lunes, 19 de enero de 2026

Isaac Newton y lo que la ciencia le debe a la peste

 

En estos años hemos ido recibiendo una cantidad considerable de obras que tuvieron como génesis el confinamiento que sufrimos en 2020 a causa del COVID-19. El aburrimiento y quedarnos a solas con nuestros propios pensamientos, sin ruido exterior, siempre han sido un gran motor para el conocimiento y la creatividad. En una situación parecida se encontró Newton en el invierno de 1665 debido a una terrible epidemia de peste que asoló Inglaterra.

Newton tenía por entonces tan solo 23 años y era un estudiante más del Trinity College de Cambridge. Como quiera que esta universidad fue cerrada por la epidemia y los muertos se contaban por miles, Newton decidió poner tierra de por medio y regresó a la casa familiar en Woolsthorpe, una aldea rural de Lincolnshire. No es que se tuviera claro cuál era el mecanismo que transmitía la peste, pero ya se sospechaba que el hacinamiento en las grandes urbes no era positivo.

En la paz y quietud del campo, Newton, con todo el tiempo para sus pensamientos, dejó su mente volar. Allí pasó dieciocho fructíferos meses —nunca mejor dicho—. Estudiaba interminables horas bajo los árboles frutales del jardín de la propiedad. Su mente no paraba y en el que es considerado su año milagroso —annus mirabilis— formuló el cálculo infinitesimal —a la vez que Leibniz—, sentó las bases de las leyes fundamentales de la mecánica, renovó la óptica de la época y como le quedaba algo de tiempo libre, ni corto ni perezoso, descubrió la ley de la gravitación universal.

No es solo tener tiempo o las capacidades para poder afrontar las ideas que pasan por la cabeza, también se debe estar abierto a cualquier inspiración que se muestre ante nuestros ojos. La simple caída de un fruto de un manzano de la variedad flor de Kent —sin necesidad de golpear su cabeza—, desató un torrente de ideas en la aguda mente de Newton. ¿Por qué caía en vertical y no de lado? Y llevando su imaginación de una simple manzana redonda a algo mucho más grande, ¿por qué no caía igualmente la Luna? Yo habría dicho: ¡cualquiera sabe! Pero evidentemente esa opción no estaba en la inquieta forma de ser y pensar de Newton. Su cerebro ya no pudo parar hasta encontrar una solución.

Posiblemente ha sido Newton el ser humano que mayor partido ha sacado a las consecuencias de una terrible epidemia de peste en la historia. A su modo de ver, se hizo bueno el refrán «no hay mal que por bien no venga»

Y así, un alumno discreto se convierte por obra y milagro de su capacidad y también del aburrimiento en una de las luminarias del pensamiento científico.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

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