domingo, 25 de enero de 2026

El Círculo de Popilio y la diplomacia de hoy


 

Hacia el año 168 a.C. Roma ya dominaba casi toda la franja costera mediterránea del continente europeo y una parte del norte de África. Siempre ávida de nuevos territorios, en su horizonte político ya tenía como objetivo hacer que aquel mar que quedaba entre ambas tierras pudiera ser llamado Mare Nostrum —Mar nuestro-.

Puede que por ello todo lo que ocurría en sus orillas afectaba directamente a sus intereses. Roma se sentía fuerte después de haber vencido a los macedonios en la Batalla de Pidna, acabando con sus sueños de recobrar su pasado esplendor. Cuando el reino seléucida —Siria— intentó apoderarse de Egipto sintió que debía intervenir. Ya por entonces los romanos presumían de que un magistrado suyo, investido de los poderes que el Senado depositaba en su persona, era más respetado que cualquier ejército extranjero, tal era la fuerza que lo respaldaba.

Según relata Polibio, Roma mandó a la zona de conflicto al senador Cayo Popilio Lena a fin de que se entrevistase con el Rey Antíoco IV Epífanes para advertir a este de que no continuase con sus avances en el Egipto Ptolemaico

El encuentro entre Antíoco y la embajada romana tuvo lugar a las afueras de Alejandría. Fue allí donde Popilio le entregó el senadoconsulto que solicitaba al rey seléucida que dejara su política expansionista y abandonara Egipto.

Antíoco contestó que debía someter aquella "solicitud" a una profunda reflexión, pero Popilio no estaba dispuesto a dilación alguna en la resolución del problema y con su «Vitis» —el bastón que simbolizaba su poder senatorial— trazó un círculo alrededor de Antíoco y le dijo:

«No saldrás de este círculo antes de haberme dicho qué debo responder al Senado de Roma».

Antíoco quedó perplejo ante aquella inesperada reacción y sabedor de lo que suponía una respuesta equivocada a aquel gesto, cedió y abandonó Egipto sin más.

Por supuesto, cuando casi 100 años después, Cneo Pompeyo tomó Siria y posteriormente César Augusto Egipto, nadie pudo pararles, no había nadie lo suficientemente fuerte como para hacerles un círculo como el de Popilio.

Viendo este mundo nuestro de hoy en día, en el que abunda la diplomacia imperativa, podríamos recordar aquel latinajo que decía: «Nihil novum sub sole» (nada nuevo bajo el sol)

Imagen: Obra Charles Meynier (1808), Museo del Louvre - Wikimedia Commons Dom. Público CC0

sábado, 24 de enero de 2026

Treinta euros por «La joven de la perla»

 


El director de cine Peter Webber nos regaló en 2003 una película preciosa sobre "La joven de la perla", no solo la corporeizó convincentemente en la persona de Scarlett Johansson, sino que además fue capaz de darle un nombre —Griet— y una historia. El cuadro es de una belleza tal que todos queremos saber detalles de la muchacha retratada, pero en realidad nada sabemos.

Los estudiosos afirman que es tan solo un tipo de obra conocido como «tronie», o lo que es lo mismo un estudio de rostro, de expresión o actitud idealizado sin que necesariamente represente a una persona real identificable. Puede que eso aclare por qué, en realidad no sabemos nada de esa preciosa chica que nos mira directamente. Todo el cuadro está repleto de sombras. La imagen de la muchacha rebosa de luz, una luminosidad intensa que se ve realzada por la insondable negrura del fondo, pero ¿era ese fondo verde en sus inicios, como atestiguan los expertos? ¿Es realmente una perla lo que luce la chica? Eran tan caras por aquel entonces que una perla tan grande habría resultado prohibitiva. ¿Tenía pestañas? Poco le hacían falta en esa mirada llena de magia, pero aún hay dudas al respecto. Incluso su turbante se tiene como una prenda impropia de la Holanda de aquel tiempo. Y tanto misterio no hace sino aumentar nuestra fascinación por el retrato.

Y sin embargo, esa mirada respira tanta verdad que estoy seguro de que fuera quien fuese la que con el tiempo fue denominada como «La Gioconda del norte» hubo de existir de verdad. 

Cuando todavía no se cotizaban como ahora las pinturas de Johannes Vermeer, un amante de su obra, Arnoldus Andries des Tombe compró el retrato en una subasta en La Haya en 1881. El cuadro no se encontraba en buenas condiciones y al no ser valorado el autor solo le costó dos florines y treinta céntimos, lo que en aquel entonces podía valer un par de zapatos modestos y al cambio, serían hoy no más de treinta euros. Cuando Arnoldus falleció, consciente del potencial valor de aquella obra, la legó al Museo Mauritshuis de La Haya donde se expone en la actualidad. 

Hoy, el retrato de esta bellísima chica, que busca con su mirada la nuestra como si pudiera vernos más allá del cuadro, podría competir en fans con la mismísima Gioconda que también parece mirar más allá. Su valor, como el de esta última, es incalculable.

Puede que algún día esté frente a "La joven de la perla" y me mire solo a mí.



Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

jueves, 22 de enero de 2026

La venganza de Don Pedro Muñoz Seca

 

«Quítenle al teatro de Muñoz Seca el humor; desnúdenle de caricatura, arrebátenle su ingenio satírico y facilidad para la parodia, y seguirán ante un monumental autor de teatro». (Ramón María del Valle-Inclán)

El talento del portuense Pedro Muñoz Seca para la comedia no tenía límites. Su personal concepción del humor dio carta de nacimiento a la «astracanada», género que aludía a la búsqueda del humor a toda costa, poniendo a su servicio el lenguaje e incluso la verosimilitud de las situaciones. Su obra más recordada es «La venganza de Don Mendo», un fabuloso éxito tras su estreno en 1918 y que al día de hoy sigue cosechando aplausos, tantos que es la cuarta obra de teatro española más representada junto a «Don Juan Tenorio», «Fuenteovejuna» o «La vida es sueño».

Pero siempre hay quien pone peros. El crítico teatral José María de Mesa era especialmente duro con Muñoz Seca y buena prueba de ello es que a las aventuras de Don Mendo solo les auguraba siete representaciones. Puede que para dar cuenta de un lance que tuvo con este crítico venga a cuento recordar aquellas palabras de Don Mendo —inmortal en la voz de Fernando Fernán Gómez— que decían:

«Siempre fuisteis enigmático y epigramático y ático y gramático y simbólico, y aunque os escucho flemático sabed que a mí lo hiperbólico no me resulta simpático.»

Sin duda, la hipérbole, la exageración gratuita no es de recibo y sin embargo a veces son oportunas. Cuenta el escritor y columnista Alfonso Ussía —nieto de Pedro Muñoz Seca— que el citado crítico José María de Mesa fue posteriormente muy ácido con el estreno de "El Diluvio", la nueva obra del dramaturgo en la que, en su línea de humor disparatado y a la vez genial, metía a dos andaluces como polizones en el Arca de Noé

Cuando la prensa le pidió su opinión sobre la crítica recibida y si esta le había molestado, Muñoz Seca contestó risueñamente:

—Nada de nada. No me importa la opinión de los muebles.

