viernes, 28 de noviembre de 2025

La curiosa muerte de Henry Purcell


No han sido muy prolíficos los británicos en lo que a grandes compositores se refiere, y para cuando pueden presumir de uno con ocho apellidos ingleses, exquisito en sus singulares óperas, solemne en los himnos anglicanos (anthems) y regio en esa música ceremonial tan apreciada por aquellos lares, tienen la mala suerte de que se les muera con tan solo 36 años cuando aún le quedaba música para un rato Music for a while que componer.

En torno a la muerte de Henry Purcell existe una leyenda muy difundida que sostiene que su esposa tuvo mucho que ver en la misma. Al parecer, Purcell, bien por su trabajo como músico o como otros apuntan, por su afición a apurar la última pinta con los amigos, llegó una noche de noviembre de 1695 demasiado tarde a casa. Su esposa, que parece que no era precisamente «la reina de las hadas The Fairy Queen», estaba ya cansada de tanta afición a la noche y decidió dejar en esta ocasión la puerta de la casa cerrada y con ello a Purcell en la calle. No son nada buenas las noches de noviembre para dormir al raso en Londres. Según esta historia, Purcell enfermó y murió pocos días después a causa de un enfriamiento mortal.

Para la gran mayoría de los estudiosos de su figura, es una historia atractiva, pero poco verosímil. Parece que Purcell ya arrastraba problemas de salud que se agravaron súbitamente. Según la hipótesis más aceptada actualmente, podría haber muerto a causa de una tuberculosis. En su último día de vida otorgó testamento a favor de su mujer y declaró:

«En el nombre de Dios, amén. Yo, Henry Purcell, de la ciudad de Westminster, gentleman, estando gravemente enfermo en la constitución de mi cuerpo, pero en buena y perfecta mente y memoria (gracias a Dios), declaro por la presente que este es mi último testamento y última voluntad. Y por él doy y lego a mi amada esposa, Frances Purcell, todos mis bienes, tanto los reales como los personales, sean del tipo y naturaleza que sean».

Parece que, o Purcell era muy poco rencoroso —en el caso de que su mujer le hubiese dejado tan cruelmente en la calle—, o la historia se ha exagerado mucho en la transmisión posterior; de no ser así, difícilmente se entiende el testamento a una mujer que desde entonces fue la defensora de su legado y que en las publicaciones de sus obras aparece como «Widow Purcell».

Mientras escucho «El lamento de Dido» y recuerdo la leyenda negra sobre su esposa no puedo evitar que me venga a la memoria aquel refrán que decía: «Cuando el río suena, agua lleva». Puede que en este caso el agua no fuera ni la de un arroyo, pero, para un aficionado a las anécdotas como yo, resulta una historia tan atractiva que quién puede resistirse a contarla.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

jueves, 27 de noviembre de 2025

El ¿ominoso? apellido de Oscar Wilde


«El mismo sol y la luna parecen arrebatados para nosotros... Afuera, el día puede ser azul y dorado, pero la luz que se desliza a través del vidrio grueso y enmohecido de la pequeña ventana con barrotes bajo la que uno está sentado es gris.» (De Profundis, Oscar Wilde)

Cuando Oscar Wilde fue condenado a dos años de trabajos forzados por «indecencia grave» —delito por el que se le procesó a raíz de su relación con Lord Alfred Douglas—, no se anduvieron con medias tintas en el cumplimiento de la pena. Como parte del castigo, lo hicieron, entre otras cosas, caminar durante horas en una especie de rueda o escalera sin fin, siempre en un ambiente de trabajo duro, comida pobre, cama dura, aislamiento y silencio obligatorio. Aquel tiempo de dura prisión acabó con su salud.

Por su parte, Lord Alfred Douglas, el hijo del poderoso Marqués de Queensberry, no sufrió condena alguna, ni su apellido fue objeto de oprobio. La justicia quiso considerarlo como «la víctima» de un corruptor al que convenía castigar de forma ejemplar.

Tras el juicio y la entrada en prisión de Oscar Wilde, su esposa, Constance Mary Lloyd, pronto cambió su apellido de casada —Wilde— por el de Holland y los dos hijos del matrimonio —Cyril y Vyvyan  fueron igualmente liberados del peso de aquel «ominoso» apellido, adoptando el nuevo de su madre.

No bastó marchar al extranjero para lograr el olvido; incluso tras la muerte de Constance, la familia materna se mantuvo inflexible y no permitió que los niños volvieran a ver a su padre. Con este panorama, los niños, de apenas nueve años de edad al inicio de la condena del escritor, sintieron que este debía ser algo parecido a un monstruo del que era mejor estar lo más lejos posible.

Cyril Holland emprendió una carrera militar en la que consiguió el grado de capitán. Ya adulto, escribió una carta a su hermano Vyvyan, en la que contaba que la motivación de su paso por el ejército no era otra que: «...borrar la mancha; rescatar, si fuera posible mediante algún acto mío, un nombre ya no honrado en el país» y añade que no quiere que de él se diga que es un «artista decadente, esteta afeminado, degenerado sin fuerza de voluntad». Él no era un Wilde sino un hombre que aspiraba a morir en batalla «por mi rey y mi país». Y efectivamente murió en 1915, durante la Primera Guerra Mundial por un disparo de francotirador, sin cambiar nada y sin descendencia.

Por su parte, su hermano Vyvyan Holland, no entendía nada de la situación que estaba viviendo, ni por qué hubo de cambiar el apellido. Sufrió años de acoso y una profunda sensación de infelicidad y desarraigo. Su padre fue durante años un tema tabú y solo en la madurez logró conciliarse un poco con su legado al escribir sus memorias, que tituló: "Son of Oscar Wilde", con lo que en cierta medida reconoce y hace pública la figura de su denostado padre.

Vyvyan tuvo un hijo, Merlin Holland, que con el tiempo se convertiría en historiador y en el principal custodio del legado documental de Oscar Wilde. Dio un paso más y, en varias entrevistas ha mantenido que llevar hoy el apellido Wilde «sería motivo de orgullo», pero que por razones familiares e identitarias decidió seguir llevando el de Holland. Su hijo, Lucian, el bisnieto de Wilde, sigue apellidándose como su padre, por mucho que haya participado en algún acto académico en defensa del escritor.

Tal vez el tiempo ha atemperado el dolor, pero no ha sanado definitivamente la herida. Wilde nació en un tiempo equivocado para su ingenio y su sensibilidad para el amor. Aún parece cumplir condena, más allá de Reading, más allá de la muerte. La máscara que cubre su apellido sigue presente.


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

miércoles, 26 de noviembre de 2025

El día que Katharine Hepburn dejó a Huston y Bogart sin “sus medicinas”

 

El rodaje de "La reina de África" (1951) acumuló una buena serie de anécdotas jugosas. Como ya hemos contado en otras ocasiones, todo el equipo enfermó de disentería a causa del agua, salvo Humphrey Bogart y John Huston, que no la probaron lo más mínimo y, de hecho, comían y hasta se cepillaban los dientes con ginebra. Bogart declaró más tarde: «Solo comía frijoles, espárragos enlatados y whisky escocés. Cada vez que una mosca nos picaba a Huston o a mí, caía muerta». Tenían reservas suficientes. Se cuenta que entre el equipo de filmación que Huston envió al Congo desde Inglaterra había varias cajas de madera con la inscripción «Suministros médicos» que no eran sino cajas llenas de whisky escocés Johnnie Walker y ginebra Gordon's London Dry para su consumo. Huston podría asumir que le faltaran metros de película, pero en ningún caso que escasearan sus “medicinas”.

