martes, 30 de diciembre de 2025

Shelley Winters y sus dos comodines dorados




La gran Shelley Winters (1920-2006) siempre fue una actriz dotada de una capacidad camaleónica para adaptarse a los más variopintos papeles y darles credibilidad. Igual daba que fueran amas de casa —un rol que bordaba— o le tocara interpretar a una borracha o una mujer procaz y desinhibida, a todos ellos lograba acercarse de una forma admirable. Las chicas bonitas lucen bien en pantalla, pero para que las películas se sostengan se necesitan actrices de verdad que carguen con el peso dramático y la Winters era ideal para que los títulos en los que intervenía tomaran cuerpo. Aun así, algunos dudaban.

Según contaba la propia actriz, cuando ya tenía unos añitos, se presentó a una audición para un papel en la que debía tratar con un director joven e inexperto que sabía poco de las grandes leyendas del cine de unos años atrás. Bien acomodado en su sillón, se dirigió a la actriz y le preguntó:

—Bueno, señora Winters, recuérdeme qué es lo que ha hecho hasta hoy.

La actriz, que ya estaba un poco de vuelta de tener que tratar con las nuevas generaciones de aspirantes a director, era consciente de que tenía un buen par de razones para conseguir el papel —no son las que aparecen en la foto—, de modo que preparada como iba para impertinencias de este tipo, echó mano a su bolso y sacó de él un reluciente Óscar que puso en la mesa diciendo: 

Este es por «El diario de Ana Frank».

Para después volver a meter la mano en el bolso y sacar un segundo Óscar, que tras poner junto al primero, le sirvió para completar la presentación de sus referencias diciéndole: 

—Y este, por «Un retazo de azul». Ahora, ¿por qué no me dice qué es lo que ha hecho usted hasta hoy?

Por supuesto, Shelley Winters pasó la prueba. La incombustible actriz estuvo trabajando intensamente durante sesenta años, acumuló nominaciones y premios Óscar a lo largo de varias décadas. y se mantuvo ante las cámaras de cine hasta la avanzada edad de 83 años, dos antes de su muerte. Hay estrellas, que cuando lucen poderosamente  se resisten a apagarse.



ImágenesLas fotografías de Shelley Winters  has sido tomadas de la maravillosa página de fondos gráficos de cine clásico Doctor Macro de la que se ha obtenido permiso expreso para hacer uso de sus fondos en este blog. Link:

lunes, 29 de diciembre de 2025

El error de Galileo no fue el Sol



Pocas personas en la historia son equiparables en talento a Galileo Galilei y sin embargo, como todos, era capaz también de cometer errores tan graves como incomprensibles.

El Papa Urbano VIII, principal impulsor de su procesamiento por el Santo Oficio, fue inicialmente amigo y protector de Galileo, tanto como para permitirle escribir sobre el sistema copernicano con la condición de presentarlo como una hipótesis no demostrada. El libro, que tomó por título "Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo" (1632), se desarrolla a través del diálogo entre tres personajes, Salviati que defiende el sistema copernicano, Sagredo que toma una postura neutral y Simplicio, el más torpe de los tres, que defiende férreamente el sistema propuesto por Ptolomeo y Aristóteles.

A Galileo no se le ocurrió mejor idea que poner las propias palabras y argumentos del Papa en el más "simple" de los personajes —Simplicio—, hasta hacer parecer el texto como una sátira del propio Pontífice. Cuando el Papa se dio cuenta de la burla que se hacía de su persona no pudo contener su enfado y ordenó al Santo Oficio iniciar el proceso contra Galileo. Puede que su defensa del heliocentrismo no fuera el verdadero problema de Galileo. En realidad, se había pasado de frenada en su caricaturización del Papa y lo pagó caro.

Ya saben que tuvo que retractarse para conservar la vida, sin poder rechistar, ni tan siquiera el legendario "eppur si muove" del que ninguna constancia existe. Tras el famoso proceso fue recluido durante poco más de ocho años, hasta que le llegó la muerte a la edad de 77 años.

Puede que una anécdota que circula sobre su persona, sin duda apócrifa, ocurriera en aquella época. Alguien le preguntó:

—¿Cuántos años tiene su señoría?

—Ocho o nueve —repuso Galileo, en evidente contradicción con su larga barba blanca; y luego explicó:

—Tengo, en efecto, los años que me quedan; los vividos no los tengo, como no se tienen las monedas que me he gastado.

No eran pocos años para un talento como el suyo. En su cautiverio siguió escribiendo de forma clandestina. Incluso cuando empezó a quedarse ciego, él que todo lo había visto escrutando el cielo con su telescopio, tuvo fuerzas para dictar desde la noche de su mente un libro capital en la ciencia moderna: "Discursos y demostraciones matemáticas".

Era Galileo uno de esos hombres capaz de encontrar la luz incluso rodeado de oscuridad, tal y como lo podemos ver en la imagen, en la magnífica escultura que le dedicó Gaetano Monti, mirando, como no, a las estrellas. La verdad siempre se muestra con la cabeza bien alta.

Imagen: De Wikimedia Commons - CC-BY SA 3.0 - Adaptada

domingo, 28 de diciembre de 2025

Brigitte Bardot: Adiós a “La Venus del cine francés”



Antes de que las últimas películas de Star Wars nos presentaran al robotito BB-8, esas dos letras seguidas "BB", resultaban tan inconfundibles como las "MM" de Marilyn Monroe. Eran el sello de identidad de Brigitte Bardot, una actriz que con solo 22 años dinamitó el mundo del cine en 1956 con "Y Dios creó a la mujer". En esa película, rodada a las órdenes de Roger Vadim, su primer marido, nos dejó un icónico baile que quedó para el recuerdo y la convirtió de la noche a la mañana en todo un mito sexual. Y sin embargo no se aferró a la fama. En 1973, con tan solo 39 años, se retiró del cine dedicando desde entonces todas sus energías a la defensa de los animales.

Con sus primeras películas desató un torbellino de encendidos elogios a su belleza pero también de afiladas críticas por su desparpajo y una sensualidad demasiado explícita para la época. Evidentemente muchas de las críticas provenían de mujeres que se suponían mucho más decentes que ella, como aquella dama de la alta sociedad parisina que en cierta ocasión y con la debida afectación y desdén le hizo saber a la estupenda Lady Brigitte su desencanto con sus películas, las cuales a su parecer eran demasiado sucias y licenciosas. La Bardot, que debía de tener más salidas que una plaza de toros, le respondió rápidamente:

—Señora, es posible que mis películas sean atrevidas, pero desde luego nunca son sucias, ya que en muchas de ellas me baño desnuda hasta tres veces.

Sirva esta ligera anécdota como recuerdo y señal de duelo el día de su fallecimiento. D.E.P.

Imagen: La fotografía es cortesía de la estupenda página Doctor Macro. Se enlaza la fuente original:
https://www.doctormacro.com/Images/Bardot,%20Brigitte/Annex/Annex%20-%20Bardot,%20Brigitte_15.jpg

sábado, 27 de diciembre de 2025

Nietzsche: Toda profundidad ama la máscara

 

En «Así habló Zaratustra» se recoge una de las ideas más recordadas de Nietzsche: el "Übermensch" —superhombre—, un ideal hacia el que debe caminar el ser humano en busca de superarse a sí mismo en su forma de pensar y actuar.

Sin duda Nietzsche mostraba comportamientos y actitudes sumamente críticas con la sociedad de su época que lo situaban en esa senda, pero curiosamente, en cuanto a sus manías y su salud física, era lo más alejado que imaginar se pueda a un hombre superior.