Al que sí le ofendió esta reacción fue el crítico que, airado, le mandó una nota quejándose de haber sido tratado como mueble. No sabemos la estancia privada en la que Muñoz Seca leería aquellas palabras, pero sí la respuesta que le dio en un pequeño ripio muy de su estilo:

Esa carta tan chocante
Mesa, que enviado me has,
y que ahora tengo delante
pronto la tendré detrás.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

martes, 20 de enero de 2026

Walter Gropius: El hombre que pensó el lugar en que vivimos

 


Walter Gropius revolucionó la arquitectura moderna desde la dirección de la Bauhaus, promoviendo un funcionalismo del diseño en el que el uso tiene prioridad sobre los ornamentos. De hecho, esta concepción está muy presente en el enfoque de los edificios de viviendas que aún se construyen hoy en día. Aunque algunos de sus postulados han sido pervertidos, el paisaje urbano moderno sigue respirando de las ideas de este arquitecto.

Gropius era un hombre elegante, hasta cierto punto distante y con un porte casi aristocrático. Esa apariencia suya, unida a su forma de ser y actuar, hizo que en el entorno de la Bauhaus se le conociera como «El príncipe de plata» —Der Silberprinz—, una imagen que se asocia habitualmente con el pintor Paul Klee para quien el oro era demasiado ostentoso y casi vulgar mientras que la plata le resultaba perfecta para calificar a un hombre tan fino y de inteligencia tan aguda.

Gropius era elegante hasta en las relaciones que establecía con todos los participantes de aquel proyecto que era la Bauhaus. Aun siendo su director y fundador mantenía relaciones de igualdad con todos, sin distancias jerárquicas ni privilegios, una horizontalidad que estimulaba la cordialidad y el buen ambiente de trabajo, lo que no quita que cuando resultaba necesario mostrara un carácter firme y decidido en la defensa de sus postulados.

Es curioso que un gran arquitecto como él flaqueara en el dibujo y dependiera intensamente de colaboradores para el desarrollo de las ideas técnicas y proyectos que tenía en mente. Era como un director de orquesta que lo conoce todo de una sinfonía, de cada nota, de cada músico, pero apenas sabe tocar un instrumento.

Gropius, como tantos otros genios, tropezaba a veces en lo más trivial. Enamorado de Alma Mahler, esposa por aquel entonces del compositor Gustav Mahler, le escribió una carta en la que quedaba patente la profundidad de la relación que mantenían. Habría sido una carta galante más, simple correspondencia de enamorados, si no hubiese sido por el simple detalle de que Gropius —según la versión más difundida al respecto— escribiera como destinatario de la carta a Gustav Mahler, quien montó en cólera cuando supo de las infidelidades de su esposa e incluso tuvo que buscar ayuda en el diván de Sigmund Freud.

Pocos años después de la muerte de Mahler, Gropius se casó finalmente con Alma, aunque el matrimonio fue todo un desastre y se rompió pronto.

Para algunas personas resulta más fácil levantar un rascacielos de casi doscientos cincuenta metros de altura como el Pan-Am —hoy MetLife— de Nueva York, que construir unos pilares sólidos en una relación o que escribir una carta. Con una mujer tan singular como Alma Mahler aún era más difícil, Oskar Kokoschka estaba llamando a su puerta. Pero esa ya es otra historia...


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

lunes, 19 de enero de 2026

Isaac Newton y lo que la ciencia le debe a la peste

 

En estos años hemos ido recibiendo una cantidad considerable de obras que tuvieron como génesis el confinamiento que sufrimos en 2020 a causa del COVID-19. El aburrimiento y quedarnos a solas con nuestros propios pensamientos, sin ruido exterior, siempre han sido un gran motor para el conocimiento y la creatividad. En una situación parecida se encontró Newton en el invierno de 1665 debido a una terrible epidemia de peste que asoló Inglaterra.

Newton tenía por entonces tan solo 23 años y era un estudiante más del Trinity College de Cambridge. Como quiera que esta universidad fue cerrada por la epidemia y los muertos se contaban por miles, Newton decidió poner tierra de por medio y regresó a la casa familiar en Woolsthorpe, una aldea rural de Lincolnshire. No es que se tuviera claro cuál era el mecanismo que transmitía la peste, pero ya se sospechaba que el hacinamiento en las grandes urbes no era positivo.

En la paz y quietud del campo, Newton, con todo el tiempo para sus pensamientos, dejó su mente volar. Allí pasó dieciocho fructíferos meses —nunca mejor dicho—. Estudiaba interminables horas bajo los árboles frutales del jardín de la propiedad. Su mente no paraba y en el que es considerado su año milagroso —annus mirabilis— formuló el cálculo infinitesimal —a la vez que Leibniz—, sentó las bases de las leyes fundamentales de la mecánica, renovó la óptica de la época y como le quedaba algo de tiempo libre, ni corto ni perezoso, descubrió la ley de la gravitación universal.

No es solo tener tiempo o las capacidades para poder afrontar las ideas que pasan por la cabeza, también se debe estar abierto a cualquier inspiración que se muestre ante nuestros ojos. La simple caída de un fruto de un manzano de la variedad flor de Kent —sin necesidad de golpear su cabeza—, desató un torrente de ideas en la aguda mente de Newton. ¿Por qué caía en vertical y no de lado? Y llevando su imaginación de una simple manzana redonda a algo mucho más grande, ¿por qué no caía igualmente la Luna? Yo habría dicho: ¡cualquiera sabe! Pero evidentemente esa opción no estaba en la inquieta forma de ser y pensar de Newton. Su cerebro ya no pudo parar hasta encontrar una solución.

Posiblemente ha sido Newton el ser humano que mayor partido ha sacado a las consecuencias de una terrible epidemia de peste en la historia. A su modo de ver, se hizo bueno el refrán «no hay mal que por bien no venga»

Y así, un alumno discreto se convierte por obra y milagro de su capacidad y también del aburrimiento en una de las luminarias del pensamiento científico.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

domingo, 18 de enero de 2026

Adrien Brody, el rostro del dolor

 


Pocas películas han tocado los sentimientos de multitud de personas con la intensidad que lo hizo «El pianista» (2002). Su director, Roman Polanski, lograba con este trabajo volcar gran parte de los sentimientos acumulados tras las vivencias sufridas por su familia en Europa. Su madre murió asesinada en Auschwitz, su padre a duras penas sobrevivió al campo de concentración de Mauthausen y él mismo hubo de huir como pudo del gueto de Cracovia. Sabía muy bien de aquel horror y necesitaba contarlo. No era un relato biográfico, pero sí una memoria de sentimientos, tanto propios como colectivos.

Para dar vida al pianista Władysław Szpilman, eje de todo el relato, necesitaba a un actor poco conocido, que no impusiera su carisma al personaje. Buscaba alguien que representara la fragilidad y vulnerabilidad de quien nada puede hacer en un mundo cruel como aquel sino intentar sobrevivir.

Adrien Brody no era un rostro muy conocido por entonces y cuando supo que Polanski buscaba un actor para su película se presentó como uno más al casting. Brody, de ascendencia judía como Polanski —aunque con experiencias vitales muy diferentes—, no pretendió apabullar con su actuación, evitó el dramatismo, redujo la gestualización al mínimo y leyó sus líneas casi sin inflexión emocional. No parecía haber actuación visible, pero tan solo un arqueo de cejas en el enjuto rostro del actor parecía hablar de hambre, sufrimiento, privaciones y necesidad.

Su delgadez, su rostro anguloso y la fragilidad que transmitía eran precisamente el eje sobre el que Polanski quería construir su personaje. Brody se hizo con el papel y desde ahí empezó para él todo un calvario.

