viernes, 22 de mayo de 2026

Lisístrata, Aristófanes y el fin de las guerras

 

Vivimos tiempos en los que menudean las guerras, conflictos que a veces resultan difíciles de acabar por mucho que sea del interés de ambas partes. Algo así pasaba en Grecia hacia el 411 a. C. Atenas llevaba veinte años envuelta en la Guerra del Peloponeso, enfrentada a Esparta y sus aliados, con una sangría enorme de recursos y de vidas que dejaban multitud de familias rotas.

El comediógrafo Aristófanes, siempre muy crítico con las guerras, decidió plasmar la actualidad que estaba viviendo su ciudad en una nueva obra que titularía de forma muy significativa "Lisístrata" —La que rompe ejércitos—. La comedia, estrenada en 411 a. C., abordaba en tono cómico la rebelión pacífica de las mujeres griegas —atenienses, espartanas y de otras ciudades— para detener una guerra a la que no encontraban sentido.

Hartas de estar cruzadas de brazos ante aquella guerra, decidieron, lideradas por Lisístrata, cruzarse de piernas. De esta manera, cada marido o amante dispuesto a continuar la guerra se encontraba con unas mujeres nada receptivas a sus demandas sexuales mientras la guerra continuara. Para sellar el pacto, Lisístrata les hizo jurar a todas las mujeres convocadas de este modo:

Lisístrata: Lampitó, todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí:

No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante. —e iban repitiendo a cada frase— Aunque venga a mí en condiciones lamentables. Permaneceré intocable en mi casa. Con mi más sutil seda azafranada. Y haré que me desee. No me entregaré. Y si él me obliga. Seré tan fría como el hielo y no participaré.

¿Todas han jurado? —Mirrina: Todas.

Con esa determinación ocuparon el tesoro ubicado en la Acrópolis y allí resistieron privando a los hombres de la ciudad de dos cosas decisivas: el dinero necesario para financiar la guerra y de la posibilidad de calmar el deseo que los traía de cabeza.

Al menos en la comedia, aquella singular huelga sexual logra lo que no habían conseguido los estrategos: que los hombres acepten negociar la paz no precisamente iluminados por la razón o por la sensatez, sino empujados por algo bastante menos noble: el deseo acumulado e insatisfecho.  El dormitorio resultó el verdadero campo de batalla.

En la realidad la guerra del Peloponeso duraría todavía unos años hasta el 404 a. C. con la derrota de los atenienses ante los espartanos. Sedas azafranadas no faltan hoy en día... ¿Habrá alguna Lisístrata moderna que quiera poner coto a tantos desmanes?

Imagen generada por IA


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