En octubre de 1956, dos de los mitos eróticos del siglo XX,
Brigitte Bardot (BB) y Marilyn Monroe (MM), olvidaron por un instante su duelo
de turgentes consonantes y coincidieron en una recepción ofrecida por Isabel II,
la Reina de Inglaterra.
La Bardot acababa de lograr un gran éxito con el film «Y Dios creó a la mujer»
(1956) y la Monroe se encontraba en el Reino Unido, recién casada con Arthur Miller y
en pleno rodaje de «El príncipe y la corista» (1957) junto a Laurence Olivier.
A pesar del atrevido y escotado vestido elegido por la
actriz, se habló mucho de lo apocada que se había mostrado Marilyn ante la
presencia de la Reina Isabel II. Años después la Bardot contaría al diario «Le
Matin» cómo fue el encuentro:
«Teníamos que ser presentadas juntas a la Reina de
Inglaterra. Yo estaba medio muerta de miedo. Un poco antes de la presentación,
no paraba de retocarme el peinado y de intentar controlar mis manos
temblorosas. Nos encontramos en un salón especial, que nos había sido
reservado. Marilyn entró como una tromba, como si fuera una ráfaga de aire
fresco. Venía completamente desarreglada, como si acabara de levantarse de la
cama. Nos habían dicho que no podíamos asistir con una ropa demasiado
llamativa. Pero la suya lo era, ¡y de qué manera! Marilyn daba la impresión de
libertad más absoluta, la desenvoltura más total. Hay quien luego ha escrito
que sus ojos reflejaban angustia cuando se encontraban con la Reina y que ni
siquiera había sido capaz de hacer la reverencia. Idioteces. Marilyn se
encontraba como enfajada con su vestido tan ajustado, pero hizo la reverencia
perfectamente. Y les puedo asegurar que no había ninguna angustia en su mirada.
Más bien cierta arrogancia»
La arrogancia de la belleza, añadiría yo.


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