Consciente del compromiso que asumía con una historia como aquella, que estaba concebida como algo más que una simple película, decidió meterse en el papel del personaje de manera radical. La soledad y el hambre eran una parte esencial en las vicisitudes que sufrió Szpilman de modo que, para enfrentarse a ellas, Brody vendió su coche, se mudó a un pequeño apartamento de Nueva York en el que se aisló socialmente de forma deliberada. Su mantenida ausencia motivó la ruptura con su pareja de entonces agudizando su experiencia de pérdida y soledad. En aquellas condiciones se aplicó en perder peso, nada menos que trece kilos, algo que para alguien tan delgado como él resulta todo un reto. Meticuloso hasta el detalle, intentó aprender a tocar mínimamente el piano para abordar algunas escenas con solvencia.

Refiriéndose a aquellos días de interiorización del personaje dijo: «Quería saber qué se sentía al estar solo».

La actuación ya la conocen. Desde entonces, Adrien Brody es el actor más joven en ganar el Óscar al mejor actor principal —lo hizo con 29 años— y su papel es uno de los más memorables de la historia del cine. Pocos saben que sus esfuerzos para dotar de verdad al sufrido pianista le sumieron en una depresión que le duró más de un año.

Ayer, viendo «El brutalista» (2024 – Brady Corbert) volví a encontrar ecos de aquella vulnerabilidad que tan dolorosamente nos mostró en «El pianista». Es un soberbio actor que en su rostro lleva —de serie— la expresión del dolor y eso es algo que se nota en la pantalla.


Imagen: De Wikimedia Commons - de Bryan Berlin CC BY SA-4.0 retocado el fondo.

sábado, 17 de enero de 2026

«Pour le Mérite»: Una condecoración de altos vuelos

 


No deja de resultar curioso que la mayor condecoración militar alemana, desde 1740 hasta el final de la Primera Guerra Mundial, tuviera nombre francés.  La explicación es sencilla, esa era la lengua de prestigio en la corte prusiana cuando Federico II el Grande de Prusia creó esta preciosa medalla con una cruz central de ocho puntas esmaltada en azul, con águilas imperiales entre sus brazos y la inscripción con letras doradas en su centro: "Pour le Mérite" (Por el mérito)

Aunque tuvo una época en que se entregó también en el ámbito civil, pronto se restringió su concesión a militares en activo, haciéndose tremendamente famosa y codiciada durante la Primera Guerra Mundial, especialmente entre los caballeros del aire, esos pilotos de combate que en no pocas ocasiones querían llevar a las alturas el protocolo de un duelo a pie de tierra.  

El primero en conseguir esta preciada cruz fue el piloto Max Immelmann, momento desde el cual pasó a ser conocida por los demás pilotos como "Blue Max" o "Blauer Max" en un tono ya más germánico. 

En los primeros compases de la guerra se hablaba de facto de unos cinco aviones enemigos derribados para hacerse acreedor de la insignia, cifra que fue subiendo con el transcurso del conflicto y que llegó a fijarse en veinte. A pesar de que estas medallas solían quedarse mayormente entre generales y puestos de alto rango, no fueron pocos los pilotos que la consiguieron. Entre ellos figura por supuesto Manfred von Richthofen —el conocido Barón Rojo—, al que podemos ver en la foto luciendo la medalla —una obligación que tenían al vestir de uniforme—. Otros personajes famosos que lograron el Max Azul durante la Gran Guerra fueron el entonces teniente Erwin Rommel, posteriormente conocido como el Zorro del desierto y que sería uno de los más famosos Mariscales de Campo del Tercer Reich. También la consiguió Hermann Goering que antes de ponerse tan orondo como todos lo tenemos en mente fue un as de la aviación que llegó a liderar la escuadrilla a la que dio fama al Barón Rojo.

La condecoración desapareció tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, pero en 1923, bajo un nuevo formato, se reinstauró la versión civil de “Pour le Mérite” para distinguir la trayectoria de personalidades de la élite intelectual y artística. Algunas de las personas que la han conseguido a lo largo de los años son: Albert Einstein, Max Planck, Hannah Arendt, Thomas Mann, Hermann Hesse, Richard Strauss, Daniel Barenboim o Ingmar Bergman. Su número está muy restringido y solo puede entregarse una nueva cuando fallece alguien de los que tienen el honor de portarla.

Todos ellos volaron alto.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

miércoles, 14 de enero de 2026

Elvis Presley y la guitarra que no sabía tocar


 

La infancia de Elvis Presley no fue nada fácil y sin embargo el entorno que le tocó vivir puede que fuera parte esencial de su éxito posterior.

Su hermano gemelo nació muerto y este hecho marcó profundamente a su familia y posteriormente al propio Elvis. Era un chico muy tímido e introvertido, diametralmente opuesto a lo que representaría como estrella del rock. Su familia vivía de manera extremadamente humilde, circunstancia que se agravó cuando su padre fue encarcelado por un cheque fraudulento de tan solo cuatro dólares. Esa circunstancia les hizo perder su casa y no lograr acomodo fijo durante años.

Aunque no destacaba como estudiante, ni siquiera en música —no sabía leerla ni encajaba en las enseñanzas puramente académicas— a la edad de diez años su voz impresionó a una profesora durante los rezos escolares matutinos y esta le animó a participar en un concurso de canto. Lo hizo con la canción «Old shep», y si bien solo quedó quinto, ganó por ello un premio de cinco dólares. Esa conciencia de que era capaz de ganar dinero cantando le animó a no dejarlo. Como Elvis decía: «Yo era un niño normal, pero me gustaba la música. La música era lo único que me hacía sentir diferente».

Con once años, la situación de la familia seguía siendo muy difícil. Elvis esperaba para su cumpleaños una bicicleta o un rifle, en cambio recibió una guitarra barata —que no sabía tocar— con la que hubo de conformarse. De forma autodidacta aprendió los primeros acordes y aquella guitarra de saldo se convirtió en inseparable. Tenía pasión por la música góspel, gracias al cual aprendió a sentir la música en su interior —algo que no se enseña en las escuelas— y los barrios pobres en los que vivía lo ponían en contacto directo con las entrañas del blues, del jazz, del rhythm and blues y del country, influencias que el cantante fue asimilando a su manera. Ese era el caldo de cultivo en el que crecería la futura estrella. 

Primero empezó cantando piezas hillbilly ocasionalmente en el colegio —con las consabidas burlas de sus compañeros— pero no tardó en evolucionar radicalmente en todos los aspectos. En su forma de vestir y peinarse llegaron las patillas y el tupe y su música empezó a tomar una esencia propia hasta desembocar en un estilo totalmente nuevo, el chispeante rockabilly que le daría sus primeros éxitos. Sam Phillips dijo: «Si pudiera encontrar a un blanco que tuviera un sonido negro y un sentimiento negro, podría hacer mil millones de dólares». Lo encontró en Elvis Presley. Lo demás es historia del rock: Sun Records, el programa de Ed Sullivan, los movimientos de caderas y la fama.

Puede que con once años, Elvis hubiese sido mucho más feliz con una bicicleta, pero sin duda es también muy posible que la historia del rock hubiera sido otra muy distinta si no hubiera recibido aquella guitarra barata. Si la vida te da limones...

No es extraño que como en la imagen de «El rock de la cárcel» que abre esta entrada, tras tantas dificultades, se pusiera de puntillas y con un significativo golpe de cadera le dijera al mundo que lo había logrado.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

martes, 13 de enero de 2026

Alberto Cortez y el origen de «Cuando un amigo se va»


 

Alberto Cortez siempre se sintió más un poeta que un cantante, quizá por eso recurría a la poesía cuando se enfrentaba a un momento muy emotivo. Eso le ocurrió cuando en 1963, encontrándose lejos de Argentina y de su familia, supo de la muerte de su padre, al que él consideraba «su mejor amigo». La imposibilidad de acudir inmediatamente agudizó su pena.

