Leonardo da Vinci pasó sus últimos años en la corte del
monarca francés Francisco I. Hasta allí se llevó, entre otras obras, su
Gioconda, un cuadro que había empezado a pintar hacía más de diez años sin
poder darlo nunca por concluido.
Tras la muerte de Leonardo, Francisco I tomó la Mona Lisa
para decorar, no un simple aseo como a veces se cuenta, sino unos amplios baños
—el Appartement des Bains— en Fontainebleau, que podríamos asemejar a un «spa»
de lujo, donde la Gioconda compartía paredes con cuadros de Rafael o Tiziano.
Con el tiempo su suerte mejoró y pasó a las colecciones reales en Versalles y,
más tarde, al Louvre. La cosa cambiaría cuando llegó Napoleón y la reclamó en préstamo
para decorar su alcoba real en las Tullerías, donde estuvo durante algunos años.
No podemos imaginar qué escenas tuvo que presenciar en los
lujosos baños de Francisco I y menos aún las intimidades y lances de alcoba de
los que fue testigo en el dormitorio de Napoleón. Entre las mil teorías
existentes al respecto, puede que ahí se encuentre la motivación de la enigmática
sonrisa que esboza el retrato de Lisa Gherardini, la esposa de Francesco del Giocondo,
conocida como Mona Lisa —contracción de Madonna Lisa—. Siempre se le dio bien guardar
secretos sobre lo visto, pero la sonrisilla todavía le dura a la señora.
Imagen: De Wikimedia Commons - CC0 Dominio Público

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