Katharine Hepburn, siempre muy crítica con el abuso de alcohol, no llevaba nada bien los repetidos momentos de alegría desbordada —y ruido— que provocaba la ginebra. Se negó a beber otra cosa que no fuera agua y como consecuencia fue de las que más acusó los efectos de la disentería. Se cuenta que llegó a sentirse tan mal durante el rodaje de la escena de la iglesia que colocó un cubo fuera de cámara porque vomitaba constantemente entre tomas.

Hay una escena en la que Rose Sayer (Katharine Hepburn), aprovechando un descuido de Charlie Allnutt (Humphrey Bogart), tira todo su cargamento de ginebra al río. La escena, ya presente en la novela original, venía que ni pintada para recrear el enfado real de la actriz.

Según cuenta César Bardés en «Imprimir la leyenda» (RBA, 2024), Huston hizo que todas las botellas vacías de ginebra de las que ya habían dado buena cuenta se rellenasen de agua para que fueran tiradas al río durante la escena. No contaba con que la Hepburn, que ya estaba hasta el moño de veladas alcohólicas y de que fueran los únicos que no enfermaban, volvió a cambiar las botellas y las que arrojó al río eran realmente de ginebra, las reservas que todavía guardaban Bogart y Huston. Cuando ambos supieron del doloroso cambiazo, estuvieron varios días sin dirigir la palabra a la actriz. 

Hay cosas con las que no se juega, debieron pensar.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0


martes, 25 de noviembre de 2025

Ramón del Valle-Inclán, Blasco Ibañez y la gula

  

Don Ramón María del Valle-Inclán vivía de forma muy austera, conviviendo incluso con ratones a los que, según contaba el escritor, les maullaba para espantarlos. Sus luengas barbas y su delgadez daban, a todas luces, una imagen de bohemia frugalidad que parecía un eco de sus estrecheces económicas. 

Es muy repetida la anécdota según la cual, cierto día, se encontró en la calle con Blasco Ibáñez, escritor de mucho éxito en vida y, se puede decir, metidito en carnes. Este, al observar al autor de «Divinas palabras», le dirigió otras que no lo eran tanto:

—Al verlo a usted uno diría que hay hambre en el país.

Don Ramón, siempre tan ágil de verbo como de pensamiento, le contestó:

—Y al verlo a usted uno comprendería por qué.


Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0 - Fuente original


lunes, 24 de noviembre de 2025

Lee Marvin, un tipo de cuidado


Lee Marvin tenía fama dentro del mundillo cinematográfico tanto por ser un actor muy serio y profesional como por su afición a tomar algún trago de más para entonarse. De hecho, algunos directores decían que a veces esos tragos mejoraban su actuación más que un curso intensivo del método Stanislavski.

Curiosamente, en la película «Cat Ballou» —en España, «La ingenua explosiva»— ganó el premio Óscar al mejor actor por interpretar a un pistolero demasiado aficionado al alcohol que se mostraba literalmente desplomado sobre un caballo que parecía tan borracho como él. Cuando recogió la estatuilla, dijo: «Creo que la mitad de esto le pertenece a algún caballo que hay por ahí fuera».

Aquel pistolero, Kid Shelleen, se convirtió en el arquetipo de lo que es un «borracho del Oeste» y la imagen del actor y su caballo derrengados sobre una pared acabó siendo uno de los mejores posters del cine del Oeste.

El caso es que, a veces, aquellas copas resultaban demasiadas y el actor podía llegar a molestar a sus compañeros de rodaje. Cuenta César Bardés en su magnífico libro «Imprimir la leyenda» que durante el rodaje de «Los profesionales», Burt Lancaster, uno de los duros del cine, no aguantaba más y estuvo a punto de soltarle un buen puñetazo a Lee Marvin. El director, Richard Brooks, lo detuvo de inmediato, alegando que podía marcarle la cara y estropear el rodaje que tenían programado para el día siguiente. Para acabar de convencerlo, le dijo: «Espérate al final del rodaje y le pegamos una paliza entre los dos». Burt Lancaster se contuvo y ahí quedó la cosa.

Con el tiempo, Richard Brooks recordó aquel lance y confesó que detuvo a Burt Lancaster por su propia seguridad. Lancaster era rocoso en verdad, pero Lee Marvin era veterano de los Marines, había combatido en la Segunda Guerra Mundial y, además, era un bebedor duro al que el alcohol no hacía tanta mella como cabría esperar. El director estaba seguro de que provocarlo no era buena idea para nadie.

En su lápida, en el cementerio de Arlington, no hay referencia alguna a su exitosa carrera como actor; tan solo dice: 

«Lee Marvin. Soldado de Primera del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Segunda Guerra Mundial».

Imagen: Cortesía de Doctor Macro

domingo, 23 de noviembre de 2025

Víctor Hugo: «?» y «Los miserables» «!»


Víctor Hugo era capaz de escribir una oración de aproximadamente ochocientas palabras en «Los Miserables» y lograr que sonara bien. Como veremos, también era capaz del más extremo laconismo.

El escritor se encontraba exiliado en Guernsey cuando se publicó «Los Miserables» (1862), obra que llevaba años despertando una enorme expectación y en la que había volcado todo su buen hacer con la esperanza de lograr una obra memorable.

Cuenta la leyenda que, ansioso por saber cómo habían sido recibidas las andanzas de Jean Valjean, el inspector Javert y Fantine, escribió a su editor un telegrama con un único carácter: «?». A su juicio, no hacía falta más para saber si las aproximadamente 655.000 palabras de la que se considera una de las novelas más largas de la historia de la literatura —en algunas ediciones, más de mil páginas— habían merecido su esfuerzo.

La primera edición había volado de las librerías, convirtiéndose en todo un éxito de ventas. Sin embargo, la respuesta no incluyó ninguno de esos detalles y fue tan breve como la pregunta. Se limitó a un simple signo de admiración: «!». Era todo lo que Víctor Hugo necesitaba leer.

Como dice el refrán, «A buen entendedor pocas palabras bastan», y a veces ni eso.

Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0)

sábado, 22 de noviembre de 2025

Georges Simenon: el hombre que escribía más rápido que su sombra

 

El propio Comisario Maigret no habría logrado descifrar el misterio de su creador, el escritor Georges Simenon. Escribía novelas negras con la misma rapidez con la que algunos de sus personajes desenfundaban la pistola. Decía empezar sus relatos sin saber tan siquiera quién sería finalmente el asesino, pero siempre avanzaba a un ritmo trepidante y más o menos en una semana era capaz de terminar una novela.

Su rutina, cuando llegaba el momento de escribir, estaba bien marcada: misma pluma, mismo papel, cortinas cerradas y en la puerta un cartel que avisaba «Silence. Je travaille» (Silencio. Estoy trabajando). Su primer paso era coger una guía telefónica y empezar a leer en voz alta nombres hasta que encontraba aquellos que tenían la sonoridad perfecta para la personalidad que quería darle a cada personaje. Durante ese tiempo de completo aislamiento, a veces incluso a bordo de un barco —L'Ostrogoth— que utilizaba como casa flotante, era capaz, según contaba el escritor, de perder de dos a tres kilos.

Aquel ritual alumbró 192 novelas, a las que muchos estudiosos de su persona añaden otros 200 títulos adicionales publicados bajo seudónimos. Dada la calidad media de sus novelas, sorprende tal profusión de creaciones, una producción que le ha llevado a ser uno de los escritores más prolíficos del siglo XX.

