domingo, 31 de agosto de 2025

La metamorfosis de María Callas

 

“No soy feliz cuando canto, soy feliz cuando he cantado”. (María Callas)

Era la Prima Donna Assoluta, la diva por antonomasia de la ópera, no sólo por su voz sino también por sus capacidades dramáticas. “Yo no interpreto personajes: me convierto en ellos”, decía María Callas. Todo eso, mezclado con su poderoso temperamento, transmitía una energía difícil de describir que hicieron de ella la soprano por excelencia.

No fue fácil para María Anna Cecilia Sofía Kalogeropoulos, una griega nacida en Manhattan, alcanzar la cumbre. Con gran esfuerzo, y la ayuda de la soprano española Elvira Hidalgo, moduló su voz y llegó a perder hasta treinta kilos para transformar su cuerpo y su imagen escénica. Puso toda su alma en llegar a lo más alto y así declaraba: “Si me pidieran que explicara por qué renuncié a tantas cosas por mi arte, solo podría responder: porque así debía ser.”

Suya era la perfección y también el yugo que ésta suponía. María Callas estuvo en lo más alto durante aproximadamente dieciocho años, de 1947 a 1965, concentrándose su etapa más luminosa entre los años 1953 y 1958. Fueron años soberbios que forjaron un mito imperecedero, pero también de una presión abrumadora que le exigía en cada actuación estar en la cota de lo inalcanzable, de lo imposible. No solo debía cantar bien, debía ser sublime.

Y no solo era la exigencia del público, Callas era despiadada consigo misma. Buscaba siempre la excelencia y eso le provocaba un miedo cerval al error y al fracaso. Su amiga Nadia Stancioff contaba en un libro sobre la diva que antes de salir a escena sufría temblores, náuseas e incluso ataques de pánico. Callas decía de ese acusado miedo escénico en una entrevista: “Antes de cada función me digo: no saldré, no lo haré. Pero luego me encuentro en escena, y todo cambia”.

Franco Zeffirelli abundaba sobre esta idea: “La vi temblar y llorar en el camerino minutos antes de entrar en escena. Pero bastaba el primer compás de la orquesta: en un segundo se erguía, se transformaba, y ya no era María, era Tosca, era Violetta, era Medea”. Era la metamorfosis instantánea de una mujer en diosa.

La lucha contra sí misma y sus miedos era una dura y constante batalla de la que siempre lograba salir vencedora, pero cuando sintió un atisbo de debilidad vocal, cuando empezó a recibir alguna crítica desfavorable, no pudo soportarlo y entre otros factores, como el final de su relación con Onassis, ayudó a que paulatinamente abandonara los escenarios.

En 1961, en una representación en la exigente Scala de Milán, su voz mostró alguna pequeña debilidad y el público empezó a silbarle. Cuando su Medea le decía a Jasón la palabra “Crudel” (cruel), cuentan las crónicas que paró de cantar y se volvió hacia el público para decirle un segundo “Crudel” al que añadió "Ho dato tutto a te" ("Te lo he dado todo"), mientras levantaba un puño lleno de rabia a los presentes. El teatro dejó de silbar y la soprano recibió una clamorosa ovación final. Fue el primer atisbo de que era humana. No obstante, logró recuperarse de este traspiés y aún sostuvo su arte hasta 1965.

Como declaró en una entrevista a Lord Harewood en 1968: “Lo peor que puede pasarle a un cantante es que la voz le abandone mientras la mente y el corazón siguen intactos.”  Su última opera completa fue en 1965, en el Covent Garden londinense, mientras representaba Tosca. Fue entonces cuando, en su fuero interno, las inseguridades de María vencieron definitivamente a la poderosa Callas que dejó de cantar con tan solo 41 años. Años después intentó una fugaz reaparición, pero ya sin éxito.

En cualquier caso, su mito sigue intocable. Ella lo intuía: “Una ópera comienza mucho antes de que se abra el telón y termina mucho después de que cae. Comienza en mi imaginación, se convierte en mi vida, y sigue viva después de que termino de cantar.”

Su voz y su leyenda viven en cada canción suya que escuchamos, en el eco de una soprano sublime.

Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0 (coloreada) - Fuente original

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