martes, 15 de diciembre de 2020

El maltratado cadáver de Niccolò Paganini

 

 
A pesar del límpido retrato que en 1819 Dominique Ingres dedicó en vida a Paganini (1782-1840) y al que personalmente doy veracidad por ser el pintor el genio que era, o la digna escultura que encabeza esta entrada, obra de David D'Angers y que data de 1830, hay otros testimonios acerca del aspecto de Paganini que distan mucho de esa aseada visión. Según los más calenturientos de sus contemporáneos, Paganini era descrito como un ser decrépito y extremadamente delgado, con un rostro cadavérico de pálidas mejillas en el que sus ojos negros aparecían hundidos en sus cuencas; su rostro estaba enmarcado por una melena negra que contrastaba con su piel blanca como la cera; para colmo, su mandíbula inferior no conservaba desde 1928 ninguno de sus dientes lo que deformaba su rostro y por si fuera poco siempre vestía de negro con un traje ajustado, a menudo raído y descuidado, que estilizaba más si cabe sus largos miembros. Siniestro.

Paganini visto por R. J. Lane
La forma de tocar y la puesta en escena que sabía dar Paganini a sus apariciones sin duda resultaron todo un reto para la forma de pensar y entender la música en aquellos primeros años del siglo XIX. El "Fausto" de Goethe fue publicado en 1808 con el famoso pacto de su protagonista con el diablo y siguiendo la moda, no hizo falta mucho esfuerzo para que sobre Paganini, con su acusada delgadez, siempre vestido de negro, con el frenesí que imprimía a su violín y su capacidad de sacarle sonidos hasta entonces no escuchados, cayera una sombra de sospecha acerca de un posible trato con el maligno. Su forma de entender la música, sin duda apabullante para la época y apoyada en sus propias habilidades y talento, pero también en unas cualidades físicas ciertamente excepcionales (generalmente achacadas al Síndrome de Marfán que provoca una hiperflexibilidad de las articulaciones y miembros muy largos) no fueron bien entendidas en su época, si bien le hicieron ganar muchísimo dinero. 

Paganini utilizó todos aquellos comentarios en su propio favor y se dedicó a hacer caja, logrando ingresos impensables para otros artistas de la época. Por ejemplo, en 1831 dio dos conciertos en Glasgow por los que se agenció nada menos que 1400 libras de la época. Chopín toco unos años después y solo fue capaz de recaudar 60. Todo el mundo quería ver tocar el violín a una persona poseída por el diablo y Paganini que lo sabía subía los precios de las entradas hasta cotas abusivas y a pesar de ello eran legión los que se rascaban el bolsillo y sin poder, iban a verle. Al mismísimo diablo no se tiene la oportunidad de verlo todos los días. 

Paganini por E. Delacroix
A pesar de jugar con ese aura que le habían adjudicado en su beneficio, siempre se cuidó mucho de componer música que directamente pudiera ser calificada de diabólica como hacían otros compositores con las citas del canto llano del "Dies irae" de las misas de difuntos o el uso del "tritono" (diabolus in música), formas de hacer música de las que de forma muy consciente Paganini se alejaba para no echar mas leña al fuego. A su muerte tenía entre sus posesiones 22 instrumentos de gran valor: 4 violines Gurnerius, 2 violines Amati y la friolera de 11 Stradivarius: 7 violines, 2 violas y 2 violonchelos. Curiosamente su predilecto era uno de los Guarnerius al que llamaba por su potente sonoridad "Il mio cannone" (mi cañón).

Pero en realidad Paganini  era un ser enfermizo que desde los 38 años sufrió serios problemas de salud y que a los 50, siete años antes de morir, ya estaba retirado de los escenarios. Tuvo en esos años tiempo de disfrutar y a veces padecer a numerosas amantes, de amasar una fortuna y dilapidarla en gran parte a su vez en el juego y malos negocios. Puntualmente intentó defenderse de aquellas ideas de dar un origen diabólico a sus habilidades, así en una carta a su abogado Luigi Germi en 1832 decía:

"Ahora nadie pregunta si has oído a Paganini, pregunta si le has visto. A decir verdad, lamento que se haya extendido la opinión general entre todas las clases sociales de que yo había pactado con el diablo. Los periódicos hablan mucho sobre mi aspecto externo, lo que despierta una curiosidad increíble".

Paganini por Ingres
Poco antes, en 1831 en una carta publicada en el diario parisino "Revue Musicale" se lamentaba así:

"Una vez mas, ya que algunos se obstinan contra toda verosimilitud, tengo que ceder. Todavía tengo una esperanza y es que después de mi muerte la calumnia tenga a bien en abandonar a su presa y aquellos que se hayan vengado tan cruelmente de mis triunfos dejen que mis cenizas descansen en paz"

Y de eso quería hablar, a pesar de tan larga introducción, de las vicisitudes sufridas por el cadáver de Paganini. El caso es que estando el músico muy enfermo, su hijo llamó a un sacerdote para que le diera la extrema unción, pero Paganini que no se veía tan cerca de la muerte la rechazó. Cuando días después falleció, el obispo entendió que este rechazo a ponerse en paz con Dios era una prueba más del tan cacareado pacto del músico con el diablo y le negó la sepultura en el cementerio de Niza. El cadáver de Paganini estuvo la friolera de 20 meses insepulto. Los dos primeros meses estuvo en la misma habitación en la que falleció, pero a pesar del embalsamamiento que recibió el cuerpo, hubo quejas de que el cadáver desprendía demasiado olor, por lo que los restos del músico fueron llevados al sótano de la propiedad durante dieciocho meses más. El Conde de Cessole terminó por llevarse el cadáver a un olivar de su propiedad donde lo escondió en una cuba vacía de aceite mientras se buscaba una solución. Ni Cannes ni Marsella quisieron el cadáver que fue trasladado a un lazareto de Villefranche, uno de aquellos lugares en los que se aislaban a infectados y leprosos y hasta pusieron un conserje para evitar intrusos. El conserje empezó a decir que por las noche sonaba un violín y empezó a cobrar entrada a los curiosos que esperaban presenciar dicho milagro. Incluso intentó, antes de ser descubierto, vender el cadáver a un comerciante sin escrúpulos para hacer negocio con él. El cuerpo fue nuevamente trasladado, esta vez a la isla deshabitada de Saint-Ferreol, donde provisionalmente fue entrerrado en un suelo pedregoso y desértico.

Cuatro años después de su muerte y tras innumerables gestiones y negativas, el Rey Alberto de Piamonte-Cerdeña accedió a que Paganini pudiera ser enterrado en Génova, su ciudad natal, pero su diabólica sombra le perseguía y como hubo quejas de fuegos fatuos y visiones diabólicas en torno a su tumba, el vapuleado Paganini fue de nuevo desenterrado y expulsado a una villa de Parma en la que permaneció un buen tiempo hasta que en 1876, el Papa Pio IX rehabilitó la figura del músico y permitió que fuera enterrado en sagrado en la ciudad de Parma, la friolera de 36 años después de su muerte. Todavía hubo de sufrir Paganini algún que otro ajetreo cuando lo volvieron a desenterrar para procurarle una tumba mejor y con el tiempo para asegurarse de que quien estaba allí era realmente Paganini. Solo en 1893, 53 años después de su muerte dejaron en paz a este excepcional músico que revolucionó el mundo del violín y que entregó algunas de las piezas más endiabladamente difíciles y subyugantes de toda la historia de la música. Un buen ejemplo, para alejarnos de sus portentosos Caprichos, puede ser su "Campanella", que en el vídeo siguiente es interpretada por Clara Jumi Kang:



Fuentes documentales: 
"Curiosidades y cotilleos sobre los grandes compositores vol. 2 - Roberto L. Pajares Alonso 
"Muertes Ilustradas de la Humanidad - Polvo eres II" - Nieves Conconstrina
 
Imágenes:  De Wikimedia Commons - (CC0) o (CC)- Imagen 1  - Imagen 2 - Imagen 3 - Imagen 4 - Imagen 5

lunes, 14 de diciembre de 2020

John Ford, el director tuerto que no lo era


“Nunca pensé en lo que hacía en términos de arte, o esto es grande o estremecedor, o cosas por el estilo. Para mí siempre fue un trabajo, que yo disfruté enormemente, y eso es todo.”  (John Ford)

Siempre fue amigo John Ford de quitarle importancia a su trabajo y a pesar de la poesía y sensibilidad que destilan muchas de sus películas, el gustaba mostrarse con un ser rudo y casi siempre malhumorado e inaccesible. Por supuesto, nadie duda de que era muy amigo de sus amigos, aunque a su manera, algo de lo que John Wayne podría contar más de alguna anécdota. Amante de los monosílabos en las entrevistas -pobrecito Bogdanovich- y de hacer siempre su santa voluntad, John Ford lucía para colmo un parche en el ojo izquierdo que todavía amedrentaba más.

El caso es que en muchas fotos Ford aparece con el parche a medio poner, como si realmente no fuera del todo necesario y en otras con unas gafas especiales en las que el cristal del lado izquierdo aparece mucho más oscuro. Y es que John Ford, el tuerto por excelencia de Hollywood (hubo otros muy famosos), no lo era en realidad. A pesar de esta afirmación tampoco podemos decir que eso de llevar un parche sin ser tuerto fuera una excentricidad del director de "La Diligencia", o una extravagancia gratuita como señalan algunos. Todo tenía su razón de ser.

El director empezó a utilizar el parche en el año 1953, poco después de rodar "El hombre tranquilo", con el único fin de recuperarse de una operación de cataratas a la que se había sometido, en principio, exitosamente. El problema surgió en el postoperatorio cuando Ford se sentía tan irritado por los vendajes que le habían puesto los médicos para proteger el ojo, que este, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, decidió por su cuenta quitarse prematuramente los vendajes. A consecuencia de ello su ojo izquierdo no se recuperó satisfactoriamente por completo, quedando desde entonces hipersensibilizado a la luz. Así, para aminorar las molestias que le producía la incidencia directa de la luz en su ojo, tuvo que llevar de por vida el famoso parche, aunque a veces no necesitaba llevarlo perfectamente colocado y con que le diera un poco de protección y sombra era bastante. Por eso podemos afirmar que el tuerto más famoso de la historia del cine, lo que se dice tuerto, no era. Y aun así, con un ojo envuelto en sombras le quedaba talento para acrecentar su lista de obras maestras con títulos del calado de: "Mogambo", "Centauros del Desierto", "Misión de audaces", "El sargento negro", "La taberna del Irlandés", "Dos cabalgan juntos", "La conquista del Oeste", "El gran combate", "Siete mujeres" y por supuesto "El hombre que mató a Liberty Valance" película a la que pertenece la imagen de cabecera y en la que Ford posa, con el parche a medio poner, junto a James Stewart y John Wayne.

Imagen: Cortesía de la estupenda página "Doctor Macro". Fuente Original

domingo, 13 de diciembre de 2020

El milagro del "Cristo velado" de Giuseppe Sanmartino

 

Entre las maravillas que se han tallado en mármol a lo largo de la historia se encuentra en un lugar destacado "El cristo velado" (1753) del escultor napolitano Giuseppe Sanmartino. La obra que se expone en la espectacular Capilla Sansevero de Nápoles, muestra un Cristo yacente, cubierto con un finísimo velo de mármol que milagrosamente deja sentir e intuir cada uno de los rasgos del cristo y su fisonomía. Ya en el contrato que se le hacía al escultor se plasmaba muy claramente que se esperaba de la obra: "una estatua en mármol esculpido, de tamaño natural, que represente a nuestro Señor Jesucristo muerto, cubierto de un sudario transparente tallado en el mismo bloque que la estatua". Sanmartino se hizo cargo del trabajo tras un primer intento, solo abocetado en terracota, de Antonio Corradini, un escultor que ya había realizado portentosas esculturas de vírgenes veladas pero que falleció antes de poder abordar esta obra sobre el mármol. 

El logro alcanzado por Sanmartino es sobrecogedor. Bajo el etéreo velo que esculpe sobre el agónico cuerpo de Cristo se pueden adivinar las marcas del martirio padecido, su sufrimiento, los parpados cerrados, su boca entreabierta, todos sus rasgos y hasta alguna vena como la que se intuye en su frente. A los pies del cuerpo quedan los símbolos de su tortura: la corona de espinas, los clavos y las tenazas utilizadas para sacarlos de la cruz.

A los ojos de todos los que vieron la escultura en el pasado, aquel tratamiento del velo resultaba del todo imposible sobre el mármol, así que se creó la leyenda de que el Príncipe Raimondo di Sangro, de quien había partido el encargo y que era un conocido alquimista, había proporcionado una fórmula mágica al escultor para lograr que un velo real, depositado sobre la escultura del Cristo, se transformase mediante su petrificación química, en el prodigioso velo de mármol que era la admiración de todos. Solo así podrían llegar a aceptar aquel milagro en piedra.

Ni que decir tiene, que eso era solo una leyenda, la que se crea siempre alrededor de las obras maestras cuya factura escapa a nuestra comprensión y se torna sobrehumana. El portentoso escultor Antonio Canova intentó en su día comprar la obra, algo que le resultó del todo imposible; admirado, sentenció que habría dado diez años de su vida por haber logrado esculpir una obra maestra como el Cristo velado.


Imágenes: De Wikimedia Commons - (CC BY-SA 2.0) - Imagen 1 - Imagen 2

sábado, 12 de diciembre de 2020

"La primavera besaba" - Antonio Machado Vs Monet


 

La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.

Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil...
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril.

Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor
—recordé—, yo he maldecido
mi juventud sin amor.

Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!

El poema "La primavera besaba" es obra de Antonio Machado y lo hemos hermanado con un cuadro de Claude Monet titulado "The Sheltered path" (1873), algo así como "El camino protegido" y que se expone en el Museo de Arte de Filadelfia. En el óleo podemos ver a un hombre de espaldas caminando por un sendero. Por la postura parece apoyarse en un bastón lo que nos invita a pensar que ya no es joven.  Es posible que, rodeado del exuberante verdor del sendero que brota como una verde humareda, él también estuviera intentando soñar con aquella juventud ya pasada y nunca saboreada lo suficiente.

Imagen: de Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0) - Fuente original

viernes, 11 de diciembre de 2020

"La Mona Lisa del Sena": La macabra historia del rostro más besado de la historia

 

"El moldeador que visito todos los días tiene dos máscaras colgando al lado de su puerta. La de una joven que se ahogó que alguien copió en la morgue porque era bella, porque aún sonreía, porque su sonrisa era tan engañosa, como si lo supiera."

Eso escribía Rainer Maria Rilke en "Los cuadernos de Malte Laurids Brigge" en 1910 inspirándose en la máscara que abre esta entrada y que esconde alguna que otra sorpresa.

Muchos de los muñecos utilizados para practicar la Reanimación Cardio-Pulmonar (RCP) tienen el mismo rostro, el de una joven a la que por ser su función la que es, practicar el "beso de la vida", es para muchos el rostro más besado de la historia. Pero resulta que ese rostro tiene una curiosa historia detrás. 