Su proceso creador se convirtió en leyenda: el escritor «máquina» o «el hombre que escribe más rápido que su sombra», como le apodó la prensa. Curiosamente, a pesar de su enorme éxito, de sus cientos de millones de libros vendidos, de las decenas de películas basadas en sus novelas y de todo el mundo alabando su talento para la novela negra, nunca logró ganarse el amor de su madre, de la que dijo: «Nunca me dio un beso, ni de niño ni de adulto». Puede que por eso los buscara de manera tan desesperada en los labios de las diez mil mujeres de las que, posiblemente de forma exagerada, alardeaba haber amado.

Maigret, un buen fumador de pipa como Simenon, seguro que mientras rellenaba una con calma, habría intentado pacientemente comprender en silencio a su creador. Observaba atento cada detalle: «La nieve estaba sucia» delante de «El hombre que veía pasar los trenes», daba una lenta calada a su pipa y detenía los ojos en «El fondo de la botella» que descansaba en la mesa mientras «El gato» se enredaba entre sus piernas buscando una caricia que nunca llegaba. Pistas no le faltaban, y sin embargo, puede que fuera su único caso sin resolver.


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Foto de Anja - CC BY-SA 4.0

viernes, 21 de noviembre de 2025

Pssshh.... ¿Sabes qué se esconde tras el título Tritsch-Tratsch-Polka?


Las miradas buscaban cada detalle, cada vestido, cada complemento; todo era después objeto de cotilleos. Y si alguien llegaba con una nueva pareja del brazo a bailar al salón, entonces los murmullos se convertían casi en un nuevo fondo musical sobre el que danzar.

Johann Strauss hijo conocía muy bien la tendencia vienesa a los cotilleos, no en vano a los salones no solo se iba a bailar, sino también a mirar y a ser mirados. Era el típico chit-chat vienés, o Tritsch-Tratsch, como se le decía también a esos aparentemente inofensivos comentarios que, sobre todo y todos, iban de un corrillo a otro con la misma rapidez que giraban las bailarinas con sus inmaculados trajes de muselina.

Puede que por eso Strauss hijo le dedicara en 1858 una de las polcas rápidas más famosas de su repertorio, la efervescente Tritsch-Tratsch-Polka. Según algunos estudiosos del repertorio del compositor, la pieza podía esconder una segunda intención: la de responder con música a los chismes acerca de la vida privada del compositor y sus amoríos, que corrían como la pólvora por los salones.

Puestos a imaginar, puede que con esta frenética pieza el compositor quisiera asegurarse de que a los bailarines no les quedara aliento para chismorrear más.

Hoy, Tritsch-Tratsch-Polka, deja atrás los rumores y es, por derecho propio, una pieza muy habitual —casi imprescindible— en los Conciertos de Año Nuevo celebrados en la vienesa Sala Dorada del Musikverein.

La orquesta de André Rieu escenifica muy bien ese ambiente de cotilleos que inspiraba la obra:




Imagen: Oleo del pintor ruso Alexander Sergeevskiy - "Vals vienés" - Fuente

jueves, 20 de noviembre de 2025

El fino ingenio de George Bernard Shaw


 

Hasta que en 2016 lo logró Bob Dylan, el irlandés George Bernard Shaw era la única persona que había logrado un Óscar —al mejor guion adaptado en 1939 por «Pygmalion»— y el premio Nobel de Literatura en 1925. Era un sujeto del todo peculiar, excéntrico, polémico y de una agudeza e ironía tales que lo convirtieron en el protagonista de numerosas anécdotas. Una de ellas ocurrió en abril de 1894 durante el estreno de su obra "El hombre y las armas" (Arms and the Man), que resultó su primer gran éxito.

Ante los aplausos que recibió la obra de teatro en su primera representación, el autor decidió salir al escenario a saludar al público. Solo un hombre, con asiento en las primeras filas, le abucheaba de manera decidida. No todos sabemos encajar bien las críticas y, a veces, estas nos llevan a perder los papeles. Bernard Shaw en cambio no perdió la compostura y, con un golpe de ingenio de los suyos, lo desarmó al decirle:

— Comparto su opinión, pero ¿qué podemos hacer nosotros dos contra una sala llena de espectadores que opinan lo contrario?

 

Nota: Bob Dylan obtuvo el Óscar a la mejor canción original por «Things Have Changed» (2001) y el premio Nobel de Literatura en 2016.

Imagen: De Wikimedia Commons - Dominio Público CC0

miércoles, 19 de noviembre de 2025

¿De qué se sonríe la Señora Lisa?


Leonardo da Vinci pasó sus últimos años en la corte del monarca francés Francisco I. Hasta allí se llevó, entre otras obras, su Gioconda, un cuadro que había empezado a pintar hacía más de diez años sin poder darlo nunca por concluido.

Tras la muerte de Leonardo, Francisco I tomó la Mona Lisa para decorar, no un simple aseo como a veces se cuenta, sino unos amplios baños —el Appartement des Bains— en Fontainebleau, que podríamos asemejar a un «spa» de lujo, donde la Gioconda compartía paredes con cuadros de Rafael o Tiziano. Con el tiempo su suerte mejoró y pasó a las colecciones reales en Versalles y, más tarde, al Louvre. La cosa cambiaría cuando llegó Napoleón y la reclamó en préstamo para decorar su alcoba real en las Tullerías, donde estuvo durante algunos años.

No podemos imaginar qué escenas tuvo que presenciar en los lujosos baños de Francisco I y menos aún las intimidades y lances de alcoba de los que fue testigo en el dormitorio de Napoleón. Entre las mil teorías existentes al respecto, puede que ahí se encuentre la motivación de la enigmática sonrisa que esboza el retrato de Lisa Gherardini, la esposa de Francesco del Giocondo, conocida como Mona Lisa —contracción de Madonna Lisa—. Siempre se le dio bien guardar secretos sobre lo visto, pero la sonrisilla todavía le dura a la señora.

Imagen: De Wikimedia Commons - CC0 Dominio Público

martes, 18 de noviembre de 2025

Tennessee Williams derrotado por un tapón.


«No esperes al día en que pares de sufrir, porque cuando llegues sabrás que estás muerto» (Tennessee Williams)

Tennessee Williams, que había nacido como Thomas Lanier Williams III, no era hijo del estado que llevaba como nombre literario; en realidad era natural de la ciudad de Columbus, en el estado de Mississippi. Parece que en la universidad sus compañeros de clase, recordando que el lugar de donde provenía tenía un nombre muy largo, apostaron por apodarlo Tennessee, y simplemente el escritor se sintió a gusto con él y se lo quedó en propiedad.

Williams es un autor cuya obra engrandeció el mundo del teatro y también el del cine. En 1948 ganó el Premio Pulitzer de teatro por «Un tranvía llamado Deseo», y en 1955 por «La gata sobre el tejado de zinc». Además de estas obras, recibieron el premio de la Crítica Teatral de Nueva York otras dos: «El zoo de cristal» (1945) y «La noche de la iguana» (1961). Muchos de sus trabajos tuvieron extraordinarias adaptaciones al mundo del cine, resultando algunas de ellas verdaderos éxitos de crítica y público.

Pero retomando el motivo por el que se abre esta entrada, diremos que Tennessee Williams falleció en 1983, a la edad de 71 años. La muerte le llegó tan de repente como llega un último verano. En los primeros momentos hubo especulaciones de todo tipo alrededor de su extraña muerte, llegándose incluso a hablar de asesinato, pero la realidad era muy distinta y bastante más ridícula.

