En estos años hemos ido recibiendo una cantidad considerable
de obras que tuvieron como génesis el confinamiento que sufrimos en 2020 a
causa del COVID-19. El aburrimiento y quedarnos a solas con nuestros propios
pensamientos, sin ruido exterior, siempre han sido un gran motor para el
conocimiento y la creatividad. En una situación parecida se encontró Newton en
el invierno de 1665 debido a una terrible epidemia de peste que asoló
Inglaterra.
Newton tenía por entonces tan solo 23 años y era un
estudiante más del Trinity College de Cambridge. Como quiera que esta universidad
fue cerrada por la epidemia y los muertos se contaban por miles, Newton decidió
poner tierra de por medio y regresó a la casa familiar en Woolsthorpe, una aldea rural de Lincolnshire. No es que se tuviera claro cuál era el mecanismo
que transmitía la peste, pero ya se sospechaba que el hacinamiento en las
grandes urbes no era positivo.
En la paz y quietud del campo, Newton, con todo el tiempo
para sus pensamientos, dejó su mente volar. Allí pasó dieciocho fructíferos
meses —nunca mejor dicho—. Estudiaba interminables horas bajo los árboles
frutales del jardín de la propiedad. Su mente no paraba y en el que es
considerado su año milagroso —annus mirabilis— formuló el cálculo infinitesimal
—a la vez que Leibniz—, sentó las bases de las leyes fundamentales de la
mecánica, renovó la óptica de la época y como le quedaba algo de tiempo libre,
ni corto ni perezoso, descubrió la ley de la gravitación universal.
No es solo tener tiempo o las capacidades para poder
afrontar las ideas que pasan por la cabeza, también se debe estar abierto a
cualquier inspiración que se muestre ante nuestros ojos. La simple caída de un
fruto de un manzano de la variedad flor de Kent —sin necesidad de golpear su
cabeza—, desató un torrente de ideas en la aguda mente de Newton. ¿Por qué caía
en vertical y no de lado? Y llevando su imaginación de una simple manzana
redonda a algo mucho más grande, ¿por qué no caía igualmente la Luna? Yo habría
dicho: ¡cualquiera sabe! Pero evidentemente esa opción no estaba en la inquieta
forma de ser y pensar de Newton. Su cerebro ya no pudo parar hasta encontrar
una solución.
Posiblemente ha sido Newton el ser humano que mayor partido ha sacado a las consecuencias de una terrible epidemia de peste en la historia. A su modo de ver, se hizo bueno el refrán «no hay mal que por bien no venga».
Y
así, un alumno discreto se convierte por obra y milagro de su capacidad y
también del aburrimiento en una de las luminarias del pensamiento científico.
Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

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