Allá por 1880 el cadáver de una preciosa chica apareció en el Sena. En el rostro de aquella joven, que no tendría más de 16 años, aún se atisbaba una ligera  y enigmática sonrisa y en su cuerpo no había señales de violencia por lo que se pensó en el suicidio como la causa más probable. Cautivado por su misteriosa belleza, un médico de la morgue a la que llegó el cuerpo, moldeó una máscara mortuoria de su cara (la de la foto inicial), que en principio tenía el propósito de ayudar a su identificación mediante la exposición pública, algo del todo normal en la época. No se tuvo éxito y nada se supo de la identidad de la joven,  pero pronto el rostro sonriente de aquel bello cadáver se convirtió en el comentario de todo París y en las crónicas se decía sobre el lugar en el que se exponía: "No hay una sola ventana en París que atraiga más espectadores que esto". En breve, se vislumbró que allí había negocio y se hicieron múltiples copias de la máscara de "La desconocida del Sena" que sirvieron de fetiche a bohemios y escritores. Para los ingleses era una nueva Ofelía (a la izquierda un detalle del cuadro de Millais), para Albert Camus, había ecos de la Gioconda en su enigmática sonrisa, lo que hizo que fuera conocida también, con el nombre más poético de "La Mona Lisa del Sena". Esa sonrisa congelada por la muerte sirvió de inspiración a poetas como el ya mentado Rilke, a escritores como Nabokov, a fotógrafos como Man Ray, inspiró ballets e incluso llegó a convertir a "Annie" en toda una "influencer post-morten" al decir del libro sobre el suicidio "El dios salvaje", en el que su autor, Al Álvarez, mantiene: "Me han dicho que toda una generación de chicas alemanas inspiraron su apariencia en ella". Así, "Annie", como también conocían a la chica de la máscara, se convirtió en el modelo estético a seguir en media Europa hasta la llegada de Greta Garbo. 

Cuando en 1956 se pensó que sería beneficioso crear un maniquí de entrenamiento con el que practicar la reanimación cardiopulmonar, los médicos James Elan y Peter Safar diseñaron el modelo al que finalmente dará forma el fabricante Asmund Laerdal. Este último se tomó la licencia de utilizar como modelo para el rostro una de aquellas máscaras de "La Mona Lisa del Sena" que sus abuelos guardaban aun en su casa. Así es como "La desconocida" se convirtió en el rostro de "Resusci Anne", un muñeco que ha ayudado a aprender técnicas que han salvado millones de vidas en todo el mundo, que convirtieron a Annie en el rostro más besado de la historia y que hicieron de la pobre chica del Sena, la bella del cadáver feliz, un símbolo de vida.


Fuente: A partir de un artículo de ABC. Enlace.

Imágenes: De Wikimedia Commons - Imagen 1 (CC0) - Imagen 2 (CC0) - Imagen 3 (CC BY 2.0)

jueves, 10 de diciembre de 2020

De genio a genio: Carta de Kubrick a Ingmar Bergman


Querido Sr. Bergman,

Sin duda usted ha recibido el suficiente reconocimiento y éxito alrededor del mundo para hacer esta nota totalmente innecesaria. Pero para lo que sea que valga, me gustaría añadir mi alabanza y gratitud como director y colega por la contribución brillante y sobrenatural que ha hecho al mundo con sus películas (nunca he estado en Suecia así es que nunca he tenido el placer de ver su trabajo en el teatro). Su visión de la vida me ha conmovido profundamente, mucho más profundamente de lo que jamás he sido conmovido por cualquier otra película. Creo que es el mejor cineasta trabajando en el momento. Más allá de esto, permítame decirle que nadie lo ha superado en la creación de estados de ánimo y atmósferas, en la sutileza de las actuaciones, la evitación de lo obvio, la veracidad y la integridad de la caracterización. A esto hay que añadir todo lo que entra en la realización de una película. Creo que ha sido bendecido con actores maravillosos. Max von Sydow, Ingrid Thulin viven ávidamente en mi memoria, hay muchos otros en su compañía de actuación cuyos nombres se me escapan. Le deseo a usted y a todos ellos la mejor de las suertes, y buscaré con entusiasmo cada una de sus películas.

Stanley Kubrick

9 de febrero de 1.960

En 1960 Stanley Kubrick ya había filmado: "El beso del asesino" (1955), "Atraco perfecto" (1956), "Senderos de Gloria" (1957) y en el mismo 1960 llegaría a la pantalla "Espartaco". Una buena cosecha para tener tan solo 32 años. Ingmar Bergman tenía por entonces tan solo diez años más y en esos mismos años había filmado obras maestras del calado de "El séptimo sello" y "Fresas Salvajes", ambas de 1957, o "El manantial de la doncella" en 1960. Dos genios en pleno estado de gracia. Akira Kurosawa le dedicó también una elogiosa carta años después. ¿Qué pensaría Ingmar Bergman de todo aquel reconocimiento, no de la crítica o un simple aficionado, si no de otros directores tan portentosos como él?

La carta pertenece a la sensacional recopilación de ellas realizada por nuestra amiga Celia Valdelomar.

Imágenes: De Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0) - Imagen 1 - Imagen 2

miércoles, 9 de diciembre de 2020

"La tregua" de Benedetti Vs "El hombre en la ventana" de Caillebotte



“El tiempo se va. A veces pienso que tendría que vivir apurado, que sacarle el máximo partido a estos años que quedan. Hoy en día, cualquiera puede decirme, después de escudriñar mis arrugas: «Pero si usted todavía es un hombre joven». Todavía. ¿Cuántos años me quedan de ese «todavía»? Lo pienso y me entra el apuro, tengo la angustiante sensación de que la vida se me está escapando, como si mis venas se hubieran abierto y yo no pudiera detener mi sangre. Porque la vida es muchas cosas (trabajo, dinero, suerte, amistad, salud, complicaciones), pero nadie va a negarme que cuando pensamos en esa palabra Vida, cuando decimos, por ejemplo, «que nos aferramos a la vida», la estamos asimilando a otra palabra más concreta, más atractiva, más seguramente importante: la estamos asimilando al Placer. Pienso en el placer (cualquier forma de placer) y estoy seguro de que eso es vida. De ahí el apuro, el trágico apuro de estos cincuenta años que me pisan los talones. Aún me quedan, así lo espero, unos cuantos años de amistad, de pasable salud, de rutinarios afanes, de expectativa ante la suerte, pero ¿cuántos me quedan de placer? Tenía veinte años y era joven; tenía treinta años y era joven; tenía cuarenta años y era joven. Ahora tengo cincuenta años y soy «todavía joven». Todavía quiere decir: se termina.”

El fragmento pertenecer a "La Tregua", una novela escrita por el uruguayo Mario Benedetti en 1960, y en la que a modo de diario se van recogiendo los pensamientos de Martín Santomé, un hombre viudo que llegado a los cincuenta años empieza a hacer balance de su vida y no logra que le cuadren las cuentas de la felicidad. Ante sus ojos se presenta un paisaje en el que todo parece estar cuesta abajo. En medio de esta grisura conoce a Laura Avellaneda, una mujer joven, hermosa, inteligente y llena de vida de la que se enamora perdidamente. Después de vivir juntos su felicidad y plantearse el matrimonio, Laura muere inesperadamente, momento en el que Martín Santomé advierte que aquellos inusuales momentos de felicidad que había vivido junto a aquella hermosa mujer, tan solo habían sido una "tregua" que Dios le había regalado y que le tocaba volver a su paleta de grises en la que ahora predominaba el marengo. 