Tennessee Williams llevaba tiempo viviendo en el Hotel Elysee de Nueva York y tras la muerte de su pareja, Frank Merlo, se había acercado más de lo debido a los calmantes y al alcohol, algo que unido a su natural tendencia a sufrir ataques de pánico, había deteriorado notablemente su salud, tanto física como mental. Tras la exploración médica del cadáver se encontró en él «un tapón de plástico» del tipo de los botes de spray nasal o colirio con el que se supuso se había ahogado.

Meses después, llegó el informe médico final —actualmente la versión oficial de la muerte del escritor— en él se detallaba que, tras beber una considerable cantidad de alcohol, el escritor tuvo la intención de tomar una dosis de barbitúricos, de los cuales no se encontró resto alguno en su estómago, pero sí el tapón en su garganta y el frasco en la habitación donde estaban derramadas todas sus pastillas.

A la vista de todo ello se dedujo que, al intentar abrir el frasco de medicamentos con la boca, se tragó accidentalmente el tapón, que, tras alojarse en la garganta, obstruyéndola, le produjo la muerte por asfixia.

No se puede decir precisamente que sea una muerte de película para alguien al que el cine le debe tanto. Así de injustas e impredecibles pueden resultar la vida y la muerte. Como él mismo decía:

«Todos nosotros somos cobayas en el laboratorio de Dios. La humanidad no es más que un trabajo inconcluso»

Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - Dominio Público (CC0)


lunes, 17 de noviembre de 2025

Berlanga y los billetes falsos de «Bienvenido, Mister Marshall»

 


En 1993, Luis García Berlanga rodó «Todos a la cárcel». Cuarenta años antes, en 1953, durante el Festival de Cannes en el que presentó a concurso «Bienvenido, Mister Marshall», casi fue él quien terminó con sus huesos entre barrotes. 

Para la promoción de la película en el festival de cine, la productora UNINCI, siguiendo una idea propuesta por Berlanga, no tuvo otra ocurrencia que encargarle al ilustrador Jano que diseñara unos billetes de un dólar en los que la cara de Washington se sustituía por la de Lolita Sevilla, Manolo Morán o Pepe Isbert, los protagonistas de la película presentada a concurso.

Igual que se esperaba en la película que hicieran los americanos a la llegada a nuestro país, repartiendo dólares a diestro y siniestro, los responsables de la película hicieron lo propio en Cannes, que pronto se vio inundada de billetes a todas luces falsos. Incluso cuenta Kepa Sojo que Berlanga se atrevió a intentar jugar en el casino de Cannes con aquellos burdos billetes de dólar.

No tardó la policía francesa en retirar todos los billetes que pudo de las calles, y menos aún en llamar a declarar a Berlanga y parte del equipo a comisaría. Resultaba evidente que allí no tenían los ánimos para cantarles aquello de “os recibimos con alegría”. Aunque los billetes no eran sino un pastiche, en cierto modo guardaban muchas similitudes con el original y podían llegar a constituir un delito de falsificación de moneda.

No creo que la presencia de Berlanga ante la policía francesa pudiera considerarse una detención, pero resulta obvio que tuvo que aclarar muy bien lo ocurrido y cuáles eran sus intenciones con aquellos dólares de mentira. Por eso me gusta imaginar a Berlanga declarando: «Como detenido vuestro que soy, os debo una explicación y esta explicación que os debo os la voy a pagar…»

Tan bueno hubo de ser su relato que la investigación quedó en nada y la película, que en principio había movido al enfado a Edward G. Robinson, miembro del jurado, por la imagen de la bandera norteamericana tirada al río, terminó llevándose el premio a la mejor película de humor y una mención especial al guion. No en vano es una de las mejores películas de nuestro cine.

Una muestra más de que la vida real podía ser tan berlanguiana como las películas del director.

En la imagen aparece Lolita Sevilla junto a Pepe Isbert, en ¡Bienvenido, Mr. Marshall!

Imagen: Fuente 


domingo, 16 de noviembre de 2025

Falla, Pastoria Imperio y el origen de "El amor brujo"

 

A comienzos del siglo XX, la bailaora sevillana Pastora Imperio, una de las figuras sobresalientes de nuestro flamenco, pidió a Manuel de Falla que creara una obra clásica en la que se fundieran el baile popular y la solemnidad propia de una obra orquestal. Falla asumió el reto y, junto al dramaturgo Gregorio Martínez Sierra —aunque hoy se sabe que el libreto lo escribió su esposa, María de la O Lejárraga—, estudió la forma de bailar de Pastora Imperio y, al mismo tiempo, rebuscó entre las leyendas e historias del pueblo gitano que, generación tras generación, iban pasando oralmente de padres a hijos. Por supuesto, la historia necesitaba de elementos intemporales para resultar atractiva, y para eso no hay mejor ingrediente que el amor y la muerte, que en la obra que imaginaban se mezclarían con la dosis justa de magia y encantamiento.

Así nació «El amor brujo», la historia de la gitana Candelas y su amor imposible por Carmelo por culpa del celoso fantasma de un antiguo amante.

La bella y apasionada Candelas había amado con locura a un gitano tan malvado y celoso como fascinante y atractivo. A pesar de la vida infeliz que este daba a Candelas, cuando muere, ella no puede olvidarle y su sombra le persigue tenazmente. El recuerdo de su persona se vuelve hipnótico hasta el punto de parecerle un ente real que la persigue, un celoso fantasma que la hace pensar que tal vez aquel amor no se haya ido del todo y sigue amándola, aunque también continúa controlando y juzgando sus actos. Su vida parece estar así dominada por un espectro que solo existe en su cabeza.

Pero la naturaleza siempre se impone. Llega la primavera y el apuesto Carmelo empieza a rondar a la bella y atormentada Candelas, que, aunque no rechaza ese nuevo amor, es incapaz de dar el paso definitivo por la obsesión con un pasado que la atenaza cada vez que Carmelo trata de seducirla.

Carmelo idea una estratagema para vencer el maleficio que la aparta del amor de Candelas. Sabe que aquel amante del pasado era un mujeriego empedernido y que no sabía renunciar a una nueva aventura. Con esa idea en mente, convence a la bella Lucía para que coquetee con el espectro y le haga olvidar por unos momentos sus celos. Lucía, curiosa, acepta el reto.

Así, cuando Carmelo vuelve a seducir a Candelas, se aparece como siempre el vigilante fantasma del antiguo amante, pero esta vez se encuentra en el camino a la preciosa Lucía, que sabrá engatusarlo y distraerlo. Ese es el momento que Carmelo aprovecha para convencer a Candelas de su amor y lograr ese beso perfecto que borrará de una vez por todas el maleficio que nublaba el corazón.

La obra se estrenó en el Teatro Lara de Madrid el 15 de abril de 1915, con Pastora Imperio como protagonista, pero para alcanzar su forma definitiva tuvo que sufrir numerosas modificaciones, hasta presentarse en 1925 en la versión que hoy conocemos, fecha en la que obtuvo un clamoroso éxito en París. El biógrafo de Falla, Burnett James, explicaba:

«La música surgió de las raíces y de las canciones y de las danzas de los gitanos andaluces y lleva en ella la mayor parte del tiempo una cualidad extrañamente primitiva; o más bien, un tipo de elementalismo emocional y espiritual contenido dentro de un envase técnico y estilístico altamente sofisticado. (…) El compositor no utilizó ni una sola tonada tradicional, andaluza o gitana, aunque empleó con gran habilidad y comprensión varios de los ritmos de la danza popular. En cuanto al material temático, se mantuvo fiel a su propia creencia de que la música folclórica es más valiosa para el músico cultivado que no usa tonadas folclóricas auténticas, sino que llega a “sentir” su espíritu y esencia y de este modo les permite inspirar sus propias composiciones, pero no apoderarse de ellas».