Sumido en una profunda tristeza esbozó aquellas líneas que decían: «Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo». Las palabras surgían con facilidad buscando un alivio para el doloroso vacío que sentía, sin embargo, tardó en darle su forma final. Hasta 1969 no aparecería esta canción en un álbum: «Alberto Cortez. El compositor... el cantante». Aun encontrándose ya grabada, interpretarla en público suponía un inmenso reto para el cantautor, que consideraba el tema como demasiado íntimo y que con él exponía demasiado de sí mismo ante los demás.

La canción daba voz a emociones que todos hemos vivido y le era solicitada en cada uno de sus conciertos. Llegó un momento en que hubo de rendirse a la evidencia y dijo:

«Las canciones dejan de ser de uno cuando ayudan a los demás».

La cantó junto a Facundo Cabral en aquella gira de nombre "La Cortez no quita lo Cabral". Su amistad era tan profunda como su admiración mutua. Puede que por ello, cuando Facundo Cabral falleció, muchos tuvieron esta canción como himno para despedirlo. Ahora sí, más para un amigo que para un padre. La ausencia era la misma y de eso habla la canción.

«Cuando un amigo se va se queda un árbol caído que ya no vuelve a brotar porque el viento lo ha vencido»

Cuando Cortez falleció en 2019, la canción cerró el círculo y entonces también hablaba de él.


Imagen: De Wikimedia Commons - RarrifruAMS - CC BY SA-4.0 


Walt Disney y la vida íntima de Mickey y Minnie


 

Aunque la veracidad del episodio que contaremos nunca ha podido ser verificada, se atribuye a la periodista Glenys Roberts el relato —Daily Mail 1-12-2001— de una anécdota que perfila muy bien la forma de ser de Walt Disney.

Con ocasión del 35 cumpleaños del creador de Mickey Mouse, su equipo de infatigables dibujantes decidió hacerle un regalo totalmente inesperado. Con sus lápices bien afilados construyeron un corto animado muy especial que tenía como protagonistas a Mickey y Minnie. La trama se alejaba bastante de lo acostumbrado y mostraba cómo Minnie cedía a las exigencias amatorias de Mickey.

Aquella versión para adultos de la vida privada de la pareja de ratones más famosa de la pantalla habría resultado todo un escándalo de haber llegado al gran público. Puede que por eso, cuando Walt Disney vio la película, aplaudió sonriente, alabó la inteligencia de los dibujantes y con pretendida admiración preguntó quiénes eran los responsables de tan estupendo regalo.

A los ingenuos creadores no les faltó tiempo para levantar la mano esperando un gesto de complicidad. Tampoco anduvo falto de reflejos Walt Disney que tan pronto los identificó les dijo en tono seco y cortante:

—Están ustedes despedidos.

Hay cosas con las que no se juega, máxime cuando se quiere construir un imperio con ellas.


Imagen: de Wikimedia Commons CC0 - Dominio Público

jueves, 8 de enero de 2026

La cera, la escultura y la verdad: Una historia «sine cera»


 

Cuando observamos determinadas esculturas en mármol no podemos evitar el pensamiento de lo difícil que es lograr el resultado visible, casi milagroso, cuando todo depende de que tan solo uno entre los millares de golpes dados con el martillo y el cincel sobre la piedra provoquen un daño irreparable. Es algo que en esculturas como el «Apolo y Dafne» de Bernini —arriba— puede sentirse en cada una de las hojas de mármol que nacen de los dedos de la ninfa.

Con no poca dosis de fantasía se ha contado que para salvar posibles defectos los escultores antiguos recurrían a una pequeña trampa. Cuando la mala fortuna les hacía enfrentarse a un desperfecto en una obra de ejecución ya muy avanzada y les abocaba a desecharla o redefinirla —algo no siempre posible—, no era extraño que optaran por disimular el error con un poco de cera. Al hilo de esa leyenda nació el supuesto origen de la palabra «sincera», que derivaría de la expresión latina «Sine cera» con la que se hacía referencia a aquellas esculturas que no tenían fallos, que eran todo acierto y verdad, obras sin ceras, sin truco, sin mentiras ocultas.

Sin embargo, la historia, a pesar de su hermosura es totalmente incierta. La palabra sincero deriva del latín «sincerus» y si bien tiene el significado esperado: puro, limpio, no mezclado, íntegro... no existe correlación alguna con el mundo de la escultura en el sentido que se nos contaba.

Es cierto que escultores como Canova utilizaban ceras y aceites para dar un brillo especial a sus esculturas, pero nunca para ocultar supuestos errores de ejecución.

Y sin embargo, en la actualidad, la cera sí que ha terminado por tener su papel en el mundo de la escultura y en cierta manera, con una relación muy estrecha con la verdad.

La fama que resulta incontestable, la conquistada por los grandes personajes de la historia suele seguir trasladándose a la piedra en forma de escultura, un medio que parece desafiar al tiempo en la misma medida que el recuerdo de la persona que representan. Por contra, los personajes de fama efímera, aquellos que la actualidad encumbra por, quién sabe qué extraña circunstancia o habilidad y que irremediablemente serán pronto olvidados, son representados con todo lujo de detalles en cera. Para esas efímeras esculturas existen museos como el de Madame Tussauds, para deleite de los incondicionales del famoseo que buscarán hacerse una foto, aunque sea irreal, cerca de sus ídolos, no ya de barro, sino de simple cera. Así es nuestro mundo hoy en día.

La cera no engaña. Si la figura de una persona no termina en piedra es que su fama no es sincera, no es de verdad, es tan frágil como el material con el que fue moldeada. 


Imagen: De Wikimedia Commons - CC BY SA-4.0

miércoles, 7 de enero de 2026

La mala pata de Jean-Baptiste Lully

 


Jean-Baptiste Lully fue el compositor que puso música a la fastuosa corte de Luis XIV. Dotado de tantas habilidades cortesanas como musicales, se granjeó la amistad del monarca con sus composiciones y su habilidad para el baile en los grandes salones de Versalles

Fue el creador tanto de la ópera francesa como de la tragedia lírica y como tal puede calificarse su muerte. En la época del Rey Sol todavía se encontraba muy lejana la liviana batuta que hoy usan los directores de orquesta.  Lully gustaba acompañar la dirección de su orquesta —La Bande des Petits Violons— con una partitura enrollada, pero en determinadas ocasiones lo hacía de forma más vistosa y solemne con un pesado bastón de dirección de casi dos metros de longitud con el que se ayudaba para marcar el compás de la música.

En 1687, Lully dirigió un «Te Deum» compuesto por él para el Rey que se encontraba convaleciente de una delicada operación. Para aquella señalada ocasión, en la que 50 músicos eran acompañados por 100 voces, el compositor hizo uso de su largo bastón para transmitir más energía a la dirección. Al golpear vehementemente el suelo en uno de los pasajes más difíciles de la obra tuvo la mala fortuna de impactar con el bastón en uno de sus pies, hiriéndose un dedo.

Todo parecía un incidente sin importancia y la obra acabó entre aplausos, pero pronto la herida se infectó. Su médico, el señor Alliot, temió lo peor y no tardó en confirmar el diagnóstico de gangrena, por lo que hubo de aconsejarle al compositor la amputación de la parte afectada como último remedio para salvarle la vida.  