El cuadro que abre la entrada es "El hombre en la ventana" (1875) obra de Gustave Caillebote. El retratado es su hermano René mirando hacia la parisina Rue Miromesnil y esa visión, de espaldas, sin rostro, enfrentándolo al mundo nos ofrece muchas posibilidades para interpretar sus pensamientos. Podría ser el protagonista de "La tregua" o solo un hombre que disfruta de la ciudad que se abre a sus ojos, o podremos crear mil historias entre él y la dama que se ve andando por la calle y a la que parece observar. Caillebotte es un pintor elegante, no demasiado valorado en vida, pero de una calidad incuestionable, resultando especialmente hermosas las deliciosas estampas urbanas que pintó de Paris.

Otros fragmentos de "La tregua":

"Qué feo es eso de que le digan a uno la verdad, sobre todo si se trata de una de esas verdades que uno ha evitado decirse aún en los soliloquios matinales, cuando recién se despierta y murmura pavadas amargas, profundamente antipáticas, cargadas de autorrencor, a las que es necesario disipar antes de despertarse por completo y ponerse la máscara que, en el resto del día, verán los otros y verá a los otros."

"La verdad es que esa excelente opinión de mí mismo ha decaído bastante. Hoy me siento vulgar y, en algunos aspectos, indefenso. Soportaría mejor mi estilo de vida si no tuviera conciencia de que (sólo mentalmente, claro) estoy por encima de esa vulgaridad. Saber que tengo, o tuve, en mí mismo elementos suficientes como para encaramarme a otra posibilidad, saber que soy superior, no demasiado, a mi agotada profesión, a mis pocas diversiones, a mi ritmo de diálogo: saber todo eso no ayuda por cierto a mi tranquilidad, más bien me hace sentir más frustrado, más inepto para sobreponerme a las circunstancias."

“Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.” 

"Ya sé ahora que mi soledad era un horrible fantasma, sé que la sola presencia de Avellaneda ha bastado para espantarla, pero sé también que no ha muerto, que estará juntando fuerzas en algún sótano inmundo, en algún arrabal de mi rutina. Por eso, sólo por eso, me apeo de mi suficiencia y me limito a decir: ojalá."

"Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era solo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más."

"Hay una especie de reflejo automático en eso de hablar de la muerte y mirar en seguida el reloj."

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0) - Fuente Original

martes, 8 de diciembre de 2020

El beso de "En un lugar solitario" y Evelina Cattermole

 

"Nací cuando ella me besó, morí el día que me abandonó, y viví el tiempo que me amó"

Esta frase de la película "En un lugar solitario" (In a lonely place - 1950 - Nicholas Ray) es sin duda una de las más hermosas de la historia del cine. Encierra en unas pocas palabras toda una historia de amor y desamor. La película era ya de por si una declaración de amor de Nicholas Ray a su reciente esposa Gloria Grahame, una sensacional actriz que posiblemente nunca lució tan hermosa como en esta joya del cine negro en la que también brilla intensamente Humphrey Bogart.

Pero ya sabemos que no hay nada nuevo bajo el sol. Hoy leía sobre la poetisa italiana Evelina Cattermole (foto de la izquierda), una coqueta mujer de mediados del siglo XIX que firmaba sus obras como "Contessa Lara" y que guardaba un escrupuloso secreto sobre su edad, máxime cuando hubo de empezar a necesitar la ayuda de la cosmética para mantener su lozanía. Esta bella poetisa, que acabó sus días asesinada por un amante desagradecido al que había ayudado en momentos de dificultad y que por su carácter posesivo e interesado terminó pegándole un tiro, logró que incluso en su parte de defunción figuraran cinco años menos de su edad real. Pero más allá de este truculento final, de lo que queríamos hablar es de la anécdota en la que uno de sus enamorados le preguntó por su gran secreto, por cuántos años tenía. Evelina, que por algo era poetisa, le susurró al oído: "Querido, nací el día en que me besaste por primera vez".

No sé si la anécdota y la frase eran conocidas por Andrew Solt, el guionista de "En un lugar solitario", pero si lo fueron no cabe duda de que supo redondearla hasta convertirla en lo que bien podría ser un  maravilloso microrrelato de tan solo 18 palabras.

Imágenes: Imagen 1: Cortesía de Doctor Macro - Imagen 2 - De Wikimedia Commons - (CC0)

El verdadero nombre del "Everest"

 

Hoy nos cuentan las noticias que el Monte Everest ha ganado 86 centímetros, tras alcanzarse un consenso sobre su altura entre los gobiernos de Nepal y China, países en cuya frontera común se ubica la montaña más alta del planeta. Desde ahora su altura será 8.848'86 metros. En lo que no creo que se llegue a un acuerdo es en el nombre definitivo de la montaña. Su nombre original, en tibetano es Qomolangma (Chomolungma) y viene a significar "Madre del Universo". Los chinos adaptaron el nombre a su propia lengua y le llamaron "Zhūmùlǎngmǎ Fēng" (pico Chomolungma) y residualmente "Shèngmǔ Fēng" (Pico Santa Madre). Con la acepción de monte Qomolangma ya venía reseñado en mapas chinos del año 1719 y sin embargo, cuando llegaron los ingleses, con ese espíritu tan occidental que hace que nada exista hasta que nosotros lo descubrimos, argumentaron que la montaña no tenía nombre local y decidieron bautizarlo como "Everest", (George Everest era el topógrafo general británico de la India). Su sucesor  en el cargo, Sir Andrew Waugh, escribía así a la Royal Geographical Society en 1857 recomendando el nombre de "Everest":

"Mi respetado jefe y predecesor, el coronel Sir Geo. Everest, me enseñó a asignarle a cada objeto geográfico su verdadera denominación local o nativa. Siempre me he adherido escrupulosamente a esta regla, como he hecho caso a todos los demás principios establecidos por ese eminente profesor. Pero aquí hay una montaña, muy probablemente la más alta del mundo, sin ningún nombre local que podamos descubrir, o cuya denominación nativa, si es que tiene alguna, no será determinada antes de que se nos permita penetrar en Nepal y acercarnos a esta estupenda masa nevada. Mientras tanto, el privilegio, así como el deber, me incumbe asignar a este elevado pináculo de nuestro globo, un nombre por el cual puede ser conocido entre los geógrafos y convertirse en una palabra familiar entre las naciones civilizadas. En virtud de este privilegio, en testimonio de mi afectuoso respeto por un jefe venerado, de conformidad con lo que creo que es el deseo de todos los miembros del departamento científico, sobre el cual tengo el honor de presidir y perpetuar la memoria de ese ilustre maestro de investigación geográfica precisa, he decidido nombrar este noble pico del Himalaya 'Mont Everest'."

Y las controversias aún siguen. En 1960 los nepalíes se dieron cuenta que no contaban con un nombre propio para la montaña por lo que decidieron crearle uno nuevo: "Sagarmatha" (La frente del cielo).

Esa es la historia del Chomolungma, la "Madre del Universo", un nombre sensacional para la cumbre de nuestro planeta, mucho más que el nombre de un respetado topógrafo.