Si algo hay que define a Nietzsche es su enorme bigote, un mostacho que él sentía como un escudo y que el propio filósofo describía —según apunta el historiador Antonio Roldán Marco— como “la última defensa contra el mundo”. Una especie de máscara frente a los demás que le daba cierta seguridad. Procuraba alejarse del bullicio y era extremadamente sensible a los ruidos. De hecho no soportaba el ladrido de los perros, los gritos, ni siquiera el tic-tac de los relojes.

No debía ser fácil vivir con él. Prefería la soledad y cambiaba a menudo de domicilio buscando la paz que necesitaba. Vestía con extrema sobriedad y era meticuloso en todo lo relacionado con el orden, la limpieza y la puntualidad.

Fue un hombre de salud frágil. Sólo tenía 35 años cuando se vio obligado a dejar su cátedra de filosofía en la Universidad de Basilea a causa de las fuertes migrañas que padecía, unidas a molestias estomacales y crisis nerviosas que le acompañaron de por vida. Desde entonces, sin apenas ingresos, se dedicó a pensar, algo que gustaba hacer dando largos paseos, ya fuera entre las montañas o cerca del mar.

Sus problemas estomacales le mantuvieron siempre sujeto a una dieta estricta y tenía fijación por encontrar cualquier remedio natural que pudiera ayudarle. No le iba mejor con la vista, y aunque las evitaba normalmente en las fotografías, su deficiente visión le obligaba a llevar gruesas gafas para escribir o leer. Como él decía: «Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo».

Capítulo aparte merece el colapso nervioso ocurrido en 1889, justo después de apiadarse de un caballo al que se abrazó llorando desconsoladamente por el maltrato que sufría. Las causas de aquel derrumbamiento no están del todo claras, siendo muy variadas las hipótesis al respecto, pero la consecuencia del mismo fue que desde entonces pasó 11 años sin escribir prácticamente nada. Su mente no pudo más.

Eso sí, bastaron las obras que nos dejó previamente para convertirlo en uno de los filósofos más influyentes y atrayentes de toda la historia. Su cuerpo sería débil, pero con sus ideas podía ser feroz y despiadado. Ellas solas bastaron para poner en jaque todo el pensamiento de su época. Para Nietzsche no había certezas intocables ni escribía para tranquilizar a nadie. Todo lo contrario. Buscaba una reacción que condujera a una nueva verdad más sólida que la anterior.   En ese sentido sí fue todo un superhombre, un titán de las ideas capaz de arrojar una luz imperecedera sobre la filosofía que vendría tras él.

Nota: La frase que da título a este texto procede del libro «Más allá del bien y del mal».

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

viernes, 26 de diciembre de 2025

Georg Friedrich Händel salvado por un botón

 

Händel tenía solo diecinueve años cuando pudo haber visto frustrada para siempre su gloriosa carrera como compositor. Hacía 1704, el compositor, que en poco tiempo estrenaría su ópera «Almira» con gran éxito, era todavía solo un solvente clavecinista en el teatro de la Ópera del Gänsemarkt de Hamburgo. En este entorno conoció al compositor Johann Mattheson —hoy prácticamente olvidado— con el que participó en el ensayo de su obra «Cleopatra».

A raíz de un desacuerdo con Händel sobre quién debía dirigir la obra desde el clave, se retaron a un duelo siguiendo los códigos de honor de la época. Según contaron posteriormente Mattheson y John Mainwaring —el primer biógrafo de Händel— esa misma noche se produjo el lance en el que ambos se enfrentaron empuñando espadas de estoque. La suerte quiso que cuando Mattheson pudo herir gravemente a Händel, su arma se encontró en su camino con un botón grande y metálico de la casaca de este último, deteniendo una estocada que era potencialmente mortal.

Aquel hecho providencial les hizo reflexionar y dieron el duelo por concluido. Incluso parece que pasaron rápidamente de las armas a restablecer su amistad, participando Mattheson en los ensayos de la Ópera Almira de Händel. No tardaría en marchar a Italia para continuar con su formación y su carrera como compositor.

La historia es una prueba más de que el destino de las personas, incluso el de aquellas llamadas a realizar grandes cosas, como Händel en su papel de compositor capital del Barroco —junto a Johann Sebastián Bach—, puede verse comprometido o salvado por algo realmente inverosímil y pequeño. Para muestra un botón. Sin duda este de Händel podría ser uno de los objetos más providenciales de la música occidental.


Imagen: Händel retratado por Thomas Hudson - De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

jueves, 25 de diciembre de 2025

Marilyn Monroe y la Ley de la Gravedad



Durante el rodaje de «La tentación vive arriba» (The Seven Year Itch - 1955), la primera película en la que Billy Wilder dirigió a Marilyn Monroe, esta había de aparecer en una escena con un sugerente y entallado camisón. Cuando el director notó la turgencia de los pechos de la Monroe —ligeramente caídos hacia arriba—, tuvo dudas al respecto y según recordaría años después el propio Wilder:

“Pensé que llevaba algo debajo del camisón. Le dije que nadie usaba sujetador con una prenda así. Ella tomó mi mano y la puso sobre su pecho para demostrarme que no llevaba nada. Aquello desafiaba todas las leyes conocidas”.

A los ojos del director, aquellos senos resultaron un milagro de forma, firmeza y una constatada prueba de resistencia a los efectos de la fuerza de la gravedad. 

Las cosas de Marilyn... Arriba podemos ver la rubia excepción de las Leyes de Newton, en un descanso de la película vistiendo el sugerente camisón. La tentación a veces viste ropa de noche.

Imagen: La fotografía está tomada de la maravillosa página de fondos gráficos de cine clásico Doctor Macro de la que se ha obtenido permiso expreso para hacer uso de sus fondos en este blog. 
Enlace a la fuente: https://www.doctormacro.com/Images/Monroe

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Descartes: "Duermo, luego existo"



René Descartes, puede que condicionado por su frágil salud, era un declarado defensor de las bondades de la cama. Le gustaba pensar de forma horizontal y en la intimidad, si alguna duda le asaltaba, era la sobre hora a la que debía levantarse. Le encantaba dormir y nunca descartaba quedarse entre las sábanas un ratito más.

Mantenía que su dieta de sueño, tan inhabitual en su época, era una condición de salud intelectual y que la cama más que un lugar asociado a la pereza estaba en su caso hermanado con la claridad de pensamiento. Y por supuesto tenía sus argumentos. Para Descartes, el reposo mañanero, cuando las cuitas y problemas del día a día no habían asaltado aún su intelecto, era el mejor momento para un pensamiento riguroso y fructífero. A su juicio, nada resultaba comparable a estar acostado calentito, meditando en ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño en el que, según el filósofo, su mente trabajaba mucho más concentrada.

En la cama pensaba, escribía e incluso recibía a quienes acudían a visitarlo a horas que para él resultaban intempestivas, por mucho que el resto del mundo llevara horas levantado. Ya lo decía, Adrien Baillet, su primer biógrafo, quien en la obra "La vie de monsieur Descartes" afirmaba que el filósofo «trabajaba mejor por la mañana, pensando todavía en la cama, y que ese hábito le había acompañado durante casi toda su vida».