La obra se estrenó como ballet con el singular título de «Gitanería en un acto y dos cuadros». El tiempo la ha convertido en una de las partituras más subyugantes de nuestro repertorio y una de las piezas de música clásica española más representadas internacionalmente.

En siguiente vídeo podemos ver a Cristina Hoyos y Antonio Gades en la película "Amor brujo" (1986) que Carlos Saura dedicó a la obra de Falla, con la espectacular "Danza ritual del fuego" y "La canción del fuego fatuo":



Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - CC0

sábado, 15 de noviembre de 2025

El Eros de Tespias y el engaño de Friné al enamorado Praxíteles

 

La belleza de Friné, “un regalo de los dioses” que la salvó de la muerte en un juicio por impiedad, le habría bastado para hacerse un hueco en la historia, al menos eso cuenta la leyenda, pero tuvo además la suerte de enamorar a uno de los mejores escultores de la antigüedad, a Praxíteles, para dejar su mito tallado en mármol. Quién sabe si su famosa curva tiene algo que ver con las de Friné, a la que, por cierto, como ya decían los antiguos, el escultor escogió como modelo para algunas de sus representaciones de Afrodita, entre ellas la Venus de Cnido. No hay nada como tener un grandioso escultor enamorado para encontrar eco en la eternidad.

Según relatan Pausanias y Ateneo, Praxíteles, en un arrebato de agradecimiento por el calor que encontraba en los brazos de Friné, decidió hacerle un regalo y le dijo que podía escoger la escultura que más le gustase de entre todas las que estaban en su taller. No era mal regalo. Solo había un pequeño problema, Friné, a pesar de su escultural cuerpo, no sabía nada de escultura. Intentó sonsacarle a Praxíteles cuál era su mejor obra, pero este se resistió a darle una respuesta clara.

No tuvo en cuenta el escultor que Friné era mujer de muchos recursos y lista como ella sola. No tardó la hetaira en urdir una estratagema para lograr su propósito. Un esclavo, siguiendo las instrucciones de Friné, entró en la casa en la que esta entretenía al escultor, y lo hizo gritando que el taller del escultor estaba ardiendo y que las llamas estaban devorando sus obras. Praxíteles se levantó de un brinco y exclamó que todo estaría perdido si el fuego alcanzaba su Eros y su Sátiro. Con aquella reacción espontánea supo Friné cuáles eran las obras que más valoraba el escultor y lo calmó haciéndole ver que todo era una mentira y que su taller estaba a salvo.

Para el enamorado Praxíteles, seguro que le bastó una sonrisa de Friné para perdonar aquella argucia y como hombre de palabra que era, le dejó escoger la estatua como le había ofrecido. Ella por supuesto escogió el Eros.

Un epigrama de Gémino conservado en la Antología Griega pone en boca del Eros, como si estuvieran grabadas en la base de la estatua por el propio Praxíteles, las siguientes palabras:

"Praxíteles retrató a la perfección ese Amor que sufrió, tomando el modelo de su propio corazón, dándome a Friné como pago por sí mismo. Pero yo ya no doy a luz la pasión disparando flechas, sino lanzando miradas".

Jugando con las palabras de Gémino, algunos han querido imaginar que Friné, a partir de entonces, podría no haber exigido pago alguno a Praxíteles por sus encuentros. Quién sabe si por agradecimiento, por cariño o simplemente porque temía el reproche del propio Dios del que se había apropiado de su más bella representación a base de artimañas.

Friné había nacido en la ciudad de Tespias y a la misma regaló la estatua, que durante toda la antigüedad se convirtió en motivo de alabanzas y según Estrabón y Cicerón, en una verdadera atracción turística. Aquella singular mujer logró de alguna manera que el Eros no luciera solo en su ciudad y otras dos esculturas de Praxíteles le acompañaban, una de Afrodita y otra de su espejo, la propia Friné, que por supuesto lucía en un lugar de honor. Pausanias y Alcifrón hicieron referencia a la tríada, y este último, en una carta ficticia en la que hacía hablar a Friné, contaba que su estatua estaba colocada en medio, entre Afrodita y Eros. El conjunto debió ser espectacular. Antípatro de Sidón, según se recoge en la Antología Palatina, decía:

"Dirás, cuando mires a Cipris en la rocosa Cnido, que ella, aunque de piedra, puede prender fuego a una piedra; pero cuando veas al dulce Amor -Eros- en Tespias, dirás que no solo prenderá fuego a una piedra, sino también al frío diamante."

La escultura de Eros fue llevada en dos ocasiones a Roma, la primera por Calígula, pero fue devuelta por Claudio a Tespias. Después Nerón volvió a llevarla a Roma, donde resultó destruida por un incendio, probablemente en el año 80 d. C. en la zona del Porticus Octaviae. Afortunadamente se crearon copias que nos dan una idea del original, como el Eros de Centocelle —también conocido como Eros Farnesio— cuya imagen abre esta entrada. Un joven alado que inclina su rizada cabeza y que con una pose muy propia de Praxíteles parece decir a los que lo contemplan en el Museo Arqueológico de Nápoles:

"Yo ya no doy a luz la pasión disparando flechas, sino lanzando miradas”.



Eros del tipo de Centocelle en los Museos Capitolinos.

Imagenes: Tomadas de Wikimedia Commons: Img 1 - Img 2 - (CC BY 2.5)

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Sir Gary Oldman, actor de actores


 

“Como actor, observas a la gente, la miras. Y cuanto más famoso te haces, lo triste es que pierdes la capacidad para hacerlo. En lugar de observar a la gente, te conviertes tú en el centro de la atención.” (Gary Oldman)

Gary Oldman es un actor capaz de interpretar de forma convincente a un sacerdote en un videoclip de David Bowie y si hace falta al diablo en otro para "Guns N' Roses". Podía ser Beethoven o Drácula, Churchill o el presunto asesino de JFK, Sirius Black en "Harry Potter" o el malvado Zorg en "El quinto elemento", el comisario Gordon junto a Batman o al villano Norman Stansfield en "Léon (El profesional)". Como el propio actor dice: “Actuar es vivir con verdad bajo circunstancias imaginarias”. Puede que esa versatilidad suya, esa capacidad para dar vida a seres tan dispares, siempre con una elegancia innata, le haya llevado, hace pocos días, a ser armado caballero y distinguido con el título de Sir.

Sin embargo, no lo tuvo nada fácil. Gary Leonard Oldman nació en un barrio muy humilde de Londres y su infancia no fue todo lo cómoda que hubiera deseado. Su padre, víctima del alcoholismo, abandonó la familia cuando el actor tenía solo siete años y a los dieciséis ya se había visto abocado a dejar los estudios para trabajar en una tienda como dependiente, pero también en cadenas de montaje, como celador de quirófano y hay quien incluso incluye que trabajó decapitando cerdos en un matadero.

Muy joven sintió la pasión por la interpretación, sobre todo tras ver actuar a Malcolm McDowell en “The Raging Moon”, un momento sobre el que recordaba: "Algo en Malcolm me cautivó, conecté con él y dije: Quiero hacer eso".

El camino no sería ni corto ni fácil. El propio actor contaba que una de sus primeras actuaciones fue en la iglesia de un pueblecito a la que solo asistieron cuatro personas: el sacerdote, su mujer, un alcohólico que estaba dormido en uno de los bancos y un cuarto personaje que se salió a la mitad de la obra. Quedaba mucho hasta conseguir el Oscar en 2018 por su interpretación de Churchill en “El instante más oscuro”. De hecho, durante años fue considerado como uno de los grandes actores en activo a los que la Academia parecía haber olvidado.