Imágenes: De Wikimedia Commons - Imagen 1 (CC BY-SA 2.5) - Imagen 2 (CC BY-SA 2.0)

lunes, 7 de diciembre de 2020

El milagro de "La última cena" de Leonardo da Vinci

 


"Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles y les dijo «Yo tenía gran deseo de comer esta pascua con vosotros antes de padecer. Porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que sea la nueva y perfecta Pascua en el Reino de Dios, porque uno de vosotros me traicionará"

En "La última cena", Leonardo da Vinci intentaba mostrar las reacciones de los apóstoles a las palabras recogidas en el anterior fragmento de la Biblia (Juan 13:23). Todos hacen ademanes, incrédulos ante las palabras de Jesús que hablan de un traidor en el grupo. Curiosamente, Judas, que arquea su cuerpo hacía atrás, alejándose de la verdad, es el único que muestra un tono de piel más bronceado, como marcando en él la futura traición. Ya en su tratado de la pintura, Leonardo escribe palabras que perfectamente cuadran con esta obra: "Los movimientos de las personas son tan diferentes como los estados de ánimo que se suscitan en sus almas, y cada uno de ellos mueve en distintos grados a las personas" (...) "Lo feo junto a lo bello, lo grande junto a lo pequeño, el anciano junto al joven, lo fuerte junto a lo débil: hay que alternar y confrontar esos extremos tanto como sea posible." Una obra maestra más.

"La última cena" es una obra al "fresco" que se ubica en el Convento dominico de Santa María delle Grazie de Milán, y que se encuentra, a pesar de las restauraciones, en un estado ciertamente lamentable. No son sólo los 500 años de antigüedad de la obra (1495-98), ni el fallido basamento preparado por Leonardo para después pintar sobre el mismo, alejado de la técnica tradicional utilizada en la pintura al fresco y que muy pronto se mostro del todo inapropiada para la conservación de la obra; aparte de estos avatares del tiempo y de su concepción técnica, que no artística, la historia desde luego tampoco la ha tratado bien. 

Ya en las campañas napoleónicas, los soldados franceses practicaban ejercicios de puntería con la obra, utilizando la cara de Jesús como diana. Ya solo esta tropelía hace que nos resulte milagroso que aun en su estado calamitoso podamos atisbar algo del genio que Leonardo volcó en esta obra. 

Pero la cosa no queda aquí. En agosto de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, el ejército anglo-americano lanzó sobre posiciones alemanas en Italia, en las que se encontraba el citado convento, nada menos que 1.100 toneladas de bombas, algunas de las cuales impactaron en el convento, destrozando casi el 60% del mismo. No fue un error, el bombardeo de la zona se repitió durante dos días consecutivos y aunque los resultados supongo que no eran deseados, si que eran asumidos como probables. La guerra es la guerra. Abajo se vinieron el claustro y la mayoría de las paredes. El refectorio, donde se encuentra "La última cena", se vio afectado gravemente y de sus cuatro paredes, solo dos se mantuvieron en pie, una de ellas, milagrosamente aquella en la que se encontraba la obra. Gran parte del techo se vino abajo y según se cuenta si el techo se hubiese derrumbando un poco más cerca de la pared, el fresco de Leonardo se habría perdido para siempre. La obra había sido protegida de forma previa con una pared de sacos de arena, pero ante la lluvia de bombas y el destrozo causado, poco podrían haber ayudado si aquella pared se hubiera visto un poco más comprometida. Cuando los sacos fueron retirados, todos esperaban un desastre y sin embargo allí estaba el fresco del gran Leonardo, herido, pero a salvo. Los creyentes y sobre todo los frailes del convento, de inmediato convirtieron el suceso en un milagro, máxime habiendo sido el día del bombardeo, el 15 de agosto, el día de la Virgen.



Imágenes: De Wikipedia Commons - Dominio Público (CC0): Imagen 4 y sus recortes1 y 3 - Imagen Convento 

domingo, 6 de diciembre de 2020

"Falenas", la maravillosa mariposa blanca de Carlos Verger

 

El cuadro, titulado "Falenas" (1920) es un óleo del pintor español Carlos Verger Fioretti (1872-1929). Las "Falenas" son un tipo de mariposa nocturna, de cuerpo delgado y anchas pero débiles alas, que son fatalmente atraídas por el fuego o la luz. Aquí el pintor recurre al término, según la descripción que del cuadro realiza el Museo del Prado, al que pertenece la obra, para hacer referencia a las mujeres que se ofrecían como acompañantes en los ambientes elegantes. Ahí la tienen, una maravillosa mariposa blanca mirando descaradamente al espectador, mientras el hombre, ya maduro y metidito en kilos, la observa a ella, agradecido de que al menos esa noche revolotee a su alrededor. Un cuadro soberbio que debería ser más conocido. 


Imagen: De la pagina del Museo del Prado ©. Fuente Original. En su opción de descarga para "uso personal" habilita su utilización en "Publicaciones sin fines de lucro, sitios web personales, blogs y medios sociales"

sábado, 5 de diciembre de 2020

Marlon Brando, el Coronel Kurtz y el Horror

 

"He visto horrores... horrores que usted ha visto. Pero no tiene derecho a llamarme asesino, tiene derecho a matarme. Tiene derecho a hacerlo, pero no tiene ningún derecho a juzgarme." (Coronel Kurtz)

Marlon Brando, que ya se había sacado de la chistera la caracterización de Don Vito Corleone para regalársela a Coppola y a los aficionados al buen cine en "El padrino", volvió a lograrlo en Apocalypse Now con el Coronel Kurtz. Cuando Brando llegó al rodaje  de la película aquello era una verdadera pesadilla para Coppola y el actor iba a ser un nuevo problema más. Brando se presentó totalmente pasado de kilos para dar vida a un personaje que se supone estaba en los huesos, literalmente consumido por la jungla. Llegó sin haberse leído ni una página de "El corazón de las tinieblas", el libro de Joseph Conrad en el que se inspiraba la película, ni de haberse molestado en aprenderse, ni tan siquiera mínimamente , sus líneas de guion. Y sin embargo, a pesar de que todo pintaba muy negro, la recreación que Brando realizó del Coronel Kurt hizo que se ganara cada uno de los tres millones y medio de dólares que había firmado por las tres semanas y media que dedicó al rodaje (ni un minuto más). Coppola no sabía como lidiar con Brando. Intentó reconducir su personaje a un ser que comía desesperadamente para justificar su sobrepeso ante la cámara, pero Brando avergonzado por su aspecto se negaba. La solución vino de la mano del director de fotografía Vittorio Storaro que propuso hacer uso de una iluminación que disimulaba el aspecto del actor y que realzaba principalmente su cara. Brando, que sabía que toda la potencia del personaje se concentraría en su voz y su rostro, se presentó vestido de negro y con el cráneo totalmente rasurado para hacerlo aún más fuerte. El actor amenazaba continuamente con abandonar el rodaje y un Coppola desesperado, que llegó a perder tantos kilos como los que le sobraban a Brando, no logró que este se aprendiera los monólogos que le preparó. Cambiando de estrategia, demoró el momento de rodar sus escenas, mantuvo muchas conversaciones con el "divo", hablándole del personaje, de sus motivaciones, le recitaba el diálogo que le había preparado, le aconsejaba y orientaba sibilinamente, pero finalmente hubo de aceptar que Brando improvisaría gran parte de su actuación. Llegado el momento de rodar, un Brando en estado de gracia, juntó todos sus pensamientos e ideas, las conversaciones con Coppola, partes de lo que se supone que tenía que decir, lo mezcló todo en la batidora de su cabeza, añadió una buena dosis de talento y forjó su personal visión de Kurtz delante de la cámara, frente a los ojos de un Coppola que estaba admirado y asustado a partes iguales por la osadía del actor. Cuando terminó su parlamento dejó el plató diciéndole a Coppola: "No se me ocurren más frases, si no te gusta, puedes contratar a otro". El resultado es un monólogo en gran parte improvisado, inmenso, genial, potentísimo, que lograba de la breve actuación de Brando un monumento al talento actoral. 