Y si le iba bien, quiénes somos nosotros para criticar su «método». La ironía vino cuando acudió a la corte de la reina Cristina de Suecia para ser su profesor de filosofía. No contaba Descartes cuando encaminó sus pasos hacia Estocolmo, que la inquieta reina, le exigiría tomar sus clases a las cinco de la mañana en pleno invierno. No aguantó mucho aquel ritmo. En poco más de un mes, Descartes murió a causa de una neumonía muy probablemente agravada por aquellos madrugones, el frío extremo y el cambio radical en sus hábitos de vida.

No es descabellado pensar que con el ritmo de vida que llevaba en Ámsterdam, lejos del helado invierno sueco y a salvo de madrugones incivilizados, podría haber vivido más años.  Estoy seguro de que de haber sabido su final hubiera sentenciado: «Dormio, ergo sum» o lo que es lo mismo, «Duermo, luego existo».


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

martes, 23 de diciembre de 2025

Sophía Loren y el Óscar que habló italiano



Sophía Loren logró un hito histórico cuando en 1961 obtuvo el Premio Óscar a la mejor actriz principal por su desgarradora interpretación en «Dos mujeres» (Vittorio de Sica - 1960). Era la primera vez que esto ocurría con una película de habla no inglesa. La propia Loren contaba en sus memorias «Sophía: Vivir y amar» cómo se sentía ante la posibilidad de hacerse con la estatuilla dorada por su papel en «la ciociara», sus temores y el motivo por el que no acudió a la entrega de los premios y se quedó en su casa:

«Sentí que ser candidata ya era por sí solo un honor, y bastante raro para una actriz que hablaba italiano en una película italiana. Pero después, al pensarlo, cambié de opinión. La competencia era formidable: Audrey Hepburn en "Desayuno con diamantes", Piper Laurie en "El buscavidas", Geraldine Page en "Verano y humo", Natalie Wood en "Esplendor en la hierba". Aparte de la formidable oposición, el simple hecho era que en su larga historia nunca se había dado el premio mayor de la Academia a un actor o una actriz en una película hablada en otro idioma. Había sido obtenido por Anna Magnani, pero por "La rosa tatuada" (1955), una producción americana hablada en inglés. Así que decidí que no podría afrontar el trauma de sentarme frente a millones de espectadores mientras mi destino era decidido. Si perdía, podía desmayarme de desilusión; si ganaba, me desmayaría de alegría. En lugar de repartir mi desmayo por todo el mundo, decidí que sería mejor desmayarme en casa. A las seis de la mañana (hora italiana) supe que la ceremonia había terminado y que yo no había ganado. Me fui a la cama. A las siete menos cuarto sonó el teléfono. Era Cary Grant.

—Querida, ¿ya lo sabes?

—¿Saber qué?

—¡Has ganado! ¡Has ganado el Óscar a la mejor actriz! Estoy tan contento de ser el primero en decírtelo…

No me desmayé, pero quedé como atontada. Era sin discusión la mayor emoción de mi vida»

Posteriormente Sophía Loren sería nominada de nuevo al mismo premio en 1964 por la película «Matrimonio a la Italiana», pero ese año ganó Julie Andrews por «Mary Poppins». En 1991 ganaría un Oscar honorífico a toda su carrera

Una hazaña como la de la Loren en «Dos mujeres» solo ha sido igualada después de muchos años, en lo que a la categoría de mejor intérprete principal se refiere, por la francesa Marion Cotillard gracias a su papel en «La vida en rosa» (Oliver Dahan, 2007) y en el plano masculino por Roberto Benigni en «La vida es bella» (1998).

Actuar en una película de habla no inglesa supone un claro inconveniente para ganar el premio Óscar a la mejor actuación principal, pero cuando se logra, es como si ese premio brillara un poco más que el resto de estatuillas. La evidencia señala que, para alcanzar este honor, la actuación ha de ser tan soberbia y memorable como para olvidar el idioma con el que se nos llega al alma.

Imagen: Tomada de Doctor Macro

domingo, 21 de diciembre de 2025

Jorge Luis Borges, el inspector de gallinas que no fue


 

Ya tenía publicados Jorge Luis Borges dos de sus obras principales: «Historia Universal de la Infamia» (1935) y «Ficciones» (1944), cuando se vio envuelto en una situación que lo tenía todo de infamia y también de ficción.

En 1946, a la llegada al poder de Juan Domingo Perón en Argentina, Borges ya gozaba de cierta posición y respeto; su opinión importaba. Así, descontento como estaba con el nuevo gobierno, decidió posicionarse; firmó algunos manifiestos y publicó artículos expresando su opinión que no gustaron nada al gobierno peronista.

La reacción no se hizo esperar. Borges que por aquel entonces ocupaba el humilde cargo de auxiliar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané de Buenos Aires, fue «ascendido» —fulminantemente— al puesto de «Inspector de aves y conejos en los mercados municipales». El nombramiento era una humillación en toda regla que el escritor no podía asumir. Por dignidad rechazó el cargo y dimitió. Borges, en una entrevista posterior, dijo al respecto: «El nuevo gobierno decidió que yo no debía seguir entre libros. Me nombraron inspector de gallinas, o algo por el estilo. Fue una manera elegante de echarme».

Borges se vio empujado a dedicarse a dar conferencias y a proseguir con sus libros, entre los que destaca, poco tiempo después de renunciar a su puesto como “inspector de gallinas”, la publicación de la que posiblemente sea su obra más famosa: «El Aleph» (1949), una colección de cuentos que le haría mundialmente famoso. Era evidente que su talento no estaba en los gallineros.

A veces la vida ofrece una rectificación acorde al mal causado. A Borges le llegó en 1955, tras la salida del poder de Juan Domingo Perón. Fue entonces cuando volvió al mundo de las bibliotecas, pero no ya como simple auxiliar, sino como director de la Biblioteca Nacional de la Argentina en Buenos Aires. Estuvo en el cargo durante 18 años, custodiando amorosamente casi un millón de títulos.

Para un amante de los libros como él no podría imaginarse mayor regalo, mayor honor, pero este le llegó cuando su ceguera estaba avanzada y prácticamente no podía leer el título en los lomos de aquellos volúmenes de los que era el guardián, muy al estilo del bibliotecario ciego de «El nombre de la Rosa», aquel Jorge de Burgos, para el que Umberto Eco tuvo como inspiración directa, incluso en el nombre, al escritor argentino.

Aquella paradoja de su ceguera ante todos aquellos libros que no podía leer le inspiró en 1960 el conocido «Poema de los dones»:

“Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.”

Imagen: Borges en 1951 por Grete Stern - De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

sábado, 20 de diciembre de 2025

Celia Cruz y el origen de su «¡Azucarrr!»

 

Aunque hay versiones dispares sobre el origen de la expresión, según una de ellas —la más atractiva a mi entender— podría tener su origen en un restaurante cubano de Miami. Fue allí cuando tras saborear Celia Cruz una suculenta comida pidió al camarero un buen café cubano. El camarero le preguntó que cómo quería el café y Celia le dijo:

—Óyeme mi «amol», pero tú eres cubano como yo y sabes que el café cubano es muy amargo... Cómo va a ser... Con Azúcar chico! Azúcarrr!

El caso es que la conversación fue presenciada por otras personas del entorno de Celia Cruz que de tanto en tanto le pedían que contara la anécdota. Siempre que lo hacía, reparaba en cómo les gustaba a los que la oían el tono con el que gritaba aquello de «¡Azúcarrr!» No tardó mucho en introducirlo en sus actuaciones, dando un punto más de «sabrosura» a su salsita. Además resultaba una proclama identitaria que remitía a su Cuba natal, de la que se encontraba exiliada. Como ella decía: «Azúcar es la alegría de mi tierra, es la caña, es Cuba».