Lully era un extraordinario bailarín que encontraba en la danza una de sus habilidades cortesanas, tanto que llegó a bailar con el Rey en el «Ballet de la nuit». Temiendo perder brillo y posición en la corte al no poder bailar, se negó imprudentemente a la intervención médica. Como era de esperar la enfermedad siguió su curso y dos meses después del incidente la muerte visitó a Lully a la edad de 54 años.  

Fue esa la única decisión en la que quizás Lully desafinó ostensiblemente. Él que era tan estricto a la hora de marcar el compás adecuado a cada ocasión perdió aquí la vida por no perder el pie.


Imagen: Restaurada por IA sobre la base de Imagen CC0 de Wikimedia Commons

lunes, 5 de enero de 2026

Shirley Temple, Santa Claus y la "Claustrofobia"


 

No son pocos los niños que sienten miedo a la hora de sentarse sobre la rodilla de Santa Claus para pedirle al oído los regalos que desea para esas Navidades. De hecho, hay por ahí algún despistado que cree que ese temor infundado se denomina "Claustrofobia" —discúlpenme el mal chiste—.

No sé cuál será el motivo de la llantina que muestra la niña de la imagen, aunque a muchos de nosotros nos resultará una estampa muy familiar. Y es que conocer a un personaje mágico como Santa Claus impone mucho. Es normal que a los más pequeños se les desborden las emociones mientras sus padres buscan una foto que inmortalice su llantina. 

Pero siempre hay excepciones, y a veces los nervios corren de parte de quien se enfunda el disfraz de Santa Claus, como el caso que contaba la precoz actriz Shirley Temple

«Dejé de creer en Santa Claus cuando tenía seis años. Mi madre me llevó a verlo a unos grandes almacenes y me pidió un autógrafo».

En cualquier caso una pizca de magia siempre viene bien. A los adultos nos encanta ver su figura o la de los Reyes Magos regalando sonrisas a unos niños todavía llenos de candor. Aunque también es cierto que cada vez pierden antes la magia. Tanto que casi se hace verdad la frase de Lee Lauer:

 «Uno de los problemas que tenemos en este país es que muchos adultos creen en Santa Claus, y muchos niños no».

Imagen generada por IA.


domingo, 4 de enero de 2026

Los propósitos de enmienda de Johnny Cash


 

El comienzo de un nuevo año siempre viene acompañado de decisiones y objetivos a alcanzar, que siendo sinceros, se repiten cada año tras caer una y otra vez en la tentación de incumplirlos a los pocos días o semanas. Johnny Cash, el famoso hombre de negro del country, también hacía sus listas de intenciones, cosas sencillas en algunos casos y otras no tanto. Todos queremos mejorar cuando se abre un nuevo ciclo. Él lo hizo bajo el epígrafe «Cosas a hacer hoy»:

1. No fumar

2. Besar a June —June Carter, su esposa—

3. No besar a nadie más

4. Toser

5. Orinar

6. Comer

7. No comer demasiado

8. Preocuparse

9. Ir a ver a Mamá

10. Practicar el piano

                       NOTAS: No escribir notas


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

sábado, 3 de enero de 2026

Jean Seberg, un verso suelto en el cine

 


Jean Seberg hizo de su pelo su espada. Sus formas estaban muy alejadas de la exuberancia femenina en boga en el Hollywood de los años cincuenta. Era más bien bajita —apenas un metro sesenta— menuda y discreta en sus atributos. Sin embargo, su rostro era de una singular belleza y su sonrisa la dotaba de un irresistible atractivo que la hacía brillar con luz propia.

Puede que fueran precisamente esos rasgos los que llevaran a Otto Preminger a elegir a Jean Seberg entre las diecisiete mil aspirantes que se presentaron para ser la protagonista de «Saint Joan» (1957), la película en la que se abordaría de nuevo la figura de Juana de Arco. Aquella aparente debilidad de la actriz haría más milagrosa aún la fuerza interior y la determinación de la heroína francesa.

Siguiendo los ecos de la recreación del personaje por María Falconetti en la película que le dedicó Dreyer, Preminger exigió que Jean Seberg se cortara el pelo muy corto, mostrándose sin atributos femeninos, espartana, como una guerrera en una misión divina.

La película no fue un éxito precisamente, pero marcó una de las señas de identidad de la actriz, ese pelo corto que de forma inesperada realzaba singularmente la belleza de su rostro. La actriz volvió a utilizar ese look en "Bonjour Tristesse" (1958) de nuevo a las órdenes de Preminger. Al finalizar el rodaje, se sintió cómoda con ese estilo de peinado y tercamente lo mantuvo en contra de los dictados de la meca del cine. Los trabajos apenas llegaban cuando Godard la reclamó para el papel de Patricia Franchini en "A bout de souffle" (1960 - Al final de la escapada). Estaba a punto de convertirse en uno de los íconos de la Nouvelle Vague.

Jean-Luc Godard, inteligentemente, no impuso nada, solo recondujo ligeramente la verdad que ya emanaba de la forma de ser y de estar de Jean Seberg. Mantuvo su pelo corto —pixie lo llamarían después—, realzó su apariencia juvenil y casi andrógina e hizo que la cámara se recreara en su sonrisa y en la gestualidad espontánea y limpia de su bello rostro. Con los pantalones de pitillo estilo Capri, los zapatos bajos —tipo mocasín—, y aquella camiseta de rayas o la icónica del Herald Tribune, acababa de crear un nuevo tipo de mujer que a posteriori se etiquetaría como «gamine», algo que Seberg consiguió de forma involuntaria y sin artificio. Era su esencia.

Ese tipo de mujer, chispeante y traviesa, de belleza incontestable, sin joyas, que hacía de la ligereza de su porte, de la naturalidad de sus gestos y de la ausencia de una sexualidad demasiado manifiesta una verdadera actitud, abriría la senda a íconos como Winona Ryder o Natalie Portman, ese tipo de mujer en el que la inocencia aparente está cargada de belleza e intención.  Audrey Hepburn también estaba en esta corriente aunque de una forma algo diferente.

Su vida, marcada por una forma de pensar libre y propia hizo que fuera perseguida de forma inmisericorde —eso daría para otra entrada— y la muerte le llegó demasiado pronto. El mundo puede que todavía no estuviera preparado para una mujer como ella, por eso sigue brillando en el recuerdo.

En una de las escenas más famosas de "A bout de souffle", el personaje de Jean Seberg, la preciosa Patricia, entrevista a un escritor que le da una respuesta que podría definir la propia vida de la actriz:

—¿Cuál es su mayor ambición en la vida?

—Volverse inmortal... y después, morir.

Imagen: De Doctor Macro

viernes, 2 de enero de 2026

Albert Einstein, el músico que no sabía contar


 

Si Woody Allen prefería tocar el clarinete con sus amigos antes que ir a una Gala de los Óscar o Ingres solo encontraba sosiego en su violín tras largas horas de intenso trabajo con los pinceles, Albert Einstein no podía concebir la vida lejos de su violín. Su amor por la música no dejaba dudas cuando decía:

«Si no fuera físico, probablemente sería músico. A menudo pienso en música. Vivo mis sueños en música. Veo mi vida en términos musicales. No puedo decir si habría podido hacer alguna pieza creativa de importancia en la música, pero sí sé que lo que más alegría me da en la vida es mi violín». En otra ocasión dijo: «Una mesa, una silla, un plato de fruta y un violín. ¿Qué más se necesita para ser feliz?»