El monólogo completo rezaba así:

"He visto horrores... horrores que usted ha visto. Pero no tiene derecho a llamarme asesino, tiene derecho a matarme. Tiene derecho a hacerlo, pero no tiene ningún derecho a juzgarme. No creo que existan palabras para describir todo lo que significa, a aquellos que no saben qué es, el horror. El horror. El horror tiene rostro. Tienes que hacerte amigo del horror. El horror y el dolor moral deben ser amigos, si no lo son se convierten en enemigos terribles, en auténticos enemigos. Recuerdo que cuando estaba en las fuerzas especiales... parece... que han pasado mil siglos... fuimos a un campamento a vacunar a unos niños. Dejamos el campamento después de vacunarlos a todos contra la polio. Un viejo vino corriendo, lloraba, sin decir nada. Regresamos al campamento. Ellos habían ido y habían cortado todos los brazos vacunados. Vimos allí un enorme montón de bracitos. Y recuerdo que yo... yo lloré también como... como una abuela. Quería arrancarme los dientes, no sé lo que quería hacer. Y me esfuerzo por recordarlo, no quiero olvidarlo nunca, no quiero olvidarlo. Entonces vi tan claro, como si me hubieran disparado, disparado con un diamante, con una bala de diamante en la frente, y pensé: Dios mío, eso es pura genialidad, ¡es genial! ¡Tener voluntad para hacer eso! Perfecto, genuino, completo, cristalino... ¡puro! Y entonces me di cuenta de que ellos eran más fuertes porque podían soportarlo: no eran monstruos, eran hombres, tropas entrenadas. Esos hombres que luchaban con el corazón, que tenían familia, hijos, que estaban llenos de amor, habían tenido la fuerza, el valor, para hacer eso. Si contara con diez divisiones de hombres así, nuestros problemas se resolverían en poco tiempo. Se necesitan hombres con principios que al mismo tiempo sean capaces de utilizar sus instintos, sus instintos primarios para matar. Sin sentimientos... sin pasión... sin prejuicios.... sin juzgarse a sí mismos. Porque juzgar es lo que nos derrota."


Coppola comentaba sobre su trato con Brando en la película: “En cierto modo estoy en un cuarto con el suelo lleno de vaselina. Todas las novedades se me tiran encima. Intento mantenerme ahí, pero tengo a Marlon y es un comodín muy difícil de jugar. Él es como una fuerza única, no le importa nada. Y yo quería un personaje de una naturaleza monumental que luchara con los extremos de su alma. Y luchara con ellos a tal nivel, que a ti te aterrorizara y a él lo destrozara”.

Imagen: Cortesía de la estupenda página Doctor Macro. Fuente Original

viernes, 4 de diciembre de 2020

El rocambolesco "apretón" de Charlot


 

Pocos actores han obtenido tanto cariño y fama como Charles Chaplin gracias a su personaje de "Charlot" y como ya os podréis imaginar, esa fama no siempre era oportuna y más de una vez le supuso graves trastornos. Cuenta David Niven que en cierta ocasión que se encontraba haciendo un crucero por el Mediterraneo en compañía del mentado Chaplin y de Douglas Fairbanks tuvieron una cena a base de mejillones que no le sentó nada bien a nuestro Charlot . La cosa fue cada vez a peor y cuando se encontraban de excursión por el pequeño pueblecito pesquero de Grasse (Francia) Chaplin estaba desesperado por encontrar un retrete donde aliviar su malestar. Parte del problema era que ninguno de ellos sabía francés y para colmo los lugareños reconocieron a los famosísimos actores, haciendo un corro alrededor de ellos mientras coreaban sus nombres. El momento no era evidentemente el más indicado para ponerse a firmar autógrafos ni para dedicar sonrisas o muecas charlotescas por mucho que a los admiradores no pararan de corear su nombre ¡Charlot!, ¡Charlot!, ¡Charlot!, ¡Charlot!

A falta de francés y como buen actor de cine mudo que era, Charlot empezó a intentar explicarse con gestos, llevándose la mano al estomago y haciendo como si tirara de la cadena…. Pero de nada sirvió, el improvisado público empezó a reír y a aplaudirle pensando que les estaba dedicando una pantomima a lo Charlot en atención a todos ellos. Entre los gritos de ¡bravo!, Chaplin, doblado como una alcayata, desesperaba y Fairbanks acudió a su rescate y chapurreando dijo algo así como "Le retrete pour Charlot".  Un quesero, entendió finalmente el "problema" y apiadándose de él, le ofreció el retrete que tenía detrás de su tienda. Según se cuenta, unos minutos después de que entrara Charlot, los admiradores no pudieron contenerse y se abalanzaron sobre la casetilla de débil madera que se derrumbó por completo ante el empuje de un gentío que quería ver y tocar a su estrella favorita, aunque fuera en un momento tan delicado. A Chaplin, absolutamente abrumado, supongo que se quedaría sin ganas de sonreír en aquel trance y solo le quedó una solución, la que tantas veces ponía en práctica en sus películas, agarrar fuerte sus pantalones y poner pies en polvorosa para huir de aquella marabunta. Parece que los vecinos del pueblo se pelearon por conseguir algún resto del retrete en el que estuvo Charlot "pensando" en sus cosas. El caso es que algunas de las bisagras de aquel rústico aliviadero se llegaron a vender por hasta 53 francos de entonces…. Como decía Don Quijote: "Cosas veredes Sancho, que non crederes". 

Imagen: Cortesía de la estupenda página "Doctor Macro" - Fuente Original

jueves, 3 de diciembre de 2020

Nerón, el Emperador cantante


"Pueden ser crueles los actos de un hombre, sin necesidad de que el hombre sea cruel pero aquel que no acate mis leyes morirá o será castigado. Que me odien con tal de que me teman; no me importa cuantos mueran por ello pero el emperador debe ser respetado como artista y soberano"

Son palabras de Nerón y es de reseñar esa idea suya de que el emperador no solo debía ser respetado como soberano sino también como artista. La imagen que todos tenemos en nuestra mente de Nerón es la de un emperador regordete, cruel, perverso y caprichoso, con un curioso parecido a Peter Ustinov y que con unas más que dudosas capacidades musicales era capaz de ponerse a tocar la lira cantando el "Ilou persis" (El saqueo de Troya) mientras desde una atalaya veía como a sus pies ardía Roma por los cuatro costados, eso es al menos lo que nos contaba Suetonio y Dion Casio en sus escritos, aunque otros como Tácito mantenían que durante el gran incendio de Roma, Nerón se encontraba fuera de la capital, en Antium,  y que esa incendiaria postal que todos evocamos del emperador pirómano no es sino una gran mentira histórica mil veces repetida.

Al parecer, lo que no era tan falso era el desmedido amor de Nerón por la música, tanto que hizo de ella el principal elemento de ocio y disfrute del Imperio, hasta hacer que el pueblo terminara por aborrecerla. Por supuesto en este panorama él tenía un papel protagonista, dado que según las crónicas no tenía una mala voz, cantaba aceptablemente y tocaba la lira y la citara de manera notable.  Tal era su habilidad, que una vez acomodados los laureles de emperador en su cabeza pretendía también el reconocimiento absoluto de unas cualidades canoras, que si bien eran aceptables no eran sobresalientes. No era extraño que Nerón  se presentara como participante en los juegos públicos donde esperaba ver reconocidas sus dotes u organizaba espectáculos en los que actuaba él mismo y en los que la asistencia era, digámoslo así, tan aconsejable como el entusiasta aplauso de sus intervenciones, si no se quería uno granjear la ira del emperador cantante. Su egolatría lo llevó también a participar en los Juegos Olímpicos de la antigüedad, llegando a llevarse más de una corona de laurel como campeón en unas pruebas en las que se hizo todo lo posible (y lo imposible) para que el ganador solo pudiera ser él.