Si Celia Cruz gritaba ¡Azúcarrr! simplemente te estaba invitando a olvidar la amargura, te pedía a gritos que olvidaras las rigideces del día a día y te lanzaras a bailar, gozar y vivir al ritmo de su son cubano. Al fin y al cabo para ella la vida es un carnaval que hay que disfrutar.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0


viernes, 19 de diciembre de 2025

Enrico Caruso fuera del escenario

 

Enrico Caruso, para algunos el mejor tenor de la historia, se definía así: «Un gran pecho, una boca grande, noventa por ciento de memoria, diez por ciento de inteligencia, mucho trabajo duro y algo en el corazón»; un corazón que nunca olvidó sus orígenes humildes y las privaciones pasadas durante su infancia. «Conozco la pobreza. He nacido en ella y sé lo que significa», decía el tenor. Puede que por ello hubiera situaciones en las que se mostraba tan generoso y a la vez orgulloso de la voz que le había dado fama y reconocimiento mundial. Algunas anécdotas suyas dan buena prueba de ello.

Se cuenta que un grupo de italianos, ya dispuestos para ir al frente en la Primera Guerra Mundial, se encontraron con el tenor en la calle y le dijeron que eran pobres, que nunca habían podido permitirse ir al teatro para oírle cantar y que no querían marchar a la guerra sin haber tenido el honor de escuchar la voz de su famoso compatriota. A tal efecto habían reunido entre todos doscientos dólares y le pedían por favor que, aun siendo conscientes de que era poco dinero el que le ofrecían, les cantase una sola canción. Caruso, profundamente emocionado, rechazó los doscientos dólares de los soldados y estuvo toda la noche cantando para ellos en privado, lo mejor de su repertorio. El tenor solía decir: «Bisogna soffrire per essere grande» o lo que es lo mismo «Para alcanzar la grandeza es necesario sufrir».

Se cuenta que siendo ya famosísimo, en una época en la que sus representaciones en Nueva York se contaban por éxitos (llegó a dar 863 representaciones en el Metropolitan) y mucha gente quedaba en la calle sin poder acceder, se presentó en un banco al objeto de cobrar un cheque por una importante suma. El empleado del banco le pidió que se identificara con algún documento y Caruso, que no llevaba ninguna documentación encima, alegó ser una persona conocida, que era Enrico Caruso, que todos sabían quién era. El empleado, muy metido en su papel, le dijo que no podía hacer nada, que necesitaba algún documento que diera certeza de su identidad. A Caruso no se le ocurrió otra cosa que ponerse a cantar, como buen napolitano que era, el O sole mio. El revuelo que se armó en torno suyo, de aplausos y reconocimientos, fue monumental y así, el empleado del banco, satisfecho con su voz como documento de identidad, le abonó el cheque de marras.

En otra ocasión se cuenta que tenía Caruso una cuadrilla de albañiles en su casa haciendo reparaciones y, como era habitual, el tenor no paraba de cantar arias ejercitando su voz. Llegó un momento en el que se le acercó el encargado de los trabajadores y le preguntó a Caruso que si deseaba que terminasen pronto los trabajos, a lo que el tenor contestó evidentemente que sí. Entonces el encargado le pidió por favor que en tal caso dejase de cantar. Caruso, sorprendido, preguntó que cuál era la razón por la que debía dejar de cantar en su propia casa. El encargado le contestó que cada vez que comenzaba un aria, los obreros paraban su faena para escucharlo embobados y no la reanudaban mientras estuviera cantando, y así no terminarían nunca. Caruso comentaba que esta sencilla anécdota le supo mejor que muchos aplausos en grandes teatros.

Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

jueves, 18 de diciembre de 2025

Maureen O'Sullivan, la reina de la selva

 


Maureen O'Sullivan era un bellezón irlandés de pura cepa, que tras estudiar en un convento de Londres fue descubierta para el cine por un avispado directivo de la Fox. Maureen supo, con su encanto natural y una curiosa mezcla de atrevimiento e ingenuidad, ganarse un sitio en el Olimpo de las estrellas de Hollywood, siendo recordada principalmente por su papel de Jane Parker, la mujer de Tarzán, en esa saga de seis películas para la MGM, donde lucía palmito con la última moda de la selva.

Pero más allá de sus aventuras por las lianas, la actriz tiene también un buen número de películas con personajes sobresalientes que hicieron de ella una de las secundarias más populares de su época. Son destacables títulos como: «La cena de los acusados» (1934), «Ana Karenina» (1935), «Muñecos infernales» (1936), «Un día en las carreras» (1937) o «Hannah y sus hermanas» (1986), en la que aparecía junto a su hija, la también actriz Mia Farrow.

Pero como decía, el poso que ha dejado en todos nosotros es como pareja de Johnny Weissmüller, en las aventuras del hombre mono, un rol en el que tuvo ciertos problemas con la censura. Poco importaba que Tarzán vistiera un escueto taparrabos, lo que ya causaba más trabas era la vestimenta de Jane, máxime cuando se rumoreó al respecto de un supuesto desnudo de Maureen —con el tiempo supimos que era el de la doble Josephine McKim— en la película «Tarzán y su compañera». El desnudo aparecía en una de aquellas típicas escenas de baño y lucimiento de Tarzán —Weissmüller fue cinco veces campeón olímpico de natación—. Por supuesto, el Código Hays imperante por entonces, prohibió la escena tras no poco revuelo mediático. Hay quien piensa que no fue sino una cortina de humo, algo preparado para calmar a las fieras de la censura, aparentando así acatar obedientemente la retirada de esa escena y de camino, por ser buenos chicos, se les permitía mantener a Jane luciendo palmito con su exigua y sugerente vestimenta.

Como curiosidad contaremos que Maureen nunca apreció a Chita, por mucho que la recogiera amorosamente en sus brazos durante las películas, cuando la cámara no los enfocaba se refería al simio con términos nada suaves ni cariñosos. Con Weissmüller era más amable y lo definía como: «Un simpático pedazo de pastel; un niño grande y simpático». Juntos formaron una familia que llenó de magia toda una época y que hacía las delicias de los más pequeños.

De hecho, la actriz dijo en cierta ocasión: «Hubo una época en la que me harté de todo lo que me preguntaban sobre Tarzán, como si no hubiera hecho nada más. Cambié de opinión cuando mi hijo mayor me dijo que estaba muy orgulloso de que yo fuera la compañera de Tarzán».

No era para menos, era a los ojos de todos «La reina de la selva».



Imagen: Cortesía de Doctor Macro - Fuente Original - Img 1 - Img 2

miércoles, 17 de diciembre de 2025

La fría y pintoresca muerte de Francis Bacon


 

A pesar de la trascendencia de Francis Bacon en la revolución del pensamiento científico a través de su defensa del empirismo y de la metodología científica, no fue lo que se dice un científico de laboratorio, y para una de las pocas ocasiones en las que se decide a emprender un experimento, este le costó la vida.

Se cuenta que viajaba en un carruaje, cuando le asaltó la idea de comprobar cómo el frío podía ayudar a conservar la carne —algo que en realidad ya se sabía desde la antigüedad—. La norma era preservar la carne ayudándose de las salazones y avanzar en los conocimientos sobre cómo el frío actúa en los alimentos era una cuestión de gran interés.

