“¡Ah de la vida!”… ¿Nadie me
responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni a
dónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y
mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Este hermoso soneto de Francisco de Quevedo —que todo no iban a ser calambures y anécdotas jocosas— aparece en la recopilación póstuma «El Parnaso español» de 1648, tres años después de la muerte del escritor. Las circunstancias concretas que le animaron a esta reflexión sobre la vida se me escapan, pero a juzgar por los versos, bien podría decirse que ya le veía las orejas al lobo.

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