Su estrella empezó a cambiar cuando pudo interpretar a Sid Vicious en "Sid & Nancy" en 1986. Se preparó de forma tan concienzuda para el papel y llegó a perder tanto peso para meterse en el personaje del controvertido roquero. que incluso llegó a ser hospitalizado por malnutrición. El reto le mereció la pena y consiguió una interpretación que aún hoy está considerada como una de las mejores de la historia del cine. Los noventa llegaron cargados de éxitos, pero también de las sombras del alcoholismo, una adicción con la que luchó hasta convertirse en un abstemio convencido. Desde entonces presume de haber dado un acento distinto a casi todos los personajes que ha interpretado y curiosamente cuando hubo de dar vida a Churchill casi había perdido su acento inglés y tuvo que tomar clases para refrescarlo. 

Anthony Hopkins declaró su admiración por él en una entrevista y comentó que cuando Francis Ford Coppola le daba indicaciones sobre cómo hacer su papel, Oldman le contestaba en tono bromista: "¿Quién es Drácula? ¿Usted o yo?". Denzel Washington, que actuó con Oldman en “El libro de Eli”, dijo en una entrevista: "Actuar con Gary Oldman es como el buen sexo". No es de extrañar que actores como Brad Pitt o Tom Hardy hablen de él como su actor preferido.

Ver su nombre en el reparto de una película es casi garantía de calidad, casi como una denominación de origen, así, cuando me dispongo a ver una nueva película suya en casa o en el cine no puedo evitar recordarle como Drácula y digo para mis adentros: "Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae".

Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - CC BY-SA 3.0

domingo, 9 de noviembre de 2025

Haydn y un bromista llamado Mozart

 

Mozart y Haydn llegaron a ser buenos amigos y se profesaban una sincera admiración el uno por el otro. En 1785, Mozart publicó seis cuartetos “para dos violines, viola y violonchelo” dedicados a su amigo Joseph Haydn; en la página preliminar lo llama “gran hombre y carísimo amigo” y le pide que sea “Padre, Guía y Amigo” de esos “seis hijos”. Ese mismo año, Haydn le dijo a Leopold Mozart en una carta: “Ante Dios, y como hombre honesto, afirmo que su hijo es el mayor compositor conocido por mí…” Tras la muerte de Mozart en 1791, Haydn expresó su dolor por la temprana muerte de su amigo en el adagio de la Sinfonía n.º 98. En esta ocasión no había sitio para las envidias y las zancadillas entre dos genios absolutos. Solo amistad, admiración y respeto.

Los dos compositores eran verdaderos virtuosos del piano, capaces de tocar con soltura cualquier pieza leyendo su partitura a primera vista. Se cuenta la anécdota, mil veces repetida, de que durante una velada, Mozart le quiso gastar una broma a Haydn y le presentó, ante todos los presentes, una partitura a la vez que le retaba:


—Maestro, ¿a que no podéis tocar esa pieza?

Haydn, seguro de sus capacidades, se fue animoso hacia el piano dispuesto a tocar la pieza propuesta por Mozart. Comenzó la ejecución fluidamente, sin el más mínimo titubeo, pero llegó un instante en que se detuvo de repente, pues le resultaba imposible seguir tocando lo que le demandaba la partitura y le dijo a Mozart:

—No puedo continuar, ha escrito una nota que es imposible tocar: me faltan dedos.

Esa nota a la que se refería Haydn se encontraba justo en el centro del teclado y previamente el desarrollo de la pieza le había llevado a tener ambas manos en los extremos del mismo donde seguían ocupadas con el devenir de la obra, resultándole inalcanzable la nota central.

Entonces Mozart, sabedor de que había conseguido su objetivo de sorprender a Haydn, le dijo que lo dejara a él. Abordó la pieza desde el principio y, al llegar a la nota supuestamente imposible, simplemente se inclinó y la tocó con la nariz.

Haydn le contestó riendo:

—Verdaderamente tocáis con toda el alma, pero también con todo el cuerpo, incluida la nariz.

Más allá de la anécdota, esta historia habla muy bien el carácter juguetón y burlón de Mozart; su apéndice olfativo era motivo de más de una burla por su tamaño XXL, y el hecho de abordar esta broma con una solución tan nasal, solo demostraba que era muy capaz de reírse de sí mismo y de sus defectos.




Imágenes: De Wikimedia Commons - CC0 - Img 1 - Img 2

sábado, 8 de noviembre de 2025

James Cagney y Mae Clarke, la chica del pomelo

 

James Cagney encarnó como ningún otro ese tipo de gánster arrollador y explosivo que primero pega y después habla. Sus personajes eran violentos e incontenibles y esa pátina se convirtió en seña de identidad del actor durante el cine pre-Code (1929-1934). No solo sufrían sus arrebatos los matones o los policías que pudieran hacerle frente, también quedaban a merced de sus bruscos modales las mujeres.

En “El enemigo público” (1931 – William A. Wellman) la actriz Mae Clarke, en su papel de Kitty, hubo de sufrir como James Cagney en su rol de Tom Powers le restregaba medio pomelo sobre el rostro. La escena, que se hizo muy famosa, no figuraba en el guion ni en los ensayos previos. Según contaba William Wellman, la idea surgió de la impasividad y frialdad con la que actuaba su esposa durante las discusiones conyugales. Esta, durante los arrebatos de él, no le hacía el más mínimo caso mientras comía impertérrita su pomelo diario. El director fantaseaba con lograr alguna reacción en su rostro restregándole el pomelo y decidió llevar la idea a la película que estaba rodando. Lo habló con Cagney y como cuadraba con el carácter del personaje decidieron hacer la toma.

Mae Clarke no pudo reprimir un gesto de verdadera sorpresa cuando su rostro sirvió de exprimidor para el pomelo. Parece que ella pudo haber sido avisada por Cagney en cierto modo, como si de una broma de rodaje se tratara, pero no de la forma en que iba a realizarse, ni que la escena fuera a quedar en el montaje final. Su reacción fue tan genuina y fresca que se convirtió en la escena más recordada de la película. 

Se cuenta que los fans le mandaban pomelos por correo o que Lew Brice, su exmarido, disfrutaba viendo la escena una vez tras otra para disfrutar de ella cuando, tras su estreno, repitieron la película durante 24 horas en un local de Times Square. El eco de la escena tuvo largo recorrido y cuando murió la actriz, en sus obituarios nunca olvidaron citar aquel suceso como uno de los más reseñables de su carrera. No suena muy edificante en verdad.

En 1933, Mae Clarke volvió a rodar con Cagney la película “El guapo” (Lady Killer) en la que volvió a sufrir los desmanes del matón encarnado por el actor, que esta vez la sacaba de una habitación arrastrándola por el pelo —en realidad ella se aferraba a su muñeca para evitar ser lesionada—. Podría decirse que su vida cinematográfica iba de susto en susto. Ya en 1931, cuando participó en la película “Frankenstein” (James Whale), se cuenta que sufría tal terror cuando había de compartir escena con el monstruo que Boris Karloff acordó con ella que, de vez en cuando movería mínimamente su meñique, para recordarle que el monstruo solo era una ficción, que “solo era Boris bajo el maquillaje”.

Ojalá Wellman y Cagney hubieran sido igual de considerados con ella y no hubiera tenido que cargar durante toda la vida con la etiqueta de “La chica del pomelo”. Al menos, su agresor, Tom Powers, recibió su merecido castigo en la película, en un final ejemplarizante.