Siguiendo la senda del conocimiento a través de la experiencia, e impaciente por obtener respuestas, detuvo el carruaje y compró un pollo a una campesina, tras sacrificarlo y quitarle las tripas —lo normal en un viaje en carruaje—, lo rellenó de nieve para comprobar la idea que tenía en mente. Durante el proceso, Bacon se expuso imprudentemente al frío intenso y a la humedad reinante, lo que le provocó un enfriamiento que le hizo sentirse gravemente enfermo, tanto que desarrolló una neumonía de la que no se recuperó. Falleció pocos días después, el 9 de abril de 1626 a la edad de 65 años. 

Al menos lo hizo con la satisfacción de haber comprobado de modo inductivo y experimentado directamente —por una vez— que exponerse al frío de forma temeraria puede ser muy perjudicial para la salud y lo más importante, que el pollo se conservó como era de esperar. Todo un éxito que no tuvo eco directo ni inmediato en las técnicas de conservación de alimentos, aunque sí en las crónicas de muertes pintorescas de la historia. 


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

martes, 16 de diciembre de 2025

George Gershwin: Las dudas de un americano en París

 


Incluso después de haber compuesto su exitosa obra «Rhapsody in Blue», George Gershwin seguía cohibido por las que él consideraba importantes lagunas técnicas en sus conocimientos sobre composición. Sus estudios musicales no eran todo lo amplios que hubiera deseado y eso le provocaba inseguridad.

Según cuenta Alex Ross en su obra «El ruido eterno», Gershwin pedía consejos y clases a casi cualquier compositor reconocido con el que se topaba. Con esta idea marchó a Europa a estudiar con Nadia Boulanger, quien lo rechazó con el convencimiento de que unos estudios clásicos rigurosos arruinarían ese estilo tan suyo ricamente influenciado por el jazz.

Gershwin habría intentado, también sin éxito, convertirse en discípulo de Ravel. Este conocía bien la música y las habilidades del norteamericano, del que comentó: «Personalmente, encuentro el jazz de lo más interesante: los ritmos, la forma de tratar las melodías, las melodías en sí. He oído hablar de las obras de George Gershwin y me parecen intrigantes».

No es de extrañar que cuando Gershwin le solicitó que le enseñara a componer, según cuenta una leyenda no contrastable, Ravel le preguntara extrañado:  

—«¿Cuánto dinero ganó usted el año pasado?».

—«Entre cien mil y doscientos mil dólares» —respondió el joven Gershwin.

—«Entonces soy yo quien debería tomar clases con usted» —concluyó Ravel.

El compositor del famoso bolero le dijo además que con sus enseñanzas perdería su gran espontaneidad melódica para componer en un mal estilo raveliano. Y añadió: «¿Para qué quiere ser un Ravel de segunda, cuando puede ser un Gershwin de primera?».

Durante aquel periplo por Europa, no perdió el tiempo y compuso una obra a la que bautizó con un título muy significativo: "Un americano en París". Dado que su pretendida inseguridad parecía ser infundada y no necesitar cura alguna, pronto aquel americano se volvió a su tierra.

En el horizonte estaba «Porgy and Bess», un horizonte que no le dejaría mucho espacio para componer.  Murió con tan solo 39 años a causa de un tumor cerebral. Nos dejó, eso sí, una obra tan luminosa como el tiempo de verano, como «Summertime», una de sus piezas más universales.


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

lunes, 15 de diciembre de 2025

Ha fallecido Héctor Alterio: El hombre detrás del título

 


Se nos ha marchado Héctor Alterio, uno de los grandes de nuestro cine. «LA HISTORIA OFICIAL» cuenta que hubo de alejarse de su Argentina natal, de «LA PATAGONIA REBELDE» para venirse a España. Las amenazas que recibía de aquella especie de «MAFÍA» que fue la Triple A le hicieron sentir como si hubiera cometido «EL CRIMEN DE CUENCA» siendo inocente. 

Aunque se sintiera «ARGENTINO HASTA LA MUERTE», siempre pensando en «VOLVER» aquí encontró «EL ARREGLO» para su situación, «EL NIDO», desde el que lanzar «EL CANTO DE LA CIGARRA» que como actor quería regalar al mundo, un mundo que para él no era sino «LA CASA SIN FRONTERAS» de todos. Encontró, en actores como Juan Diego, a «LOS SANTOS INOCENTES» que le ayudaron en los difíciles inicios en nuestro país. Su talento ante las cámaras, sus ojos y su verbo le hicieron «CRECER DE GOLPE», hasta sentir que tenía toda «LA VIDA POR DELANTE» para dedicarla a su arte. La fortuna le regaló dos hijos que apuntan tan buenas maneras en la pantalla como él.

Las cámaras nunca le dieron «LA TREGUA» ni el descanso que tanto teme cualquier actor. Su romance con el cine se había sellado en unas «BODAS DE SANGRE» en las que era mucho más que «EL HIJO DE LA NOVIA», era el protagonista.

La vida le fue amable, sin ninguna «ASIGNATURA PENDIENTE», no la sintió como un «TIEMPO DE REVANCHA», pero la vida, al fin y al cabo, es finita para todos y con la edad llegan «LOS GOLPES BAJOS» de la salud. En «LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA VÍCTIMA» que ahora es tras cerrar los ojos, tomó a los 96 años «EL ÚLTIMO TREN». Mientras se aleja podremos cantarle aquello de «NO HABRÁ MÁS PENAS NI OLVIDO». Sin duda olvido no habrá. Ahora quedará el eco de su imagen y voz, tal como en «CRÍA CUERVOS»

D.E.P.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Miguel Hernández: Unos ojos abiertos para siempre

 


«No quiero dejar de cumplir mi palabra, y ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás, bastante bien. Se lo enseñarás al niño todos los días para que vaya conociéndome, y así no me extrañará cuando me vea»

Estas son las líneas con las que el poeta Miguel Hernández, preso y condenado a muerte, sin conocer a su hijo por tal situación y sin saber si lograría verlo algún día, se dirigía a su esposa, Josefina Manresa. Acompañaba sus palabras con este desesperado retrato a lápiz que le hizo Antonio Buero Vallejo.  Ambos fueron compañeros de galería en la madrileña cárcel «Conde de Toreno», allá por 1940, por razones ajenas a cualquier delito común y más relacionadas con las circunstancias políticas del momento. Buero Vallejo contaba al respecto:

«Vivimos unos diez meses juntos en la galería de condenados a muerte. Esta fue la etapa más interesante de nuestra relación»

Antonio Buero Vallejo tenía una marcada vocación de pintor, actividad que como podemos ver no se le daba nada mal, aunque después de conseguir que le conmutaran la pena de muerte por 30 años de prisión y lograr después la libertad en 1946, se convirtió en el autor teatral más destacado de la España de posguerra; suya es por ejemplo, la obra «Historia de una escalera».

Miguel Hernández no tuvo esa oportunidad y moriría un par de años más tarde, en marzo de 1942. Según evocaría el también poeta Vicente Aleixandre resultó imposible cerrarle los ojos al morir… como si quisieran quedarse abiertos para siempre, testigos inamovibles de un mundo que ya no era el suyo.

Imagen: Tomada de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

viernes, 12 de diciembre de 2025

Bette Davis, la mejor maldita dama que ha existido

 


«Yo fui el Marlon Brando de mi generación».