La madre de Einstein, Pauline, tocaba el piano y transmitió a su hijo un profundo amor por la música, de hecho, Einstein empezó a recibir clases de violín y piano a la temprana edad de seis años e incluso llegó a componer alguna pequeña pieza. 

No es que fuera Einstein un grandioso instrumentista, pero sí lo suficientemente diestro como para regocijarse de la música en compañía de otros maestros tocando piezas de cámara. Sus compositores favoritos fueron Bach y Mozart en quienes encontraba una especie de perfección que para él más que divina era matemática. En cualquier caso, la anécdota que paso a contar le ocurrió ensayando un cuarteto de Haydn. 

Se cuenta que a Einstein le resultaba imposible entrar a tiempo en uno de los movimientos de la pieza que se encontraban ensayando. O se adelantaba o se atrasaba sin remedio. El director del cuarteto desesperado ante los continuos errores del gran genio de la física le increpó: 

—Albert, tienes un grave problema: ¡No sabes contar! 

Y seguro que Don Alberto, al que en aquellos menesteres de poco le servían los galardones recibidos a su inteligencia, agachó la cabeza y lo admitió.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

Nochevieja y la protesta que dio origen a las doce uvas

 

En esta noche de 31 de diciembre en la que los españolitos, enormes o bajitos, haremos por una vez algo a la vez, aunque solo sea acompañando cada campanada del reloj con una uva, pocos imaginarán que están participando en una tradición que nace casi a modo de protesta.

Se ha dicho que a finales del siglo XIX, algunos madrileños acomodados gustaban de hacer gala de su esnobismo durante el fin de año, copiando una moda francesa en la que durante el «réveillon» —comida de fin de año— se acompañaba el champán con bocados exquisitos como las uvas.

Por otro lado, se cuenta que en Madrid, la víspera de Reyes —5 de enero— era una noche de mucho alboroto callejero, ruido y excesos. Para intentar controlar esos desmanes, José Abascal, alcalde de Madrid en 1882, publicó ese año un bando con el que se imponía una multa de 5 pesetas —un duro era una cantidad respetable— a las personas que alteraran la pacífica convivencia en esa fecha.

Según una explicación muy generalizada, el pueblo recibió de muy mala gana aquella prohibición, lo que motivó que algunos madrileños, como forma de eludir la multa, trasladaran su celebración a la noche del 31 de diciembre y se reunieron en la Puerta del Sol. Como gesto de desaprobación y protesta, decidieron imitar los usos de aquella clase adinerada que coartaba su alegría y acompañaron su reunión con uvas y champán en la Puerta del Sol. La cosa cuajó y fue repitiéndose cada año con cada vez más personas en presentes.

Lo que empezaba a convertirse en tradición, creció considerablemente en 1909, cuando se hizo una campaña comercial para vender un excedente de uvas. Pero el impulso definitivo llegó en 1962 con la retransmisión de las campanadas por televisión. Aquella tradición madrileña de «las doce uvas de la felicidad» había llegado al salón de todos los hogares de España para quedarse y ahora es seguida incluso en algunos países de Hispanoamérica.

Como cantaba Mecano en «Un año más» —casi un himno para esta fiesta— todos juntos volveremos como cada año ante el reloj de antaño para la cuenta atrás. Haremos el inevitable balance de lo bueno y lo malo que nos ha ocurrido. Daremos la bienvenida a los nuevos en la familia, echaremos de menos a los que se fueron y los que seguimos vivos haremos el serio propósito de reír un poco más.

La felicidad es siempre el mejor regalo, por eso, desde «Anécdotas de Cine, Música y Arte» os deseamos ¡Feliz Año Nuevo!


Imagen: 
"Hip, Hip, Hurrah!" (1887) de Peder Severin Krøyer - Wikimedia Commons - CC BY SA-3.0


martes, 30 de diciembre de 2025

Shelley Winters y sus dos comodines dorados




La gran Shelley Winters (1920-2006) siempre fue una actriz dotada de una capacidad camaleónica para adaptarse a los más variopintos papeles y darles credibilidad. Igual daba que fueran amas de casa —un rol que bordaba— o le tocara interpretar a una borracha o una mujer procaz y desinhibida, a todos ellos lograba acercarse de una forma admirable. Las chicas bonitas lucen bien en pantalla, pero para que las películas se sostengan se necesitan actrices de verdad que carguen con el peso dramático y la Winters era ideal para que los títulos en los que intervenía tomaran cuerpo. Aun así, algunos dudaban.

Según contaba la propia actriz, cuando ya tenía unos añitos, se presentó a una audición para un papel en la que debía tratar con un director joven e inexperto que sabía poco de las grandes leyendas del cine de unos años atrás. Bien acomodado en su sillón, se dirigió a la actriz y le preguntó:

—Bueno, señora Winters, recuérdeme qué es lo que ha hecho hasta hoy.

La actriz, que ya estaba un poco de vuelta de tener que tratar con las nuevas generaciones de aspirantes a director, era consciente de que tenía un buen par de razones para conseguir el papel —no son las que aparecen en la foto—, de modo que preparada como iba para impertinencias de este tipo, echó mano a su bolso y sacó de él un reluciente Óscar que puso en la mesa diciendo: 

Este es por «El diario de Ana Frank».

Para después volver a meter la mano en el bolso y sacar un segundo Óscar, que tras poner junto al primero, le sirvió para completar la presentación de sus referencias diciéndole: 

—Y este, por «Un retazo de azul». Ahora, ¿por qué no me dice qué es lo que ha hecho usted hasta hoy?

Por supuesto, Shelley Winters pasó la prueba. La incombustible actriz estuvo trabajando intensamente durante sesenta años, acumuló nominaciones y premios Óscar a lo largo de varias décadas. y se mantuvo ante las cámaras de cine hasta la avanzada edad de 83 años, dos antes de su muerte. Hay estrellas, que cuando lucen poderosamente  se resisten a apagarse.



ImágenesLas fotografías de Shelley Winters  has sido tomadas de la maravillosa página de fondos gráficos de cine clásico Doctor Macro de la que se ha obtenido permiso expreso para hacer uso de sus fondos en este blog. Link:

lunes, 29 de diciembre de 2025

El error de Galileo no fue el Sol



Pocas personas en la historia son equiparables en talento a Galileo Galilei y sin embargo, como todos, era capaz también de cometer errores tan graves como incomprensibles.

El Papa Urbano VIII, principal impulsor de su procesamiento por el Santo Oficio, fue inicialmente amigo y protector de Galileo, tanto como para permitirle escribir sobre el sistema copernicano con la condición de presentarlo como una hipótesis no demostrada. El libro, que tomó por título "Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo" (1632), se desarrolla a través del diálogo entre tres personajes, Salviati que defiende el sistema copernicano, Sagredo que toma una postura neutral y Simplicio, el más torpe de los tres, que defiende férreamente el sistema propuesto por Ptolomeo y Aristóteles.

A Galileo no se le ocurrió mejor idea que poner las propias palabras y argumentos del Papa en el más "simple" de los personajes —Simplicio—, hasta hacer parecer el texto como una sátira del propio Pontífice. Cuando el Papa se dio cuenta de la burla que se hacía de su persona no pudo contener su enfado y ordenó al Santo Oficio iniciar el proceso contra Galileo. Puede que su defensa del heliocentrismo no fuera el verdadero problema de Galileo. En realidad, se había pasado de frenada en su caricaturización del Papa y lo pagó caro.