Imágenes: Tomadas de Doctor Macro: Img 1 - Img 2

viernes, 7 de noviembre de 2025

Woody Allen, "Manhattan" y su eterno descontento

 

En una entrevista concedida a "The Guardian" (8-08-2004) Woody Allen, el director de "Manhattan", "Annie Hall" o "Hannah y sus hermanas" señalaba que hubiese querido hacer una obra maestra a la altura de las de Kurosawa, propósito que parece haber dado por imposible. El mismo dice:  "Hice algunas buenas, pero ninguna obra maestra… Y como no hice una obra maestra, siento que me fallé a mí mismo" y abunda en la idea: "Me he resignado. Me conformo con mi propia mediocridad". No deja de ser una afirmación sorprendente para un director con cincuenta películas en su filmografía entre las cuales una parte sustancial supera la nota media de 7,0/10 en IMDb.  

En esa línea de autoexigencia es igualmente llamativa la desilusión que le provocó "Manhattan", uno de sus mayores logros como director y para él uno de sus trabajos menos conseguidos. Allen quiso con este título hacer una declaración de amor a Nueva York, en un inusual blanco y negro e inspirada por la música de Gershwin, omnipresente en todo el film.

En su pretensión de evitar el color en la película encontró en el director de fotografía Gordon Willis, apodado "el Príncipe de las tinieblas", a un poderoso aliado. Su tratamiento de las luces, por ejemplo en la icónica escena rodada en el puente de Queensboro al amanecer, o su forma de controlar las sombras sin grandes artificios dejaron un sello muy especial en el film. "Hay una gran elegancia en la sencillez. No siempre se entiende" apuntaba Willis.

Y por supuesto estaba el eco de un amor de juventud de Allen, Stacey Nelkin, que inspiró el personaje de "Tracy" a la que da vida Mariel Hemingway. Todo esto mezclado con el ingenio y la sensibilidad de Woody Allen crearon una obra maestra, a pesar del propio director que se mostraba decepcionado con el resultado, tanto como para intentar que United Artists nunca la estrenara y la guardara en un cajón. Lo cuenta el propio Allen: 

“¿Sabes? Intenté recuperar los derechos de Manhattan porque me decepcionó y deseaba poder convencerlos de que no la estrenaran. Les ofrecí hacer una película gratis, que es lo que les propuse. Pero a otras personas les encantó”.  Y añadió: "Lo que pensé fue: si, en este punto de mi vida, esto es lo mejor que puedo hacer, no deberían pagarme por hacer películas".

En otra ocasión, con motivo de su falta de ilusión hacia sus películas, que nunca vuelve a ver tras el montaje final, le preguntaron en una entrevista en The Guardian en 2011:

—"¿Y qué me dices de… Annie HallManhattan , Hannah y sus hermanas o Delitos y faltas ?"

—"Esas películas salieron bien, pero no son grandes películas; no resistirán el paso del tiempo como Ladrón de bicicletas [de Vittorio De Sica] o La gran ilusión [de Jean Renoir] "

Afortunadamente Woody Allen sigue, a sus 89 años, fiel a su entrega anual de un nuevo título, quién sabe si esperando que una alineación de los astros le procure la película de sus sueños. Cuando le preguntan ¿Por qué trabaja tanto? —en la citada entrevista de The Guardian— contesta:

"¿Por qué no? ¿Qué se puede hacer en la vida? Leo libros, escucho música, veo deportes y tengo tiempo de sobra para trabajar. ¿Qué más podría hacer? Cuando mi abuela era mayor, se sentaba junto a la ventana todo el día a mirar a la gente. Eso me parece aburrido. La vida es una rutina sin sentido, así que... ya sabes... una película al año no es para tanto. Tengo tiempo de sobra para todo esto, y tiempo de sobra para mi familia, para ir al partido de baloncesto, para dar paseos y para cenar fuera todas las noches."

Somos muchos los que cada año esperamos con expectación su nueva película, un soplo de aire fresco entre tantos superhéroes, violencia, sangre y terror en las pantallas.

Imagen: De Wikimedia Commons - Jerry Kupcinet - CC BY-SA 3.0

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Marilyn Monroe y las huellas del Teatro Chino


 

Que una estrella de cine sea invitada a estampar las huellas de sus pies y sus manos en cemento en la explanada situada frente al hollywoodiense Teatro Chino de Grauman, es sin duda, una prueba definitiva de su éxito. La idea, como la de otras tantas cosas, surgió de un accidente. Cuenta la leyenda que fue en 1927 cuando la estrella del cine mudo Norma Talmadge tropezó frente al Teatro Chino —que abría al público ese mismo año— y dejó, involuntariamente impresas, la silueta de un zapato y de una mano en el cemento fresco con el que se pavimentaba la acera. Como los americanos son avispados para el tema de los negocios, el propietario del cine, Sid Grauman, tuvo la ocurrencia de convertir todo el espacio que existía frente a su teatro en una especie de museo de las estrellas, invitando desde entonces a las figuras más sobresalientes del star system a dejar allí sus huellas para siempre. Nadie duda que fue una ayuda para que los actores se decidieran a meter sus manos en cemento el hecho de que Mary Pickford Douglas Fairbanks fueran copropietarios del Teatro en aquel tiempo.

Se conservan las huellas de unas doscientas estrellas del cine, y aunque lo habitual es dejar las huellas de manos y pies, también hay quien se salió un poco del guion y quiso dejar la huella de algo que consideraban esencial en los personajes que recreaban en sus películas, así Harold Lloyd dejó impresas las huellas de sus gafas; Groucho Marx la de su puro; Betty Grable, inmortalizó sus piernas; John Wayne, su puño; Al Jolson, las rodillas; Sonja Henie, las cuchillas de sus patines; y también hubo sitio para las narices de Jimmy Durante y Bob Hope. También hay huellas de animales famosos en el cine, de modo que los caballos de Tom Mix ("Tony"), Gene Autry ("Champion") y Roy Rogers ("Trigger") dejaron la marca de sus pezuñas al lado de las estrellas que los montaron y por supuesto no podían faltar las huellas de robots como C-3PO R2-D2 o las patas palmeadas de el Pato Donald. Ya en tiempos más modernos los protagonistas de la saga de Harry Potter, los conocidos Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint, dejaron las huellas de las varitas mágicas que usaron en las películas.

Con el precedente de Betty Grable, la chica con las piernas del millón de dólares, que había conseguido en 1948 dejarlas marcadas para siempre en el cemento, Marilyn Monroe vio la ocasión de ir un paso más allá y cuando le llegó la hora de estampar sus huellas en el cemento fresco tras el rotundo éxito en 1953 de “Niágara” (Henry Hathaway)  y de "Los caballeros las prefieren rubias" (Howard Hawks) junto a Jane Russell, propuso dejar la huella de algo más sugerente.

Unos años atrás, Jane Russell provocó calenturas en más de uno, incluida la censura, con sus pechos en "El forajido" (1943 - Howard Hughes)  y el contoneo de Marilyn en "Niagara" todavía estaba en la mente de todos, así que a la Monroe no le pareció descabellado que esos atributos quedaran también impresos en el pavimento.  Así lo explicaba Marilyn: “Cuando nos pidieron a Jane Russell y a mí que dejáramos nuestras huellas en el Teatro Chino sugerí que Jane se tumbara boca abajo sobre el cemento blando, y yo al contrario, que me sentara encima. Pero no aceptaron la idea.”

Como se puede ver en la foto, hay huellas de estrellas del pasado que llaman más la atención que otras y las de Marilyn se presentan mucho más oscuras que las demás por el desgaste causado por quienes por quienes buscan colocar sus manos en el mismo lugar en el que un día lo hiciera la tentación rubia. No sabemos qué habría ocurrido si Marilyn Monroe hubiera llegado a estampar su retaguardia.