Son palabras que se atribuyen a Bette Davis, aunque siendo sinceros también podría haberlas dicho Brando al contrario. Así era de talentosa esta actriz, que curiosamente cuando llegó a Hollywood procedente de Broadway parecía no tenerlas todas consigo. Se cuenta que el relaciones públicas que fue a recogerla a la estación se volvió al estudio solo, alegando que «no había bajado del tren nadie que se pareciera lo más mínimo a una actriz». No tardaría en callar muchas bocas y pronto se llevó dos premios Óscar a la mejor actriz por «Peligrosa» (1935), un título que le venía como anillo al dedo y por «Jezabel» (1938) a la que pertenece la foto de arriba.

Para aderezar la leyenda es conveniente no olvidar las otras nueve veces en las que estuvo nominada para dicho premio. Alguno más de ellos debería haber sido suyo, el más evidente por su interpretación de Margo Channing en «Eva al desnudo», papel que me hace pensar siempre que veo la película en que consiste realmente ser una gran actriz. Y qué decir de «La Loba» o la tormentosa «¿Qué pasó con Baby Jane?» cuyo rodaje está repleto de jugosas anécdotas con su archienemiga Joan Crawford. Son actuaciones soberbias que quedaron —a juicio de muchos— sin su justo reconocimiento en los premios.

«Hollywood siempre me quiso para que fuese bella, pero yo luché por el realismo». Así de claro tenía Davis su papel en Hollywood. Era sin duda una actriz singular, que en la época dorada del cine, en un mundo en el que primaban las estrellas que brillaban por su belleza, logró hacerlo por sus dotes como actriz y convertirse en todo un mito.

Por supuesto eran legión sus admiradores. En cierta ocasión se celebró un homenaje a la actriz en el Ayuntamiento de Nueva York que recibió el nombre «Bette Davis en persona y en película» y en el transcurso del acto, la gran actriz recibió un inesperado y desconcertante cumplido de un niño negro de ocho años que le dijo solemnemente:

—«¡Señora Davis, cuando crezca quiero ser como usted!».

Una actriz temperamental, única, con sus luces y sombras. Solo ella podía decir:

«Soy la maldita mejor dama que ha existido».

Imagen: Tomada de Pinterest

jueves, 11 de diciembre de 2025

El inolvidable Bolero... que Ravel no podía recordar


 

Se encontraba Ravel en la cima de su fama cuando recibió el encargo de la bailarina Ida Rubinstein para crear una nueva pieza de aire español para su compañía de ballet. Ravel quiso basarse en alguna de las piezas de la «Suite Iberia» de Albéniz, pero al estar ya los derechos comprometidos hubo de crear una pieza totalmente nueva. Ese es el origen del celebérrimo Bolero.

Ravel se tomó el encargo como «un ejercicio de orquestación», en el que tomó un tema inspirado en el bolero como danza, una forma musical de moda en aquel tiempo. Según sus palabras pensaba utilizar dicho tema con insistencia, repitiéndolo «una buena cantidad de veces, sin desarrollo alguno, graduando bien la orquestación» y elaborando, a través de la suma  progresiva de instrumentos, «un tejido orquestal sin música, un largo y progresivo crescendo» que terminaría de forma abrupta. Esa progresión rítmica, unida a la creciente intensidad de la composición y a su apoteósico final dotaba al Bolero —que Ravel definía como «vacío de música»— de lo que algunos han querido calificar como una cierta significación sexual. Puede que esa pretendida sensualidad que la obra puede llegar a inspirar en el oyente sea parte de su enorme éxito.

Ida Rubinstein se encontró con una pieza de 17 minutos que estrenó en la Ópera Garnier de París en 1928. Acompañando los ritmos repetitivos de la orquesta se contoneó sobre la mesa de una taberna recreada en el escenario, rodeada de hombres que juegan a las cartas y terminan peleándose entre ellos navaja en mano —todo muy acorde con los tópicos que sobre España se tenían en la época—. Al acabar la pieza una espectadora gritó: «¡Al loco! ¡Al loco!» —«Au fou! Au fou!»—, reacción ante la cual Ravel le dijo a su hermano: «Esa, esa lo ha entendido». Ese era el valor que Ravel le daba a su obra. Un mero ejercicio de orquestación sin apenas pies ni cabeza. Y sin embargo resultó un grandioso éxito.

La sorpresa es que, aunque posteriormente compuso dos obras maestras soberbias: su Concierto para la mano izquierda y su Concierto para piano en Sol, algunos neuropsicólogos modernos han sugerido la hipótesis —sobre la que no existe consenso— de que la idea subyacente en el formato repetitivo del Bolero podría tener algo que ver con la enfermedad neurológica progresiva que Ravel desarrollaría poco después, aunque no hay evidencias claras de que esto sea así. Lo que sí es cierto es que, coincidiendo con un accidente automovilístico sufrido cuatro años más tarde —de consecuencias nunca del todo aclaradas—, su estado empezó a agravarse de forma alarmante.

En sus últimos años, no podía escribir música y una afasia provocó que, a pesar de reconocerlo como obra suya, no pudiera reconstruir en su cabeza ni siquiera el machacón desarrollo del Bolero. Esa pieza que nunca le entusiasmó —repetitiva hasta la extenuación, de «demasiado éxito» para su gusto—, era ahora todo un reto para su mente que no era capaz de reproducirla.

Y más curioso aún, esta obra que él compuso como ejercicio preparatorio de empresas mayores, se convirtió en inseparable de su nombre. Si más allá de los grandes amantes de la música, las masas le recuerdan, es por su Bolero, el Bolero de Ravel.

Imagen: de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Bertrand Russel y el mal hábito de pensar

 

Bertrand Russell siempre fue muy crítico con el belicismo y todas las calamidades que la guerra comporta. Suya es la frase: «Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente fuertes, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable compasión por el sufrimiento de la humanidad.»

Ese ansia de amor hacía que se enamorara con extraordinaria facilidad y que se desencantara con rapidez. Cuatro matrimonios salpicados de otras muchas relaciones marcaron una vida amorosa inestable y en algunos momentos caótica.

Su búsqueda del conocimiento fue siempre un pilar fundamental durante su larga vida —murió a los 97 años—, puede que a la misma altura que su compromiso con el pacifismo.

En 1918 hubo de ir a la cárcel durante seis meses por sus críticas al modo en que se desarrollaba la Primera Guerra Mundial publicadas en "The Tribunal", el periódico de los objetores de conciencia británicos. El juez le dio a elegir entre pagar una multa o pasar seis meses en la cárcel por difamación y como pueden imaginar, Russell se negó en rotundo a abonar la multa alegando que hacerlo sería como admitir la culpa en un asunto que consideraba moralmente correcto. No era el Imperio Británico, por aquel entonces, un buen lugar para pacifistas.

Fue su primer paso por la Prisión de Brixton. Allí según contaba el mismo logró concentrarse sin interrupciones en la quietud de su celda, lugar en el que escribió un libro de introducción a la filosofía matemática que es considerado una obra fundamental del pensamiento lógico y que todavía se estudia.

Durante la Segunda Guerra Mundial hubo de entender la necesaria oposición a un sujeto como Hitler, pero a su finalización, la amenaza que constituía la bomba atómica, lo alineó firmemente en las filas del movimiento pro desarme nuclear. En 1961 sería encarcelado de nuevo por convocar manifestaciones masivas contra las armas nucleares. No crean que era un jovencito revolucionario en esos momentos. Y es que el Sr. Russell tenía ya la friolera de 89 años cuando hubo de encaminarse nuevamente a la prisión de Brixton por segunda vez por sus acciones, al estilo de Gandhi, llamando a la desobediencia civil.