Pero volviendo a la música, que es lo que cuenta hoy, no podemos dejar de reseñar la apasionada dedicación y el entusiasmo con el que Nerón se esforzaba para afinar sus cuerdas vocales; para ello solía tumbarse en el suelo para ejercitar su respiración pectoral, intentaba evitar la obesidad (sin mucho éxito según la imagen que se ha transmitido de él) para no tener dificultades respiratorias y a tal fin no dudaba en usar enemas y eméticos que aligerarán su figura y el efecto de los banquetes y por supuesto eliminaba de su dieta todo aquello que a su entender pudiera dañar sus cuerdas vocales como las manzanas  o los frutos ácidos. Todo un Pavarotti de la época imperial.

No es de extrañar que llegado el momento de su suicidio, el mismo final que impuso a personas tan sobresalientes como Petronio o Séneca, el emperador cantante, siempre aplaudido por obligación, exclamara: "¡Qué gran artista muere conmigo!"

En el libro "Quo Vadis", obra de Henrik Sienkiewicz en la que se basa la película del mismo nombre, Petronio, el arbitro de la elegancia y amigo de Nerón, le manda esta carta al Emperador Cantante en el momento de su suicidio, haciendo de sus cantos el objeto último de su decisión de quitarse la vida:

"Bien sé, divino César, que me esperas con impaciencia, y que tu leal corazón de amigo fiel padece con mi ausencia. No ignoro que está dispuesto a colmarme de honores, a nombrarme prefecto de la guardia pretoriana y a mandar a Tigelino que torne ser lo que a los dioses les plugo que fuera: mulero, en las fincas que heredaste después de envenenar a Dominicio; pero, divino, tengo que excusarme…

Por el Averno, y más particularmente por las sombras de tu madre, de tu esposa, de tu hermano y de Séneca, te juro que no puedo ir a verte. La vida es un tesoro y me vanaglorio de haber sacado de él los materiales con que he hecho, para disfrutarlas, las más preciadas joyas; pero también hay en la vida cosas que no tengo resignación para soportarlas más. No creas, te lo ruego, que me ha herido profundamente el que asesinaras a tu madre, a tu mujer y a tu hermano; que me he indignado porque incendiaras a Roma y enviarás al Erebo a todos los ciudadanos honrados de tu imperio; no, amadísimo nieto de Cronos: la muerte es el fin natural de todos los seres y no era dable esperar de ti otras proezas.

Pero tener que soportar por largos años tu canto que me destroza los oídos, ver tu barriga digna de Domicio, y tus flacas piernas dando grotescas volteretas en la pírrica danza; escuchar tu música, oírte declamar versos que no son tuyos, desdichado poetastro de suburbio, son cosas verdaderamente superiores a mis fuerzas y a mi paciencia, y han acabado por inspirarme el irresistible deseo de morir. Roma se tapa los oídos por no oírte, y el mundo se ríe de ti y te desprecia. En cuanto a mí, no puedo continuar avergonzándome de tu insignificancia, ni aunque pudiera lo querría. ¡No puedo más!

Los ladridos de Cerbero serán para mí menos molestos que tu canto, aunque a él se parezcan; porque, al fin y al cabo, nunca fui amigo de Cerbero, no tengo motivos para avergonzarme de su ladridos.

Salud, augusto, y no cantes; asesina, pero no hagas versos; envenena, pero no bailes; incendia, pero no toques la cítara! “Estos son los deseos y el último consejo del Arbiter Elegantiorum."

En el siguiente vídeo podremos recordar la convincente recreación que de Nerón hizo Peter Ustinov en "Quo Vadis", un papel por el que estuvo nominado al Oscar.



El busto de Nerón se expone en los Museos Capitolinos de Roma.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0) - Fuente Original

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Pablo de Sarasate: "El violín de Europa"

En España siempre hemos sido muy dados a olvidar nuestro pasado y a las grandes figuras que por el transitaron. Hoy, más allá de los aficionados a la música clásica pocos sabrán de la importancia del violinista pamplonica Pablo de Sarasate, sin duda el mejor de los violinistas españoles y para no pocos el segundo mejor del mundo después del incomparable Paganini. Su prestigio llegó a ser tal que fue conocido como "El violín de Europa". Ciertamente, hoy su figura queda algo diluida por pertenecer a una época en la que los registros fonográficos eran escasos y de poca calidad (falleció en 1908) y sin embargo, las crónicas de su portentosa maestría con el violín por compositores como Max Bruch, Édouard Lalo o Camille Saint-Saëns, que le dedicaron algunas de sus mejores composiciones, no dejan lugar a la duda. 

Fue tanta la fama alcanzada por el violinista, que hasta Arthur Conan Doyle haciéndose eco de los conciertos dados por el violinista en Londres, hizo que su sagaz Sherlock Holmes, aficionado al violín, detuviera  una de sus investigaciones en "La liga de los pelirrojos"  para que su personaje pudiera acudir presto a uno de aquellos insuperables conciertos. Sarasate fue un niño prodigio que desde muy pequeño dejaba boquiabierto a todo aquel que le escuchaba. Muy pronto fue capaz de abordar dificultades con el violín, que su padre, músico militar, daba por imposibles. Como muestra de su precoz talento se cuenta que con aproximadamente 10 años, encontrándose ya becado por la Condesa de Espoz y Mina para ampliar sus estudios en Madrid y siendo ya motivo de elogios en la Corte, el sagaz comerciante de una pastelería, estaba siempre atento al momento en el que el pequeño Sarasate pasaba por delante de su tienda con su violín camino de sus prácticas, instante en el que aprovechaba para invitarle a dulces a cambio de que tocara su violín en el interior de la tienda, lo que servía para atraer numerosa clientela. Sarasate debía pirrarse por los dulces y caramelos porque aquella parada se hizo habitual durante algún tiempo para disfrute del niño, del comerciante y de los clientes. 

A los doce años ya estaba becado por la reina Isabel II para estudiar en el Conservatorio de Paris y tan solo un año después ganó el Primer Premio de Violín de esa elitista institución. La prensa parisina diría aquel día del joven Sarasate: “Raramente hemos encontrado en un instrumentista igual exactitud y pureza de sonido; su manera de decir está a la altura de su ejecución: nos hemos limpiado repetidas veces los anteojos para convencernos de que era él solo quien tocaba… verdaderamente eran suyos aquellos staccatos, arrancados con una limpidez y pureza que ningún otro artista podría obtener”.

Su forma de tocar era única, tanto que Carl Flesh, en su obra "El arte del violín" (1923) decía de él: "Arrastra al público a la estupefacción, la admiración y el éxtasis en su mayor grado"…"Es el padre de la técnica violinística moderna". Pero no solo fue un gran violinista, resultó también un talentoso compositor que dejó un buen ramillete de obras propias, muchas de corte folclórico (zorcicos, jotas, aires andaluces, danzas...) y muy apreciadas en la actualidad por la frescura y genialidad de su concepción. Unas obras que  por su belleza y las oportunidades de lucimiento que ofrecen siguen muy presentes en el repertorio de los mejores violinistas actuales.

Sarasate sentía un amor infinito hacia sus violines. Aunque tenía 2 Stradivarius, uno de ellos regalo de la reina Isabel II, para los conciertos su favorito era un violín del lutier veneciano Guadagnini, cuyos instrumentos eran conocidos como "El stradivarius de los pobres". Tanto celo tenía por que no sufrieran daño alguno sus violines que con ocasión de un incendio en un Hotel de San Sebastián en el que se alojaba, cuando el también violinista Clemente Ibarguren, entró en su habitación alertándole del peligro, Sarasate, despavorido, solo acertó a levantarse de un salto y cogiendo del brazo a Ibarguren le dijo: "Coja usted mis violines y váyase como un rayo a la calle". Ibarguren que estaría a medio vestir, le dijo: "Ahora mismo, pero voy a ponerme los pantalones". Sarasate, presa de los nervios, fue expeditivo: "Salga usted a la calle con mis violines, aunque sea en cueros".