Imágenes: De Wikimedia Commons - Img 1 - CC BY 4.0 / Img 2 - CC BY 2.0

lunes, 3 de noviembre de 2025

Celuloide: Lo que el cine debe a los elefantes

 

“El cine empezó con una relación apasionada y física entre el celuloide y los artistas, artesanos y técnicos que lo manejaban… Vaya adonde vaya el cine, no podemos permitirnos perder de vista sus comienzos.” (Martin Scorsese)

“Elephas” en griego antiguo significa “marfil”, con lo que ya podemos imaginar el valor que se daba a los colmillos de los paquidermos para que la parte terminara definiendo el todo.

Siempre hubo una demanda considerable de marfil, pero cuando a mediados del siglo XIX la producción de teclas de piano y bolas de billar se disparó, también lo hizo la caza de elefantes. Se estima que entre 1860 y 1930 se abatían entre 25.000 y 100.000 ejemplares por año para despojarlos de sus colmillos. Ante tan inusitada demanda, el marfil empezó a escasear y a encarecerse, y como no era plan que el negocio se resintiera, en 1863-1864, la firma fabricante de bolas de billar “Phelan & Collender” ofreció 10.000 dólares a quien lograra un material artificial capaz de sustituir al marfil.

El premio, que parece ser que nunca fue abonado, debió corresponder a John Wesley Hyatt. En 1868 comenzó a trabajar sobre una idea original de Alexander Parkes, quien tras experimentar con nitrocelulosa y alcanfor logró sintetizar una sustancia dura a la vez que flexible a la que dio el nombre de “Parkesine”. El descubrimiento de momento quedó ahí ya que Parkes no supo darle utilidad.

Hyatt, por su parte perfeccionó la parkesina original con la ayuda de su hermano Isaiah. Ajustando las proporciones de nitrocelulosa y alcanfor crearon un material más estable y comercializable que fue patentado en 1870 con el nombre de “celuloide”.

Fue el sustituto ideal del marfil y del ámbar, y más allá de las bolas de billar pronto sería utilizado para los cuellos y las pecheras rígidas que por aquel entonces gustaban usar los hombres en sus trajes de etiqueta, llegaron a los espejos de las señoras, a las pelotas de ping-pong y los niños empezaron a dejar sus juguetes de madera y cartón para empezar a jugar con otros hechos de celuloide. Era la incipiente revolución de los plásticos.

El celuloide —barato y flexible al calentarlo—facilitó que empezara a utilizarse como soporte de película fotográfica y, así, en 1889 llegó el uso crucial que fijaría su nombre en la historia del cine y la fotografía cuando Eastman comercializó el primer rollo fotográfico transparente de nitrato. Sus ventajas eran incontables respecto de las placas metálicas. El nuevo material revolucionó la fotografía y de camino alumbró el camino hacía el cinematógrafo de la mano de los hermanos Lumière en 1895.

Pero el celuloide tenía su propio talón de Aquiles; era un material altamente inflamable y provocó graves incendios. Con el tiempo, entre las décadas de 1930 y 1950, hubo de ser retirado del mundo del cine en favor de las películas fabricadas con acetato (safety film).

En cualquier caso, el material descubierto por Hyatt, —con los elefantes y las bolas de billar en su origen— tuvo tiempo suficiente para dejar su esencia en no pocas obras maestras de la historia del celuloide, palabra que ha terminado por ser considerada casi como un sinónimo del cine.

Puede que la Metro-Goldwyn-Mayer debiera tener en su logo un elefante en vez de un león. Sería lo justo.

Imagen: Creada con IA


domingo, 2 de noviembre de 2025

Camilo José Cela: Un Nobel entre orinales y palanganas

 

¿Qué se puede decir de una persona que atesoraba una colección de 62 orinales? Ese personaje no es otro que el premio Nobel de Literatura de 1989, el indefinible Camilo José Cela, autor de joyas como “La Colmena”, “La familia de Pascual Duarte” o “Mazurca para dos muertos”. Su secretario, Gaspar Sánchez Salas, lo intentó, describiéndolo en una entrevista en "El País" como "poliédrico y caprichoso" y habría que añadir que también un poco travieso —por no decir, en cierta medida, algo gamberro—.

En cualquier anécdota en la que se dé voz al escritor hay que recordar su gesto adusto y su voz profunda y sentenciosa para completar la imagen. Se cuenta que en los años en los que ingresó en la Real Academia Española, allá por 1957, Don Camilo lucía una barba muy poblada que, por no ser muy habitual en la época, llevó a discusiones sobre si sería postiza o no. Una tarde de tertulia en el Café Gijón se le acercó un joven y le dijo:

—Mire usted, señor Cela, acabo de apostarme mil duros a que soy capaz de tirarle de la barba; ayúdeme a ganarlos, por favor.

Cela, sin inmutarse lo más mínimo, dio una última calada a su cigarrillo y se dignó a responderle:

—Joven, le diré lo que gana y lo que pierde usted con esto: pierde los mil duros y se gana una patada en los cojones.

El ya citado Gaspar Sánchez Salas, que según el mismo contaba, hubo de sufrir la limpieza metódica de la colección de orinales del escritor que no se fiaba del ama de llaves, refirió otra anécdota jugosa del escritor. Cela asistía muy poco a las sesiones de la Real Academia, pero con ocasión de una de sus visitas se encontró con que la entrada estaba en obras y una zanja dificultaba enormemente el paso. El chófer le planteó la posibilidad de entrar por la puerta trasera, algo que el escritor rechazó de inmediato y bajándose del coche en la puerta principal, retiró decidido la cinta que acotaba la obra para abrirse paso. Un obrero que estaba en el lugar le dijo indignado:

— Pero, ¿quién se cree usted que es?

Cela, que seguía adelante con paso firme y la cabeza erguida le replicó:

— ¿Yo? Yo soy cultura general... ¿Y usted?

Qué más se puede esperar de alguien como Don Camilo, que en 1983, en el programa de televisión “Buenas noches” de Mercedes Milá, como buen coleccionista de orinales que era, tras definirse como pedorro domiciliario, defendió que tenía la supuesta "habilidad" de "absorción de un litro y medio de agua de un solo golpe por vía anal" con "agua que no esté demasiado fría". Cuando la periodista añadió, totalmente sorprendida: "¿Qué no tenga cloro, no?", el escritor mostró con sorna su indiferencia a ese matiz diciendo:

—Mis papilas del gusto no las tengo en ese conducto sino en otro.

Su ingenio era relampagueante y por eso mismo era muy difícil dejarlo fuera de juego. En 1977, Cela ocupaba un escaño en el Senado por designación real. El 19 de junio, según cuenta la tradición parlamentaria, tuvo lugar una anécdota muy difundida que tiene a Cela como protagonista. Parece que el escritor llevaba un poco de sueño atrasado y tras dar algunas cabezadas en su escaño, el presidente de la Cámara, D. Antonio Fontán le llamó un par de veces lo que hizo que el escritor terminara por despertarse. El presidente en tono serio le dijo:

—El senador Cela estaba dormido…

—No, señor presidente, no estaba dormido sino durmiendo...

—¿Acaso no es lo mismo estar dormido que durmiendo?

—No, señor presidente, como tampoco lo es estar jodido que jodiendo.

Todo un personaje. Hoy nuestras instituciones son sin duda mucho menos ingeniosas y por supuesto más aburridas.


Imagen: Tomada de Wikimedia Commons - CC BY SA-4.0