Ya saben que tuvo que retractarse para conservar la vida, sin poder rechistar, ni tan siquiera el legendario "eppur si muove" del que ninguna constancia existe. Tras el famoso proceso fue recluido durante poco más de ocho años, hasta que le llegó la muerte a la edad de 77 años.

Puede que una anécdota que circula sobre su persona, sin duda apócrifa, ocurriera en aquella época. Alguien le preguntó:

—¿Cuántos años tiene su señoría?

—Ocho o nueve —repuso Galileo, en evidente contradicción con su larga barba blanca; y luego explicó:

—Tengo, en efecto, los años que me quedan; los vividos no los tengo, como no se tienen las monedas que me he gastado.

No eran pocos años para un talento como el suyo. En su cautiverio siguió escribiendo de forma clandestina. Incluso cuando empezó a quedarse ciego, él que todo lo había visto escrutando el cielo con su telescopio, tuvo fuerzas para dictar desde la noche de su mente un libro capital en la ciencia moderna: "Discursos y demostraciones matemáticas".

Era Galileo uno de esos hombres capaz de encontrar la luz incluso rodeado de oscuridad, tal y como lo podemos ver en la imagen, en la magnífica escultura que le dedicó Gaetano Monti, mirando, como no, a las estrellas. La verdad siempre se muestra con la cabeza bien alta.

Imagen: De Wikimedia Commons - CC-BY SA 3.0 - Adaptada

domingo, 28 de diciembre de 2025

Brigitte Bardot: Adiós a “La Venus del cine francés”



Antes de que las últimas películas de Star Wars nos presentaran al robotito BB-8, esas dos letras seguidas "BB", resultaban tan inconfundibles como las "MM" de Marilyn Monroe. Eran el sello de identidad de Brigitte Bardot, una actriz que con solo 22 años dinamitó el mundo del cine en 1956 con "Y Dios creó a la mujer". En esa película, rodada a las órdenes de Roger Vadim, su primer marido, nos dejó un icónico baile que quedó para el recuerdo y la convirtió de la noche a la mañana en todo un mito sexual. Y sin embargo no se aferró a la fama. En 1973, con tan solo 39 años, se retiró del cine dedicando desde entonces todas sus energías a la defensa de los animales.

Con sus primeras películas desató un torbellino de encendidos elogios a su belleza pero también de afiladas críticas por su desparpajo y una sensualidad demasiado explícita para la época. Evidentemente muchas de las críticas provenían de mujeres que se suponían mucho más decentes que ella, como aquella dama de la alta sociedad parisina que en cierta ocasión y con la debida afectación y desdén le hizo saber a la estupenda Lady Brigitte su desencanto con sus películas, las cuales a su parecer eran demasiado sucias y licenciosas. La Bardot, que debía de tener más salidas que una plaza de toros, le respondió rápidamente:

—Señora, es posible que mis películas sean atrevidas, pero desde luego nunca son sucias, ya que en muchas de ellas me baño desnuda hasta tres veces.

Sirva esta ligera anécdota como recuerdo y señal de duelo el día de su fallecimiento. D.E.P.

Imagen: La fotografía es cortesía de la estupenda página Doctor Macro. Se enlaza la fuente original:
https://www.doctormacro.com/Images/Bardot,%20Brigitte/Annex/Annex%20-%20Bardot,%20Brigitte_15.jpg

sábado, 27 de diciembre de 2025

Nietzsche: Toda profundidad ama la máscara

 

En «Así habló Zaratustra» se recoge una de las ideas más recordadas de Nietzsche: el "Übermensch" —superhombre—, un ideal hacia el que debe caminar el ser humano en busca de superarse a sí mismo en su forma de pensar y actuar.

Sin duda Nietzsche mostraba comportamientos y actitudes sumamente críticas con la sociedad de su época que lo situaban en esa senda, pero curiosamente, en cuanto a sus manías y su salud física, era lo más alejado que imaginar se pueda a un hombre superior.

Si algo hay que define a Nietzsche es su enorme bigote, un mostacho que él sentía como un escudo y que el propio filósofo describía —según apunta el historiador Antonio Roldán Marco— como “la última defensa contra el mundo”. Una especie de máscara frente a los demás que le daba cierta seguridad. Procuraba alejarse del bullicio y era extremadamente sensible a los ruidos. De hecho no soportaba el ladrido de los perros, los gritos, ni siquiera el tic-tac de los relojes.

No debía ser fácil vivir con él. Prefería la soledad y cambiaba a menudo de domicilio buscando la paz que necesitaba. Vestía con extrema sobriedad y era meticuloso en todo lo relacionado con el orden, la limpieza y la puntualidad.

Fue un hombre de salud frágil. Sólo tenía 35 años cuando se vio obligado a dejar su cátedra de filosofía en la Universidad de Basilea a causa de las fuertes migrañas que padecía, unidas a molestias estomacales y crisis nerviosas que le acompañaron de por vida. Desde entonces, sin apenas ingresos, se dedicó a pensar, algo que gustaba hacer dando largos paseos, ya fuera entre las montañas o cerca del mar.

Sus problemas estomacales le mantuvieron siempre sujeto a una dieta estricta y tenía fijación por encontrar cualquier remedio natural que pudiera ayudarle. No le iba mejor con la vista, y aunque las evitaba normalmente en las fotografías, su deficiente visión le obligaba a llevar gruesas gafas para escribir o leer. Como él decía: «Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo».

Capítulo aparte merece el colapso nervioso ocurrido en 1889, justo después de apiadarse de un caballo al que se abrazó llorando desconsoladamente por el maltrato que sufría. Las causas de aquel derrumbamiento no están del todo claras, siendo muy variadas las hipótesis al respecto, pero la consecuencia del mismo fue que desde entonces pasó 11 años sin escribir prácticamente nada. Su mente no pudo más.

Eso sí, bastaron las obras que nos dejó previamente para convertirlo en uno de los filósofos más influyentes y atrayentes de toda la historia. Su cuerpo sería débil, pero con sus ideas podía ser feroz y despiadado. Ellas solas bastaron para poner en jaque todo el pensamiento de su época. Para Nietzsche no había certezas intocables ni escribía para tranquilizar a nadie. Todo lo contrario. Buscaba una reacción que condujera a una nueva verdad más sólida que la anterior.   En ese sentido sí fue todo un superhombre, un titán de las ideas capaz de arrojar una luz imperecedera sobre la filosofía que vendría tras él.

Nota: La frase que da título a este texto procede del libro «Más allá del bien y del mal».

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

viernes, 26 de diciembre de 2025

Georg Friedrich Händel salvado por un botón

 

Händel tenía solo diecinueve años cuando pudo haber visto frustrada para siempre su gloriosa carrera como compositor. Hacía 1704, el compositor, que en poco tiempo estrenaría su ópera «Almira» con gran éxito, era todavía solo un solvente clavecinista en el teatro de la Ópera del Gänsemarkt de Hamburgo. En este entorno conoció al compositor Johann Mattheson —hoy prácticamente olvidado— con el que participó en el ensayo de su obra «Cleopatra».

A raíz de un desacuerdo con Händel sobre quién debía dirigir la obra desde el clave, se retaron a un duelo siguiendo los códigos de honor de la época. Según contaron posteriormente Mattheson y John Mainwaring —el primer biógrafo de Händel— esa misma noche se produjo el lance en el que ambos se enfrentaron empuñando espadas de estoque. La suerte quiso que cuando Mattheson pudo herir gravemente a Händel, su arma se encontró en su camino con un botón grande y metálico de la casaca de este último, deteniendo una estocada que era potencialmente mortal.