La consideración que deberíamos seguir teniendo por su persona es la misma que en su día le expresó un barbero, que sin conocerle personalmente y sin saber quien le reclamaba acudió a darle servicio en un hotel. Cuando empezaron a hablar del reciente concierto de violín que Sarasate había dado en aquella ciudad. El barbero dijo: "¡Pocos deseos que tenía yo de escuchar a un artista tan grande!". Sarasate, viendo que el barbero no le reconocía y hablaba con sinceridad, le contestó: "¿Pero tantas ganas tenía de oírle?"  - "¡Muchísimas! -apostillo el barbero- Ese hombre es una gloria nacional que en todo el mundo hace que se hable bien de nosotros y los hombres debemos ser agradecidos." Sarasate se incorporó, fue a buscar su violín y allí mismo le dijo al sorprendido barbero: "Pues amigo mío, ahora mismo va usted a oírle. Ahora puede decir a sus paisanos que ha oído a Sarasate, que ha tocado para usted solo y... de balde"

Sarasate falleció en 1908 a los 64 años. En su testamento legó uno de sus violines Stradivarius y 25 000 francos al Conservatorio de Madrid para la organización de un premio que llevara su nombre, un evento que con el tiempo terminaría convirtiéndose en el Premio Nacional de Violín.

Para terminar de perfilar su figura, veamos lo que de su persona decían en Europa algunas luminarias de la Música Clásica:

“El público se volvía loco en todas partes. Nunca he experimentado nada parecido. Si se me permite usar la expresión “volverse loco”, tengo que decir que me volví loco con Pablo.” (Max Bruch)

“Lo he escrito (Segundo concierto  para violín de Bruch) por requerimiento de Sarasate y expresamente para él. Las principales ideas de la obra nacieron del entusiasmo que ha hecho nacer en mí la indecible perfección con la que él ha realizado el primer concierto”. Y años más tarde escribiría: “Cuando pensé ayer vivamente en Sarasate y resurgía en mí el arte maravilloso de su manera de tocar, me sobrevino de repente un raptus, y me puse a escribir en una sola noche, casi la mitad de la Fantasía Escocesa”. (Max Bruch)

“Tu aparición en mi vida ha sido la más grande fortuna de este artista; sin ti yo hubiera continuado escribiendo mis insignificantes producciones… Gracias a ti ha nacido el concierto; yo dormía, tú al despertarme me lo has revelado. Con el Concierto comienza una nueva etapa en mi vida y durante ella iré hasta el fin de mi Roi d’Is pasando por la Sinfonía Española y el Concierto de violonchelo”. (Edouard Lalo)

"Quienes asistían entonces a mis soirées musicales de los lunes no han olvidado la brillantez de mi ilustre amigo; era tal su resplandor que durante varios años ningún otro violinista aceptó tocar en mi casa. Todos estaban asustados ante la idea de enfrentarse a la comparación. Y él no sólo brillaba allí por su talento, sino también por su espíritu y por la elocuencia inagotable de su conversación, siempre interesante y sabrosa”. (Camille Saint-Saëns)

“Fijaba su mirada más allá de las cabezas del público y daba la impresión de que estaba ausente, como si la música que tocaba no fuera con él”. (Joseph Szigeti)

“Tocando, sin caer en comparaciones ridículas y fuera de lugar entre artistas de fama mundial, puede decirse que ha sido una de las más grandes personalidades que ha tenido el violín. Todos los demás son fruto de una escuela, pero Sarasate tocaba como nadie lo había hecho hasta entonces ni lo hizo después. Tal vez era debido a que nunca estuvo mucho tiempo bajo la misma tutela. En París trabajó hasta los doce años con D’Alard y luego siguió a impulso de su propia personalidad. Una de sus cualidades era el sonido, de una pureza que no he vuelto a oír jamás. A esto se unía una poesía infinita y una gran placidez. En lo sereno, en lo lírico, fue insuperable; la gracia de su temperamento esa esencialmente viril y fuerte, aunque tamizada por la gentileza y la galanura francesas”.  (Enrique Fernández Arbós violinista concertino de la Filarmónica de Berlín y de la Sinfónica de Boston, profesor del Royal College of Music del Londres y director de las orquestas sinfónicas de Boston y Madrid)

"Sarasate enseño a la gente como se toca afinado”. (Eugéne Ysaÿe)

Entre las muchas piezas compuestas por Sarasate destaca el "Zapateado" de sus Danzas Españolas, en este caso interpretado por la estupenda violinista Midori Gotō:

Fuente de las citas: https://www.deviolines.com/pablo-de-sarasate/

Imágenes: De Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0) - Imagen 1 - Imagen 2 - Imagen 3 

martes, 1 de diciembre de 2020

El día que el ateo Bertrand Russell se convirtió en Papa


"El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas"

La frase es de Bertrand Russell, quien más allá de ser un gran filósofo y humanista era un reputado matemático. Él, mejor que nadie, sabía como se puede jugar con los números y hacer posible lo imposible con ellos. Por sus estudios de lógica mantenía ante sus alumnos que en los enunciados condicionales del tipo "Si A entonces B" (Si llueve la calle está mojada), si se parte de un enunciado falso podemos llegar a deducir cualquier cosa. Explicaba esto en una clase de filosofía, cuando uno de los alumnos se agarró a la afirmación del profesor y le dijo: 

- Imagine que usted piensa que 2 + 2 = 5. ¿Se puede deducir que usted es el Papa?

Russell a esas alturas tenía muchos kilómetros, ya de joven, tras ingresar en el Trinity College de Cambridge, sus profesores, impresionados por la brillantez del alumno le recomendaron para que se integrara en la sociedad de discusión intelectual "Los Apóstoles" en el que otros alumnos tan brillantes como él se reunían para discutir sobre lo divino y lo humano, fuera lo que fuera, sin tabúes ni cortapisas, dejando su mente volar y estimulando su capacidad de razonar y debatir intelectualmente. Eso de que 2+2 fuera igual a 5 no era obstáculo para una mente como la suya, algo más complejo era para el profesor asumir que un ateo convencido como él se convirtiera por obra y milagro de una suma incorrecta en el líder de la iglesia católica, pero aun así, de forma  relampagueante ofreció al alumno una genial respuesta para mantener su aseveración inicial:

Si. -le contestó Russell con determinación- Supongamos que 2 + 2 = 5; entonces seguramente estará usted de acuerdo conmigo en que si restamos 2 unidades en cada lado de la ecuación, nos da que 2 = 3. Por simple simetría e invirtiendo los términos de la ecuación, tenemos que 3 = 2 y restando nuevamente una unidad de cada lado de la ecuación, obtenemos que 2 = 1. Ahora, dado que el Papa y yo somos dos personas distintas, y dado que 2 = 1, el Papa y yo somos uno. Como resultado de ello, yo soy el Papa.

Estoy seguro que Russell podría haber explicado el misterio de la Santísima Trinidad, ese que postula que "Dios es Uno y Trino" (1=3) con idéntica facilidad.

"Las matemáticas poseen no sólo la verdad, sino la suprema belleza, una belleza fría y austera, como la de una escultura [...] Las matemáticas pueden ser definidas como aquel tema en el cual ni sabemos nunca lo que decimos ni si lo que decimos es verdadero" (Sir Bertrand Russell) 

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0) - Fuente Original