Swan.jpg