Aquel hecho providencial les hizo reflexionar y dieron el duelo por concluido. Incluso parece que pasaron rápidamente de las armas a restablecer su amistad, participando Mattheson en los ensayos de la Ópera Almira de Händel. No tardaría en marchar a Italia para continuar con su formación y su carrera como compositor.

La historia es una prueba más de que el destino de las personas, incluso el de aquellas llamadas a realizar grandes cosas, como Händel en su papel de compositor capital del Barroco —junto a Johann Sebastián Bach—, puede verse comprometido o salvado por algo realmente inverosímil y pequeño. Para muestra un botón. Sin duda este de Händel podría ser uno de los objetos más providenciales de la música occidental.


Imagen: Händel retratado por Thomas Hudson - De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

jueves, 25 de diciembre de 2025

Marilyn Monroe y la Ley de la Gravedad



Durante el rodaje de «La tentación vive arriba» (The Seven Year Itch - 1955), la primera película en la que Billy Wilder dirigió a Marilyn Monroe, esta había de aparecer en una escena con un sugerente y entallado camisón. Cuando el director notó la turgencia de los pechos de la Monroe —ligeramente caídos hacia arriba—, tuvo dudas al respecto y según recordaría años después el propio Wilder:

“Pensé que llevaba algo debajo del camisón. Le dije que nadie usaba sujetador con una prenda así. Ella tomó mi mano y la puso sobre su pecho para demostrarme que no llevaba nada. Aquello desafiaba todas las leyes conocidas”.

A los ojos del director, aquellos senos resultaron un milagro de forma, firmeza y una constatada prueba de resistencia a los efectos de la fuerza de la gravedad. 

Las cosas de Marilyn... Arriba podemos ver la rubia excepción de las Leyes de Newton, en un descanso de la película vistiendo el sugerente camisón. La tentación a veces viste ropa de noche.

Imagen: La fotografía está tomada de la maravillosa página de fondos gráficos de cine clásico Doctor Macro de la que se ha obtenido permiso expreso para hacer uso de sus fondos en este blog. 
Enlace a la fuente: https://www.doctormacro.com/Images/Monroe

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Descartes: "Duermo, luego existo"



René Descartes, puede que condicionado por su frágil salud, era un declarado defensor de las bondades de la cama. Le gustaba pensar de forma horizontal y en la intimidad, si alguna duda le asaltaba, era la sobre hora a la que debía levantarse. Le encantaba dormir y nunca descartaba quedarse entre las sábanas un ratito más.

Mantenía que su dieta de sueño, tan inhabitual en su época, era una condición de salud intelectual y que la cama más que un lugar asociado a la pereza estaba en su caso hermanado con la claridad de pensamiento. Y por supuesto tenía sus argumentos. Para Descartes, el reposo mañanero, cuando las cuitas y problemas del día a día no habían asaltado aún su intelecto, era el mejor momento para un pensamiento riguroso y fructífero. A su juicio, nada resultaba comparable a estar acostado calentito, meditando en ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño en el que, según el filósofo, su mente trabajaba mucho más concentrada.

En la cama pensaba, escribía e incluso recibía a quienes acudían a visitarlo a horas que para él resultaban intempestivas, por mucho que el resto del mundo llevara horas levantado. Ya lo decía, Adrien Baillet, su primer biógrafo, quien en la obra "La vie de monsieur Descartes" afirmaba que el filósofo «trabajaba mejor por la mañana, pensando todavía en la cama, y que ese hábito le había acompañado durante casi toda su vida».

Y si le iba bien, quiénes somos nosotros para criticar su «método». La ironía vino cuando acudió a la corte de la reina Cristina de Suecia para ser su profesor de filosofía. No contaba Descartes cuando encaminó sus pasos hacia Estocolmo, que la inquieta reina, le exigiría tomar sus clases a las cinco de la mañana en pleno invierno. No aguantó mucho aquel ritmo. En poco más de un mes, Descartes murió a causa de una neumonía muy probablemente agravada por aquellos madrugones, el frío extremo y el cambio radical en sus hábitos de vida.

No es descabellado pensar que con el ritmo de vida que llevaba en Ámsterdam, lejos del helado invierno sueco y a salvo de madrugones incivilizados, podría haber vivido más años.  Estoy seguro de que de haber sabido su final hubiera sentenciado: «Dormio, ergo sum» o lo que es lo mismo, «Duermo, luego existo».


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

martes, 23 de diciembre de 2025

Sophía Loren y el Óscar que habló italiano



Sophía Loren logró un hito histórico cuando en 1961 obtuvo el Premio Óscar a la mejor actriz principal por su desgarradora interpretación en «Dos mujeres» (Vittorio de Sica - 1960). Era la primera vez que esto ocurría con una película de habla no inglesa. La propia Loren contaba en sus memorias «Sophía: Vivir y amar» cómo se sentía ante la posibilidad de hacerse con la estatuilla dorada por su papel en «la ciociara», sus temores y el motivo por el que no acudió a la entrega de los premios y se quedó en su casa:

«Sentí que ser candidata ya era por sí solo un honor, y bastante raro para una actriz que hablaba italiano en una película italiana. Pero después, al pensarlo, cambié de opinión. La competencia era formidable: Audrey Hepburn en "Desayuno con diamantes", Piper Laurie en "El buscavidas", Geraldine Page en "Verano y humo", Natalie Wood en "Esplendor en la hierba". Aparte de la formidable oposición, el simple hecho era que en su larga historia nunca se había dado el premio mayor de la Academia a un actor o una actriz en una película hablada en otro idioma. Había sido obtenido por Anna Magnani, pero por "La rosa tatuada" (1955), una producción americana hablada en inglés. Así que decidí que no podría afrontar el trauma de sentarme frente a millones de espectadores mientras mi destino era decidido. Si perdía, podía desmayarme de desilusión; si ganaba, me desmayaría de alegría. En lugar de repartir mi desmayo por todo el mundo, decidí que sería mejor desmayarme en casa. A las seis de la mañana (hora italiana) supe que la ceremonia había terminado y que yo no había ganado. Me fui a la cama. A las siete menos cuarto sonó el teléfono. Era Cary Grant.

—Querida, ¿ya lo sabes?

—¿Saber qué?

—¡Has ganado! ¡Has ganado el Óscar a la mejor actriz! Estoy tan contento de ser el primero en decírtelo…

No me desmayé, pero quedé como atontada. Era sin discusión la mayor emoción de mi vida»

Posteriormente Sophía Loren sería nominada de nuevo al mismo premio en 1964 por la película «Matrimonio a la Italiana», pero ese año ganó Julie Andrews por «Mary Poppins». En 1991 ganaría un Oscar honorífico a toda su carrera

Una hazaña como la de la Loren en «Dos mujeres» solo ha sido igualada después de muchos años, en lo que a la categoría de mejor intérprete principal se refiere, por la francesa Marion Cotillard gracias a su papel en «La vida en rosa» (Oliver Dahan, 2007) y en el plano masculino por Roberto Benigni en «La vida es bella» (1998).

Actuar en una película de habla no inglesa supone un claro inconveniente para ganar el premio Óscar a la mejor actuación principal, pero cuando se logra, es como si ese premio brillara un poco más que el resto de estatuillas. La evidencia señala que, para alcanzar este honor, la actuación ha de ser tan soberbia y memorable como para olvidar el idioma con el que se nos llega al alma.

Imagen: Tomada de Doctor Macro