No han sido muy prolíficos los británicos en lo que a
grandes compositores se refiere, y para cuando pueden presumir de uno con ocho
apellidos ingleses, exquisito en sus singulares óperas, solemne en los himnos
anglicanos (anthems) y regio en esa música ceremonial tan apreciada por
aquellos lares, tienen la mala suerte de que se les muera con tan solo 36 años
cuando aún le quedaba música para un rato —Music for a while— que componer.
En torno a la muerte de Henry Purcell existe una leyenda muy difundida que sostiene que su esposa tuvo mucho que ver en la misma. Al parecer, Purcell, bien por su trabajo como músico o como otros apuntan, por su afición a apurar la última pinta con los amigos, llegó una noche de noviembre de 1695 demasiado tarde a casa. Su esposa, que parece que no era precisamente «la reina de las hadas —The Fairy Queen—», estaba ya cansada de tanta afición a la noche y decidió dejar en esta ocasión la puerta de la casa cerrada y con ello a Purcell en la calle. No son nada buenas las noches de noviembre para dormir al raso en Londres. Según esta historia, Purcell enfermó y murió pocos días después a causa de un enfriamiento mortal.
Para la gran mayoría de los estudiosos de su figura, es una historia atractiva, pero poco verosímil. Parece que Purcell ya arrastraba problemas de salud que se agravaron súbitamente. Según la hipótesis más aceptada actualmente, podría haber muerto a causa de una tuberculosis. En su último día de vida otorgó testamento a favor de su mujer y declaró:
«En el nombre de Dios, amén. Yo, Henry Purcell, de la ciudad
de Westminster, gentleman, estando gravemente enfermo en la constitución
de mi cuerpo, pero en buena y perfecta mente y memoria (gracias a Dios),
declaro por la presente que este es mi último testamento y última voluntad. Y
por él doy y lego a mi amada esposa, Frances Purcell, todos mis bienes, tanto
los reales como los personales, sean del tipo y naturaleza que sean».
Parece que, o Purcell era muy poco rencoroso —en el caso de que su mujer le hubiese dejado tan cruelmente en la calle—, o la historia se ha exagerado mucho en la transmisión posterior; de no ser así, difícilmente se entiende el testamento a una mujer que desde entonces fue la defensora de su legado y que en las publicaciones de sus obras aparece como «Widow Purcell».
Mientras escucho «El lamento de Dido» y recuerdo la leyenda negra sobre su esposa no puedo evitar que me venga a la memoria aquel refrán que decía: «Cuando el río suena, agua lleva». Puede que en este caso el agua no fuera ni la de un arroyo, pero, para un aficionado a las anécdotas como yo, resulta una historia tan atractiva que quién puede resistirse a contarla.
Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

No hay comentarios:
Publicar un comentario