martes, 26 de mayo de 2026

Sonny Rollins y los puentes —D.E.P.—


 

Sonny Rollins era experto en tender puentes, de hecho, no era nada fácil conciliar el sonido denso y voluminoso del gran Coleman Hawkins con la improvisación y frescura vertiginosa del bebop de Charlie Parker. Para él no era mayor problema y puede que por ello sea considerado uno de los mejores saxofonistas de la historia del jazz. El pasado día 25 de mayo tendió su último puente hacia la eternidad tras fallecer a la edad de noventa y cinco años.

Pero no eran esos los puentes de los que quería hablar en esta ocasión. Imaginen encontrar, noche tras noche, a un mito del jazz, en este caso al mismísimo Sonny Rollins, tocando su saxofón en un puente de Nueva York, el de Williamsburg, que une Manhattan con Brooklyn. Son los años 1959 a 1961, lleva un tiempo retirado de la escena y toca totalmente en solitario, desgranando una triste melodía, sin nadie que le acompañe, recortando su silueta sobre el skyline de la Gran Manzana. Esta imagen se repetiría durante los tres años que duró su voluntario retiro. Un gigante que busca su propia voz frente a Nueva York. 

Todo suena romántico, triste, melancólico.... ¿Cuál sería la historia de aquel personaje?, nos preguntaríamos todos, esperando alguna explicación maravillosa y triste: un desengaño amoroso, una tragedia íntima o cualquiera de esas heridas que tanto agradece la literatura. La realidad era más común, más terrenal: las finas paredes de su pequeño apartamento en el Lower East Side le impedían practicar a gusto sin molestar a los vecinos, por lo que abundaban las noches en las que huía a su refugio colgante en busca de una revelación musical. De esa peregrinación autoimpuesta salió un gran disco: "The bridge"

Puede que verlo tocar “Weaver of Dreams” —perteneciente a "The Bridge"—, sea una buena forma de despedirlo. Descanse en paz

Imagen: De Wikimedia Commons - CC BY-SA 4.0 - Fuente original

sábado, 23 de mayo de 2026

Cenicienta y la sandalia perdida de Rhodopis

 

Casi mil setecientos años antes de que Charles Perrault nos entregara la versión más recordada de la Cenicienta y la aventura con su zapatito de cristal, Estrabón nos hablaba de Rhodopis —la de mejillas sonrosadas—, una bella cortesana que de forma inesperada llegó a ser la esposa del faraón de Egipto tras perder una humilde sandalia. El autor griego lo contaba así:

«Cuentan la fabulosa historia de que, cuando se estaba bañando, un águila le arrebató una de sus sandalias a su doncella y se la llevó a Menfis; y mientras el rey administraba justicia al aire libre, el águila, cuando llegó sobre su cabeza, arrojó la sandalia en su regazo; y el rey, conmovido tanto por la hermosa forma de la sandalia como por la extrañeza del suceso, envió hombres en todas direcciones al país en busca de la mujer que calzaba la sandalia; y cuando la encontraron en la ciudad de Naucratis, la llevaron a Menfis y se convirtió en la esposa del rey.»

Unos dos siglos más tarde, el autor romano Claudio Eliano retomó la historia y concretó un poco más: identificó a aquel rey con Psamético, faraón entre los años 664 y 610 a. C. Todo indica que la historia era popular en la Antigüedad, así, mucho antes de que Perrault imaginara una calabaza convirtiéndose en carroza y unos ratones en lacayos, un águila ya había hecho en Egipto las veces de milagrosa hada madrina. 

Y todavía hay quien aspira a ser original: «Nihil novum sub sole»

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viernes, 22 de mayo de 2026

Lisístrata, Aristófanes y el fin de las guerras



Vivimos tiempos en los que menudean las guerras, conflictos que a veces resultan difíciles de acabar por mucho que sea del interés de ambas partes. Algo así pasaba en Grecia hacia el 411 a. C. Atenas llevaba veinte años envuelta en la Guerra del Peloponeso, enfrentada a Esparta y sus aliados, con una sangría enorme de recursos y de vidas que dejaban multitud de familias rotas.

El comediógrafo Aristófanes, siempre muy crítico con las guerras, decidió plasmar la actualidad que estaba viviendo su ciudad en una nueva obra que titularía de forma muy significativa "Lisístrata" —La que rompe ejércitos—. La comedia, estrenada en 411 a. C., abordaba en tono cómico la rebelión pacífica de las mujeres griegas —atenienses, espartanas y de otras ciudades— para detener una guerra a la que no encontraban sentido.

Hartas de estar cruzadas de brazos ante aquella guerra, decidieron, lideradas por Lisístrata, cruzarse de piernas. De esta manera, cada marido o amante dispuesto a continuar la guerra se encontraba con unas mujeres nada receptivas a sus demandas sexuales mientras la guerra continuara. Para sellar el pacto, Lisístrata les hizo jurar a todas las mujeres convocadas de este modo:

Lisístrata: Lampitó, todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí:

No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante. —e iban repitiendo a cada frase— Aunque venga a mí en condiciones lamentables. Permaneceré intocable en mi casa. Con mi más sutil seda azafranada. Y haré que me desee. No me entregaré. Y si él me obliga. Seré tan fría como el hielo y no participaré.

¿Todas han jurado? —Mirrina: Todas.

Con esa determinación ocuparon el tesoro ubicado en la Acrópolis y allí resistieron privando a los hombres de la ciudad de dos cosas decisivas: el dinero necesario para financiar la guerra y de la posibilidad de calmar el deseo que los traía de cabeza.

Al menos en la comedia, aquella singular huelga sexual logra lo que no habían conseguido los estrategos: que los hombres acepten negociar la paz no precisamente iluminados por la razón o por la sensatez, sino empujados por algo bastante menos noble: el deseo acumulado e insatisfecho.  El dormitorio resultó el verdadero campo de batalla.

En la realidad la guerra del Peloponeso duraría todavía unos años hasta el 404 a. C. con la derrota de los atenienses ante los espartanos. Sedas azafranadas no faltan hoy en día... ¿Habrá alguna Lisístrata moderna que quiera poner coto a tantos desmanes?

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