La imagen de aquel señor ya anciano, de pelo blanco, pero decidido, mientras era detenido por la policía dio la vuelta al mundo. De nuevo, no albergaba dudas sobre su verdad:

«Si he de elegir entre obedecer a la ley o impedir el exterminio de la humanidad, no tengo duda alguna de cuál es mi deber.»

Cuando se le comunicó su condena dijo serenamente: «Estoy profundamente convencido de que las leyes por las que he sido condenado son injustas».

Injusta o no, la sentencia a dos meses de cárcel era firme —aunque solo estuvo una semana recluido—. A la llegada a la prisión hubo de pasar el reconocimiento médico de rigor. El doctor le preguntó:

— «¿Tiene algún hábito peligroso para su salud?»

— «Sí: pensar».

Eso de pensar tenía su miga. Ya dijo el propio Russell, aunque fuera en otro contexto: "La mayor parte de la gente prefiere morir antes que pensar. De hecho, lo hace". No era su caso.

Durante su tiempo en prisión siguió escribiendo y por su avanzada edad, se mantuvo en su celda incluso para comer. Cuando salió dejó una nueva perla de las suyas: «La prisión no es desagradable. Lo desagradable es que sea necesaria».

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

martes, 9 de diciembre de 2025

Catón el Joven y el precio de la virtud


 

Marco Porcio Catón, apodado el Joven o el de Útica para diferenciarlo de su bisabuelo —Catón el Viejo—, fue una persona realmente singular. Su austeridad era de todos conocida y su vida un ejemplo de estoicismo.

En una época en la que en Roma los lujos eran lo habitual para los de su posición, él prefería la ropa sencilla, se mezclaba sin miedo entre las gentes y caminaba a pie sin hacer uso de las literas como los demás senadores. En esa línea apuntaba Plutarco cuando le dedicaba estas palabras: «Se distinguía por su frugalidad y por la dureza consigo mismo; no buscaba placer alguno en el vestido, la comida o el descanso».

Pareciera que en su persona hubieran encontrado refugio todas las virtudes republicanas. Insobornable como era, no dudó en enfrentarse al poder desmedido sin importarle los riesgos, ya fuera con Sila, Pompeyo o Julio César.

Frente a César, su oposición no solo se mostraba con su voto, y para hacerla más patente ante todos se atrevió a presentarse en el Senado vestido con túnica de lana negra —toga pulla— en señal de duelo y desaprobación por una de las medidas que requería del Senado, un gesto que a partir de él sería puntualmente imitado.

Según Plutarco, Catón era capaz de controlar sus emociones hasta límites insospechados: «Nunca fue visto cambiar de color, ni siquiera en las circunstancias más tensas; mantenía siempre la misma expresión serena».

Su inflexible forma de pensar, su oposición a cualquier concentración de poder, incluso dentro de su propia corriente de pensamiento, terminó por aislarlo. La verdad suele ser incómoda. Cicerón dijo de él en un discurso: «Catón habla como si viviera en la República de Platón, no en los excrementos de Rómulo».

Puede que fuera un referente moral, pero esa posición no le ayudaba. Cuenta una leyenda —sin eco en los autores clásicos— que en cierta ocasión, mientras paseaba por una Roma adornada con incontables estatuas de los prohombres de su historia, su acompañante le preguntó:

—¿Qué ocurre contigo? ¿Cuál es la razón de que todos los romanos ilustres tengan una estatua y tú no?

—Cuando tantas se erigen, prefiero que no esté la mía —dijo humildemente Catón

—¿Por qué?

—Por la misma razón que tú me preguntabas. Prefiero que mis contemporáneos me pregunten por qué razón no me levantan una estatua, a que la posteridad se pregunte por qué me la levantaron.

Pero el tiempo no olvidó su figura y, siglos después, una escultura suya, obra de Jean-Baptiste Roman y finalizada por Rude a mediados del S. XIX, está ahora presente en el Louvre junto a la de todos aquellos que merecen ser recordados. La estatua, en mármol de Carrara, recoge los momentos previos a quitarse la vida, empujado por una Roma que consideraba un inconveniente su virtud. Antes diría: «No soy esclavo, y no me someteré a otro hombre».

Séneca no dudó en señalarlo como el paradigma del hombre libre.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

lunes, 8 de diciembre de 2025

Los catorce de Clooney

 


Con las tres películas de atracos en Las Vegas, —Ocean's Eleven, Ocean's Twelve y Ocean's ThirteenGeorge Clooney, con su panda de amigotes, nos regaló muy buenos momentos de diversión. Lo curioso es que hay una historia real que bien podría llamarse «Los catorce de Clooney», en la que sus protagonistas pudieron sentirse verdaderamente afortunados sin tener que robar en el «Belagio» o el «Caesars Palace».

En 2013, el actor tuvo una breve aparición en la exitosa película «Gravity» (Alfonso Cuarón), título en el que también participó como productor. La película no solo ganó siete premios Óscar, también logró una recaudación de 723 millones de dólares cuando su producción solo había costado unos 100. Los beneficios resultaron espectaculares y ello supuso para el actor unos ingresos totales de unos 14 millones de dólares, según el mismo reconoció.

Clooney debió sentirse inmensamente afortunado y por momentos agradecido por la posición en la que se encontraba. En un gesto realmente inusual, hizo una lista con las catorce personas que le habían ayudado en los momentos realmente difíciles: El actor lo contaba así a GQ:  

«Pensé que tenía que hacer algo por todos estos amigos que durante 35 años me habían ayudado a estar donde estaba de una manera u otra. Hablamos de gente que me dejó dormir en su sofá cuando no tenía dinero. Que me prestó pasta cuando la necesitaba. Amigos realmente buenos»

Así que, ni corto ni perezoso, preparó catorce maletines, los llenó con un millón de dólares cada uno e invitó a aquellos amigos a una cena en la que agradecido les entregó aquel presente.

Supongo que con la fama de bromista que tiene Clooney, más de uno esperaría que aquel gesto fuera una chanza más, pero resultó ser real. El actor explicó en la citada entrevista que ya todos ellos estaban en su testamento, pero no encontraba razón para esperar a que le pudiera atropellar un autobús para que recibieran aquel acto de gratitud de su parte.

La historia terminó trascendiendo y Clooney contó a GQ que se encontró con alguna reacción peculiar:

«Recuerdo que cuando aquella historia se filtró a la prensa coincidí con un millonario bastante imbécil en un hotel de Las Vegas. Alguien que obviamente era mucho más rico que yo y que me preguntó que por qué había hecho algo así. “¿Por qué no lo has hecho tú, idiota?” fue lo único que le respondí»

Para alguien como Clooney, está claro que los sobres no son elegantes. Un hombre con estilo regala maletines. ¡Quién pudiera!

Imagen: De Wikimedia Commons - Michael Vlasaty - CC BY 2.0

domingo, 7 de diciembre de 2025

Una máscara para «Los ojos sin rostro"


 

Una de las máscaras más influyentes de la historia del cine es la que llevaba Edith Scob en «Los ojos sin rostro» (1960 - Les yeux sans visage), una película con la que su director, Georges Franju, abrió una nueva senda para el cine de terror.

Aquella máscara marcaba totalmente a su personaje, Christiane, una joven con el rostro desfigurado por un accidente para la que su padre, un reputado cirujano, buscaba una nueva cara, costase lo que costase. Ya pueden imaginar cómo, que no es plan de desvelarlo todo.

Su concepción estética fue del propio Franju, quien insistía en que aquella falsa cara debía ser «lisa, blanca y sin expresión». Tal y como contaba la actriz que la llevaba, la máscara se moldeó directamente sobre su cara para que se ajustara con exactitud, usando un material ligero que simulaba una segunda piel. Su superficie no tenía textura, ni cejas y en su inmaculada blancura solo había lugar para dos grandes aberturas para los ojos y los orificios nasales. Franju insistía en el poder visual de la misma y aseveraba: «No es la máscara de una muerta, sino la de un alma errante».

Y sin duda marcaba hasta la interpretación de la actriz quien confesaba: «Sentía que perdía mi rostro y que entraba en un estado de anonimato absoluto». Su mirada se convirtió en su única vía de comunicación, eran sus ojos faltos de rostro los que nos hablaban. Y añadía: «Respiraba mal y me movía poco. Eso creó un ser suspendido». Eso, unido a las pautas dadas por el director, hizo que sus movimientos fueran muy suaves, casi etéreos, que su mirada fija y desesperanzada lo dijera todo y apenas se permitiera algún leve gesto corporal. Un aura irreal que se realzaba con un amplio vestido blanco, casi fantasmal, que escondía su cuerpo. 

No serán las imágenes con el bisturí desollando a una víctima, que por cierto causaron más de un desmayo en las salas durante su estreno, o los perros logrando su venganza sobre su maltratador, los que quedarán en la memoria de quien vea la película, sino la máscara inexpresiva que dará una entidad irreal a unos ojos que buscan un rostro desesperadamente, la máscara que influiría en no pocas obras posteriores del cine europeo y del horror.

A veces el cine logra perlas como esta película, en la que el terror, a pesar de su crudeza, parece trocarse en singular poesía.


Imagen: De Filmaffinity - Fuente


sábado, 6 de diciembre de 2025

Damocles: el poder bajo la espada

 


La peor especie de enemigos es la de los aduladores. Quizá por eso Dionisio II, tirano de Siracusa allá por el siglo IV a.C., reaccionó de forma tan singular ante Damocles, un cortesano adulador, que a cada instante alababa la buena fortuna del tirano, sus riquezas y su vida llena de placeres y aparente felicidad.

La adulación puede ser soportable en su dosis justa, pero puede resultar insufrible cuando es rastrera y constante. El relato más antiguo que se conserva de esta historia nos llega a través de Cicerón. Según este, cuando Dionisio estaba ya harto de tanta palabrería hueca, le ofreció a Damocles intercambiar papeles por un día, para que así pudiera hablar con conocimiento de causa. Como cuenta Cicerón:

«Mandó que colocaran a Damocles en un lecho de oro cubierto con magníficos adornos, y ordenó que lo rodearan todas las riquezas reales, con un banquete servido con la mayor exquisitez.»

Y así podemos imaginar a Damocles disfrutando de la comida y la música, de los perfumes y los honores, de riquezas y bellas mujeres. Todo era un sueño hecho realidad hasta que levantó la vista y vio que sobre el lugar en el que se encontraba, apuntando directamente a su cabeza, colgaba una afilada espada sujeta por un único y finísimo pelo de caballo.

Consciente de que la espada podía caer en cualquier momento, ya no pudo disfrutar de nada de lo que se le ofrecía. Ya no quería lujos, ni reverencias, ni mujeres, ni exquisitos manjares, solo pidió marcharse y recobrar la seguridad de su humilde posición.

Dionisio le respondió que ese era el día a día de un tirano, una vida en la que a pesar de estar rodeado de riquezas y placeres, se debe aprender a convivir con la amenaza clara y constante hacia la propia vida. En sus palabras: «no puede ser feliz quien vive siempre con miedo». Es como vivir con la muerte acompañándote del brazo sin saber en qué momento decidirá cortar aquel fino pelo que marca tu destino.

Damocles, a buen seguro, dejó de hablar de más. Su vida, al fin y al cabo, no dependía de la resistencia de un cabello sino de algo más fino aún: el humor de un tirano.


Imagen: "La espada de Damocles" (1812) - Richard Westall. De Wikimedia Commons - CC0

jueves, 4 de diciembre de 2025

Narciso y el triste origen del Eco


La mitología griega es muy dada a los castigos divinos y también a las bellas historias; la de Eco y Narciso es un buen ejemplo. Cuenta Ovidio en la Metamorfosis que las palabras nunca resultaron más bellas que cuando eran pronunciadas por Eco, una ninfa de las montañas de voz prodigiosa. Con su hipnótica conversación mantenía distraída a HeraJuno en la versión latina de Ovidio— mientras que el díscolo Zeus daba rienda suelta a sus impulsos con otras ninfas.

Cuando Hera supo cómo había estado siendo engañada y no pudiendo nada contra su todopoderoso marido, decidió castigar a Eco y lo hizo privándola de su don con la palabra. No le quitó la voz, pero la obligó a repetir únicamente la última palabra que dijera la persona que hablara con ella, dejándola para su desesperación sin conversación ni capacidad de expresarse.

El amor siempre te persigue y fue en el campo donde Eco se enamoró de Narciso, un ser tan bello que el adivino Tiresias predijo que «viviría mientras no se conociera a sí mismo». Eco, sin el don de la palabra y con aquella condena a repetir lo que le decían, no podía declararle su amor y se limitaba a seguirlo mientras se escondía entre los árboles. Narciso intuyendo la presencia de alguien preguntaba:

— ¿Hay alguien aquí?

—Aquí, aquí —respondía Eco.

El juego se repitió varias veces hasta que la ninfa, desesperada, se mostró e intentó abrazar a Narciso que, un tanto harto de oír tan repetidas sus palabras y creyéndola un poco fuera de sí, la despreció diciéndole: «¡Morirás antes que yo pueda entregarte mi cuerpo!»

Sin poder decir todas las bellas palabras que tenía en la mente se marchó con el corazón roto a vivir entre montañas y cañadas, suspirando por un amor que nunca fue correspondido. Se abandonó de tal modo que con el tiempo perdió su belleza y adelgazó tanto que finalmente se desvaneció, quedando de ella tan solo el eco de su voz cuando alguien hablaba frente a las montañas a las que se había retirado.

Cuentan que un muchacho, rechazado también por Narciso, imploró a los dioses que éste sufriera los males del desamor en la misma medida que él. En aquellos tiempos, parece que las plegarias eran a veces atendidas, y Némesis, la personificación de la venganza divina, entendiendo justa la súplica, condenó a Narciso a enamorarse de su propio reflejo, cosa que ocurrió cuando pudo verse reflejado en un manantial, no pudiendo ya apartar la vista de sí mismo. Para unos terminó muriendo de desamor, consumido al no verse correspondido; para otros, en lecturas más románticas, encontró su fin al acercarse tanto a su reflejo en el manantial que terminó cayendo en él y ahogándose.

Todavía le quedaría una eternidad para contemplarse a sí mismo en el reflejo de la laguna Estigia del inframundo. Su historia todavía resuena, como el eco de la ninfa, en los narcisistas que tienen en los espejos al mejor de los amigos.



Escultura de Eco: Obra de Ferdinand Leenhoff, 1888. Mármol. Rijksmuseum, Ámsterdam.
Cuadro: "Narciso" - CaravaggioGalleria Nazionale d’Arte Antica, Palazzo Barberini. Roma

Imágenes: Img 1 - Img 2 - Wikimedia Commons CC0